[VI] El sanchismo. La ideología híbrida que acabó con España (Cap. 12 y 13). Por Francisco Gómez Valencia

El sanchismo. La ideología híbrida que acabó con España (Cap. 12 y 13).

 

CAPÍTULO 12: MACROECONOMÍA VERSUS MICROECONOMÍA. LA PERVERSIÓN DEL GOBIERNO

 

El sanchismo ha encontrado en la disociación entre la macroeconomía y la microeconomía uno de sus refugios propagandísticos más eficaces y, al mismo tiempo, una de sus perversiones más destructivas. Para desentrañar esta anomalía bajo las tesis de Edward de Bono sobre la Revolución Positiva, es necesario comprender cómo el poder utiliza el pensamiento de diseño no para solucionar los desajustes estructurales de la nación, sino para rediseñar la percepción misma de la realidad. De Bono argumentaba que el cerebro humano tiende a crear modelos cerrados de pensamiento basados en la información que se le suministra de forma selectiva. El Ejecutivo actual ha aplicado este principio mediante la manipulación sistemática de los grandes agregados macroeconómicos, construyendo un relato de éxito artificial que choca frontalmente con la penuria diaria de los hogares. Al exhibir cifras descontextualizadas de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) o reducciones contables del desempleo basadas en el maquillaje de los fijos discontinuos, el sanchismo edifica un mapa mental donde la verdad oficial anula la experiencia empírica del ciudadano.

Esta perversión consiste en obligar a la población a dudar de su propia escasez; si el relato gubernamental asegura que la economía avanza a velocidad de crucero, cualquier sufrimiento individual en el supermercado o en el pago de la hipoteca queda confinado al ámbito del fracaso personal o de la incomprensión técnica. El diseño del entorno económico sanchista busca, por tanto, neutralizar la contestación social sustituyendo la economía de las cosas reales por la economía de los despachos oficiales y las agencias de propaganda. Este diseño distópico cobra una especial gravedad en el asalto directo a la microeconomía, que es donde verdaderamente reside la soberanía material de una nación.

Macro y micro economía.

Mientras la Moncloa celebra el incremento de la recaudación fiscal como un logro macroeconómico de fortaleza estatal, las pymes, los autónomos y las familias experimentan esa misma recaudación como una violenta exacción que devora sus márgenes de supervivencia. La Revolución Positiva del sanchismo opera aquí de forma invertida: utiliza el poder regulador y el BOE para asfixiar el ahorro privado en favor de la hipertrofia del gasto público. Los salarios en España, castigados por una inflación subyacente persistente y una presión fiscal que no se deflacta a la realidad de los ingresos, han perdido un poder adquisitivo histórico. La clase media y trabajadora española se encuentra atrapada en una pinza invisible donde trabajar más ya no garantiza prosperidad, sino la simple cobertura de los costes básicos de existencia. El comercio de proximidad baja la persiana ante el aumento de los costes sociales y energéticos, mientras el Gobierno insiste en que las corporaciones y los grandes indicadores avalan su gestión. El parasitismo de Estado se disfraza de éxito estadístico, convirtiendo la contabilidad nacional en un ejercicio de cinismo donde el enriquecimiento del sector público se produce a costa del empobrecimiento sistemático del sector privado y de las economías domésticas.

El desenlace político de esta perversión macroeconómica es la consolidación de un modelo de sumisión y la ruptura definitiva de los equilibrios de mercado. Si aplicamos las herramientas conceptuales de De Bono, observamos que el sanchismo ha diseñado un laberinto donde la única salida económica pasa por la ventanilla del Estado. Al debilitar la microeconomía mediante impuestos confiscatorios y trabas burocráticas, se reduce drásticamente la capacidad de la sociedad civil para generar riqueza independiente. Una ciudadanía ahogada por las deudas y la pérdida de valor de su dinero es una ciudadanía más dócil, fragmentada y dispuesta a aceptar las redes de seguridad del subsidio gubernamental. Los fondos europeos y las ayudas sectoriales no se dirigen a transformar el tejido industrial o a potenciar la competitividad de las empresas, sino a financiar proyectos ideológicos alineados con el relato oficial del régimen. En conclusión, el divorcio provocado entre la macroeconomía y la microeconomía representa la degradación moral de la gestión pública. El sanchismo no busca la riqueza de España, sino la riqueza del Estado para perpetuar su estructura de poder. El ciudadano real es sacrificado en el altar de las estadísticas macroeconómicas cocinadas, consolidando un proyecto político cuyo único fin es la sustitución de la prosperidad real por una ilusión contable que oculta, bajo el ropaje de la modernidad y el progreso, la ruina acumulada e inevitable de las generaciones venideras.

Sánchez durante la visita del Papa a Canarias.

 

CAPÍTULO 14: EL VALOR DE LA VIDA.

 

El sanchismo ha cruzado la última frontera de la ingeniería social al perpetrar la desvalorización sistemática de la vida humana, transformando el derecho más fundamental de la existencia en un bien utilitario supeditado al diseño ideológico del Estado. Para desentrañar esta mutación ontológica bajo el prisma de la Revolución Positiva de Edward de Bono, es necesario examinar cómo el poder central utiliza el pensamiento de diseño no para expandir el bienestar o la protección comunitaria, sino para reconfigurar los marcos mentales y éticos de la sociedad. De Bono sostenía que las estructuras conceptuales arraigadas determinan nuestras respuestas emocionales y legislativas ante la realidad, y que para cambiar una sociedad resulta imprescindible alterar sus axiomas de base. El Ejecutivo actual ha aplicado esta metodología de manera implacable sobre el concepto mismo de la dignidad humana. A través de una ofensiva legislativa sin precedentes, el sanchismo ha sustituido el valor absoluto e intrínseco de la vida por un valor relativo y condicionado a la productividad, la salud perfecta o la mera conveniencia administrativa. Al normalizar y facilitar el acceso al aborto sin restricciones y al consolidar la eutanasia como una prestación pública prioritaria, el Estado no está ampliando libertades, sino diseñando un entorno donde la vulnerabilidad se penaliza y la eliminación del sufriente se disfraza de progreso compasivo. Esta distorsión altera por completo la percepción colectiva del deber de cuidado. El marco mental tradicional, que obligaba al Estado y a la comunidad a volcar sus recursos en la protección del desvalido, es reemplazado por un diseño utilitarista donde la existencia se evalúa bajo criterios de coste y beneficio, forzando a los ciudadanos a percibir la dependencia biológica o la enfermedad como cargas insoportables que el propio sistema ofrece aligerar mediante la muerte asistida o la interrupción legal de la gestación.

Esta demolición de los pilares humanistas de la nación ha encontrado su contestación espiritual y moral más rigurosa en el histórico discurso pronunciado por el Papa ante el Congreso de los Diputados. Frente a la soberbia de un poder político que pretende erigirse en árbitro de la vida y de la muerte, las palabras del Sumo Pontífice resonaron en el hemiciclo como una enmienda a la totalidad del proyecto sanchista, recordando a los legisladores que su soberanía no es absoluta, sino que está éticamente subordinada a la defensa de la dignidad inalienable de la persona, desde su concepción hasta su término natural.

El Papa advirtió con firmeza contra los peligros de una democracia vaciada de valores objetivos, donde las leyes se transforman en meros instrumentos de poder al servicio de consensos ideológicos coyunturales. Al invocar la necesidad de una renovación moral que sitúe al ser humano real, y no a las abstracciones del Estado, en el centro de la acción política, el discurso papal desnudó la perversión del sanchismo, que utiliza las instituciones democráticas para validar lo que el propio Pontífice ha denominado la «cultura del descarte». Esta cultura, que descarta a los no nacidos por no encajar en los planes de autonomía individual y a los ancianos o enfermos terminales por suponer un coste presupuestario a la sanidad pública, es la manifestación más pura de una ideología híbrida que carece de trascendencia.

El sanchismo ha ignorado deliberadamente las advertencias del Papa porque la noción de una ley natural superior a los decretos gubernamentales resulta incompatible con su ambición de control absoluto. Al sacralizar el relativismo ético en el diario oficial, el Gobierno ha despojado a la ley de su función protectora, convirtiéndola en una amenaza para los miembros más indefensos de la comunidad nacional, quienes ya no encuentran en el Estado un refugio, sino un emisor de sentencias de descarte legalizado. La sustitución del cuidado médico y el acompañamiento familiar por soluciones burocráticas letales representa el triunfo definitivo del parasitismo estatal sobre la compasión humana real. Si aplicamos las herramientas conceptuales de De Bono, observamos que el sanchismo ha diseñado un mapa de carreteras donde la inversión en cuidados paliativos es sistemáticamente boicoteada para que la eutanasia aparezca como la única salida lógica ante el dolor. Es un diseño conductual de manual: al no ofrecer alternativas dignas de asistencia, alivio y soporte económico a los dependientes y a sus familias, el entorno empuja sutilmente al individuo hacia la autoeliminación, presentándola falazmente como un acto de suprema libertad individual. La perversión radica en que una decisión tomada bajo la asfixia de la falta de recursos y el abandono institucional jamás puede ser libre.

la eutanasia se vende bajo la retórica de los falsos nuevos derechos.

El sanchismo prefiere financiar la muerte exprés antes que sostener un sistema de cuidados paliativos robusto y universal, porque lo primero es barato y se vende bajo la retórica de los falsos nuevos derechos, mientras que lo segundo exige una gestión rigurosa y un compromiso moral con el sufrimiento humano que este Ejecutivo es incapaz de asumir. La España productiva es obligada a financiar con sus impuestos esta maquinaria de descarte, contemplando cómo los recursos confiscados a las clases medias no se dirigen a sanar, consolar o incentivar la natalidad, sino a subvencionar el desmantelamiento de las bases morales del país. Se penaliza la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios y se persigue a quienes defienden la vida a las puertas de las clínicas, evidenciando que el régimen no tolera disidencias en su proyecto de reingeniería ética. El valor de la vida humana se degrada así hasta convertirse en una variable estadística sujeta al capricho de los planificadores sociales.

El desenlace final de esta deriva es la disolución de la propia identidad nacional, arraigada históricamente en el humanismo cristiano y en la solidaridad familiar intergeneracional que el discurso del Papa reivindicó con vehemencia. Al romper el cordón umbilical que unía la legitimidad de las leyes con el respeto sagrado a la vida, el sanchismo introduce un germen de desconfianza esencial en las relaciones sociales. El ciudadano ya no puede estar seguro de que el Estado protegerá su existencia cuando sea viejo, improductivo o disfuncional para los intereses del partido gobernante. La Revolución Positiva sanchista ha diseñado una sociedad desalmada, donde la empatía ha sido desterrada por el nihilismo oficial y donde los lazos de sangre son sustituidos por contratos asistenciales revocables. El desprecio por la vida en sus etapas más vulnerables es la antesala de la tiranía, pues una sociedad capaz de legalizar la eliminación de sus propios hijos e inválidos carece de los anticuerpos morales necesarios para defender su libertad frente a los abusos del poder. La apelación del Papa en el Congreso no fue solo un recordatorio religioso, sino una advertencia geopolítica y existencial sobre el colapso de las civilizaciones que deciden edificar su ordenamiento sobre el desprecio a la naturaleza humana. En conclusión, el tratamiento sanchista del valor de la vida representa la culminación de su obra de demolición. Al ignorar el magisterio ético universal y persistir en su agenda de descarte, el régimen condena a España a un invierno demográfico y a un desierto espiritual sin precedentes. La población, adoctrinada en la insensibilidad y asfixiada por la propaganda, asiste a la institucionalización de una cultura de la muerte que despoja a la nación de su futuro y de su honor, demostrando que la ideología híbrida que gobierna España no solo busca la quiebra económica y la fragmentación territorial del Estado, sino el exterminio de los fundamentos morales que hacían de los españoles una comunidad digna, fraterna y soberana ante la historia.

 

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Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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