
«Un año tras otro las calles de nuestras ciudades se llenan de niños y mayores ilusionados por la llegada de los Reyes Magos»
Pese a la feroz competencia que les supone la aparición por todas partes de un rubicundo ser barbado y con cierta apariencia de borrachín, los Reyes Magos de Oriente, una vez más, hacen un alto en su camino hacia la Adoración del Niño Dios y se hacen presentes en nuestras ciudades.
Por lo menos eso es lo que pretenden. La creciente desacralización de nuestras costumbres, está haciendo lo imposible por conseguir lo que ya han hecho con la fiesta de Todos los Santos con la puñetera pachanga del Halloween. Convertirla en algo distinto basándose en una costumbre foránea sin sentido alguno para nuestra cultura.
Vengo observando como, año tras año, la cabalgata adolece de la presencia explícita de referencias al nacimiento de Jesús y la Adoración del mismo por los Reyes y los pastores. Ahora se suceden una serie de actuaciones más propias del circo del Sol y el desfile de unas huestes de lanceros y huríes sacados de un cuento de Scherezade.
Añoro las cabalgatas pobres de mi infancia. Más pequeñas pero más autenticas. Añoro aquellos Reyes que dejaban a los niños de los cincuenta, caballos de cartón y muñecas peponas, las “cosas del colegio” o los libros de Salgari, el fort Apache o el motorista de lata. Recuerdo con nostalgia los roscones de Reyes callejeros y los puestos de artículos de broma de mi infancia.
Nosotros no teníamos ordenadores, ni tablets, ni teléfonos móviles. Seguíamos hablando por dos canutos unidos conectados a través de una “guita”. No teníamos zapatillas de marca sino zapatos de Segarra. Pero aquellos reyes magos, pobres de solemnidad, bastante tenían con darnos de comer el pan y aceite de cada día. Creo que valorábamos más las cosas.
Gracias a Dios los niños siguen siendo niños. Y los padres y abuelos disfrutando casi más que ellos. El día en que se acaben los niños de 0 a 100 años, se acabará el mundo. Me sigo quedando con el rey Baltasar que vi asomar por mi ventana aquella noche de Reyes de 1950. No le olvidaré nunca.

