
«Desde 2017, Procesión y Vía Crucis hacen parte de su recorrido por el interior de la Santa Iglesia Catedral, antigua Mezquita de la que fuera capital del mundo árabe»
Como en algunas ocasiones anteriores, por estas fechas de Semana Santa creo obligado hacer un paréntesis en el relato del infierno político de nuestros días. No porque hayan faltado noticias para analizar y comentar, que las ha habido abundantes tanto en el ámbito nacional como en el internacional, sino porque el recuerdo y conmemoración de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, merecen opacar hoy la triste actualidad que no sabemos muy bien a dónde nos va a llevar, aunque parece que no a muy buen sitio salvo giro copernicano en la dinámica actual, con la ayuda de Dios.
Así pues, sustituyo mi habitual crónica semanal comentada sobre la actualidad política por un pequeño y, a mi juicio, merecido homenaje a la Real Hermandad y Cofradía del Señor de la Caridad de Córdoba, a la que me honro en pertenecer desde 1960, en la que acompaña a su Titular su Santa Madre Dolorosa.

Se trata de una Cofradía que tiene su sede en la Parroquia de San Francisco y San Eulogio, situada en la calle de San Fernando, más conocida popularmente por su nombre antiguo de Calle de la Feria, porque en ella, el gremio de calceteros organizaba una feria por encargo del cabildo a la Cofradía del Hospital de la Lámpara o del Amparo.
Volviendo a mi querida Cofradía del Señor de la Caridad, los que la componemos debemos reconocer que nos sentimos un poco postergados ante el trato discriminatorio que los medios dan a la más famosa del Cristo de la Buena Muerte de Málaga, popularmente conocido como Cristo de Mena, que todos los años goza de gran protagonismo destacando el acompañamiento de la Legión Española, del que también gozamos nosotros, por cierto. Tal vez, un mayor apoyo económico por parte del ayuntamiento malagueño tenga algo que ver también.

Por cierto, que su veterano alcalde, Francisco de la Torre, no deja de aparecer en un acto sin la repugnante insignia multicolor de la Agenda 2030 en su solapa. Recordemos también que el famoso Cristo de Mena original fue quemado en mayo de 1931 –y nunca mejor empleada la paráfrasis del conocido dicho «llegar y quemar el santo», que fue lo que hicieron los comunistas republicanos pocos días después de estrenar la muy triste II República– y esculpida su réplica diez años después por Francisco Palma Burgos.
Como todos los años desde que yo recuerdo, nuestra tradicional Cofradía hace su desfile procesional en la tarde-noche del Jueves Santo aunque, excepcionalmente, en 1957 y 1958 lo hizo en la procesión general del Santo Entierro, en la mañana del Viernes Santo. Precisamente ese día, entre las 11 y las 14 horas, nuestra querida Hermandad completa su estación penitencial con un solemne Vía Crucis por las calles cordobesas con el crucifijo desmontado del paso y portado a hombros de legionarios de la Primera Compañía del Tercio del Gran Capitan, nuestro Hermano Mayor Honorario, como después veremos. Desde 2017, Procesión y Vía Crucis hacen parte de su recorrido por el interior de la Santa Iglesia Catedral, antigua Mezquita de la que fuera capital del mundo árabe, que realza especialmente la majestuosidad de ambos actos.

Haciendo un breve recorrido histórico, diré que el origen de nuestra Hermandad data de comienzos del siglo XV, primero como Hermandad asistencial de auxilio a los más necesitados, pasando más tarde a su actual carácter penitencial. Existen dudas sobre su fecha de fundación: se dice que el historiador Manuel Bergillos encontró un estado de cuentas de la Caridad de 1404, pero el investigador Pedro Laín sitúa la fundación en 1440, pero la hipótesis que más fuerza tiene pone su origen en el año 1469, coincidiendo con la estancia en Córdoba del rey Enrique IV de Castilla.
La Real Cédula otorgada por los Reyes Católicos en 1478, autorizó a la Hermandad la redención de cautivos, comprometiendo a la nobleza cordobesa, que a partir de entonces dirigió la vida de la Hermandad. En 1484 se dan las primeras iniciativas para la construcción del Hospital de la Santa Caridad en la Plaza del Potro, cuyas obras comienzan en febrero de 1493 por disposición de Alonso de Fuentes, provisor episcopal. Durante ese periodo, el Papa Alejandro IV le concede nuevas prerrogativas en 1500, ratificadas en 1534 por Francisco de Mendoza, Obispo de Zamora. Ese mismo año, el emperador Carlos I le dona como renta anual perpetua la cantidad de 12.444 maravedíes por Reales Cédulas. Después, la decadencia del Antiguo Régimen arrastra a la Hermandad y el hospital se cierra casi cuatro siglos después, en 1837, cuando se escinde prácticamente, aunque en San Francisco se sigan organizando quinarios y otros cultos en honor del Crucificado hasta 1881.

En 1891, el párroco de San Francisco intenta la refundación de la hermandad, bajo la advocación de Paz y Caridad, llegando incluso a elegirse una junta. Sin embargo, pese a la solemne recuperación de los cultos al Señor, en 1894 se pierde todo rastro documental.
En 1939, con la participación de cofrades de la Hermandad de las Angustias, se reorganiza la cofradía. El Jueves Santo de ese año se organizó el Sermón de las Siete Palabras, en colaboración con la citada Hermandad, saliendo aquella misma noche una representación de la Caridad en la estación penitencial de la Cofradía de San Agustín –su antigua sede, que hoy es la Parroquia de San Pablo–. Poco después, Antonio Priego dona la antigua imagen de una Dolorosa que hoy acompaña el paso de nuestro titular.

Desde 1952 el Tercio Gran Capitán de la Legión Española es Hermano Mayor Honorario, y se ha convertido en una de las imágenes tradicionales de nuestra Semana Santa, acompañando a nuestra Hermandad casi todos los años, salvo por disposiciones ministeriales en alguna ocasión o por limitaciones económicas algún año, que redujeron su presencia y acompañamiento al citado Vía Crucis. En 1979, nuestro paso comenzó a ser portado a hombros, tras la constitución de su primera cuadrilla de hermanos costaleros.
En 1983, la Hermandad organiza diversos actos religiosos y culturales, con motivo de su posible quinto centenario, entre los que destaca una conferencia celebrada en el Alcázar de los Reyes Cristianos bajo el título de “La Caridad, Hermandad del Descubrimiento”, a cargo del canónigo archivero Manuel Nieto Cumplido. Poco después, la década de los noventa comienza con los actos conmemorativos del 50 aniversario de su refundación, concediéndole a CajaSur el título de Hermano Mayor de Honor y a su entonces presidente, monseñor Miguel Castillejo Gorráiz, (q.e.p.d.) la consideración de Hermano Mayor Honorario. En 1996, se encuentran las primitivas reglas de la hermandad, datadas en 1594, adquiridas por CajaSur para el Museo Diocesano Cordobés y cedidas a la cofradía para su salida procesional, en la que ocuparon un lugar destacado en 1997. En 2023, el libro de reglas es entregado a la cofradía en un acto acaecido en la capilla de la cofradía en la parroquia de San Francisco y San Eulogio.

El Señor de la Caridad es una talla anónima, de estilo manierista, realizada probablemente en los últimos años del siglo XVI o principios del XVII, donada por Juan Draper en 1614. Se trata de un cristo crucificado, muerto en la cruz, unido a ella por tres clavos en las extremidades y uno en la espalda. Ha sido sometido a cinco restauraciones: dos en los siglos XVII y XVIII, de las que no constan los nombres de los restauradores; otra en 1939 por Rafael Díaz Peno, coincidiendo con la refundación de la Cofradía; la cuarta en 1982 por Miguel Arjona; y la última, en 2017, por Rosa Cabello y Enrique Ortega.
Como decía anteriormente, la imagen de su Madre, la Virgen Dolorosa, acompaña al Señor de la Caridad en su paso cada Jueves Santo. Una imagen que fue atribuida, inicialmente, a José de Mora, pero que estudios más recientes lo hacen a Diego de Mora. Se trata de una imagen tallada que aparece de rodillas, con las manos entrelazadas en actitud de oración ante la muerte de su hijo en la cruz. Ha sufrido tres restauraciones: la primera en 1939 por Rafael Díaz Peno, la segunda en 1980 por Luis Álvarez Duarte, y la tercera, en 2001, por Salvador Molina Ruiz.
Este año, el buen tiempo permitió disfrutar de la brillantez del desfile procesional y que la multitud que se agolpaba a su paso disfrutara también de la ceremonia del Vía Crucis y de sus catorce estaciones, acompañadas en su rezo entre cada una por la elevación del Crucifijo a brazos de legionarios y acompasadas con las notas del Himno de la Legión que la representación del Tercio que nos acompañó dedicó a su Titular, así como del posterior desfile tras la despedida con el Himno Nacional.
Como decía en años anteriores, me despido animando de nuevo a los que no conozcan nuestra Semana Santa a visitarla en los próximos años. No se arrepentirán de la gran oferta procesional, monumental y gastronómica, que pueden encontrar en nuestra querida Córdoba.
