
«Esta frase estaba en la portada de un libro que procurábamos conocer durante nuestra educación infantil»
Con este axioma se nos indicaba a los niños de mi época (casi la prehistoria) la necesidad de adquirir buenos hábitos desde la tierna infancia. No decía nada de aprender inglés.
Este verano estoy echando en falta el haber comenzado a aprender idiomas desde pequeño. A lo largo de mis estudios en la Escuela de Comercio, cursábamos tres años de inglés, tres de francés y tres de italiano. Pese a ello, mi conocimiento de dicha lenguas adoleció de una continuidad y práctica que me permitiera dominarlas.
Héteme aquí, que a estas alturas de mi provecta vida, me siento obligado a superar el examen de suficiencia B-1 en alguna de estas lenguas. Servidor controla los idiomas con un chapurreo de andar por casa y un lenguaje comercial bastante corto. Lo del examen es harina de otro costal.
Así que me he puesto a la tarea y llevo tres semanas asistiendo a un curso intensivo de inglés rodeado de jóvenes estudiantes de bachillerato. Esta circunstancia me ha permitido colegir que la dureza de mi viejo oído me impide comprender adecuadamente a mi profesora, que por cierto habla un inglés impecable.
Decididamente los idiomas se aprenden con facilidad cuando uno es un niño o un adolescente. Ahora se impone (y se desarrolla en muchas ocasiones) la educación bilingüe, así como los jóvenes de hoy gozan de la posibilidad de desplazarse a otros países de la que carecíamos en nuestra época.
Por eso recomiendo a los padres y educadores que insistan en el acceso a otro idioma a los niños desde bien pequeños. Especialmente el inglés. Y, si es posible, un veranito en Inglaterra. El intercambio no es caro. De hecho ya aprenden a través de los videojuegos y el “spanglish” que se práctica, muy mal por cierto, en las redes.
Seguiré intentando adecuar mi oído a la “pronunciation” de mi “teacher” y prepararé el examen lo mejor que pueda. Aunque sea un árbol añoso. Todo sea por Dios y por la Patria. ¡En que berenjenales me meto!

