
«Lo largo de estos tres últimos días he sentido la pérdida del cordón umbilical que me une al progreso»
El pasado lunes se me apagaron las luces del “router”. Cuatro bombillas verdes que, cuando se ponen rojas, indican la muerte instantánea de nuestra conexión con el espacio cibernético.
Llamé a urgencias telefónicas y me dieron largas. Una avería había colapsado todo el sistema. Un día, dos, tres. Una especie de muerte súbita que esperaba una “resurrección”. Al parecer un espabilado cortó un brazado de fibras ópticas. Consecuencia 15.000 líneas cortadas y, lo que es más grave. Centenares de datáfonos instalados en los establecimientos, fuera de control.
Hace años recurríamos al telegrama o esperábamos pacientemente a que se resolviera el problema telefónico. Casi todas las llamadas podían esperar. En mi caso he recurrido al ¡teletexto! Que aun funciona. Sin acceso a las redes sociales, a los deportes, o a nada importante. Lo que nos interesa viene por cable.
No hay mal que por bien no venga. Me he librado de los partidos de la copa de Europa y las broncas consiguientes. Acaban de llamarme desde la compañía telefónica. Un robot me ha preguntado que si ya tengo línea. Le he mandado a esparragar.
Algo he sacado en limpio de este trance. Se puede vivir sin teléfono fijo, sin correo electrónico y sin Internet. Se pueden ver los resúmenes del fútbol a toro pasado. Y se puede vivir sin ver el “careto” de Trump haciendo y diciendo tonterías.
Pero ya ha salido el sol. Les puedo pasar este artículo por los medios habituales
