Entrevista a Hernán Cortés. Por Alonso de Madariaga

Hoy, 4 de junio de 2026, Alonso ha tenido que salir de su cómoda piel de toro y camina por el centro histórico de Ciudad de México mientras cae una lluvia débil. La capital del Méjico actual fue fundada en el año 1535 Anno Domini, cuando era conocida como la capital del Virreinato —que no colonia— de la Nueva España. Era el corazón del poder político, económico, cultural y espiritual del Nuevo Mundo; una metrópoli universal desde donde gobernar y evangelizar el continente americano. Se dirige a la Iglesia del Hospital de Jesús Nazareno y entra en el lugar de culto por su puerta lateral, la que da a la calle República de El Salvador. Una vez dentro, se dirige al lado izquierdo del altar. Allí, discretamente incrustada en una oquedad de ese muro lateral, bajo una placa de bronce con su nombre y su escudo de armas, se encuentra la urna con los errantes restos óseos de Hernán Cortés.

En el altar, de rodillas frente a un Cristo crucificado, se encuentra nuestro ilustre conquistador que, ante el ruido de los pasos de Alonso, se incorpora.

Entrevista a Hernán Cortés.

«Amputar la memoria reescribiendo la historia de un modo orwelliano no cambiará lo que eres ni de dónde vienes»

ALONSO DE MADARIAGA

¿Interrumpo?

HERNÁN CORTÉS

Te esperaba.

ALONSO

Es un lugar discreto para alguien como tú, que cambiaste el curso de la historia de Méjico. Fuiste el fundador de Ciudad de México en el año 1521 d. C., la capital del Virreinato de la Nueva España desde el año 1535 d. C. Como fundador de la ciudad, no tienes ni una calle ni una plaza a tu nombre. Por cierto, por no figurar, no figura tu sepulcro ni en la mayoría de las guías turísticas… eres invisible.

CORTÉS

Querido Alonso, la fama es una compañera veleidosa. Si hubiera buscado la gloria de los hombres, podría haber elegido ser enterrado en España y ahora mis huesos reposarían en una catedral, pero elegí Ciudad de México. Aposté por el mestizaje y por eso pertenezco a dos mundos. Esta iglesia forma parte del Hospital de Jesús Nazareno, fundado por mí en el año 1524 d. C.: el hospital más antiguo de América.[i] Este rincón oculto donde yacen mis huesos no es un castigo, sino un refugio para mí.

Entre los que me han retratado con precisión está Christian Duverger, antropólogo e historiador francés especializado en civilizaciones mesoamericanas y miembro de la Academia Nacional de Historia y Geografía de México:

«Es un extremeño que se volvió indígena y el éxito de su conquista tiene que ver con la comprensión que tuvo de la sociedad prehispánica. Cortés rompe con el esquema clásico de la violencia y de la fuerza; es un conquistador que amó a los vencidos y, más que rey o emperador, soñó con ser tlatoani».[ii]

ALONSO

¿Y la justicia?

CORTÉS

La justicia se mezcla y diluye —perdiendo su fuerza— con la conveniencia en manos de los políticos demagogos. La verdad es un rehén de la corrección política y por eso hablan y legislan sobre leyes de Memoria Democrática. Juzgan los hechos del siglo XVI desde la perspectiva moral y legal del siglo XXI. A semejanza del Ministerio de la Verdad orwelliano, los políticos pretenden ajustar la historia a sus deseos y conveniencias, y echan el manto del olvido sobre lo que no sirve a sus propósitos. En un ejercicio de intrusismo profesional, apartan a un lado a los historiadores y se apropian y crean una historia a su imagen y semejanza, con la idea de moldear la memoria colectiva. «¿Quién es el dueño del relato? ¡Pues ya está!».

ALONSO

Hablas de una Historia al servicio de las necesidades del político de turno. Entonces, ¿dónde queda la verdad?

 CORTÉS

En el siglo XXI la verdad ya no puede ser el resultado de la investigación histórica, sino un producto que se fabrica bajo demanda con unas prestaciones determinadas para satisfacer las necesidades de una clase política incapaz de gestionar los problemas del presente. El pasado ha dejado de ser un patrimonio común, al ser monopolizado por unos políticos corruptos que pretenden mantenernos en un estado de presente continuo sin posibilidad de echar raíces. Per se, no pueden permitir la existencia de una verdad independiente del poder. Hay quien necesita modificar y corromper la realidad histórica del pasado porque no puede gestionar con éxito la realidad del presente.

ALONSO

La Leyenda Negra os describe a los conquistadores como salvajes, sin ética y sin cultura. Cuéntanos algo sobre tu pasado.

CORTÉS

Para el año 1505 d. C., cuando en otras naciones se andaba en taparrabos, en España llevábamos siglos fundando universidades.[iii] El descubrimiento y consolidación del Nuevo Mundo fue el resultado de un binomio: las armas y las letras. Esto quiere decir que las personas encargadas de descubrir el Nuevo Mundo éramos personas tanto con formación militar como académica. Nací en Medellín —perteneciente al Reino de Castilla— el 11 de noviembre de 1485 d. C. Desde bien pequeño, mis padres se preocuparon de iniciarme en el mundo de las letras. Después, con catorce años, mis padres me envían a Salamanca a estudiar gramática y latín con Francisco Núñez de Valera. Tras dos años, abandoné los estudios y trabajé de escribano con un notario en Valladolid, donde adquiero nociones sobre Derecho.

ALONSO

     ¿Qué fue más importante: las letras o las armas?

CORTÉS

Fuimos hombres de armas y letras, como Jorge Manrique, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, el Inca Garcilaso de la Vega y un largo etcétera. Con respecto a esta eterna y universal cuestión, ya se pronunció Miguel de Cervantes en la primera parte de El Quijote, en su capítulo XXXVIII:

«Dicen las letras, que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas, que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despojan los mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura, y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas; y es razón averiguada, que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en mas».[iv]

En referencia al Nuevo Mundo, hablar de la civilización cristiana era hablar de España. Este orden social, esta civilización, se fundamentaba en las letras; si entendemos que ellas representaban las leyes, normas, la razón y la fe. Sin letras, sin normas, impera el caos; es decir, campan a sus anchas la anarquía y la barbarie y se desintegra la comunidad. Por lo tanto, las letras son imprescindibles para la supervivencia de una civilización o sociedad. Sin embargo, la efectividad de las leyes u orden jurídico que posibilita la paz, la seguridad, la convivencia y la supervivencia de una nación es el empleo de la fuerza coactiva —las armas— que obliga al cumplimiento de dichas leyes. Lo que defiende a un reino, nación o civilización de una amenaza externa o interna, en último extremo, son las armas. El ejército, como ultima ratio, fue el estamento que defendió y aseguró la pervivencia y la supremacía de la civilización cristiana ante el tiránico y atroz Imperio azteca.

Ahora bien, siendo necesarias e interdependientes ambas —las letras y las armas— en el sostenimiento de la estructura social, ahora entramos en cómo valorar el peso relativo de cada una de ellas… su jerarquía. Lo que defendió la cultura y la lengua —las letras— frente a una civilización antropófaga que buscaba destruirlas, fueron las armas. De modo que el criterio de valoración es «que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más»: el valor de algo se mide por el sacrificio que implica y así establecemos la jerarquía entre las letras y las armas. El dilema de tu pregunta queda resuelto: el soldado hace el sacrificio supremo ya que se le exige entregar su vida en favor de dichas letras.

ALONSO

Tus detractores, que son muchos, te acusan de ser un «conquistador»; alguien que irrumpe violenta y cruelmente en un mundo angelical, edénico, pacífico, idílico y paradisíaco.

CORTÉS

Se nos acusa a unos cientos de españoles de cometer un genocidio matando a millones de indígenas, ¡eso no tiene ni pies ni cabeza! Es una cuestión de escala y, por tanto, materialmente imposible. Además, para las tribus dominadas y masacradas por el Imperio azteca, lo nuestro no fue una conquista, sino una liberación. Los tlaxcaltecas, cholcas, totonas y el resto de pueblos del Valle de Méjico me veían a mí con otros ojos que mis detractores. Si se pretende juzgar inquisitorialmente la historia de los hechos acaecidos en el siglo XVI con los ojos del siglo XXI, habrá que considerar el contexto histórico: los aztecas tenían subyugadas al resto de tribus mesoamericanas haciendo sacrificios humanos —arrancándoles el corazón en vivo— y comiéndoselos literalmente. Las otras tribus eran el menú en el plato de los idílicos aztecas. Así que podemos decir que el sistema de gobierno azteca no se fundamentaba en la simpatía de sus súbditos, sino en el terror a ser sacrificados y devorados literalmente. Mi papel fue el de catalizador de una coalición de los pueblos que no querían formar parte del menú de los aztecas.

Cuando llego a junto con mis hombres a tierra azteca, lo primero que hago es barrenar las naves. ¿Sabes lo que significó?: que no teníamos opción de retirada y nos quedaba la disyuntiva de triunfar o morir. Éramos muy pocos contra los valientes y fieros guerreros aztecas. Buscamos siempre que pudimos la negociación y, cuando nos pidieron guerra, tuvieron guerra. Nosotros no podíamos retroceder, no teníamos otra opción que luchar, pero la guerra siempre fue el último recurso. Sin embargo, en todo momento nuestro objetivo no era matar indios, sino todo lo contrario. De hecho, en cuanto tengo la oportunidad, ¿qué le pido al gran Moctezuma? ¡Qué acabe con lo sacrificios humanos y el canibalismo!:

«Pues hágoos saber que nosotros venimos de lejanas tierras por mandado de nuestro rey y señor, que es el emperador don Carlos, de quien son vasallos muchos y grandes señores, y envía a mandar a ese vuestro gran Moctezuma que no sacrifique ni mate ningunos indios, ni robe sus vasallos ni tome ningunas tierras, y para que dé la obediencia a nuestro rey y señor; y ahora lo digo asimismo a vos. Olintecle, y a todos los demás caciques que aquí estáis, que dejéis vuestros sacrificios y no comáis carnes de vuestros prójimos, ni hagáis sodomías, ni las cosas feas que soléis hacer, porque así lo manda nuestro señor Dios, que es el que adoramos y creemos, y nos da la vida y la muerte y nos ha de llevar a los cielos».[v]

ALONSO

Los partidarios de la Leyenda Negra —ante la evidencia avasalladora— admiten con la boca pequeña que los aztecas hacían sacrificios humanos y eran antropófagos, pero a escala testimonial; en realidad lo eran poquito, tan poquito que fue una atrocidad el que acabaseis con su hegemonía sobre el resto de las tribus mesoamericanas.

CORTÉS

Teníamos información de primera mano sobre la crueldad de los aztecas para con el resto de las tribus y pueblos de Mesoamérica. Nosotros estábamos acostumbrados a los horrores de la guerra; sin embargo, cuando entramos en su capital Tenochtitlan, lo que vieron nuestros ojos superó en horror cualquier cosa que hubiésemos visto antes. Entre nosotros hubo cronistas que dejaron por escrito todo lo que hicimos y todo lo que vimos, entre ellos estuvieron Bernal Díaz del Castillo y Andrés de Tapia. Este último describió el asombro y el horror de lo que contemplaron nuestros ojos, ocupándose de calcular la magnitud del horror:

«El patio de los ídolos era tan grande que bastaba para casas de cuatrocientos vecinos españoles. En medio de él había una torre que tiene ciento y trece gradas de a más de palmo cada uno, e esto era macizo, e encima dos casas de más alto que pica y media, e aquí estaba el ídolo principal de toda la tierra que era hecho de todo género de semillas, cuantas se pueden haber, e estas molidas e amasadas con sangre de niños e niñas vírgenes, a los cuales mataban abriéndolos por los pechos e sacándoles el corazón e por allí la sangre, e con ella e las semillas hacían cantidad de masa […].

Estaban frontero de esta torre sesenta o setenta vigas muy altas hincadas desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puestas sobre un teatro grande, hecho de cal e piedra, e por las gradas de él muchas cabezas de muertos pegadas con cal, e los dientes hacia fuera. Estaba de un cabo e de otro de estas vigas dos torres hechas de cal e de cabezas de muertos, sin otra alguna piedra, e los dientes hacia fuera, en lo que se podía parecer, e las vigas apartadas una de otra poco menos que una vara de medir, e desde lo alto de ellas hasta abajo puestos palos cuan espesos cabían, e en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes en el dicho palo; e quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los palos que había, e multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, como dicho he, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas, sin las de las torres».[vi]

Este dato histórico se cuestionaba por los partidarios de la Leyenda Negra, argumentando que Andrés de Tapia además de mi mano derecha, era un gran amigo mío; por lo tanto, era una invención y una excusa para justificar nuestra intervención armada. No obstante, en el año 2015, en unas excavaciones en el número 24 de la calle Guatemala —en Ciudad de México— se toparon con una de aquellas torres de cráneos que no llegó a contabilizar Andrés de Tapia.[vii] El Huei Tzompantli (la gran hilera de cráneos) descubierto era el mayor —que no el único— de estos monumentos sagrados y macabros a los que estaban dados los aztecas.

Bernal Díaz del Castillo que, como Tapias, estuvo presente conmigo en toda la Conquista de Méjico, hizo de cronista de nuestra expedición y relató horrorizado ese mundo azteca cruel y endogámico:

«Pues comer carne humana, así como nosotros traemos vaca de las carnicerías; y tenían en todos los pueblos, de madera gruesa hechas a manera de casas, como jaulas, y en ellas metían a engordar muchos indios e indias y muchachos, y en estando gordos los sacrificaban y comían; y demás desto, las guerras que se daban unas provincias y pueblos a otros, y los que cautivaban y prendían los sacrificaban y comían. Pues tener excesos carnales hijos con madres, y hermanos con hermanas, y tíos con sobrinas, halláronse muchos que tenían este vicio desta torpedad».[viii]

Posteriormente, Fray Bernardino de Sahagún —considerado como el primer antropólogo moderno— dedicó su vida entera a la cultura azteca y escribiría la Historia general de las cosas de la Nueva España. Se centró en consultar a muchos ancianos de tres localidades de Nueva España, escuchando y anotando el testimonio de estos supervivientes de la sociedad prehispánica. Entonces, cribó los testimonios, pasándolos por el triple cedazo al compararlos los unos con los otros. Únicamente cuando los testimonios coincidían, los daba por buenos como para registrarlos en su obra.[ix] Pues en el Libro Segundo de la citada obra, recopila el calendario anual —mes a mes— sobre las festividades y sacrificios humanos que realizaban los angelicales aztecas. Él reflejó todo al detalle. Y se podría decir que en el mundo azteca prehispánico no había «fiesta, boda, bautizo o comunión» sin su macabro sacrificio humano junto con el correspondiente festín donde daban buena cuenta de las engordadas y sacrificadas víctimas.[x] Y es que la cultura azteca se ve distinta según la posición que te toca ocupar: si eres el menú o el comensal.

No me puedo arrepentir de haber acabado con tantísimo horror y sufrimiento humano. Habría que preguntar al Sr. Andrés Manuel López Obrador y la presidenta de México, Sra. Claudia Sheinbaum Pardo: ¿quién va a pedir perdón por un sistema de violencia masiva de terror ritual consistente en sacrificios humanos y la antropofagia de los aztecas? La omisión deliberada a estos hechos y el que no esté permitida la visita del público a los restos del Huei Tzompantli, refleja la asimetría moral de quienes exigen perdón a España y a los españoles.

Efectivamente, el mundo azteca en el que irrumpimos era cruel y violento antes de la llegada de los españoles y tuvimos que ser violentos para terminar con un sistema político fundamentado en los sacrificios humanos y la antropofagia. La violencia en el mundo azteca no llegó con los españoles, sino que se acabó con nosotros. Al fin y al cabo, ¿cómo se acabó con nazismo en el siglo XX? ¿A besos? Fue con la crueldad de la guerra. Murieron unos 75 millones de personas, 25 millones de militares y unos 50 millones de civiles… un  3,5% de la población mundial de 1940.[xi] Fui un hombre de mi tiempo.

 ALONSO

Rompes con el relato «oficial» según el cual el Imperio azteca era poco más o menos que un paraíso terrenal, donde ocasionalmente y en alguna ceremonia puntual se sacrificaba a algún enemigo. ¿Por qué esa renuencia a aceptar el testimonio de los testigos oculares de la época?

 CORTÉS

No importa cuántos testigos oculares de los acontecimientos —e historiadores actuales— coincidan en la cantidad de sacrificios humanos que se hacían, ni tampoco los hallazgos arqueológicos que lo confirmen, lo que importa es el relato: los aztecas eran muy buenos y los españoles, muy malos. Hoy la Historia no se puede dejar en manos de los historiadores: los datos históricos hay que elegirlos a la carta para que coincidan con los intereses políticos. Los caníbales aztecas, no las tribus sometidas por estos, tienen que ser los buenos de la película… sí o sí.

Aceptar que la tasa de sacrificios alcanzaba cantidades industriales acaba con el buenismo de los aztecas y la idealización de su mundo: es políticamente incorrecto decir que eran brutales, crueles y antropófagos. Esto les complica el poder estar en el lado de los buenos de esta historia y, de víctimas, pasan a victimarios… ¡y los  victimarios tienen que ser «por orden gubernativa» los españoles. Las tribus mesoamericanas no fueron esclavizadas, sacrificadas y devoradas por los españoles, sino por los aztecas. Por eso existe una tendencia generalizada entre los académicos contemporáneos a suavizar o descafeinar los datos, porque equivaldría a denigrar la «cultura» azteca: el pasado prehispánico tiene que ser perfecto… por defecto.

Por cierto, el historiador estadounidense Prescott, sobre la cantidad de sacrificios humanos cometidos por los seráficos aztecas, indica lo siguiente:

«La cantidad de víctimas inmoladas en sus execrables altares haría tambalearse la fe del menos escrupuloso de los creyentes. Prácticamente ningún autor calcula los sacrificios anuales a lo largo del imperio en menos de veinte mil y algunos llevan las cifras a cincuenta mil».[xii]

ALONSO

Retrospectivamente, parece milagroso que pudierais sobrevivir a los encontronazos armados contra los experimentados y fieros guerreros aztecas.

CORTÉS

La razón de ser de los aztecas prehispánicos era la guerra como fuente de recursos. El objetivo principal no era finiquitar al enemigo en el campo de batalla, sino hacer cautivos. Su estrategia militar consistía en un sistema de abastecimiento de seres humanos vivos para satisfacer la demanda del mercado nacional de sacrificios humanos. El imperativo ritual permitió la existencia de aquellos pueblos que providencialmente se convertirían en nuestros aliados. Por este motivo, el deseo de capturarnos vivos posibilitó que, en más de una ocasión, pudiéramos escapar con vida: nosotros buscábamos estrategias de escape, mientras ellos intentaban capturarnos con vida. En realidad, los otros pueblos mesoamericanos eran ganado, la despensa de los aztecas, el campo que cosechar. Los tlaxcaltecas y totonacas —y otras tribus— vieron el cielo abierto cuando les ofrecimos una alternativa distinta a ser el plato en la mesa azteca.

Un William Prescott, no condicionado por la corrección política,  lo expresó en román paladino:

«Realmente, el gran objetivo de la guerra para los aztecas era tanto extender su imperio como reunir víctimas para sus sacrificios. Era ésta pues la razón por la que nunca se asesinaba al enemigo en la batalla, si se le podía capturar vivo. Los españoles debieron a esta circunstancia su salvación en repetidas ocasiones. Cuando le preguntaron a Montezuma “por qué había permitido que la República de Tlaxcala se mantuviera independiente en sus fronteras”, respondió que ‘¡para que pudiera proporcionar víctimas para sus dioses!’».[xiii]

Era una política de gestión de recursos humanos que no satisfacía a los pueblos tributarios mesoamericanos, “incómodos” como estaban con el statu quo. Lo que era prehispánico de verdad era el odio acumulado y profundo —de generaciones y generaciones— que sentían los tlaxcaltecas y totonacas hacia los aztecas. No, la Mesoamérica prehispánica no era ni idílica ni un cuento de hadas cuando llegamos los españoles por primera vez. En realidad, los españoles fuimos la única alternativa para poner fin a un sistema basado en sacrificios humanos y antropofagia.

 ALONSO

Los enemigos de tu hazaña, que suelen ser los enemigos de España, te acusan de haber exterminado a los pueblos indígenas.

CORTÉS

La pregunta se contesta sola: en la América colonizada por los protestantes anglosajones se fumigó y exterminó sin ninguna contemplación a las tribus indias. No hubo mestizaje. De modo que a día de hoy quedan unos pocos «ejemplares» de los indios americanos, custodiados y expuestos en unas reservas donde sirven como reclamo turístico. Durante siglos y milenios en la Península ibérica éramos un crisol de mestizaje, por lo que el elemento aglutinador no era la raza, sino la fe religiosa. Nosotros llegamos al Nuevo Mundo con la misión principal de evangelizar a esos pueblos. Eran hijos de Dios como nosotros, por eso nos mezclamos con ellos en lugar de exterminarlos. Hoy, en el siglo XXI, Hispanoamérica es el mayor monumento al mestizaje jamás creado por el hombre.

Por esta razón, nunca estuvo en nuestro ánimo exterminar a los indios, como señala el historiador estadounidense Donald E. Chipman, catedrático en la University of North Texas y especializado en la América española:

«Conviene recordar que los españoles no pretendían exterminar a los indígenas de América ni desposeerlos por completo de sus tierras. Más bien, el objetivo era incorporarlos al control de un gobierno español ordenado e inculcarles la orientación económica, religiosa y cultural de la propia España».[xiv]

Sabía que no hay nada que arraigue tanto a un hombre a una tierra como el mezclarse con los nativos, formar una familia y tener hijos. Mi fusión con el mundo indígena no esperó a la conquista de Méjico. Yo vivía en Cuba junto a Leonor, una india taína con la que tuve una hija, a la que reconocí legítimamente poniéndole el nombre de Catalina Pizarro; el apellido de mi madre. Con Leonor aprendí el idioma taíno. Al gobernador de la isla, Velázquez, no le gustaba la idea que yo tenía sobre el mestizaje y deseaba que me casase con una cuñada suya, la española Catalina Xuárez. Me negué y me encerró en prisión. Al final acepté el matrimonio con Catalina a condición de que el gobernador fuera el padrino de mi hija mestiza Catalina Pizarro.[xv]

Años después, Moctezuma me ofreció su hija preferida y heredera al trono para que la aceptase como mi mujer, pero mi condición cristiana no me permitía la poligamia.[xvi] De todos modos, me la entregó para que la protegiese y cuidase. Se llamaba Tecuichpotzin y, al bautizarse como cristiana, adoptó el nombre de Isabel. En 1528 se queda viuda de Alonso de Grado y la recojo en mi casa; allí quedaría embarazada por mí y daría a luz a nuestra hija Leonor Cortés Moctezuma.[xvii]

El papa Clemente VII, el 16 de abril de 1529 atendió mi súplica y me concede la bula por la que mis tres hijos hereden por igual, sin importar si habían sido fruto del matrimonio o del concubinato, o si la madre era española o indígena:

«A los amados hijos Martín Cortés y Luis de Altamirano, estudiantes, y a la amada en Cristo hija Catarina Pizarro. […] para que podáis y debáis en todo y por todo, como si fueseis procreados de legítimo matrimonio suceder asi por testamento en cualesquier bienes del dicho Fernando [Hernán] vuestro padre, también adquiridos en la parte de la India Occidental llamada Nueva España, y de otros parientes, agnatos y cognatos, y conseguirlos y tenerlos por título de donación de cualquiera y por cualquiera otro legítimo».[xviii]

Un año antes, soy yo quien le solicita al emperador Carlos V que se respete, se cuide y se proteja a los nativos americanos:

«Lo primero, Muy Católico Señor, que a mí me parece que en aquellas partes se debe proveer, para que Dios Nuestro Señor y Vuestra Majestad en ella sean servidos, es la conservación y perpetuación de los naturales dellas, porque faltando estos, todo lo demás que se quisiese proveer sería sin cimiento, como sea notorio que dellos resultan ambas estas cosas; y para que esto mejor se haga, Vuestra Majestad debe imaginar aquella tierra por una heredad que nuevamente ha plantado, y para que esta frutifique es menester que las plantas se arraiguen para que más duren y permanezcan, dando orden en que estos naturales sean bien tratados y conservados en sus pueblos y orden que tenían antes en el regimiento dellos».[xix]

Sí, desde un principio aposté por la conservación del statu quo social prehispánico y el mestizaje desde los planos teórico y práctico. No buscamos finiquitar a las élites aztecas que vencimos, sino que las incorporamos formando un todo con nosotros. El historiador estadounidense Donald E. Chipman documenta que mi solicitud a Carlos V no cayó en saco roto:

«Para los historiadores que no están especializados en la historia de la América colonial española y para el lector general, creo que conviene señalar que la Corona española decidió honrar a tres herederos de Moctezuma II como reyes naturales, es decir, como monarcas naturales, dotados de ciertos derechos inalienables en cuanto miembros de la realeza indígena. Estos descendientes se beneficiaron como integrantes de la sociedad mexica, que era en cierto modo un espejo de la de España por su organización social general. Ambas civilizaciones dividían a su población entre nobles y plebeyos, pero ofrecían solo oportunidades limitadas de ascenso social a estos últimos. En la sociedad mexica, todas las categorías de la nobleza se aplicaban por igual sin tener en cuenta el sexo, como ocurría en España».[xx]

ALONSO

Christopher Housenick, profesor adjunto en la Universidad de Washington, D.C., explica en Military Review —la principal revista del ejército de los EE. UU.— que, según la doctrina militar, para ganar una guerra se acepta como regla general que debe haber tres atacantes por cada defensor en una batalla convencional, y cinco o más atacantes si hablamos de terreno urbano.[xxi] Así que, conociendo la relación de fuerzas, tu campaña contra el Imperio azteca fue una hazaña con todas las letras.

El coronel e historiador español Miguel de Rojas Mulet, del Instituto de Historia y Cultura Militar, escribía al respecto:

«Al hablar de la conquista, parece que se ha convertido en un tópico la hazaña conseguida por Cortés, pero el hecho es que nuestro protagonista, en el plazo de tres años y con un contingente inicial de medio millar de hombres y 16 caballos se hizo con el Imperio Azteca, con unos 200.000 km² de superficie y que contaba por entonces con una población de cerca de 10 millones de habitantes, que era hegemónico en la región y hostil a los recién llegados y que disponía de un ejército de combatientes aguerridos y experimentados. En el aspecto de la duración temporal, como comparación y contraste, recordemos que Roma empleó doscientos años en pacificar Hispania, Carlomagno 32 en someter a sus vecinos sajones, y que la Reconquista cristiana de la Península Ibérica se prolongó por espacio de casi ocho siglos. Aquí nos encontramos con una campaña llevada a cabo en menos de tres años y con medios extraordinariamente reducidos».[xxii]

¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo conquistaste la Confederación Azteca?

CORTÉS

La Leyenda Negra afirma que un puñado de incultos y desaprensivos españoles vencieron y aniquilaron a millones de indígenas: algo enteramente imposible e inverosímil. Además, los aztecas no eran corderitos, sino fieros guerreros: estaban considerados como “maestros de la violencia”, amaban el combate sin concederle importancia a la muerte.[xxiii] La máxima autoridad de la América Virreinal, el profesor Guillermo Céspedes del Castillo, académico de la Real Academia de Historia, escribía al respecto:

«Sin embargo, el más importante y decisivo instrumento de la conquista fueron los mismos aborígenes. Los castellanos reclutaron con facilidad entre ellos a guías, intérpretes, informantes, espías, auxiliares para el transporte y el trabajo, leales consejeros y hasta muy eficaces aliados. Ese fue, por ejemplo, el caso de los indios de Tlaxcala y de otras ciudades mexicanas, hartos hasta la saciedad de la brutal opresión de los aztecas. La humana inclinación a hacer de todo una historia de buenos y malos, una situación simplista en blanco y negro, tiende a convertir la conquista en un duelo entre europeos y nativos, cuando en realidad muchos indios consideraron preferible el gobierno de los invasores a la perpetuación de las élites gobernantes prehispánicas, muchas veces rapaces y opresoras (si tal juicio era acertado o erróneo, no hace al caso)».[xxiv]

Desde luego, militarmente, éramos irrelevantes. Ni siquiera éramos soldados profesionales, aunque teníamos cierta experiencia en combate. Tuve que emplear todos mis recursos económicos para tal empresa y lo hice sin el consentimiento de la Corona y en contra de la voluntad de mi superior inmediato: el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, quien posteriormente mandaría una expedición disciplinaria para apresarme. A pesar de todos estos inconvenientes y otros muchos que no menciono, mi punto fuerte era que sabía lo que preguntar y a quién. Esto hacía de mí un buen diplomático: buscaba el acuerdo antes que la guerra. Llegado el momento, supe aunar las voluntades de los pueblos aborígenes oprimidos y masacrados por los aztecas, recibiendo el apoyo fundamental de fuerzas indígenas (siglos después Lawrence de Arabia me imitaría en la estrategia).

Por esta razón pudo escribir el historiador británico William Prescott, refiriéndose a la conquista del Imperio azteca: «El imperio indio fue conquistado en cierta manera por indios».[xxv] Hicimos posible el sueño de las tribus tributarias de los aztecas: una Mesoamérica libre de sacrificios humanos y canibalismo. Hay quien dijo que lo que hicimos fue lo más importante que había sucedido en el mundo desde que Cristo vivió en él y murió por salvarlo.

 ALONSO

¿Se cometieron abusos por parte de los españoles?

CORTÉS

¿Me preguntas si en una guerra se cometen abusos o si hubo gente que maltrató a los indios? ¡Claro que sí! En nuestro bando, cuando se cometieron fue por desobediencia y los castigué de una manera ejemplarizante. Nuestro objetivo era ganarnos a los pueblos y a las tribus como aliados, y, en última instancia, como súbditos de nuestro rey… ¡y difícilmente podías lograrlo si nos dedicábamos al pillaje! Evitar el saqueo, para nosotros, era una cuestión de supervivencia estratégica. El historiador británico William Prescott se hizo eco de una de estas situaciones:

«En el camino, un tal Morla, un soldado común, le robó a un nativo un par de aves de corral. Cortés, indignado ante esta violación de sus órdenes en su propia cara y consciente de la importancia de mantener la reputación de buena fe entre sus aliados, ordenó que se colgara al hombre inmediatamente en el borde del camino ante todo el ejército».[xxvi]

En realidad, toda esta rigurosa disciplina emanaba del testamento y codicilo de nuestra reina Isabel I la Católica (1504), donde expresó sus últimas voluntades.

«E que en ello pongan mucho diligençia, e no consientan nin den lugar que los yndios, vezinos e moradores de las dichas Yndias e Tierra Firme, ganadas e por ganar, reçiban agravio alguno en sus personas ni bienes, más manden que sean bien e justamente tratados, e si algund agravio han reçebido lo remedien e provean por manera que no se exçeda en cosa alguna lo que por las letras apostólicas de la dicha conçessión nos es iniungido e mandad».[xxvii]

El mensaje evangélico era inequívoco: todos éramos hijos de Dios y Él nos hizo libres y con unos derechos inalienables. Los Reyes Católicos lo entendieron así y el emperador Carlos V también. A la expansión del Imperio español le acompañaba la expansión de sus leyes, del Derecho español. Nuestro objetivo no era hacer esclavos ni cometer abusos, sino hacer conversos. Todos los habitantes de Nueva España eran españoles, sin distinción ni discriminación alguna y gozaban de los mismos derechos. Aunque es verdad que hubo españoles que desobedecieron la ley, también es verdad que otros arriesgaron su vida por hacerla cumplir.

 ALONSO

¿Existió algo así como una época colonial en la América Hispana?

CORTÉS

El término jurídico-administrativo para los nuevos territorios era el virreinato o provincia. Los habitantes de dichos territorios eran súbditos de la Corona y gozaban de los mismos derechos y eran tan españoles como los nacidos en la madre patria. Una colonia es un territorio del que se toma posesión para ser explotado, sin autonomía política. Nosotros llevamos la ganadería, los acueductos, la tecnología, la rueda y el uso del hierro, los hospitales, las universidades, las catedrales y una lengua franca, porque nuestra misión era incluirlos entre nosotros como cristianos católicos y españoles mediante el mestizaje.[xxviii] Como escribió el profesor y académico Guillermo Céspedes del Castillo:

«Así pues, una mujer india podía ser perfectamente esposa o amante con tal de recibir el bautismo, y un hijo mestizo, si bautizado y legítimo, era cien por cien castellano en las Indias».[xxix]

La pregunta del millón: ¿cuántas universidades o catedrales edificaron en las colonias los Imperios británico, francés, alemán o belga…? Sin ánimo de ser exhaustivo, Enrique González González, doctor en Historia; investigador titular del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE), UNAM, México, sólo en el plano educativo, esta fue nuestra obra:

«A partir de 1538, durante los tres siglos de dominio español en el Nuevo Mundo, más de 30 instituciones se dieron el título de universidad, en unas 15 ciudades ubicadas desde Guadalajara, en México, hasta Santiago de Chile, pasando por Santo Domingo, La Habana y Filipinas». [xxx]

Sin importar lo que puedan decir los actuales e ineficientes políticos demagogos, el México actual es fruto del mestizaje; una «casa» construida con las instituciones, leyes y lengua que llevaron los españoles; aunque nuestros descendientes y moradores renieguen del constructor. Negar estos hechos es negar tu herencia, tu identidad, tu historia y tu misma esencia; es negar la realidad material en la que viven los mejicanos del siglo XXI. No se puede vivir con paz interior instalado en el odio permanente, maldiciendo a quien te creó. Al fin y al cabo, la realidad permanece inalterable: el México actual es el resultado del mestizaje. Amputar la memoria reescribiendo la historia de un modo orwelliano no cambiará lo que eres ni de dónde vienes. El mestizaje es una marca indeleble. El mejicano de hoy es una síntesis entre un español y una nativa, no aceptarlo no cambia la realidad biológica.

El futuro no puede cimentarse lamentándose y renegando del pasado. En lugar de enrocarse en si el pretérito fue bueno o malo, hay que aceptar la realidad de que el pasado es lo que fue, algo inmodificable. Si no aceptamos de dónde venimos, difícilmente podremos comprendernos a nosotros mismos, el porqué de nuestra sociedad actual y saber a dónde vamos. El pasado es algo más que lo que sucedió hace siglos, es nuestra memoria colectiva, nuestra base de datos. Ese tiempo lejano ha determinado nuestras raíces, nuestras instituciones y nuestras facetas culturales. Es en el presente donde el pasado se hace realidad y, cómo interpretemos ese pasado, afectará al futuro de las generaciones por venir, determinando su destino. Renegar del pasado no es una opción: sin raíces no hay un mapa del camino a seguir, sino desorientación y ausencia de proyecto colectivo.

 ALONSO

¿Debe España pedir perdón a Méjico?

CORTÉS

México no existía como nación cuando nosotros llegamos allí. De hecho, Méjico existe gracias a España. ¿Pedir perdón por acabar con un imperio sanguinario y cruel que tenía sometidos a todos los pueblos mesoamericanos a través del sacrificio de humanos y la antropofagia…? ¿Deberían pedir perdón los descendientes del resto de los pueblos indígenas que —junto a nosotros— participaron en la lucha y prevalecieron sobre el cruel Imperio azteca que los consideraba parte del menú gastronómico? No. De ninguna manera.

Además, desde un punto de vista histórico y jurídico, es un sinsentido esta exigencia fruto de una retórica política que busca reescribir y distorsionar la historia tal y como sucedió. Aunque quisiera, ¿puede alguien responsabilizarse por lo que hicieron personas hace quinientos años en un mundo y sociedad de la que no formaba parte? La culpa no es heredable, por lo que los descendientes del pueblo azteca no pueden ser responsables por lo que hacían sus antepasados hace quinientos años. No sería justo exigirles que pidan perdón a los descendientes del resto de los pueblos de Mesoamérica a los que sacrificaban y comían.

El problema que tiene el México actual no se soluciona con que el rey Felipe VI pida perdón por no se sabe bien qué, tal como reconoce el historiador mexicano Juan Miguel Zunzunegui.

«Que España pida disculpas por eso a lo que llamamos conquista sería como que España pida disculpas por el hecho de que México exista. Lo que hay que entender es que, de parte del gobierno mexicano, de éste y de todos, lo que hay es un tema ideológico. Lo que hay es una búsqueda de conflicto. Lo que hay es una teoría marxista del conflicto, donde toda nuestra historia tiene que estar basada en la violencia.

Y, lo más importante, México se está cayendo a pedazos y no lo está tirando a pedazos España. Se está cayendo a pedazos por la violencia, por la corrupción, por el narcotráfico, por un pésimo gobierno. Y mientras, claro, hay que distraer a la gente con que todo se va a arreglar si el Rey de España pide disculpas. Es absurdo».[xxxi]

Fuimos instrumentos en las manos de Dios, con nuestros aciertos y con nuestros errores, y Él nos utilizó «para escribir derecho con los renglones torcidos de los hombres».

 ALONSO

Doña Marina, también conocida como Malinche, ¿qué significó para ti?

CORTÉS

Marina procedía de la familia de unos caciques del pueblo de Painala, sometido a los aztecas. Pero, muerto el cacique, la esposa se casó de segundas con otro cacique y, fruto de esa relación, les nació un hijo, por lo que Malinche se constituyó en un estorbo y decidieron entregarla a escondidas a unos indios que más tarde la cederían en calidad de tributo al cacique de Tabasco. Después de nuestro primer encontronazo en tierra azteca con un poblado en Tabasco, firmamos la paz con un intercambio de regalos y, según su costumbre, nos entregaron veinte jóvenes, y entre ellas estaba Malinche. Una vez que aceptó el cristianismo, bautizándose, fue cuando recibió el nombre de Marina. Con ella tuve a mi hijo Martín Cortés, que con el tiempo sería comendador de la Orden de Santiago.[xxxii] A partir de entonces —por méritos propios y no por cuota alguna—  se le conoció y reconoció como doña Marina.

Como he relatado, el éxito de la conquista de Méjico se debió más a una labor más diplomática que guerrera. Marina era políglota y hablaba las lenguas de aquellas tierras; por ese motivo ella fue mis ojos y mis oídos. Sin ella no hubiera podido negociar, como lo hicimos, con ninguna tribu ni cacique. Era mi traductora y la que me proporcionaba información vital de inteligencia sobre mis enemigos. Por eso, el cronista por excelencia, por ser protagonista y testigo ocular de de la conquista de Méjico, el veterano Bernal Díaz del Castillo, escribiría al respecto:

«Y como doña Marina en todas las guerras de Nueva-España, Tlascal y México fue tan excelente mujer y buena lengua, como adelante diré, a esta causa la traía siempre Cortés consigo».[xxxiii]

Más tarde, ella se casaría con un hidalgo, Juan Jaramillo, y como resultado de sus cualidades e inteligencia tuvo un papel muy destacado, porque además de traductora nos ayudó a comprender el complejo mundo político mesoamericano, tal como contó Bernal:

«Y la doña Marina tenía mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios en toda la Nueva-España. […]. He querido declarar esto, porque sin doña Marina no podíamos entender la lengua de Nueva España y México».[xxxiv]

 ALONSO

¿Históricamente cuál fue tu mayor error?

 CORTÉS

No haber nacido inglés o francés. Normalmente la historia la escriben los vencedores, pero en el caso de España permitimos que nuestros enemigos la escribieran; principalmente ingleses, franceses y holandeses. Tristemente, ha prevalecido la Leyenda Negra, que lo único que tiene de cierta es el vocablo «leyenda», con el significado de infundio. La hazaña española de la primera globalización, que fue el descubrimiento del Nuevo Mundo, se les atragantó a nuestros eternos adversarios.

Esta empresa no fue una gesta individual, sino colectiva, y a todos los que la hicimos posible se nos despojó del derecho a la legitimidad imperial de la que gozan ingleses y franceses. Ahora, España y Méjico tendrían un panteón monumental para todos sus héroes. Ganamos un imperio donde no se ponía el sol, pero no fuimos capaces de ganar el relato. No fuimos capaces de ver a la posteridad como un campo de batalla. La ingenuidad eclipsó nuestra grandeza.

ALONSO

La clave del éxito.

CORTÉS

Vuelvo al argumento que mencioné: España había sido un crisol de razas y pueblos durante milenios y los españoles estábamos acostumbrados al mestizaje. Nuestro único condicionante era la religión; el cónyuge debía ser cristiano. Así que recurro de nuevo a la aguda visión del profesor Chipman:

«Esto era especialmente cierto en el caso de los españoles, porque no compartían la aversión hacia las mujeres paganas y no vírgenes que caracterizaría la actitud de los primeros colonos ingleses en Jamestown. Como ha señalado Martin H. Quitt en un brillante artículo: «Al igual que los indios, los ingleses eran etnocéntricos; a diferencia de ellos, eran profundamente xenófobos. Los dirigentes ingleses querían convertir a los indios al cristianismo, pero no tenían intención de concederles una igualdad espiritual para propiciar la intimidad social». Quitt añade además que «el estándar de moral sexual de los colonos hacía impensable el matrimonio. Los ingleses preferían casarse con vírgenes».[xxxv]

Los españoles no fuimos racistas, como los anglosajones. Por este motivo, nunca buscamos la pureza racial, sino espiritual. Apostamos por el matrimonio con los indígenas como el factor determinante para tener éxito en la incorporación a la Corona española de los pueblos y tribus mesoamericanos. El objetivo no fue exterminarlos, sino asimilarlos a través del mestizaje; hacer de ellos conversos para la Iglesia y súbditos del Reino de España. Ni la raza ni la sangre fueron obstáculos insalvables: el bautismo cristiano eliminaba instantáneamente cualquier barrera entre nuestros mundos. El bautismo hacía que un extraño se convirtiera en nuestro hermano. Por esta razón, no aplicamos políticas de segregación. El nuestro no fue un modelo de exclusión etnocentrista, sino uno de inclusión universal. Esto lo dejó meridianamente claro nuestra reina Isabel la Católica y las leyes sucesivas posteriores que desarrollaron dichos derechos fundamentales. Mientras los anglosajones evitaban a toda costa la «intimidad social» con los indígenas, nosotros la buscábamos con ahínco.

 ALONSO

Ante visiones distintas de la conquista de Méjico, ¿cómo puede el lector interpretar la historia acertadamente?

CORTÉS

En el Evangelio de Mateo, Jesucristo reveló un principio fundamental que nos puede ayudar a interpretar la historia: «La Sabiduría se ha acreditado por sus obras».[xxxvi] El resultado de la colonización anglosajona de América ha supuesto la exterminación de la mayoría de los pueblos y tribus indígenas, quedando unos «ejemplares» recluidos en unas reservas. El resultado de la conquista española del Nuevo Mundo ha originado Hispanoamérica, un continente mestizo. La existencia de México es la mayor prueba de ello. No son los errores y los aciertos de uno y otro bando, ni siquiera los prejuicios o interpretaciones interesadas, lo que determina la verdadera historia; son las obras o logros conseguidos. Ese debe ser el testimonio que, en un juicio, convence o condena. Dejemos lo interpretable y centrémonos en lo comprobable. El fruto que ha dado el árbol es el factor determinante para juzgar los hechos: si ha sido bueno o malo.

ALONSO

Ha sido un honor y un privilegio conocer de tu propia boca estos hechos de la historia de España. Permíteme concluir esta con unas palabras de alguien que nació un año después de tu muerte, don Miguel de Cervantes Saavedra:

«¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza: la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado».[i]

 

NOTAS_________

[i] Cervantes Saavedra, M. (2005). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Parte II. Capítulo VIII. Espasa Calpe – Alberto Blecua. Edición conmemorativa del IV centenario. Pág. 495.

 

[i] Gobierno de la Ciudad de México (2026, 8 de junio). El Hospital de la Iglesia de Jesús Nazareno. Mexico City. https://mexicocity.cdmx.gob.mx/venues/church-hospital-de-jesus-nazareno/

 

[ii] Duverger, C. (2019). Cortés: La espada y la pluma. Hernán Cortés en el siglo XXI, V centenario de la llegada de Cortés a México. Tomo I. Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste. Pág. 43.

 

[iii] Barcalá, A. (1985). Las Universidades españolas durante la Edad Media. Anuario de estudios medievales, ISSN 0066-5061, Nº 15, 1985, págs. 83-126. Pág. 93. https://digital.csic.es/bitstream/10261/16115/1/20090728144734682.pdf

 

[iv] Cervantes Saavedra, M. (1862). El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (Tomo I). Madrid: Imprenta Nacional. Real Academia Española. Pág. 284.

 

[v] Díaz del Castillo, B. (2018). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Capítulo LXI. Edición, introducción y notas: Miguel León-Portilla. Pág. 294.

 

[vi] De la Torre Villar, E. (1998). Lecturas históricas mexicanas. Tomo I. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de investigaciones históricas. Págs. 200-201.

 

[vii] Forssmann, A. (2017, 4 de julio). Hallan calaveras de mujeres y niños en el Gran Tzompantli de la antigua Tenochtitlán. Historia National Geographic. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/hallan-calaveras-mujeres-y-ninos-gran-tzompantli-antigua-tenochtitlan_11689

 

[viii] Díaz del Castillo, B. (2018). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Capítulo CCVIII. Edición, introducción y notas: Miguel León-Portilla. Pág. 1282.

 

[ix] León-Portilla, M. (2002). Fray Bernardino de Sahagún y la invención de la antropología. En M. León-Portilla (ed.), Bernardino de Sahagún: quinientos años de presencia (pp. 9-27). Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas. Pág. 25. https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/393/393_04_02_InvencionAntropologia.pdf

 

 

[x] De Sahagún, B. (1829). Historia general de las cosas de Nueva España. Libro Segundo. Imprenta del Ciudadano Alejandro Valdés, calle de Sanio Domingo y esquina de Tacuba. México. Pág 49. https://archive.org/details/historiagenerald01saha/page/n3/mode/1up

 

[xi] Jara, M. (2025, 4 de mayo). El coste humano de la Segunda Guerra Mundial. El Orden Mundial. https://elordenmundial.com/mapas-y-graficos/muertos-segunda-guerra-mundial/

 

[xii] Prescott, W. (2001). Historia de la conquista de México. Antonio Machado Libros – Papeles del Tiempo. ISBN: 978-84-9114-161-7. Pág. 103.

 

[xiii] Prescott, W. (2001). Historia de la conquista de México. Antonio Machado Libros – Papeles del Tiempo. ISBN: 978-84-9114-161-7. Pág. 104.

 

[xiv] Chipman, D. (2005). Moctezuma’s Children. Aztec Royalty under Spanish Rule, 1520–1700. University of Texas Press,Austin. Pág. 59.

 

[xv] Duverger, C. (2019). Cortés: La espada y la pluma. Hernán Cortés en el siglo XXI, V centenario de la llegada de Cortés a México. Tomo I. Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste. Págs. 47-48.

 

[xvi] Díaz del Castillo, B. (2018). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Capítulo CVII. Edición, introducción y notas: Miguel León-Portilla. Pág. 509.

 

[xvii] Sagaón, I. (1998). Anuario Mexicano de Historia del Derecho, ISSN-e 0188-0837, Nº. 10, 1998. Págs. 754-755. http://historico.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/hisder/cont/10/cnt/cnt35.pdf

 

[xviii] Martínez, J. L. (1994). Documentos cortesianos III: 1528-1532, secciones V a VI (primera parte). México: Universidad Nacional Autónoma de México / Fondo de Cultura Económica. Pág. 40.

 

[xix] Martínez, J. L. (1994). Documentos cortesianos III: 1528-1532, secciones V a VI (primera parte). México: Universidad Nacional Autónoma de México / Fondo de Cultura Económica. Págs. 22-23.

 

[xx] Chipman, D. (2005). Moctezuma’s Children. Aztec Royalty under Spanish Rule, 1520–1700. University of Texas Press,Austin. Pág. XXII.

 

[xxi] Housenick, C. (2009, enero-febrero). Cómo ganar la batalla, pero perder la guerra Tres maneras distintas de cómo el éxito en el combate promueve el fracaso en la paz. Military Review. Pág. 75. https://www.armyupress.army.mil/Portals/7/military-review/Archives/Spanish/Directors-Select/housenick-como-ganar-la-batalla-pero-perder-la-guerra-directors-select-spanish-agosto-2018.pdf

 

[xxii] Rojas Mulet, M. (2019). La estrategia militar de Hernán Cortés en la conquista del Imperico mexica. Tomo I. Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste. Pág. 106.

 

[xxiii] Chipman, D. (2005). Moctezuma’s Children. Aztec Royalty under Spanish Rule, 1520–1700. University of Texas Press,Austin. Pág. 8.

 

[xxiv] Céspedes del Castillo, G. (2009). América Hispánica (1492-1898). Fundación Jorge Juan – Marcial Pons Historia. ISBN: 978-84-15817-28-4. Pág. 81.

 

[xxv] Precott, W. (2001). Historia de la conquista de México. Antonio Machado Libros – Papeles del Tiempo. ISBN: 978-84-9114-161-7. Pág. 1079.

 

[xxvi] Precott, W. (2001). Historia de la conquista de México. Antonio Machado Libros – Papeles del Tiempo. ISBN: 978-84-9114-161-7. Pág. 356

 

[xxvii] De la Torre y del Cerro, A.; Alsina, E. (1974) Testamentaría de Isabel la Católica. Editorial: Impreso en Talleres Gráficos de Vda. De fidel Rodríguez Ferrán, Barcelona. ISBN : / C16G4 https://www.ub.edu/duoda/diferencia/html/es/primario16.html

 

[xxviii] Pérez, M. (2025, 29 de octubre). Entrevista a Juan Miguel Zunzunegui, historiador: «Que España pida perdón por la conquista sería como pedir disculpas por el hecho de que México exista». El Debate. https://www.eldebate.com/cultura/20251029/hispanoamerica-espana-vivan-fragmentados-conviene-europa-eeuu-francia-britanicos_349380.html

 

[xxix] Céspedes del Castillo, G. (2009). América Hispánica (1492-1898). Fundación Jorge Juan – Marcial Pons Historia. ISBN: 978-84-15817-28-4. Pág. 188.

 

[xxx] González González, Enrique. (2010). Por una historia de las universidades hispánicas en el Nuevo Mundo (siglos XVI-XVIII). Revista iberoamericana de educación superior, 1(1), 77-101. Recuperado en 19 de junio de 2026, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2007-28722010000100006&lng=es&tlng=es.

 

[xxxi]Pérez, M. (2025, 29 de octubre). Entrevista a Juan Miguel Zunzunegui, historiador: «Que España pida perdón por la conquista sería como pedir disculpas por el hecho de que México exista». El Debate. https://www.eldebate.com/cultura/20251029/hispanoamerica-espana-vivan-fragmentados-conviene-europa-eeuu-francia-britanicos_349380.html

 

[xxxii]Díaz del Castillo, B. (2018). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Capítulo XXXVI. Edición, introducción y notas: Miguel León-Portilla. Págs. 203-204.

 

[xxxiii]Díaz del Castillo, B. (2018). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Capítulo XXXVII. Edición, introducción y notas: Miguel León-Portilla. Pág.203.

 

[xxxiv]Díaz del Castillo, B. (2018). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Capítulo XXXVII. Edición, introducción y notas: Miguel León-Portilla. Pág.204-205.

 

[xxxv] Chipman, D. (2005). Moctezuma’s Children. Aztec Royalty under Spanish Rule, 1520–1700. University of Texas Press,Austin. Pág. 62.

 

[xxxvi] Biblia de Jerusalén. (1975). Edición Española de la Biblia de Jerusalén. Mateo 11:19. Desclee de Brouwer. Bilbao. Pág. 1403.

 

Alonso de Madariaga

Natural de una Barcelona maravillosa, abierta y cosmopolita que ya no existe. Exiliado lingüístico, hui de la dictadura del KKK catalanista. Heredé el humor de mi padre, Cervantes y Quevedo. Me gusta entrevistar (in absentia) a personajes públicos inaccesibles e importunarlos con preguntas políticamente incorrectas aderezadas con un puntito de ironía y de sarcasmo. ¡Vamos, que les ajusto las cuentas! Graduado en Criminología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, mención o especialidad en Psicología de la Delincuencia.

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