
«Además de una representación mitológica, Laocoonte es el testimonio del sufrimiento del ser humano y su fragilidad»
En el año 1506, en Roma, cerca de la Domus Aúrea, mandada construir por el emperador Nerón, el labrador Felice de Freddis descubrió algo extraordinario. Mientras realizaba las tareas agrícolas en sus viñedos, se topó con una escultura de gran envergadura, la imponente escultura de Laocoonte y sus hijos. Pronto, las autoridades pontificias tuvieron noticias de lo sucedido y ante la magnitud del hallazgo, el papa Julio II (1443-1513) enviaría a Miguel Ángel Buonarotti (1475-1564) y Giuliano da Sangallo (c. 1445-1516), para valorar el sorprendente descubrimiento e informarle.

Tanto Miguel Ángel como Sangallo ya tenían conocimiento de la obra dado que Plinio el Viejo (c. 23-79) la mencionó en su obra Historia Natural, reconociendo rápidamente la escultura de la que sublimemente habló el historiador romano.

Sin embargo, surgieron dudas sobre su datación. En un primer momento, la obra se atribuyó a los escultores griegos Polidoro, Agesandro y Atenodoro, situándolos en el periodo helenístico (siglos IV a. C.- I a. C.). Sin embargo, tras descubrir algunas piezas similares en la residencia del emperador Tiberio (42 a. C.- 37 d. C.) en Sperlonga, a ciento cincuenta kilómetros de Roma donde se encontraron esculturas similares, y posteriormente realizar análisis con más detenimiento, se determinó que la obra hallada por de Freddis podría haber pertenecido a la colección de algún mecenas romano del siglo I d. C., muy probablemente al mismo Tiberio o al emperador Tito (39-81), siendo una copia romana de la original griega realizada en bronce.
La escultura representa el trágico final que protagonizó el sacerdote troyano Laocoonte y sus hijos Antifante y Timbreo que recoge el poeta Virgilio en La Eneida.

Laocoonte intentó advertir a su pueblo el peligro que suponían los griegos, peligro que expresó con la conocida frase “Tineo Danaos et dona ferentes”, (Temo a loa griegos incluso cuando traen regalos), refiriéndose al engaño del Caballo de Troya que los griegos regalaron a sus compatriotas.
Ante su desconfianza y enojo, Laocoonte golpeó la estatua con una lanza lo que provocó el enfado de los dioses Poseidón y Atenea, que, para callarlo, enviaron dos serpientes gigantes para que lo atacaran junto a sus hijos y los mataran asfixiándolos.
Las terribles muertes fueron interpretadas por el pueblo troyano como un castigo de los dioses al querer rechazar el regalo de los griegos, que era para ellos sagrado, por lo que esa creencia les hizo aceptar la dádiva helena, que acarrearía su derrota.
La escultura representa el momento agónico en el que el sacerdote y sus hijos son atacados por las serpientes que se enrollan en sus cuerpos mordiéndoles hasta matarlos, mientras los protagonistas luchan con desesperación para liberarse.

La obra, presenta las características del periodo helenístico, que se distingue por un enorme realismo que muestra toda su crudeza, un dinamismo envolvente y una expresividad dramática que dan como resultado una escena de intensa emocionalidad.
En el grupo escultórico de Laocoonte, el sacerdote y sus hijos expresan el dolor en sus rostros, la angustia y la agonía cuando son atacados por las víboras; las posturas y el movimiento con los cuerpos retorcidos permiten admirar la obra desde varios puntos de vista, potenciando así el dramatismo. Un estilo que rompe totalmente con la serenidad, la armonía y el equilibrio de la época clásica, en la que las obras insinúan, sin embargo, en el periodo helenístico narran.
Tallada en mármol blanco, la escultura presenta una técnica excepcional formando una pirámide con las figuras entrelazadas que crean un movimiento circular; la anatomía, el tratamiento del cabello y la textura de la piel de las serpientes demuestran una maestría extraordinaria.

La influencia de esta escultura ha sido considerable; Miguel Ángel, sentía una profunda admiración por ella, y su influencia se deja ver tanto en la escultura de Moisés, como en las esculturas de los esclavos, aunque sin finalizar, proyectadas para la tumba del papa Julio II (1443-1513) como en las figuras de la Capilla Sixtina. Participó en la primera restauración que se realizó de la obra y como muestra de su excepcional conocimiento de la anatomía confirmaría cómo la posición del brazo derecho del Laocoonte no debía estar extendido, sino hacia atrás.
Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) quedaría impresionado ante ella, afirmando cómo el sufrimiento puede transformarse en una experiencia estética excepcional. La obra fue analizada con detalle por el filósofo alemán Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781) que en su obra Laocoonte destaca como el artista logró representar el dolor extremo sin provocar el rechazo en el espectador, transformando el sufrimiento en una expresión de belleza perdurable.

Otros artistas como William Blake (1757-1827) se enfocó en el sufrimiento sin esperanza, criticando el tratamiento del dolor físico frente a una visión espiritual del arte.
El gran historiador del arte austríaco, Ernst Gombrich (1909-2001) hace hincapié en la maestría de los escultores para plasmar de manera magistral la emoción, el movimiento y una gran tensión muscular, lo que se conoce como Pathos, en griego, lo que se padece.

Además de una representación mitológica, Laocoonte es el testimonio del sufrimiento del ser humano y su fragilidad. La figura del sacerdote, hombre virtuoso, encarna el alto precio a pagar por revelar la verdad ante la ignorancia colectiva. Quizás esto nos invite a reflexionar sobre la realidad, con sus sombras y desafíos de este tiempo que nos ha tocado vivir.
Para concluir, las palabras con las que uno de los más prestigiosos conocedores del arte antiguo, Johann Winckelmann (1717-1768), definió la obra: “La naturaleza en supremo dolor, esculpido según la imagen del hombre que lucha por acumular toda la fuerza de su espíritu para sobrellevar su angustia”.
Málaga, 2026

