
«El acomodador es un personaje que hoy en día consideramos como “viejuno”, pero que en sus días tuvo una gran importancia»
Aun recuerdo con nostalgia aquel ser sin rostro que, en medio de la oscuridad de la sala del cine, te esperaba tras las cortinas y te acompañaba hasta situarte en una butaca libre, evitando tropezar a cada paso, o a sentarte en brazos de otros espectadores.
El acomodador proyectaba un pequeño rayo de luz que te indicaba el camino. Cuando estabas acomodado de una forma segura, desaparecía como por encanto. Casi nunca podías contemplar su rostro. Era un ser que alumbraba el camino y nunca deslumbraba.
Hoy estamos rodeados de gurús y formadores de conciencias, creadores de contenidos e “influences” (creo que la palabra “influenciadores” no está recogida por la RAE). Una serie de personas que creen que el éxito de sus seguidores reside en imitar sus cambiantes personalidades, más abiertas al tener que al ser.
Sus palabras y sus actos deslumbran de una forma efímera, hasta que llega otro que se “autoinventa” y proclama a los cuatro vientos lo guapo, lo listo o lo promiscuo que es, su capacidad de cambiar de pareja y su habilidad por vivir de publicar su intimidad a los cuatro vientos. En una palabra: Se trata de un miembro del “famoseo”. (Otra palabra que tendrán que reconocer los sesudos miembros de la Academia de la Lengua). Como pueden comprobar dura lo justo.
Añoro esas personas-acomodadores que te sugieren el camino a seguir, evitando tropezones dolorosos y asentamientos en lugares improcedentes. Esos que te acompañan en el camino a una distancia prudente, sin tratar de obligarte a nada. Aconsejando, pero no obligando.
Mi buena noticia de hoy la baso en localizar a esa, o esas personas que te acompañan e iluminan tu camino. Pueden ser profesionales: psicólogos, maestros, sacerdotes, padres, familiares, etc., o bien son esos buenos amigos, esas personas con experiencia vital, que ponen a tu servicio lo que son o lo que saben; que no la imponen, la exponen.
Sigo recordando un maestro: D. Francisco Quero, que en el curso de ingreso, cuando apenas tenía yo diez años, me transmitió normas y costumbres que no he olvidado en mi vida y me han dado cauce para desarrollarla de una manera adecuada. Después han pasado otros muchos, pero aquel maestro nos marcó a cuantos pasamos por aquella vieja escuela de calle Cabello.

