
«En 1888 George Eastman crearía la película en rollo y la cámara Kodak que tendría una enorme repercusión cuyo eslogan decía: Usted apriete el botón, nosotros hacemos el resto»
La innata curiosidad humana, los deseos artísticos de las mentes inquietas y la innovación de experimentos químicos, darán lugar a principios del siglo XIX al nacimiento del arte de la fotografía.
La existencia de la cámara oscura se remonta a la Antigüedad, siendo ya investigada en sus orígenes por Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) que indagaría en el estudio de los efectos lumínicos y la visión, planteando en su trabajo Problemas cómo la luz en línea recta, en un espacio cerrado y a través de un pequeño orificio proyectaba una imagen invertida en la pared opuesta. Sus planteamientos fueron decisivos en Occidente e influyeron en figuras tan relevantes como Leonardo da Vinci (1452-1519) y en estudios posteriores.

El genio del Renacimiento dibujó por primera vez el funcionamiento de la cámara oscura de manera detallada. Sus explicaciones acerca de por qué la imagen proyectada en la superficie opuesta se veía invertida, estudiando la intensidad de la luz o el número de orificios supondrían un interesante avance que lograría proyectar imágenes más nítidas.
A su vez, fue pionero en sustituir el orificio por una lente, lo que mejoraría enormemente la calidad de lo proyectado. Sus investigaciones marcaron por tanto un avance extraordinario en este campo que siglos más tarde darían como resultado el nacimiento de la fotografía.

Fue en el siglo XVIII cuando Josep Nicéphore Niépce (1765-1833), un apasionado por la ciencia y el proceso de impresión de la litografía, realizado con tratamiento químico, dedicó años de trabajo y experimentos con la cámara oscura y diferentes composiciones químicas a conseguir una imagen permanente, lo que logró en 1826 con la técnica de la heliografía. Para ello utilizó en un espacio cerrado y sin luz, una placa de peltre (aleación de antimonio, cobre, estaño y cobre) con betún de Judea que expuso a la luz solar durante ocho horas, proceso que finalizaría aplicando sobre ella una capa de aceite.
El resultado fue la primera imagen que se conserva, Vista desde la ventana en le Gras. La realizó desde su residencia en Saint Loup de Varennes, en la Borgoña francesa y en ella se ven tejados, un árbol y un edificio, una imagen en blanco y negro, sencilla y que no resulta atractiva, pero decisiva ya que supuso una revolución, por primera vez la naturaleza era plasmada sin haber sido dibujada ni pintada.

Todos estos experimentos requirieron de importantes aportaciones económicas que provocaría que la situación financiera de Niépce se viera tremendamente afectada, causando su ruina. En eta situación, en 1839, se asoció con una de las figuras más conocidas en el mundo del espectáculo en París. Louis Jacques Mandé Daguerre (1787-1851), célebre escenógrafo y pintor francés, famoso por los dioramas ilusionistas que montaba para los teatros parisinos, donde gozaba de gran popularidad.
Los dioramas ilusionistas eran representaciones teatrales en las que se utilizan varias técnicas integrando iluminación, grandes murales pintados y efectos conseguidos con filtros y superficies curvas que daban como resultado una imagen que confundía al espectador.

Daguerre, mucho más astuto para los negocios que Niépce y con grandes aspiraciones, supo aprovechar los conocimientos de su socio perfeccionando sus ideas y experimentos tras la muerte de este. Así, en 1838 desarrolló el daguerrotipo, exponiendo en cámara oscura una placa de cobre plateada utilizando mercurio y tiosulfato de sodio. El resultado era una imagen nítida en la que se podían apreciar detalles e incluso los cambios de tonalidades por la incidencia de la luz.
En 1839, el influyente Daguerre, que mantenía buenas relaciones con las instituciones del Estado francés, consiguió que la Academia de Ciencias de Francia determinara el daguerrotipo como una donación del país galo al resto del mundo. El acuerdo al que llegaría con Daguerre consistía en una pensión vitalicia para el escenógrafo e investigador tras ceder los derechos de autor, manteniendo la patente solo en Francia. De esta manera, nacería oficialmente la fotografía.

En esos mismos años, en Inglaterra, ante la imposibilidad de patentar el daguerrotipo, William Henry Fox Talbot (1800-1877), también apasionado con estos avances, trabajó con gran interés presentando lo que se conocería como el calotipo que consistía en utilizar papel sobre el que la luz daría como resultado un negativo que quedaba fijado al revelarse, lo que permitía obtener numerosas copias en papel y aunque no era tan nítido como el daguerrotipo, aunque sí más económico, hay que considerarlo como el antecedente de la fotografía moderna, sentando las bases del desarrollo posterior.
En poco tiempo, el interés por la fotografía se extendería como la pólvora y se convertiría en un símbolo de lujo y estatus social muy demandado por la aristocracia y una burguesía cada vez más influyente a nivel social. En todas las capitales europeas y también en América la fotografía se puso de moda siguiendo las pautas de la monarquía inglesa, en las figuras de la reina Victoria (1819-1901) y el príncipe Alberto (1819-1861), que la popularizó.

Los caballeros y damas de la alta sociedad, ya que en un principio por su elevado coste tan solo ellos lo podían costear, deseaban posar con sus mejores galas para exponerlas al mundo; los estudios fotográficos proliferaron en Europa y capitales americanas como México, Nueva York o Río de la Plata. Esta técnica ofrecía gran calidad y no suponía una exposición tan prolongada como posar para un pintor.
Este auge impulsaría el deseo de experimentar nuevas técnicas; en 1851 Frederick Scott Archer (1813-1857) formaría parte del elenco de investigadores en este campo mejorando considerablemente la nitidez con el descubrimiento de lo que se llamó el colodión húmedo, que representaría el antecedente de la película fotográfica posterior. Nuevas técnicas como el ambrotipo o ferrotipo. Las llamadas Tarjetas de visita se convirtieron en una auténtica revolución. Consistían en retratos en formatos pequeños pegados en cartón que la burguesía intercambiaba y coleccionaba convirtiéndose en una auténtica moda.

Será entre 1850 y 1890 cuando se produce el verdadero esplendor de la fotografía; nombres como el francés Gaspard-Félix Tournachon, conocido como Nadar (1820-1910) o Julia Margaret Cameron (1815-1879) en Reino Unido hicieron de la fotografía un arte. A partir de entonces incluso sería un instrumento para disciplinas como la criminología o una interesante fuente de documentación como ocurrió con el material que aportó Mathew Brady (1822-1896) en la Guerra de sucesión americana.

En 1888 George Eastman (1854-1932) crearía la película en rollo y la cámara Kodak que tendría una enorme repercusión cuyo eslogan decía: «Usted apriete el botón, nosotros hacemos el resto». Ciertamente supuso una verdadera revolución que cambió completamente la realidad y nuestras memorias, haciendo accesible a muchas más personas dando paso a la nueva era digital moderna.

El siglo XIX fue, sin lugar a dudas, la época dorada de la fotografía, en cuanto a que fue crucial para establecer esta técnica como un medio que podía capturar la realidad y un instante para la posteridad, aunque no hay que olvidar la transformación cultural y artística que propició, y es que en el siglo XX la fotografía ya había transformado el mundo.
Hoy en día, la realidad de la fotografía contemporánea es bastante reveladora y sería un buen argumento para escribir sobre ello, no solo por la presencia absoluta en la sociedad, sino también por la información que aporta sobre el individuo, en muchas ocasiones obsesionado con la imagen, el protagonismo, el deseo de visibilidad y un excesivo narcisismo.
Sin embargo, en este impetuoso deseo por registrar el momento ocurre que a menudo perdemos la experiencia, la cámara termina por interponerse entre nosotros y lo que vivimos. No lo olvidemos.
Málaga, 1026

