Conversaciones en el andamio: Sobre los españoles y su buen gobierno. Por Francisco Gómez Valencia

Sobre los españoles y su buen gobierno.

«Así va España, sin gobierno, a trompicones y a empellones, aunque ya si eso sigo otro día, pues de imperios, cuernos y herencias sobra material»

Españoles lo que se dice muy españoles”, jamás fuimos todos por igual ni antes de formarse España salvo en una cosa, todos somos hijos de vecino y ni tantos hasta de él. Sin embargo, los hay de adentro” y los hay de afuera” y de eso y más cuestiones les voy a contar hoy si les parece bien, aunque, igual tienen cosas mejores que hacer. 

De veras espero que no.

Cuentan que los de adentro gustan de las procesiones mientras que los de afuera de golfear (en la playa, el campo, los parques, o incrustados en sus respectivas casas, que aún es peor). Los de adentro desfilan engalanados y alardean de sus costumbres y los de afuera destartalados, ídem de ídem. Los de adentro llevan cierto retardo posiblemente por el cambio de la hora y tal, pero es que de entre los de afuera, me decía uno que convive con ellos, que son irremediablemente idénticos. Los de adentro gritan con razón, un bote, dos botes, musulmán el que no bote y los de afuera, como están muy viajados, alardean de lo suyo pero no se meten. Los de adentro no gustan en absoluto de poner el culo en pompa como método de defensa ante el moro invasor, (aunque como suele pasar abundan los desertores), los de afuera ya lo traen roto, así que, qué les voy a contar que ustedes ya no sepan.

«Musulmán el que no bote»

Los de adentro creen en Dios o al menos fingen fetén, los de afuera, dicen que también pero yo creo que hace mucho que dejaron de hacerlo en sí mismos, imaginarse sobre todo lo demás. Los de adentro comen legumbres, los de afuera cagan quinoa. Los de adentro siempre resisten, los de afuera también, lo cual nos debilita a todos mientras se aguachinan las sangres. Los de adentro aún dispersos, atienden al replicar de las campanas, los de afuera son muy pero que muy campanudos. Los de adentro sus penas ahogan comiendo y bebiendo sin contemplaciones, los de afuera también, pero les priva contemplarse al hacerlo. Los de adentro son de invitar,  los de afuera son muy de también, aunque si es con el dinero de los de adentro, mejor todavía. Los de adentro y los de afuera ya somos los mismos pese a que los últimos rehúsan de aceptarlo y los primeros de pensarlo, entonces…, ¿en qué nos diferenciamos, en cómo interpretamos el arte del pastoreo? Tengo dudas, aunque es aquí donde se me representa la filfa del buen gobierno. 

Con tantas Juntas de gobierno, los problemas son tan dispares que el tío Pifostio unifica las penas de tal manera que ni la independencia entre los pueblos, la clase gobernante, el clero, la prensa o los cómicos en esta España nuestra —me atrevo a afirmar—, nos libra de semejante mal de gentes. Igual es que nunca fue tal como ahora se palpa (pues o yo no estaba, o no me di cuenta al andar en otras cosas, mire usted), pues el ahora” y “el siempre”, con dos torrijas de más son hasta idénticos ante los ojos vidriosos de los de afuera, o de los mismos vendados de los de adentro. Y se preguntarán ustedes (o no, pues siempre es bueno tener escapatoria), ¿por qué? Pues porque ya no es menester saber leer y lo que parte la pana es creerse intérprete. Ya hasta a veces me suenan similares las crónicas del régimen y las de los que alardean de ir a la contra pues todos recogen las nueces del mismo nogal…, ¿será que me falla el sentío? Solo las crónicas melancólicas o burlescas de los gacetilleros independientes resisten créanme, e igualmente les digo que a lo peor, tal guisa se debe a lo de hacerlo gratis o por la cara en blogs ajenos, o en propios de esos que no lee nadie o casi nadie por su escasa repercusión. Sea como fuere (como destacó en una nota aparte doña Teresita A. en este mismo medio el último domingo de marzo), algunos escribimos para nosotros, o sea para adentro (como el insensato que se medica sin necesidad de galenos). ¿Y ustedes? Creo que como me sucede a mí, nos leen igualmente para adentro, pues aun con la que está cayendo, seguimos siendo libres de no hacerlo.

En fin. Dando un paseo a la redonda (La redonda por aclarar, es la perrilla de una de las nietas de mi viejo amigo. Los jóvenes se la han encalomado ya que se fueron de puente a la sierra de Irta, en Peñíscola, Castellón), y como les decía antes del aparte, escuché a un lustroso abuelo decirle a su desvencijado nieto despidiéndose de él desde lo alto de una moto bestial: hijo ten cuidado, que las cosas son como son y además están como están. Y no le faltaba razón al pobre y sabio motero pues de cambiarlas siempre hay tiempo (o no), pues ni ganas apenas quedan cuando no se sabe realmente cual es la ganancia, y menos quien las atesora. O sea (sé), que me parece que los de adentro andan justos por culpa de la gran mayoría de los suyos pues esta ni siente ni padece, pues dicen que los que sienten pero no padecen cada vez son menos, y claro; así no hay quien se entienda mientras todos padecemos al formar parte de un todo, es decir, del batiburrillo (también conocido en el arte de la estadística, como el promedio). Entonces…, me surgieron tales pensamientos gracias al viejo motero, a la Semana Santa, a los de sus vacaciones laicas y especialmente, a mis conversaciones con mi amigo del alma, el cual me contaba lo que le sucedió el miércoles pasado después de la faena. 

Me contaba que volviendo de procesionar desde una de las estaciones que más gusta visitar (pues de paso se entretuvo echando la primitiva), que se encontró con uno de sus amigos favoritos (después de mí espero), acompañado del bastardo de su yerno, y de ahí nace lo de hoy. El primero —me sugiere— que es una persona del montón es decir, del surtido ibérico básico mientras que el segundo —el putativo—, parece ser que es de los que jamás asoman la faltriquera. Ambos según lo que me cuenta, deben ser anacrónicos, perifrásticos por necesidad, y cansinos por la herencia recibida pero claro, no se lo digo porque no me entendería. A los dos me asegura que quiere una jartá” (como le decía mi Melanie, a su Antonio el cofrade” con ojitos de cordera antes de estropearse adrede). Al uno porque sí, y al otro por agradecimiento  aunque más aún me dice que los respeta (en serio se lo digo pues jamás dejan de sorprenderme las gentes de por allí). Por el primero siente devoción por culpa del tiempo transcurrido más por el añadido, no. Y es por eso —o sea que eso mismo me quiere trasmitir malamente a su modo—, pues ser apéndice irreverente y prescindible serlo lo es según me asegura, y si ello no le causa disgusto (pues de momento no lo ha). Quién es él —me dice— para cuestionar nada a estas alturas de lo que les cuento.

¡Bueno! Pues andábamos tranquilamente quietos a la sombra del cerezo echando el rato vigilando cómo se movía el horizonte, cuando apareció la pareja de dos, la señora del primero y la hija y pareja del usurpador (a su vez hija legítima del amigo del mío). Uno que ya los conocía de otras ocasiones nada entrañables, entre risas absurdas y flojas hice mi entrada en escena o en acción (pues venía de lavarme las manos como Pilatos) y fui del verbo ir a saco, y hasta me atreví, pues hay confianza y varios vinos previos o sea, pues eran ya las dos de la tarde y aun sin pretender comer porque esa es la costumbre. Total, que para ahuyentar a la piara recién instalada a la sombra del cerezo antes mencionado (no fuera que al otro le diera por invitar a comer), fui del verbo ser, irreverentemente. Piqué y escondí la diestra con la que meto a mano abierta, mordí pero poco y lancé la piedra. Dientes y requiebros, eso sí, siempre desde el tercio de varas respetando. Y vuelta y media con el temple del que se siente superior cual lechuguino de la Corte frente a tanto lugareño. Busqué a ver si los enganchaba soltando lastre y echando el resto. Llamé al buey de nombre Tripero de la ganadería Los Mansos” (pues el otro ni caso). Asiente. Bien. Embiste. Perfecto pensé yo. De reojo, observaba al otro morlaco de nombre, «Apalancado»…, ahí andaba a lo suyo hozando e hincando el codo y tragando (pues el no come, traga). Vuelvo al lío, lo cito, engatuso, bromeo y le meto dos pasos hacia atrás para cansarle, total: que así anduvimos hasta las cuatro que se fueron sin comer entre comillas, pues de entrarle más pienso a los cuatro, hubiera de haber sido en sus respectivos segundos estómagos (válgame el Señor). En fin; que el rato largo sirvió para después si cabe, que cupo (pues también nosotros gastamos dos buches), echamos entre pecho y espaldas unas risas a cuenta de la singular familia castellano-peruana y así de paso, se lo cuento a ustedes, pues creo que es digno de mención 

Ambos (suegro y yerno) son como el agua y el aceite, o el vino y la cerveza. A ambos dos les gustan las rubias aunque se conforman con morenas. Uno a sus años ya por desgaste y obligación transita en un Mercedes Benz 4×4 que te cagas, y el otro deambula proyectado en un Seat León,  porque sobrevive logrando el nuevo sueño español es decir, el de heredar con poderío el imperio del manso, y porque ni las mantiene ni las paga, así que ambos son de hacer de la necesidad virtud sin obligaciones ni imposiciones. Mientras, la amantis espiritual (contraria del sargento primero y suegra política del abisinio de ultramar) no dice ni mu, ni falta que hace pues calla, otorga y bien que recibe entre tanto. Basta con que el cérvido —amigo de mi amigo—, tire millas, haga frente con el esfuerzo de su trabajo y el peso de la estirpe del que fuera también su suegro, y el otro…, pues el otro se las beba y las disfrute de momento. ¡Ay del amor pactado! Queda claro. Con comercio venga dispendio pues sin tales, no funciona al menos esta familia tal como se lo cuento. 

Pues así va España, sin gobierno, a trompicones y a empellones, aunque ya si eso sigo otro día, pues de imperios, cuernos y herencias sobra material y esto se me antoja largo para ser lunes.

Feliz lunes de Pascua.

Españistán a 6 de abril de 2026.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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