
«A medida que van pasando los años, aprendemos a temer menos nuestro encuentro con el más allá»
Mientras somos niños o adolescentes no nos acordamos de pensar en la muerte, salvo que, desgraciadamente, la veamos de cerca tras el fallecimiento de algún ser cercano. Inmediatamente tiramos de nuestra capacidad de desechar ideas y volvemos a centrarnos en lo que nos interesa: la vida.
A partir del momento en que empiezan a fallecer personas cercanas, normalmente de la generación anterior a la nuestra, la situación va cambiando. Paulatinamente, con el paso de los años, te vas acostumbrando, bastante mal por cierto, a acompañar a parientes y amigos en su último viaje. El drama surge cuando encuentras en tu agenda de direcciones personas con las que has convivido y con las que ya no puedes conectar.
La buena noticia surge cuando descubres que nadie se muere para siempre. Sobre todo si disfrutas de la fe cristiana, que te ayuda a recordar que hay otra vida de acuerdo con la promesa del Redentor. Pero es más. Nadie muere para siempre mientras se encuentre en nuestro recuerdo.
Ayer asistí a una fiesta que me impactó. Se trata de la celebración de los 99 años de la “abuela” de nuestra familia. Ella no se encontraba físicamente entre nosotros, por que se marchó al encuentro con el Padre hace un par de meses. Pero medio centenar de descendientes, venidos de diversas partes de España y de Francia, nos reunimos para recordarla y agradecer cuanto nos dio durante su extensa vida. ¡Claro que estaba presente! Durante horas hablamos de ella y de sus “cosas”. Otra vez más nos reunió en su nombre y alrededor de su recuerdo y su 99 cumpleaños. Fue el indudable centro de la fiesta.
Desde esta perspectiva vital se ve el mundo de otra manera y se pierde el miedo a la muerte. Tenemos que incorporarla a nuestros pensamientos sin actitudes dramáticas. Hay está. Vendrá cuando nos toque. Pero… Insisto. Nadie muere si permanece en nuestro recuerdo.

