“Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez”
René Descartes (1596-1650). Filósofo francés

«La mentira es el primer paso para llegar a la tiranía y la historia nos ha dado ya suficientes lecciones para no permanecer indiferentes ante el engaño sistemático»
Platón (c. 427 a. C.-c. 347 a. C.) en su obra La República introduce el concepto de “mentira noble” en el que argumenta como los gobernantes necesitan fabricar determinados relatos para garantizar la armonía y estabilidad del Estado, siempre orientada hacia el bien de todos. Sin embargo, esta premisa encierra un peligro subyacente, ya que da legitimidad a la élite gobernante para manipular la realidad y la historia, utilizando este engaño como algo necesario para el “bien común”.

Para Aristóteles, otro de los grandes filósofos de Occidente, la mentira, la cual define en su Ética a Nicómano, es un vicio opuesto a la veracidad, que constituye una virtud fundamental. El filósofo hace una distinción entre aquel que miente de forma habitual, simplemente porque le gusta hacerlo y el que la construye con un fin concreto, buscando prestigio, lucro personal y beneficios. No obstante, en ambos casos, la mentira destruye la autoridad moral de aquel que la expresa y de los que ayudan a difundirla, algo habitual en la Atenas de su tiempo, utilizada como una herramienta para manipular a las masas, dañando al conjunto de la sociedad.
El filósofo romano Séneca (4 a. C.-65 d. C.), figura relevante de la corriente estoica, defendía también una postura completamente opuesta a la de Platón que la aborda como un instrumento político. Para el filósofo cordobés la mentira es incompatible con la libertad del ser y la sabiduría, abordándola desde un punto de vista personal y ético, afirmando que el sabio no necesita mentir porque no teme a la realidad, mientras que la falsedad hace esclavo al individuo, perdiendo la humanidad.

Los principios morales son universales y no pueden variar; no debe existir una doble moral en la que se permita la corrupción, o la falta de ética en la política, mientras al resto de ciudadanos se les exija honradez.
Por otro lado, afirma que quien carece de integridad en su vida personal, no podrá ser honesto al ocupar un cargo público dado que la actuación como servidor del Estado requiere tener determinados valores como la honradez, la imparcialidad o la neutralidad y esto es parte del carácter individual. Por tanto, la falta de ética en los gobernantes daña de forma directa la legitimidad de las instituciones puesto que la integridad, en la que no tiene cabida la mentira, debe ser inseparable al individuo y debe guiar tanto las decisiones personales como las resoluciones que deben ser tomadas en la actuación pública.
El filósofo y escritor florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527) aborda el tema de la mentira con una clara y particular visión sobre ésta y la política, teniendo en cuenta la situación que atravesaba la península italiana en el periodo en el que vivió, donde la división, el enfrentamiento y la corrupción estaban a la orden del día.

Su criterio, quizás influenciado por su experiencia como secretario de la Segunda Cancillería de la República de Florencia, lo expone en su obra El príncipe, donde explica como “un gobernante debe ser astuto, actuando como una zorra y fuerte como un león”, defendiendo la idea de parecer virtuoso antes que serlo, si la verdad perjudica al Estado.
Según Maquiavelo, la mentira y el engaño son inseparables al poder, ya que el gobernante, para mantener el “orden” y lograr sus propósitos, en ocasiones no transparentes, debe recurrir al engaño.
Estableció las bases de la ciencia política moderna en cuanto a varias ideas fundamentales como la no vinculación de la moral y la política, el concepto de razón de Estado y el bien común, además de afirmar como los medios utilizados, incluso la mentira, pueden justificar la consecución de un buen fin, lo que ha sido interpretado como “el fin justifica los medios”, frase siempre no exenta de debate.

En sus obras Discursos sobre la primera década de Tito Livio y El príncipe, estableció la metodología para el estudio del poder. Su verdadero propósito fue hacer una distinción entre la moralidad en el ámbito privado y la razón de Estado, bases de la mencionada ciencia política moderna, aunque también advirtió sobre las graves consecuencias que provoca el comportamiento deshonesto llevado a límites extremos, que, inevitablemente conduce a la tiranía
Las ideas de Maquiavelo fueron duramente criticadas por muchos autores posteriores como Francisco de Quevedo (1580-1645) que se refería a los conceptos mencionados “razón de Estado” y “mentira política” como al mismo demonio, calificando al filósofo florentino como un diablo político.

Una de las afirmaciones más ciertas sobre la mentira y la política parte de la filósofa alemana Hannah Arendt (1906-1975) que escribió sobre el peligro que acarrea la mentira en política al considerar que lo peor no es que los ciudadanos crean el engaño y la falsedad, sino que llega un momento en el que ya nadie cree en nada. Cuando hay desconfianza y todo se cuestiona ya no es posible el debate y lo que ocurre es que la sociedad se resquebraja, creándose grupos sociales que viven realidades paralelas, originando el caos al margen de la verdad; Arendt menciona igualmente la amenaza de la tiranía.
Para José Ortega y Gasset (1883-1955) la política era el imperio de la mentira, afirmando que aquel que quiera mostrarnos la verdad no ha de decirlo, simplemente sus acciones deben permitirnos descubrirla.
A lo largo de la historia, son muchos los líderes políticos que han utilizado la mentira para perpetuarse en el poder, lo que ha ocasionado consecuencias catastróficas, algo evidente en los regímenes totalitarios del siglo XX.

Adolf Hitler (1889-1945), muy consciente de ello, en su obra Mein Kampf, reflexionó sobre lo que denominó “la gran mentira”, la premisa que trata sobre cómo las masas, movidas por la ingenuidad, caen ante una falsedad de mayor magnitud con más facilidad que ante una mentira insignificante.
“Una mentira mil veces dicha se convierte en una gran verdad”
Joseph Goebbels (1897-1945). Político alemán, ministro en el Tercer Reich

Iósif Stalin (1878-1953) cimentó su autoridad sobre la mentira y la falsedad utilizando todos los recursos posibles para distorsionar la realidad, sometiendo a las masas y adueñándose de su voluntad. Igualmente, en América, concretamente en Cuba, Fidel Castro (1926-2016) consiguió llegar al poder con el engaño y prometiendo lo que nunca cumpliría como negar ser comunista o la realización de elecciones libres que formarían parte de un largo elenco de promesas que le llevaron a perpetuarse en el poder durante cincuenta años, controlando y reprimiendo las libertades fundamentales del pueblo cubano y desafortunadamente dejar sentadas las bases para su continuidad. Se podrían citar muchos más ejemplos, que en su mayoría, una determinada ideología ha querido enmascarar.
Actualmente, algunos líderes modernos, ante evidencias abrumadoras utilizan la estrategia de emplear frases elusivas como “no recuerdo”, “no me consta” o “si ocurrió, yo no lo sabía”, para negar cualquier evidencia, sin el menor rubor, pese a la certeza de que un determinado hecho ha ocurrido y con el convencimiento de que negando una y otra vez la evidencia, crean una realidad alternativa en la que la mentira predomina y que ellos mismos, como sus adeptos, la asumen al servicio de intereses particulares e inconfesables.
En este escenario, la libertad de elección de los ciudadanos, una justicia independiente y una prensa libre se convierten en el único baluarte para impedir que la “mentira política” se disfrace de verdad. En los tiempos que corren, en los que la tecnología y las redes sociales tienen un enorme poder, es fundamental evitar que las masas, sumidas en la ignorancia y la sumisión, crean y se dejen llevar por historias falsas, sin sentido y sin sustento lógico.
Sin embargo, tras un periodo en el que se miente sistemáticamente, los ciudadanos, que son los que en un sistema democrático otorgan el poder a los gobernantes, al comprobar que los políticos mienten y las instituciones están viciadas, dejan de confiar en ellos, incluso cuando dicen la verdad. Y es que la mentira en el Estado, puede ser tan letal como la violencia física, no olvidemos los sucesos ocurridos hace años contra los estudiantes chinos o en México, la Masacre de San Fernando bajo el mandato de Felipe Calderón (1962) y el conocido como Caso Ayotzinapa, bajo el gobierno de Enrique Peña Nieto (1966), a quien se hace responsable de lo ocurrido y de dar una versión distorsionada de los hechos.

No deberíamos olvidar que estas alianzas corruptas, afianzadas en la mentira, traen consecuencias nefastas para la evolución, el progreso y el buen desarrollo de cualquier sociedad. Hoy en día es indispensable reflexionar, no titubear y actuar con contundencia y sin miedo alguno, porque, como han afirmado varios filósofos, la mentira es el primer paso para llegar a la tiranía y la historia nos ha dado ya suficientes lecciones para no permanecer indiferentes ante el engaño sistemático, la censura y la imposición de la voluntad de aquellos que para perpetuarse en el poder y obtener provecho crean “su verdad”, una verdad ficticia que, sin más, es la que a ellos les conviene difundir.
Para concluir este breve recorrido sobre las sombras de la mentira, las palabras del insigne novelista ruso Fiodor Dostoievski (1821-1881), resultan especialmente adecuadas y aplicables a todos aquellos que, sean o no gobernantes, utilizan la mentira, no como un recurso de manera ocasional, sino como un modo de supervivencia y, en última instancia, hacen de ella su forma de vida:
“El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir la verdad dentro de él y por tanto pierde todo el respeto por sí mismo y por los demás”.
Málaga, 2026

