Cuando las texturas cobran vida. Por Susana del Pino

Cuando las texturas cobran vida. «El vestido azul», Edouard Frédéric Whilhelm Rotcher, (1844-1913), «Mujer leyendo» (Frédéric Soulacroix (1858-1933) y «Madame Recamier» de François Gerard (1770-1837).

«Son innumerables las obras maestras que nos dejan estupefactos ante la maestría con la que muchos artistas han sabido plasmar la calidad de las telas»

Cuando contemplamos un cuadro o una escultura, no sólo vemos una composición de formas y colores, nos adentramos en un relato vivo. La indumentaria, no es un accesorio superficial, nos revela el estatus, la identidad y en definitiva, el espíritu de una época. El vestuario en el arte se convierte en un documento histórico que nos permite adentrarnos en la realidad social, política y cultural de un periodo determinado.

Pintora romana, «Flora».

Las telas pintadas o esculpidas se convierten en protagonistas poniendo de manifiesto el dominio del artista al plasmar la textura de materiales tan diversos como la seda, el brocado o el terciopelo.

Ya en época romana se muestran los pliegues en pinturas y mosaicos, copiando las formas del arte griego. En Pompeya, muchas de las pinturas, tanto mitológicas como escenas de la vida cotidiana, muestran un dominio del volumen o la gravedad y un determinado estatus; lo mismo ocurre en escultura, disciplina en la que los pliegues cobran vida.

Mosaico de la emperatriz Teodora, Iglesia de San Vital, Rávena (Italia).

En Bizancio se conjuga el drapeado utilizado en Roma, pero la indumentaria se representa con más rigidez como se aprecia en el magnífico Mosaico de la emperatriz Teodora en la Iglesia de San Vital en Rávena.

Con el cristianismo la vestimenta se simplificó, huyendo de la ostentación y el lujo, sin embargo, en la Edad Media, con la introducción de nuevos tejidos provenientes de Oriente, la indumentaria comienza a enriquecerse, no sólo por la calidad de las telas sino también por los adornos que complementaban la imagen, estableciendo aún más la diferencia social.

Desde la Antigüedad clásica hasta el siglo XV serán las influencias religiosas las que predominen a la hora de vestir, lo que trae como consecuencia una transformación lenta en la indumentaria.

El matrimonio Arnolfini, Jan van Eyck (1390-1551).

Los maestros flamencos en el siglo XV lograron tratar los tejidos con una exquisitez admirable, como se aprecia en el vestido verde de la señora Arnolfini; Jan van Eyck (c.1390-1441) con la técnica al óleo, que el mismo pintor perfeccionó, consigue una textura extraordinaria que incluso induce a tocarla. Los pliegues, el brillo y el peso de la tela hacen del vestido un elemento esencial en la composición que deslumbra con un estudiado juego de luces y sombras. 

El Renacimiento constituye un avance decisivo en la historia del vestido y el tratamiento de éste en el arte, ya que la sociedad va evolucionando hacia nuevas formas de apreciar el mundo y al hombre, liberándose de las tutelas religiosas, lo que se refleja en el arte.   La técnica al óleo, tras los avances realizados en Flandes, favorecería en gran medida la representación y tratamiento de los tejidos, ya que su aplicación permitía imprimir veladuras transparentes, más capas y más precisión para lograr los efectos de luz que, concretamente en los tejidos, alcanzaría resultados asombrosos.  

Renacimiento,( de izquierda a derecha) Isabel I de Inglaterra ( William Scrots), Isabel de Portugal (Tiziano) y Eleonora de Toledo (Brozino).

Mientras en Florencia, foco indiscutible del renacer del arte, los pintores se esmeraron sobre todo en la forma, la composición y el dibujo (disegno), en Venecia, donde se creó la Escuela Veneciana, que alcanzó su apogeo en el siglo XVI, se inclinaría por una estética mucho más luminosa en la que el color era prioritario (colorito). Los pintores venecianos se convirtieron en un referente para el resto de tendencias europeas. La importancia que le dieron al cromatismo en sus composiciones hizo que en sus obras se creara una atmósfera envolvente y sensual, muy admirada por pintores a lo largo de los siglos como Diego Velázquez (1599-1660), Pedro Pablo Rubens (1577-1640) o Pablo Ruíz Picasso (1881-1973).

Retrato de Leonardo Loredan, Dux de Venecia, Giovanni Bellini (1430-1516).

El pujante intercambio comercial que Venecia mantenía con Oriente le permitió adquirir lujosos y suntuosos tejidos que embelesaron a los pintores para plasmarlos en sus obras, visible en la indumentaria de los personajes. Se buscaba la belleza, el lujo y la ostentación, convirtiéndose, a su vez, en un símbolo de poder y estatus social. El magnífico retrato del Dux de Venecia pintado por Giovanni Bellini (c.1433-1516) es un buen ejemplo de la autoridad, el estatus y a la vez la elegancia de su indumentaria.

«Las bodas de Caná», Paolo Veronese (1504-1563).

Paolo Veronese (1528-1588), en obras como Las bodas de Caná, todo un espectáculo visual en cuanto a color, luz y tratamiento de los tejidos, plasmaría esta estética de manera sublime. 

Jacopo Robusti, el Tintoretto (1518-1594), representante del Renacimiento tardío, muestra en su obra El lavatorio de pies, las telas iluminadas con contrastes de luces y sombras, cobrando movimiento, con formas ondulantes e incluso elevándose.

El lavatorio de pies. Tintoretto.

En el siglo XVII el Barroco recibe la herencia de la Escuela Veneciana, decisiva para expresar la teatralidad y dramatismo característicos de este periodo. La ropa se convertiría en un elemento protagonista en la composición de un modo hasta entonces no conocido, ya que la indumentaria se convierte en un vehículo para transmitir el movimiento. Los pliegues, los drapeados y el volumen en los tejidos acentúan la intensidad de lo que el artista quiere representar. 

Como ejemplos extraordinarios, en este caso plasmados en mármol, tanto El éxtasis de Santa Teresa como la Beata Ludovica Albertoni, obras cumbre de Gian Lorenzo Bernini (1598-1690) muestran con una ejecución magistral la experiencia mística de ambas mujeres.

«Beats Ludovica Albertoni». Iglesia de San Francesco a Ripa, Roma.

En el caso de la Beata, el tratamiento del manto situado bajo el diván donde está recostada es asombroso; la elección del mármol veteado emula de manera virtuosa la textura de una tela con un estampado suntuoso y elegante, lo que junto al dinamismo de los pliegues que aportan un movimiento vibrante al conjunto, hacen que la obra se convierta en un indiscutible capolavoro de la escultura barroca europea.

Con el dominio del claroscuro, que llegaría a su culminación con el maestro Caravaggio (1571-1610) y el uso de las veladuras que proporcionan luminosidad, los pintores, podría decirse que “esculpen” la luz con pinceladas que exaltan el dramatismo de la escena que representan.

» La vocación de San Mateo «, Caravaggio (1581-1610).

Esto se aprecia en La vocación de San Mateo, ubicada en la Capilla Contarelli de la Iglesia de San Luis de los Franceses en Roma. En esta obra, Caravaggio consigue iluminar las telas con un haz de luz que penetra desde la parte diestra de la composición y simboliza la gracia divina.

 Caravaggio materializa los tejidos de una manera sublime, destacando la diferencia entre la opulencia de sedas y terciopelos en la indumentaria de los cobradores de impuestos, y la rudeza de las túnicas de Pedro y Jesús, junto a él en la parte derecha de la composición. El tratamiento de la luz en este lienzo es impresionante.

«Helena Fourment vestida de novia», Pedro Pablo Rubens (1577-1640).

Pedro Pablo Rubens, convierte en protagonista absoluto de su obra Retrato de Helena Fourment vestida de novia, el pomposo atuendo de la dama, su segunda esposa, y lo consigue mediante un modelado lumínico extraordinario que esculpe lo material para ensalzar la presencia de la retratada.

Otro de los grandes maestros indiscutibles de este periodo, Diego Velázquez, logró con una pincelada suelta diferenciar diferentes texturas a través de la incidencia de la luz, algo que asombra en muchas de sus obras.

Las Meninas.

En Las Meninas, toques sueltos con pinceladas rápidas realizadas con blancos plateados y dorados aportan un toque lumínico en los vestidos de la infanta Margarita y las damas que la acompañan produciendo un efecto etéreo; una técnica excepcional que anticiparía siglos más tarde el Impresionismo.

Ese barroco exuberante y voluptuoso, da paso a principios del siglo XVIII, bajo la influencia de la “vuelta a lo clásico”, a modelar los tejidos con precisión, asemejándose a la indumentaria de la escultura clásica y evitando la ornamentación; esto se aprecia en El juramento de los Horacios del pintor francés Jean-Louis David (1748-1825). 

El juramento de los Horacios.

Además de la estética y la inspiración de la indumentaria en la Antigua Roma, en esta obra en la que se exalta la lealtad al Estado, anteponiendo el deber y el honor a los intereses individuales, las túnicas tienen un claro simbolismo. Mientras que las que llevan los hombres, más rígidas, representan la firmeza, decisión y tenacidad de los que juran; las túnicas femeninas, que adoptan formas más curvas ponen de manifiesto la resignación y el dolor de las mujeres que lloran ante el sacrificio de los hombres.

La familia de Carlos IV

Francisco de Goya (1746-1828), pintor que, por la evolución artística a lo largo de su vida bien merece un estudio detallado, lograría con pigmentos como el bermellón, el verdigris o la azurita y pinceladas sueltas, una representación exquisita en los tejidos como se puede apreciar en su obra La familia de Carlos IV.

«Madame Recamier» de François Gerard (1770-1837).

Otra de las obras que merece la pena mencionar en esta aproximación sobre la maestría en la ejecución de los tejidos en el arte es Madame Recamier. Su autor, el francés François Gerard (1770-1837), pintor academicista y considerado uno de los más destacados retratistas del Imperio napoleónico, consigue con elegancia la suavidad de las telas y una caída en los pliegues con una técnica impecable.

En Francia, la Corte de Versalles se erigiría como referente del gusto y la elegancia en la Europa del siglo XVIII. La reina María Antonieta (1755-1793), amante del lujo, las fiestas y la moda, influiría notablemente en los gustos de una aristocracia con enormes deseos de distinción y de ocupar importantes cargos en la política. Su amor por el arte y la moda hizo posible el impulso de una importante industria textil en Francia, sore todo en la ciudad de Lyon y en el resto de Europa que producirían telas de una calidad exquisita y gran belleza. La moda, en cierto modo, se había convertido en una forma de arte.

En cuanto a la escultura, resulta asombroso observar el tratamiento de los paños en las admiradas esculturas veladas, tema que ya abordé con anterioridad. Esta técnica, rescatada en los siglos XVIII y XIX, evoca la genialidad y maestría de la Antigüedad clásica y la tradición de los paños mojados. 

Modestia de Corradini (detalle)

Es verdaderamente admirable el modo en el que artistas como Antonio Corradini (1688-1752) transforma en su magnífica obra Modestia la inherente dureza del mármol en la semitransparencia etérea y la delicadeza de un velo de gasa, una destreza portentosa y hasta turbadora.

«El beso» Francesco Hayez (1791-1882).

En la célebre obra El beso del pintor italiano Francesco Hayez, (1791-1882) que representa la transición entre el romanticismo y el realismo, el artista realizó varias versiones, siendo la de 1859, en la que, es interesante el significado que el pintor quiere expresar utilizando los colores rojo, blanco y verde, que aluden a la bandera italiana, la tricolore, y el azul que hace alusión a la ayuda francesa en el proceso del Risorgimento, para hacer frente a los austriacos, además de un exquisito tratamiento del raso azulado del vestido de la joven que presenta los pliegues y las arrugas de forma natural, conseguida con una perfecta combinación de luces y sombras,  

El beso y abrazo entre los amantes simboliza la ya inminente Unidad de Italia, aunque el peligro aún está presente, algo que Hayez lo refleja en su obra con la sombra que aparece en las escaleras, a la izquierda de la composición.

En España, el extraordinario pintor Federico Madrazo (1815-1894), hijo del también pintor José de Madrazo (1781-1859) es considerado el mejor retratista del Romanticismo español. Demostró una capacidad extraordinaria para tratar las texturas en la indumentaria de sus retratados. Uno de los más conocidos será uno de los que que realizaría a la reina Isabel II (1830-1904) en el que se puede apreciar la precisión y el detalle en los encajes y volantes, así como la textura del raso azul.

«Retrato de Isabel II», Federico Madrazo (1815-1894).

Su hijo Raimundo de Madrazo (1821-1920), se convertiría en la tercera generación de la prestigiosa familia de pintores. Formado en Madrid en la Academia de San Fernando, su carrera la desarrolló en París, donde llegó a ser considerado como un excelente retratista con un estilo más realista que su padre, además de crear magníficas escenas costumbristas. El retrato de su segunda esposa, María Hahn Echenagucia es un claro ejemplo de la elegancia, la maestría de su técnica y la excepcional forma de tratar los tejidos en sus obras.

María Hahn Echenagucia (detalle)

Aunque el brillante pintor supo relacionarse con la alta sociedad europea y estadounidense, gozando de una gran popularidad, las nuevas vanguardias del siglo XX, que pretendían una ruptura con la estética establecida y una renovación artística, intentaron desprestigiar la obra de Raimundo de Madrazo, en los últimos años ha sido revalorizada y afortunadamente está recuperando el valor que bien merece.

En este mismo periodo, a finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, cuando las mencionadas vanguardias iban tomando posiciones en París, es indispensable mencionar a Frédéric Soulacroix (1858-1933), pintor romano pero formado en Florencia, que supo retratar de manera impecable las telas pintadas. Soulacroix crearía en la bella ciudad toscana lo que se conocería como la “Escuela Italiana de Sedas y Satines”. Él y sus colegas supieron, reviviendo la atmósfera de los lujosos salones de los siglos XVIII y XIX, plasmar la vida de ocio, seducción y cortejo de la alta sociedad de la época. 

Obras de Frédéric Soulacroix. (1858-1973).

Estos artistas se esforzaron en el estudio de diferenciar la caída densa del terciopelo, la transparencia de una gasa o la delicadeza de una seda, creando escenas llenas de sensualidad que atraían enormemente a los coleccionistas de arte, proyectando en estas obras su propio deseo de distinción y elegancia.

Contemplar las creaciones de la Escuela Italiana de Sedas y Satines es un auténtico deleite para los sentidos; más allá de la belleza al observarlas, estos lienzos son el testimonio de una época que creía firmemente en el poder del arte para transfigurar y embellecer la realidad, lo que, lejos de ser un simple detalle, se convierte en una invitación perpetua a valorar cómo la belleza ennoblece nuestra existencia.

El impresionismo transforma la forma de plasmar las telas en sus cuadros al priorizar la pincelada suelta, el color y la luz que crea y define en los pliegues de las telas el volumen y una determinada textura. Las bailarinas de Degas y el asombroso luminismo de Joaquín Sorolla (1863-1923) son un buen ejemplo de esta técnica.

«Paseo a orillas del mar» (1909). Joaquín Sorolla (1863-1923).

La aparición de diferentes estilos artísticos en el siglo XX agrupados en lo que se conoce como “las vanguardias”, lleva a los artistas a dejar de representar la realidad dando paso a una libertad creativa y una experimentación personal.

Gustav Klimt (1862-1918) cuya obra serviría de enlace entre los siglos XIX y XX, con su simbolismo y original ornamentación logra que las telas en sus cuadros no sean simples accesorios, el artista envuelve a sus personajes en vestidos que a veces ocultan el erotismo o la vulnerabilidad, pero logrando que la intimidad entre amantes se convierta en una experiencia trascendente como en sus obras El beso, El abrazo o el Retrato de Adele Bloch-Bauer.

«Adele Boch- Bauer, Gustav Klimt (1872-1918).

Son innumerables las obras maestras que nos dejan estupefactos ante la maestría con la que muchos artistas han sabido plasmar la calidad de las telas; aunque el elenco de obras y artistas es enorme, con estas líneas he pretendido hacer un breve itinerario por este fascinante matiz a la hora de crear.

El arte, cuando se ejecuta de manera magistral, se convierte en algo extraordinario, en este sentido, los artistas europeos han legado, con la identidad singular de cada nación, un patrimonio de incalculable valor a la Historia del Arte.

Hoy en día, a pesar de las numerosas corrientes vanguardistas, manifestaciones artísticas que no pasan de ser efímeras y también, hay que decirlo, algunas tomaduras de pelo en esta materia, la ejecución del tejido en el arte, tanto en pintura como en escultura es la muestra de la excelencia artística. Podría afirmar que la historia se “viste” para narrar nuestra esencia, nuestra cultura, nuestras tradiciones y en definitiva nuestro sentir colectivo.

Como acertadamente afirmó Johann Wolfgang von Goethe (1849-1832): Una obra debe observarse, antes que de forma analítica, como un conjunto que provoca emociones”.

                                                                                                               

                                                     

Málaga, 2026

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

Artículos recomendados

Deja un comentario