
«La prosperidad económica dio a muchos indianos la posibilidad de volver a su patria tras conseguir sus propósitos económicos»
El fin del Imperio español con la pérdida de las colonias de ultramar a finales del siglo XIX y la continua inestabilidad política, sumergió a España en una profunda crisis económica y social que traería graves consecuencias.
En el norte de España el comercio marítimo, su principal actividad hasta entonces, se vio muy afectado; por otra parte, la industria avanzaba muy lentamente y los problemas en el campo eran patentes, desigualdad y malas cosechas llevaron a la población a subsistir en una situación precaria y sin motivación. La realidad de una España hundida en el pesimismo.
En este contexto, jóvenes con espíritu emprendedor, pertenecientes a las clases más desfavorecidas y animados por la promesa de buenas tierras y oportunidades en el continente americano decidieron emprender la aventura de lo que se conoce como “Hacer las Américas”.

Así, con ilusión y la esperanza de hacer fortuna iniciando una nueva vida partieron a países como México, Argentina o Cuba. En un principio comenzaron trabajando en puestos humildes y no todos pudieron materializar sus sueños; sin embargo, otros lograron prosperar gracias a su visión comercial y a saber aprovechar las oportunidades conociendo bien los sectores clave en los que poder hacer fortuna.
La gran mayoría de los que partieron en un principio fueron hombres, pero al ir prosperando emigraron sus parientes, asentándose y emprendiendo negocios familiares con éxito que les permitió ganar dinero en sectores como el ferrocarril, el cacao o el algodón, tener una vida holgada en el aspecto económico, además de adquirir tras años de estancia en estas grandes urbes, una visión más mundana que nada tenía que ver con la que dejaron atrás antes de su partida. La prosperidad económica dio a muchos la posibilidad de volver a su patria tras conseguir sus propósitos económicos. Tras su regreso a España a estas familias se les conoció como indianos.

Aunque algunos regresaron sin éxito y otros se instalaron para siempre en América, para muchos de ellos la vuelta a España tras treinta o cuarenta años de trabajo en América supuso un verdadero impacto en estas tierras norteñas.
Este impacto no fue solo en el aspecto material, sino también existía un componente sentimental, el deseo de prosperidad en su tierra, a la que seguían unidos a pesar de los años alejados de ella.

Gracias a esa visión cosmopolita adquirida en América antes mencionada, estos emprendedores volvieron con el deseo de adquirir un nuevo estatus ocupando cargos en las administraciones locales e incluso en el gobierno central, invirtiendo en tierras y construyendo grandes y fastuosas residencias que con su arquitectura pregonaban a todos su éxito allende los mares; sin olvidar la labor benefactora que llevaron a cabo en estas localidades, gozando de gran influencia social. Levantaron escuelas, financiaron obras públicas, hospitales, como el Asilo- hospital del indiano Ulpiano Cuervo (1844-1914) y obras de saneamiento, convirtiéndose también en mecenas culturales, tanto en las ciudades más populosas, como en las pequeñas localidades en las que vivieron de niños,

Algunas de estas familias que no regresaron a España impulsaron la economía en las tierras que abandonaron. Este es el caso de los hermanos Juan y José María Moreno Ulloa, que nunca regresaron a su tierra de origen, sin embargo, sí invirtieron dinero para impulsar proyectos, entre ellos la conocida como Torre de los Moreno en la ciudad de Ribadeo (Lugo), un palacete de arquitectura ecléctica que constituye, sin lugar a dudas, un monumento emblemático de la ciudad.

La arquitectura es el legado más visible con la que los llamados Indianos nos contaron su historia, una historia de ilusión, sacrificio, éxito y esa añoranza o nostalgia que en esas tierras llaman morriña.
Las espléndidas y ostentosas casas constituyeron un auténtico impacto urbanístico en las ciudades, con vistosas torres, elegantes escalinatas, galerías acristaladas, típicas de ciudades norteñas, y bonitos jardines en los que plantaban, además de especies autóctonas, árboles tropicales incluyendo palmeras, consideradas estas últimas como símbolos de triunfo y victoria.

Localidades como Somao o Somado, con el mayor número de jardines privados en Asturias, o Ribadeo, que posee uno de los conjuntos más emblemáticos y atractivos de la arquitectura indiana en toda Galicia, son un buen ejemplo de este legado urbanístico.
Las construcciones muestran por tanto una arquitectura ecléctica, con elementos exóticos, la tradición norteña e influencias europeas, como componentes modernistas o el clasicismo de las extraordinarias villas italianas; este es el caso de Villa Julita, cerca de la localidad de Grado, a unos veinticinco kilómetros de Oviedo.

La villa asturiana de Colombres es una de las villas con más casas de indianos en la cornisa cantábrica; La Casa del Abuelo, Villa Rosario o La Casona son buen ejemplo de ello; un paseo por la ciudad nos recuerda la historia de ese pasado que traería prosperidad junto a un cambio cultural, social y urbanístico de gran relevancia.

Otra de las villas que destaca por su arquitectura indiana es Comillas, en Cantabria. Destacando entre otras edificaciones la Universidad Pontificia o el magnífico Palacio de Sobrellano, residencia familiar de Antonio López y López (1817-1883), I Marqués de Comillas, que tras volver de América se convertiría en una de las figuras más influyentes en la zona.

El personaje del indiano ha sido inspirador en el campo literario. Emilia Pardo Bazán (1851-1921) en su obra Barbastro, con clara intención crítica, ahonda en aspectos morales y sociales. En la magnífica obra La Regenta de Leopoldo Alas Clarín (1852-1901), novela igualmente crítica, el autor presenta a uno de sus personajes principales como un rico indiano que retorna de América provocando en la sociedad asturiana celos y envidia por su influencia y destacada posición social; otros escritores han querido indagar en este asunto que ha dejado una huella profunda en nuestras queridas tierras norteñas, como el gallego Manuel Rivas Barrós (1957), gran valedor de la identidad gallega.
Actualmente muchas de estas casas albergan instituciones, hoteles y establecimientos privados, una buena forma de mantener ese legado vivo, aunque aún queda mucho por hacer para seguir preservando ese magnífico legado.

Es interesante visitar el Museo de la Emigración en Colombres ubicado en una de estas casas indianas, La Quinta Guadalupe, donde contemplar la historia de estos emprendedores que aportaron a España un rico patrimonio, fruto del esfuerzo, la ilusión y el amor a su tierra.
Algo más de nuestra historia, cuyos protagonistas en esta ocasión, se nutrieron en esas urbes hermanas a las que España aportó parte de su identidad e impulsó su desarrollo para ser gran parte de lo que fueron y de lo que son.
Málaga, 2026

