(V) El sanchismo. La ideología híbrida que acabó con España. Por Francisco Gómez Valencia

La ideología híbrida que acabó con España.

Capítulo 10.

Los jubilados. Las pensiones como medida de presión social contra la población productiva.

El sanchismo ha perfeccionado una de las estrategias de ingeniería social más perversas de la historia democrática reciente: la transformación de la clase pasiva en un ariete político contra los generadores de riqueza. Para comprender esta dinámica bajo el prisma de la Revolución Positiva de Edward de Bono, es necesario analizar cómo el poder central utiliza el pensamiento de diseño, no para crear valor o resolver un conflicto estructural, sino para diseñar un ecosistema de dependencia perpetua. De Bono sostenía que los cambios en el entorno modifican la conducta humana de forma mucho más eficaz que la simple argumentación teórica. El sanchismo ha aplicado este principio al revés, alterando deliberadamente el mapa demográfico y económico de España para asegurar su supervivencia. Al indexar de manera inflexible las pensiones al Índice de Precios de Consumo (IPC), el Ejecutivo no está ejecutando un acto de justicia social, sino un cálculo matemático de retención de poder. Se ha construido un entorno donde el pensionista percibe que su bienestar no depende de la salud financiera del país, sino de la permanencia del líder en el Palacio de la Moncloa. Esta manipulación transforma a un colectivo históricamente respetado y caracterizado por su prudencia en un ejército electoral cautivo. La transferencia masiva de recursos desde las arcas exhaustas del sector privado hacia el mantenimiento de un sistema de pensiones insostenible funciona como un mecanismo de presión psicológica. El sanchismo ha diseñado un marco de pensamiento donde cualquier crítica a la viabilidad del modelo de reparto es etiquetada inmediatamente como una agresión directa a la dignidad de los mayores. De este modo, se neutraliza el debate técnico y se sustituye por un imperativo emocional. El jubilado, atrapado en este diseño mental, pasa a ser un rehén del presupuesto público, obligado a votar en defensa propia contra los intereses económicos de sus propios hijos y nietos, quienes sostienen el sistema con un esfuerzo fiscal creciente y asfixiante. La gravedad de este diseño radica en la inversión absoluta de los valores tradicionales de la sociedad española. Históricamente, el ahorro, el legado familiar y la protección intergeneracional eran los pilares de la cohesión comunitaria. La Revolución Positiva del sanchismo rompe este pacto de sangre de manera unilateral. Convierte el subsidio estatal en la única realidad tangible, despojando al individuo de su autonomía y vinculando su subsistencia diaria a las decisiones arbitrarias del Boletín Oficial del Estado. El Gobierno no busca la sostenibilidad a largo plazo; busca el dividendo electoral inmediato. Cada subida porcentual en las nóminas de la seguridad social es un ladrillo más en el muro defensivo que el sanchismo edifica para blindarse ante el descontento de las clases medias trabajadoras, consolidando un bloque de votantes cuya lealtad ha sido tasada y financiada con el dinero de las generaciones futuras.

El segundo bloque de esta estrategia se centra en la demolición sistemática de la población activa. El tejido productivo español, compuesto por autónomos, pymes y trabajadores por cuenta ajena del sector privado, sufre una presión fiscal sin precedentes históricos. El coste de mantener un sistema hipertrofiado no se sufraga mediante el crecimiento económico o la creación de empleo de calidad, sino a través de la confiscación de la riqueza circulante. El sanchismo utiliza las cotizaciones sociales y los impuestos indirectos como herramientas extractivas que penalizan el éxito y desincentivan la inversión. Desde una perspectiva analítica, este fenómeno representa el triunfo del parasitismo estatal sobre la iniciativa individual. El Gobierno actúa como un gestor de la escasez que redistribuye el estancamiento, quitando a quienes producen para sostener un granero de votos incombustible a las crisis económicas. La brecha entre la pensión media de las nuevas altas y los salarios de los jóvenes que acceden al mercado laboral es el síntoma definitivo de esta quiebra estructural. El sanchismo ha creado una anomalía socioeconómica: es más rentable estar fuera del circuito productivo que dentro de él. Los jóvenes españoles, golpeados por tasas de paro alarmantes y una precariedad crónica, contemplan cómo el fruto de su trabajo diario es devorado por una maquinaria fiscal destinada a financiar un nivel de vida que ellos jamás alcanzarán. Este diseño no es casual, sino plenamente deliberado. Al debilitar la posición económica de las clases trabajadoras, el sanchismo reduce su capacidad de resistencia y su independencia crítica. Una población activa empobrecida y fragmentada tiene menos tiempo y recursos para oponerse a las reformas estructurales y a la degradación institucional del país. Esta presión actúa como una pinza social insoportable. Por un lado, el Estado exige una productividad máxima bajo condiciones laborales y fiscales draconianas. Por otro lado, premia la inactividad mediante una indexación que no responde a la realidad de la facturación empresarial ni a los ingresos públicos reales. La consecuencia directa es la destrucción del ahorro privado y la pérdida de competitividad de las empresas españolas en el exterior. Al priorizar el gasto corriente en pensiones sobre la inversión en infraestructuras, educación o desarrollo tecnológico, el sanchismo condena a España a un declive industrial crónico. El sector productivo se convierte en un esclavo fiscal de un sistema que utiliza sus propios recursos para financiar su sumisión política, cerrando un círculo vicioso de empobrecimiento y control estatal.

El desenlace final de esta ingeniería social es la fractura definitiva de la solidaridad intergeneracional, un pilar fundamental de la civilización occidental y de la identidad nacional española. El sanchismo ha inoculado un virus de resentimiento latente entre padres e hijos. Al enfrentar los intereses materiales de los jubilados con los de la población activa, el Ejecutivo disuelve los vínculos de ayuda mutua que siempre habían protegido a las familias durante las épocas de crisis. En el modelo sanchista, el bienestar de los mayores ya no se concibe como el resultado natural del esfuerzo acumulado de una vida y del crecimiento del país, sino como un derecho absoluto que debe ser garantizado a costa de la supervivencia económica de las siguientes generaciones. Esto genera un conflicto de intereses silencioso pero devastador para la cohesión del Estado. Si aplicamos las herramientas de De Bono, comprobamos que el sanchismo ha diseñado un mapa mental donde la noción de futuro ha sido erradicada del debate público. Solo existe el presente electoral inmediato. El mañana de la nación se sacrifica conscientemente en el altar de la próxima cita con las urnas. Este desprecio por el porvenir es la manifestación más pura de una ideología híbrida que carece de principios patrióticos o morales estables; su único dogma es la permanencia en el poder mediante la sumisión de las voluntades. Las pensiones se utilizan como una porra social para acallar la contestación de las clases productivas: si el sector privado protesta por la asfixia fiscal, el relato oficial los acusa de querer desamparar a los abuelos de España. La demagogia se convierte así en la norma de gestión política. En conclusión, el tratamiento de las pensiones bajo el régimen sanchista representa el desmantelamiento de España desde sus bases demográficas y morales. Se ha configurado una sociedad subsidiada, temerosa del cambio, dependiente del favor del gobernante y enfrentada internamente por la supervivencia económica diaria. La población productiva, cada vez más reducida y castigada, asiste impotente a la edificación de un modelo asistencial insostenible que aboca al país a la quiebra técnica e institucional. La Revolución Positiva del sanchismo no busca el progreso ni la armonía social, sino la instauración de una tiranía presupuestaria que utiliza el dinero de todos para subvertir el orden económico natural y perpetuar un proyecto político cuyo único legado real será la ruina de las generaciones venideras.

 

El sanchismo.  La ideología híbrida que acabó con España.

Capítulo 11

Los jóvenes. El paro. La educación. Las RRSS. El adoctrinamiento. 

El sanchismo ha comprendido que para consolidar un régimen de corte hegemónico es imprescindible intervenir el futuro, y el futuro pertenece por definición a la juventud. Bajo las tesis de Edward de Bono sobre la Revolución Positiva, el poder no se ejerce únicamente mediante la fuerza o la legislación coercitiva, sino a través del diseño de un entorno que altere de manera invisible los patrones de pensamiento y comportamiento de los individuos. Aplicado a las nuevas generaciones, el sanchismo ha diseñado un hábitat de precariedad y sumisión mental perfectamente estructurado. La primera herramienta de este diseño es la cronificación del paro juvenil, un fenómeno que lejos de ser un fracaso de gestión, opera como un mecanismo de control social. Un joven sin expectativas de independencia económica, atrapado en contratos precarios o sumido en el desempleo de larga duración, es un individuo vulnerable y, por tanto, altamente permeable a la tutela del Estado. Al destruir las condiciones que permiten el florecimiento del empleo privado y la iniciativa empresarial entre los menores de treinta años, el Ejecutivo no comete un error macroeconómico; ejecuta un plan de desarticulación social. El objetivo es sustituir la legítima aspiración de prosperidad basada en el mérito por la resignación del subsidio o el empleo público precario. De este modo, la juventud española pierde el incentivo de la rebeldía y el inconformismo histórico propios de su edad, siendo reconducida hacia una dependencia estructural donde el Gobierno se presenta ante ellos no como el causante de su asfixia, sino como el único salvador posible a través de bonos culturales, ayudas al alquiler y parches asistenciales que perpetúa su minoría de edad económica y vital. Esta estrategia de desactivación se complementa de forma implacable mediante el desmantelamiento del sistema educativo formal, transformado hoy en una factoría de adoctrinamiento ideológico. Siguiendo el concepto de, Edward de Bono, el sanchismo ha modificado el mapa conceptual de las aulas para sustituir el pensamiento vertical y lógico —aquel basado en el esfuerzo, la memoria, la transmisión del conocimiento científico y el respeto a las humanidades clásicas— por un marco de emotividad hipertrofiada y relativismo moral. Las sucesivas reformas educativas del régimen han rebajado las exigencias académicas hasta extremos ridículos, permitiendo pasar de curso con materias suspensas y priorizando las competencias socioemocionales sobre el rigor intelectual. Este diseño tiene un fin nítido: extirpar el espíritu crítico de los estudiantes. Una educación desprovista de exigencia produce ciudadanos intelectualmente inermes, incapaces de analizar de forma rigurosa la realidad política o de desmontar las falacias del discurso oficial. En lugar de dotar a los jóvenes de herramientas cognitivas para comprender la complejidad del mundo, se les imbuye de dogmas empaquetados bajo las etiquetas de la ideología de género, el ecologismo radical y la memoria democrática sectaria. Las aulas españolas ya no buscan la excelencia ni la movilidad social ascendente a través del saber; se han convertido en laboratorios de ingeniería conductual destinados a moldear una masa homogénea, dócil, hiperventilada emocionalmente y adoctrinada en el resentimiento hacia el pasado nacional y las estructuras tradicionales como la familia o la propiedad.

 

El ecosistema digital y las redes sociales constituyen el tercer vértice de esta pinza de control generacional. El sanchismo, consciente de que los jóvenes habitan en un entorno virtual hiperconectado, está intentando colonizar y redirigir estos canales para amplificar su propaganda y desviar la atención de los problemas estructurales. Utilizando el bombardeo constante de estímulos superficiales y la cultura de la cancelación, se promueve un estado de distracción permanente. Las redes sociales operan aquí como el anestésico perfecto frente al drama del paro o la falta de vivienda. Se fomenta un individualismo narcisista centrado en causas accesorias o identitarias, atomizando a la juventud en microcolectivos enfrentados entre sí. El diseño gubernamental ha logrado que la legítima frustración de un joven atrapado en la falta de porvenir no se dirija contra los gobernantes responsables de su situación, sino contra enemigos ficticios creados por el relato oficial, tales como el capitalismo abstracto, la herencia patriarcal o la disidencia conservadora. La censura sutil, el algoritmo y la promoción de referentes culturales subvencionados saturan el espacio digital, bloqueando cualquier atisbo de pensamiento alternativo. En conclusión, el tratamiento sanchista hacia la juventud representa un crimen de lesa patria que hipoteca el destino de España. Se ha diseñado una generación a la que se le ha robado el trabajo, se le ha degradado la educación, se le ha adoctrinado en el aula y se le ha anestesiado en la pantalla. Esta Revolución Positiva a la inversa destruye el capital humano de la nación, transformando la energía creadora de la juventud en una fuerza pasiva, tutelada y cautiva, cuyo único horizonte es la supervivencia en una España empobrecida y desarticulada por un poder que necesita ciudadanos débiles para mantenerse invulnerable en su cúspide.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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