
«A medida que pasan los años, las personas y los objetos se van deteriorando»
Estoy en posesión de un viejo coche (16 años) al que adoro y agradezco sus servicios. Es el vehículo que más me ha durado. En mis tiempos de viajante los tenía que cambiar cada tres años. Ahora lo mantengo como (casi) nuevo.
El achaque que le ha surgido esta vez ha sido la reiterada pérdida de aire de una de las cubiertas. Tras tres visitas a los ¿técnicos?, en las que no descubrieron el entuerto, me dirigí a un cuarto especialista en neumáticos del pueblo donde habito en verano. En un pis-pas me sumerge la cubierta y descubre un mínimo poro en la zona de la válvula. Quince euros besados y media hora después… tema solucionado.
A nuestro cuerpo humano le sucede lo mismo que a mi viejo coche. Le salen, de vez en cuando, distintas dolamas y averías que reparamos con cirugía y medicinas para el motor y un repaso de chapa y pintura para nuestros cansados órganos. Lo importante es descubrir la avería.
La suerte que gozamos actualmente se basa en que la naturaleza humana es cada vez más resistente y los “mecánicos y talleres de reparación” del cuerpo, son cada vez más preparados y eficaces. Personalmente no dudo en ponerme en manos de los médicos y cirujanos cuando intuyo la mínima mejora en mi calidad de vida. Conozco a un montón de pacientes que se han puesto en manos de los “fontaneros del corazón” y les han cambiado una válvula o les han hecho “un apaño” que les ha puesto de nuevo en circulación.
“Hoy las ciencias adelantan…” Gracias a ello la expectativa de vida y la calidad de la misma han subido extraordinariamente en los últimos años. Bienvenidas sean.

