CIPIÓN.- No me maravillo, Berganza; que, como el hacer mal viene de natural cosecha, fácilmente se aprende el hacerle.
BERGANZA.- ¿Qué te diría, Cipión hermano, de lo que vi en aquel Matadero y de las cosas exorbitantes que en él pasan? Primero, has de presuponer que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al Rey ni a su justicia; los más, amancebados; son aves de rapiña carniceras: mantiénense ellos y sus amigas de lo que hurtan.
Miguel de Cervantes Saavedra, El coloquio de los perros.

«Si Cipión y Berganza volvieran a nacer, y de nuevo recobraran la facultad de hablar con la agudeza y el buen olfato de entonces, ¿qué dirían hoy?»
Como las nubes, tan fugitivas —que decía Azorín—, pasado y presente se funden en lazos invisibles. Cambian las sedes y los trajes, apenas lo sustancial. Hace unos cuantos siglos, en el mismo lugar donde estuvo ubicada la casa de Mancebía [1], en la ciudad de Valladolid, se fundó unos años después el Hospital de la Resurrección [2], custodiado por dos canes singulares, a los que Cervantes dotó de mejor criterio que muchos humanos. Si estos perros de Mahudes —Cipión y Berganza, que eran sus nombres— volvieran a nacer, y de nuevo recobraran la facultad de hablar con la agudeza y el buen olfato de entonces, ¿qué dirían hoy? ¿Dónde pondrían su mirada? ¿Qué contradicciones señalarían? Su crítica sería implacable, sin duda. Lo primero que advertirían es que la nuestra es una sociedad en tensión constante, globalizada y desunida al mismo tiempo, capaz de celebrar el progreso mientras aumenta la fragilidad de quienes lo sostienen. Hechizados bajo las promesas incumplidas de continuo, a cambio de nada, o de cobrarse un pago excesivo por parte de quienes solo nos tienen por carne de perro. Aquí se aguanta sin rechistar, en tanto que otros se aseguran de cobrar las rentas en forma de carne de cañón. Cipión y Berganza elevarían sus ladridos para sacudir la conciencia de un mundo que vive de espaldas a su propia realidad, que huye de su propia sombra, de una forma de vivir auténtica. Usarían sus recién estrenadas voces para cuestionar lo que damos por «normal» en tiempos de cambios acelerados. Me imagino que se sentarían primero, olfatearían el aire —cargado de wifi y de prisas— y comenzarían su conversación con una pregunta sencilla:
¿En qué momento se convencieron los hombres de que correr sin rumbo es avanzar? ¿No se dan cuenta de que están sujetos por una correa extensible, que en el momento más inesperado les frenará en seco?
Tras la apariencia de bonanza económica, de nuevas oportunidades, se oculta que no todos van a disfrutar de una riqueza proporcional. Las cifras exorbitantes que nos ofrecen como una golosina son un gancho semejante a las riquezas de aquella Tierra de Jauja. Si tomamos como ejemplo una noticia reciente, Amazon sorprende con otra megainversión para ampliar sus centros de datos en España, hasta los 33.700 millones, nuestros amigos observarían que las ciudades anuncian cifras de crecimiento como quien exhibe trofeos de caza. Millones arriba, inversiones abajo, titulares que prometen modernidad y centros de datos que zumban como colmenas digitales. Con fina ironía, la réplica bien pudiera ser algo así:
—No niego —diría Cipión— que haya más huesos en circulación. Pero dime, compañero, ¿no crees que es el amo quien decide qué perro los mastica?… La economía ha cambiado poco sus reglas. Sin embargo, hoy se parece más a una pista de agility, pues son muchos los que saltan obstáculos, y muy pocos los que llegan al premio [3]. El empleo, la transformación tecnológica y la competitividad global copan los titulares. Pero en los hogares, al anochecer, los humanos siguen consultando su saldo con la misma ansiedad con que nosotros vigilamos el cuenco vacío.
—Y lo curioso —añadiría Berganza— es que llaman progreso a producir montones de cosas que no necesitan, tal vez por frivolidad, o para impresionar a vecinos que tampoco las necesitan. Si eso no es perseguirse la cola… ¡que me quiten el collar!
Si algo les causaría completo asombro a nuestros protagonistas, sería la devoción contemporánea por la inteligencia artificial. Máquinas que escriben, que podrán diagnosticar, convertidas en el nuevo oráculo de consulta.
— Ayer mismo —diría Berganza— vi a un hombre caminar por el parque hablando solo y gesticulando con gran enojo. Pensé que discutía con su sombra, hasta que advertí que llevaba en la mano un pequeño espejo negro.
— ¿Has visto cosa semejante? ¡Han creado cerebros sin hambre! —diría Cipión—. ¡Eso sí que es prodigio!
Berganza, más desconfiado, apuntaría con sagacidad:
—El peligro real no es que las máquinas piensen, sino que los hombres dejen de hacerlo.
Pero la pregunta clave es ¿quién programa los criterios? ¿A quién se da voz? ¿Quién decide qué es verdad, qué es prioritario, qué es prescindible o qué debe ocultarse? Bajo el mantra de la utilidad tecnológica y del ahorro de tiempo, la oferta es muy tentadora. Aunque su uso no esté exento de riesgos, pues se fomenta la abulia. Además, la responsabilidad se evacua por el sumidero cuando esta se comparte con un algoritmo.
En los salones internacionales, rodeados de banderas que poco o nada representan los intereses de los ciudadanos, los líderes hablan de paz con voz grave y gesto compungido. Las palabras suenan huecas a pesar de la oferta de diálogo mientras, en alguna parte del mundo, alguien prueba la eficacia de un misil.
— ¿Has notado, Cipión, que las guerras nunca se declaran contaminantes? —ironizaría Berganza—. ¿Has visto etiqueta alguna que diga: «Este conflicto emite toneladas de CO₂, úsese con moderación»?
La sostenibilidad solamente se predica en los altares de las cumbres climáticas, con vajilla de porcelana y vuelos privados; la exigencia de nuevos tributos y sacrificios solo se dirige al ciudadano común, mientras la industria armamentística no conoce ‘dieta’. Los perros, que no entienden de geoestrategia, pero sí de coherencia, menearían la cabeza.
—Si el planeta es la casa común, o, como he visto en el escaparate de una librería, There Is No Planet B —diría Cipión—, ¿por qué algunos se empeñan en redecorarla a cañonazos?
Y sin embargo, admitirían ambos que el miedo es un buen negocio. Un negocio antiguo. Porque siempre habrá quien venda alarmas y quien venda tranquilizantes. Lo novedoso es la velocidad con que ambos productos se distribuyen.
¿Y qué opinarían sobre el asunto del clima, tan de moda? Nos bombardean con que el calor aprieta y alcanza máximos históricos; las lluvias se han vuelto caprichosas; los incendios dibujan mapas trágicos en verano. Eso es un hecho. Pero también lo es —murmuraría Berganza— que hay intereses en cambiar el modelo energético. En torno a ello, florece es una industria un tanto sospechosa con negocios de color ceniza, a pesar del color verde del discurso.
—No discuto que la sombra sea cada vez más codiciada —diría—. ¿Te acuerdas de la cantidad de árboles que antaño había por toda la ciudad?… Estamos rodeados de cemento. Lo que me inquieta es la habilidad con que algunos convierten el termómetro en caja registradora.
Cipión asentiría:
—Nos piden austeridad y resiliencia, y apagan las centrales térmicas. Desprecian las hidroeléctricas, si bien el consumo desaforado se pasea sin pudor por las avenidas comerciales. Nos marean con la necesidad de reducir la huella ecológica, ¡y luego compiten como locos por ver quién inaugura la Navidad más luminosa! ¿Puede ser sincera la urgencia cuando convive con semejante ostentación?
—Si quieren que cambiemos nuestros hábitos —concluiría Berganza—, deberían empezar por ser menos torpes y dar ejemplo. Los perros aprendemos por imitación.
Por cierto, en las plazas digitales, humanas y virtuales, cada cual parece llevar un megáfono invisible. Las opiniones chocan de continuo. Nadie escucha ni responde. Si acaso pelean. Cada uno permanece atrincherado en lo suyo en un discurso visceral, insensibilizado y falto de matices. Ni siquiera se miran a la cara. Hay mucho gallito suelto por ahí.
—Efectivamente, hermano. He observado —diría Cipión— que muchos ladran antes de oler.
Los corrales de antaño son las redes sociales donde cada grupo se reúne con su clan para reafirmarse. Comparten indignación en tono altanero como antes se compartían cromos o cigarrillos. Y el algoritmo, bien espoleado a conveniencia, conduce a cada rebaño hacia los pastos que más encolerizan.
—Nosotros, al menos —bromearía Berganza—, distinguimos entre juego y pelea. No es poca ventaja. Es una lástima que los humanos hayan olvidado la diferencia.
Y cómo no, acabarían hablando del extraño espectáculo en que se ha convertido el arte de la política, más gallinero que parlamento. Aun cuando los problemas se acumulan —la vivienda inaccesible, la precariedad persistente, la soledad urbana— y esperan turno, como perros pacientes a la puerta de la carnicería.
Entre tantas sombras, ahora que, al final de la noche, el don del habla quizá comenzara a apagarse, Berganza suspiraría con los ojos entornados al ver también multitudes reunidas por la música, gestos anónimos de solidaridad tras una catástrofe, complicidad, jóvenes que cuestionan inercias y mayores que no se resignan al cinismo.
—A pesar de todo —apostillaría Cipión—, ¿ves que aún siguen buscando compañía? Los humanos continúan celebrando, enamorándose, ayudándose en silencio. Aun con sus contradicciones, persiste una obstinación admirable por vivir mejor. Sí, hermano, los hombres son incoherentes. Pero también son capaces de corregirse, de construir cosas hermosas nacidas del corazón. Todavía anida en ellos la fe, su mayor riqueza, la que puede mover montañas, cambiar el mundo. Ojalá seamos testigos de ello algún día, si nos conceden de nuevo ese privilegio.
Y antes de volver al silencio, dejarían flotando una última reflexión —quizá captada en la conversación de un viandante, o sobrevolando la escultura de Delibes, que custodia la entrada al Campo Grande—. El verdadero progreso no consiste en hablar más alto, ni en producir más, ni en financiar mejor los conflictos, sino en alinear palabra y acción. Porque, como bien saben los perros, no hay nada más sospechoso que una mano que acaricia mientras la otra esconde el palo.
NOTAS_______
[1] https://vallisoletvm.blogspot.com/2011/02/la-antigua-casa-de-la-mancebia-de.html
[2] https://www.valladolidweb.es/valladolid/loqueyanoesta/hospitaldelaresurreccion.htm

