La Rusia moderna. Por Diego Pardos 

La Rusia moderna

«Las naciones tienen difícil recuperación cuando caen en la crisis del espíritu, lo mismo en la Rusia de las hamburgueserías y las telenovelas que en la España del Gran Hermano y la alianza de civilizaciones»

 Joseph Pearce, en su biografía sobre Alexandr Solzhenitsyn (Un alma en el exilio, Ciudadela, 2007) escribe: “La banalización de la cultura se reflejaba en los gustos literarios rusos. En 1994, los títulos más vendidos en las librerías de Moscú incluían las versiones noveladas de la película de Charles Bronson Death Wish, de una serie de televisión italiana titulada Octopus y de un culebrón mejicano, Simplemente María. Un periodista inglés que estaba buscando libros de Solzhenitsyn no encontró ninguno en el departamento de narrativa de La Casa de los Libros, la mayor librería de Moscú. Tales circunstancias reforzaron la afirmación de que Solzhenitsyn estaba pasado de moda en la Rusia moderna, herejía suprema en una cultura adicta a la novedad” (pp. 364, 365). Ni siquiera el regreso del escritor a su patria en ese año tras su exilio en Vermont hizo que cesara “el abandono de la literatura rusa ante la invasión de la literatura basura occidental. 

 

Aquí en España la editorial Planeta reeditó en 1981 Plaza del Castillo, la gran novela de Rafael García Serrano sobre la fiesta de Pamplona en julio de 1936, cuando ya se preparaba el jaleo que vendría después. Llevaba en portada la fotografía del quiosco de la plaza y cuando la visité por vez primera busqué algún eco del periodista navarro (que ya había muerto). No recuerdo si había allí mismo por las inmediaciones alguna librería pero es seguro que de hallarla ni en el interior ni mucho menos en el escaparate se mostraría cualquier ejemplar del escritor local. García Serrano, en su ciudad natal, vaciada ya de su españolidad y ganada para la causa de Euzkadi, debía de ser tan incómodo como el premiado con el Nobel en esa Rusia moderna. 

 

De la Pamplona de García Serrano tan sólo quedaba, acaso, bajo los soportales de la plaza el Café Iruña, donde tampoco se acordarán de los güisquis de su admirado Hemingway y La Perla, que era como el hotel Palace pero donde seguramente se comería mejor, según se aventura a decir en La gran esperanza. Está por ver que en la librería Las Heras de Soria podamos comprar alguna obra de Fernando Sánchez Dragó o de Gerardo Diego, que toma café sentado en su mesa del Círculo de la Amistad, en plena calle de El Collado. La memoria literaria, por lo visto, es tan selectiva como la memoria histórica o el feminismo de batucada y camiseta verde, mientras las elites aplauden a un tipo soez con nombre de conejo. 

 

El programa Encuentros con Solzhenitsyn fue retirado de la televisión rusa a los cinco meses de emisión. Fue suprimido “porque al poder le asustaban los temas que se estaban tratando en él”, confiesa el escritor en una entrevista con Pearce, y añade éste en su libro: “El programa que sustituyó al de Solzhenitsyn alardeaba de su invitada especial, La Cicciolina, una parlamentaria italiana y reina del porno”. 

 

No sé si estos asuntos traen causa ya de la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453, hecho que preocupaba sobre todos los demás al colombiano Álvaro Mutis. Pero lo cierto es que las naciones tienen difícil recuperación cuando caen en la crisis del espíritu, lo mismo en la Rusia de las hamburgueserías y las telenovelas que en la España del Gran Hermano y la alianza de civilizaciones. Lo de la ilustre diputada italiana y el culebrón de Los ricos también lloran es una broma al lado del panorama social, cultural (es un decir) y televisivo que padecemos. 

 

Quizá nos quepa el triste consuelo, por el lado del humor y contemplando la agonía de Occidente, de asistir a esa función doméstica como de tragicomedia cutre donde actúan analistas que se despechugan, señoritas de compañía ministerial, señoras enamoradas del mismo señor y espías de Mortadelo y Filemón luchando desaforadamente contra los jefes de la Unidad Central Operativa de la Benemérita. 

 

En 1993, Alexandr Solzhenitsyn pudo hablar con Juan Pablo II en Roma durante hora y media. El polaco y el ruso, dos figuras históricas cuya vida y obra corrieron paralelas por el atribulado y terrible siglo XX eran el antídoto de aquellos momentos. Hoy en cambio tenemos el espectáculo de León XIV, que va a celebrar una misa en Tenerife desde un altar donde, me temo, el centro no será el Sagrario sino dos cayucos de madera cuyo significado nos intriga… y nos inquieta. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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