
«La estrategia comienza cuando alguien se atreve a elegir un camino, asume renuncias y acepta el coste de ser diferente»
Hace ya algunas semanas tuve la suerte de asistir a las primeras clases de D. Rafael Mazo, uno de mis profesores del Máster en Dirección y Gestión Sanitaria. En aquella primera sesión, el Sr. Mazo nos habló de algo que, desde entonces, no ha dejado de acompañarme: la estrategia.
Fue una de esas clases que uno desea que no terminen nunca. No solo por lo que se dice, sino por cómo se dice. Teníamos delante a alguien que disfrutaba profundamente de aquello que explicaba y que, casi sin darse cuenta, te hacía disfrutar a ti también. Cada frase, cada silencio cuidadosamente colocado, transmitía un mensaje. Nos invitaba a detenernos, a pensar, a hacernos preguntas y a ir un poco más allá. Todo ello para hablarnos de algo tan aparentemente sencillo —y a la vez tan complejo— como la estrategia en las organizaciones.
Desde entonces no he dejado de reflexionar sobre su importancia, no solo en el ámbito empresarial o sanitario, sino en un plano mucho más amplio. Porque la estrategia no es exclusiva de las empresas: está presente en la vida, en las decisiones que tomamos… y, de manera especialmente evidente, en la política.
En política se habla mucho de estrategia, pero casi siempre de forma incorrecta. Se confunde con la táctica, con el marketing, con la reacción inmediata a la última encuesta o con el simple hecho de ir “apagando fuegos”. Michael Porter lo diría sin rodeos: eso no es estrategia, es ruido. La estrategia comienza cuando alguien se atreve a elegir un camino, asume renuncias y acepta el coste de ser diferente. En la España actual, nos guste o no, VOX está haciendo precisamente eso. Tiene una estrategia propia, que no debe confundirse con el desarrollo puntual de su programa político.
Y ahí es donde empieza la incomodidad para muchos.
Porque la estrategia —la auténtica— exige una finalidad clara. Sin un “por qué”, no hay estrategia; solo gestos. VOX no nació para administrar consensos, sino para romperlos. Nunca ha buscado caer bien a todos ni ocupar esa cómoda posición de “derechita cobarde”, un espacio que, con notable diligencia, ha terminado ocupando el Partido Popular. El partido liderado por Santiago Abascal sí nació para cuestionar los marcos que durante años se consideraron intocables en la política española: el modelo territorial, la inmigración, la memoria histórica o el lenguaje moral dominante. Ese es su “por qué”. Se puede discrepar profundamente de él, pero negar que VOX pueda presumir de una identidad propia y definida es, sencillamente, negar la realidad.
Desde la Transición, la política española ha funcionado a menudo como un teatro de sombras: actores distintos que, llegado el momento decisivo, interpretaban la misma obra. VOX irrumpe como un elemento incómodo, un actor que rompe el guion y obliga al resto a reaccionar. No tanto por su poder, sino por algo mucho más perturbador: un posicionamiento claro.
Allá por el año 1996 Michael Porter lo explicaría mejor que muchos politólogos contemporáneos: «the essence of strategy is choosing what not to do». «la estrategia no consiste en hacerlo todo, sino en decidir qué no vas a hacer». VOX ha renunciado deliberadamente a la ambigüedad, al lenguaje blando y al consenso fácil. Ha asumido que sostener determinadas posiciones tiene un precio mediático, institucional y social. Pero también ha comprendido que sin ese precio no hay identidad, y sin identidad no hay estrategia.
¿Podría moderarse más? Sin duda. ¿Podría crecer electoralmente diluyendo su discurso? Probablemente. Pero ahí reside la diferencia esencial entre táctica y estrategia. La táctica persigue el aplauso inmediato; la estrategia apuesta por el largo plazo, incluso cuando incomoda.
Uno de los errores más frecuentes de sus críticos es medir a VOX únicamente en términos de escaños. Esa es una mirada corta. Su verdadero impacto estratégico reside en haber desplazado el debate público. Hoy se habla de inmigración, soberanía, recentralización o identidad nacional en términos que habrían sido impensables hace apenas una década. No porque VOX haya ganado todas las batallas, sino porque ha obligado a todos a librarlas.
Y aquí emerge quizá la lección más incómoda: en política, como en la empresa o en la guerra, los fines y los medios deben guardar proporción. VOX no cuenta con los recursos del viejo bipartidismo, ni con su maquinaria ni con su red institucional. Lo que sí posee es coherencia. Y la coherencia, cuando escasea, se convierte en una ventaja competitiva formidable.
Esto no convierte a VOX en infalible, ni en intocable, ni mucho menos en incuestionable. Pero sí lo consolida como un actor estratégico real, no como una moda pasajera ni como un accidente político. En un sistema acostumbrado a no elegir con claridad, VOX ha elegido. Y ese gesto, por sí solo, es profundamente estratégico.
Al final, la política no va de gustar, sino de decidir. Y decidir siempre molesta. Por eso la estrategia auténtica incomoda tanto: porque obliga a mirar de frente el “para qué” de nuestras acciones. VOX ha colocado ese espejo sobre la mesa. Ahora la pregunta ya no es solo qué hace VOX, sino qué estrategia —si es que existe— tienen los demás.
