
«Había llegado a creerme que el político era producto de una elaboración cuidadosa, fraguada desde los partidos a fin de obtener un ser vacío de criterio y de personalidad, pero lleno de las “certezas”, que les transmiten cada día desde los argumentarios»
Menos mal que he tropezado con una actitud que da pie a mi buena noticia de hoy. Se trata del discurso de un político de primera fila. Estoy tan acostumbrado a escuchar peroratas llenas de lugares comunes, de insultos a los contrarios y de promesas -que jamás se van a cumplir-, que cuando te encuentras con alguien que da rienda suelta a sus sentimientos y reconoce la impotencia del ser humano ante las grandes tragedias, te sientes representado por personas que, ni son omnipotentes, ni se sienten poseedoras únicas de la verdad.
Ayer escuché con atención el discurso de Juanma Moreno con motivo de la celebración del Día de Andalucía. En mi opinión fue convincente en el fondo y en la forma. Huyó, dentro de lo posible, de los tópicos andalucistas y, lo que más me sorprendió, no aprovechó el momento para atacar a la oposición. Es más, hizo una mención especial a la colaboración entre todas las entidades locales, comarcales, autonómicas y estatales. Sin distinción de ninguna clase.
Pero lo que más me conmovió fueron sus lágrimas al recordar el sufrimiento y la impotencia ante las dos catástrofes de estos meses pasados en nuestra tierra. Me volvió a recordar a mi hijo Manolo subido al techo de un vagón sacando heridos de aquel maldito tren.
Reconozco que yo también soy un llorón. De vez en cuando es necesario dar rienda suelta a nuestros sentimientos. Los cristianos hablamos del “don de lagrimas” como una gracia especial. Siempre habrá algún listillo que lo considere un signo de debilidad. Pero las lágrimas de Juanma Moreno en la mañana de ayer ante toda Andalucía me reconciliaron con esa clase de políticos.
