
«El problema del caciquismo de politburó es precisamente que tiende a confundir Estado con Gobierno, Gobierno con partido y partido con la dirección del partido»
España ha conseguido finalmente algo que parecía difícil incluso para un país con nuestra proverbial capacidad para reinventar lo improbable, crear una nueva escuela de relaciones internacionales. Podemos dejar tranquilamente en las bibliotecas a Metternich, Talleyrand, Bismarck, Richelieu o Kissinger, todos ellos empeñados durante siglos en estudiar el equilibrio de poder, los intereses permanentes, las alianzas, las capacidades militares, las rutas comerciales, la influencia económica o la situación geográfica de los Estados. Aquello era la antigua diplomacia. Nosotros hemos llegado mucho más lejos y hemos inventado una modalidad propia, mucho más castiza y probablemente más sostenible, la diplomacia del buen vecino incluso cuando el vecino parece estar entrando por la ventana.
El procedimiento es de una sofisticación extraordinaria. Si alguien llama a la puerta, se le abre. Si salta la tapia, se estudia el contexto. Si aparecen de repente miles o decenas de miles de personas en una frontera especialmente sensible, se apela a la prudencia. Si existen indicios de organización, coordinación o, cuando menos, de una permisividad difícil de explicar al otro lado, se reclama serenidad. Y si además se producen incidentes contra quienes tienen encomendada la protección de nuestras fronteras, entramos ya en la fase superior de la diplomacia contemporánea española, esa en la que todo debe analizarse con responsabilidad, sin precipitaciones y, sobre todo, sin acritud. La acritud, por lo visto, es peligrosísima. Las piedras, bastante menos.
No conviene frivolizar, naturalmente, con una situación de enorme gravedad, pero precisamente por eso la sátira encuentra terreno fértil cuando existe una distancia demasiado grande entre lo que sucede y el lenguaje utilizado para describirlo. Porque una cosa es mantener la serenidad, obligación elemental de cualquier Gobierno responsable, y otra convertir la serenidad en una especie de anestesia verbal mediante la cual cualquier acontecimiento termina diluido entre declaraciones de cooperación institucional, buena vecindad y excelentes relaciones bilaterales. Llega un momento en que uno no sabe si está escuchando un comunicado diplomático o el parte de convivencia de una comunidad de propietarios.
Al frente de esta extraordinaria maquinaria podríamos imaginar al ministro de Exteriores de barra de bar, personaje perfectamente reconocible, aunque absolutamente ficticio, cuyo principio fundamental de política internacional consiste en afirmar que «hay que llevarse bien con todo el mundo». Es una idea magnífica. También conviene llevarse bien con el dentista, con el vecino del quinto y con el señor que nos vende el pan. Pero si uno de ellos aparece a las tres de la madrugada tratando de abrir nuestra caja fuerte con una radial, quizá resulte prudente preguntarle qué está haciendo antes de ofrecerle café. Nuestro hipotético ministro, sin embargo, sería capaz de explicarle que comprende su legítimo interés por conocer el contenido de la caja y, después de una reunión bilateral de dos horas, comparecería ante la prensa para anunciar que ambas partes han coincidido en la importancia de mantener abiertos los canales de comunicación. La caja fuerte habría desaparecido, pero los canales continuarían abiertos, lo cual constituiría sin duda un éxito diplomático.
A su lado se situaría el subsecretario de Geopolítica de Romería, otro personaje-tipo de nuestro tiempo, hombre de vasta experiencia internacional adquirida probablemente observando el mapa meteorológico después del telediario. Conoce África porque estuvo una vez en Canarias, Portugal porque cruzó la frontera para comprar toallas y Bruselas porque lleva veinte años culpándola alternativamente de todo y de nada. Su gran descubrimiento estratégico consiste en repetir que Marruecos es nuestro vecino, afirmación que constituye un notable avance respecto de cinco siglos de cartografía. El problema es que Marruecos también sabe perfectamente que España es su vecino, y parece comprender además que la geografía no es simplemente una curiosidad académica sino una fuente permanente de oportunidades, intereses y capacidad de presión. Nosotros, en cambio, corremos a veces el riesgo de estudiar la vecindad únicamente desde la perspectiva de cómo evitar que el vecino se moleste.
También podríamos incorporar al estratega internacional que descubrió el Sáhara en Google Maps. Fue seguramente un momento emocionante. Amplió con dos dedos, redujo después la imagen, encontró unas líneas discontinuas y desde entonces está en condiciones de explicar el Magreb. Este personaje pertenece a esa nueva generación de expertos para la que la Historia comienza aproximadamente el día en que obtuvieron su primer cargo. Todo lo anterior resulta excesivamente complicado, porque obliga a conocer tratados, conflictos, Argelia, Marruecos, el Sáhara Occidental, el Sahel, Canarias, Ceuta, Melilla, Estados Unidos, los intereses energéticos y hasta esa molesta disciplina llamada geografía. Mucho más sencillo resulta sustituir todo eso por palabras que sirven para cualquier ocasión, «cooperación», «estabilidad», «diálogo», «responsabilidad» y «buena vecindad». Son términos magníficos, especialmente cuando uno no sabe exactamente qué hacer.
Y aquí aparece otro de los protagonistas imprescindibles de esta tragicomedia, el director general de Buen Vecindario, Serenidad y Ausencia de Acritud, cuya función consiste en comparecer cada vez que sucede algo que unas décadas atrás habría provocado una crisis diplomática y explicar que precisamente por la gravedad de la situación debemos conservar la calma. Si mañana desembarcara una unidad militar extranjera en una playa española, probablemente nuestro personaje comparecería ante un atril para advertir que no debemos precipitarnos a la hora de determinar si los carros de combate responden verdaderamente a una acción hostil o se encuentran simplemente estacionados temporalmente en nuestro territorio. Si un periodista preguntara por qué llevan munición, se respondería que no conviene entrar en especulaciones. Si preguntara por la bandera extranjera, se le recordaría que las banderas no deben distraernos de lo fundamental. Y si finalmente alguien señalara que la columna blindada avanza ya hacia Madrid, se tranquilizaría a la población asegurando que estamos en contacto permanente con nuestros socios.
Todo esto sería únicamente una caricatura si no existiera un fenómeno internacional perfectamente estudiado, la llamada zona gris, ese espacio situado entre la paz abierta y el conflicto convencional en el que pueden utilizarse presión migratoria, desinformación, ciberataques, sabotajes, provocaciones, presión económica o actuaciones deliberadamente difíciles de atribuir. Precisamente ahí reside la eficacia del ataque híbrido, en conseguir que la víctima dude permanentemente sobre lo ocurrido. ¿Ha sido intencionado? ¿Quién lo ha organizado? ¿Puede demostrarse? ¿Conviene responder? ¿Cómo debe responderse? Y mientras se constituye una comisión para determinar si aquello era efectivamente un ataque, puede estar comenzando ya el siguiente. España parece haber añadido a ese complejo catálogo una pregunta adicional, quizá la más pintoresca de todas, ¿se enfadará el buen vecino si investigamos demasiado?
Conviene ser extremadamente cuidadosos en este punto. Que existan indicios preocupantes, movimientos organizados, permisividades inexplicables o comportamientos que puedan encajar dentro de estrategias de presión no significa automáticamente que pueda atribuirse jurídicamente a un Estado una operación determinada. La diferencia es fundamental. Pero que algo no pueda demostrarse de inmediato tampoco obliga a comportarse como si nada estuviera sucediendo. Entre la acusación irresponsable y la candidez estratégica existe un territorio bastante amplio llamado prudencia inteligente, que consiste en observar, prevenir, prepararse y dejar muy claro que la buena relación entre Estados no implica que uno de ellos renuncie a defender sus intereses.
Porque ése es quizá uno de nuestros principales problemas. Hemos convertido la expresión «buen vecino» en una categoría casi moral. Un buen vecino, en la vida cotidiana, es quien no pone música a las cuatro de la madrugada, recoge nuestros paquetes cuando estamos fuera y nos presta una escalera si la necesitamos. Si periódicamente cuestionara la propiedad de nuestro dormitorio, quizá dejaríamos de describirlo con tanto entusiasmo. En las relaciones internacionales, sin embargo, parecemos aceptar ocasionalmente una interpretación mucho más flexible de la vecindad. Se puede discutir sobre territorios, ejercer presión, reivindicar, tensar y, aun así, nosotros continuaremos destacando el excelente momento de las relaciones bilaterales. Admirable capacidad para mantener el optimismo.
No se trata, naturalmente, de enemistarse con Marruecos. Sería absurdo. España necesita una relación estable, sólida y pragmática con Marruecos por razones comerciales, migratorias, energéticas, policiales, antiterroristas y sencillamente geográficas. Precisamente por eso esa relación debe asentarse sobre el respeto mutuo y sobre la claridad, no sobre la apariencia de que nuestros intereses coinciden siempre. Marruecos defiende Marruecos. Francia defiende Francia. Italia defiende Italia. Alemania defiende Alemania. Estados Unidos, cosa sorprendente, defiende Estados Unidos. La anomalía consistiría en que España llegara a considerar que defender con firmeza España podría resultar una actitud diplomáticamente poco elegante.
Ser educado no significa ser ingenuo. Cooperar no significa ceder. Negociar no significa aceptar previamente la posición del otro. Mantener buenas relaciones con un Estado no implica creer que ese Estado ha dejado súbitamente de perseguir sus propios objetivos. Los Estados no tienen amigos en el sentido adolescente de la palabra. Tienen aliados, socios, competidores, intereses coincidentes e intereses contradictorios. Precisamente por eso existe la diplomacia. Si todos fuéramos amigos entrañables, bastaría con crear un grupo internacional de WhatsApp, mandar corazones y cerrar las embajadas, con el considerable ahorro presupuestario que ello supondría.
El problema se agrava cuando esta peculiar diplomacia se combina con nuestro genuino caciquismo de politburó. Es una mezcla extraordinariamente española entre el viejo cacique que controlaba el pueblo mediante favores y el politburó que controlaba la organización mediante disciplina. La decisión baja desde arriba y el entusiasmo sube desde abajo. El ministro adopta una posición, el secretario de Estado descubre inmediatamente que siempre la había compartido, el director general confirma que coincide plenamente con el secretario de Estado, los asesores preparan el argumentario y, cuarenta y ocho horas después, aparecen diez personas distintas en televisión pronunciando exactamente las mismas palabras, «responsabilidad», «serenidad», «cooperación», «normalidad institucional» y, cómo no, «buena vecindad».
Uno termina sospechando que nuestra verdadera arma estratégica no son las fragatas, los cazas ni los sistemas de inteligencia, sino el argumentario. Frente a un misil hipersónico probablemente enviaríamos un PDF de tres páginas explicando nuestra profunda preocupación. Sería un documento magníficamente maquetado, con abundantes referencias a la resiliencia, la sostenibilidad y la cooperación transversal. El misil, eso sí, continuaría su trayectoria.
Lo verdaderamente sorprendente es que España dispone de casi todo lo necesario para desarrollar una política exterior mucho más ambiciosa y coherente. Poseemos una ubicación geográfica excepcional, controlamos uno de los pasos marítimos más importantes del mundo, tenemos presencia mediterránea y atlántica, Canarias, Ceuta y Melilla, grandes puertos, infraestructuras modernas, pertenencia a la Unión Europea y a la OTAN, una lengua global, vínculos históricos con buena parte de América, una economía relevante, industria, fuerzas armadas profesionales y un excelente cuerpo diplomático. Es decir, contamos con cartas considerablemente mejores de las que a veces parece indicar nuestra manera de sentarnos a la mesa.
Y quizá ahí se encuentre el verdadero drama. No necesitamos inventar una nueva potencia mundial, porque España ya posee muchos de los elementos que permiten ejercer influencia. Lo necesario sería tener conciencia de ellos, continuidad estratégica y una política exterior diseñada más allá del siguiente informativo. Los demás Estados hacen planes a veinte y treinta años. Nosotros cambiamos demasiadas veces de estrategia al cambiar el ciclo político, como si la geografía también cambiara después de las elecciones. Pero el Estrecho permanece en su sitio, Canarias continúa donde estaba, Ceuta y Melilla no se desplazan con el cambio de Gobierno, el Mediterráneo sigue siendo una de las áreas estratégicas fundamentales del planeta y Marruecos continúa defendiendo sus intereses con una constancia digna de estudio.
La política exterior no debería ser una prolongación de la batalla partidista doméstica. Debería ser una política de Estado. Los gobiernos pasan, los intereses nacionales permanecen. El problema del caciquismo de politburó es precisamente que tiende a confundir Estado con Gobierno, Gobierno con partido y partido con la dirección del partido. Cuando eso sucede, el interés nacional corre el riesgo de terminar adaptándose a las necesidades del momento, cuando debería ocurrir exactamente lo contrario.
Y mientras el mundo entra en una etapa de competencia entre potencias, rearme, lucha por materias primas, seguridad energética, inteligencia artificial, control de rutas comerciales, presión migratoria y conflictos híbridos, nosotros corremos el riesgo de responder mediante una Mesa Interministerial para la Gobernanza Resiliente del Buen Vecindario Mediterráneo. Tendrá ciento ochenta páginas, fotografías estupendas, diagramas circulares, perspectiva transversal y una portada azul magníficamente diseñada. Probablemente ningún adversario se sentirá particularmente intimidado, pero será un documento sostenible.
Quizá todo esto explique por qué determinadas decisiones internacionales producen una sensación tan extraña en una parte creciente de la ciudadanía. No porque ésta reclame aventuras militares, bravatas diplomáticas o gestos irresponsables, sino porque empieza a percibir una diferencia inquietante entre prudencia y pasividad, entre cooperación y complacencia, entre serenidad y resignación. Un Estado serio debe saber dialogar y, simultáneamente, debe saber establecer límites. Debe poder tender la mano sin entregar el brazo. Debe mantener abierta la puerta del diálogo sin desmontar antes la cerradura de la puerta de casa.
Tal vez ésa sea finalmente la gran aportación del caciquismo de politburó a nuestra política exterior, haber conseguido que la ausencia de respuesta pueda presentarse como prudencia, que la repetición sustituya al pensamiento, que el argumentario suplante a la estrategia y que determinadas renuncias aparenten ser elevadísimas formas de realismo diplomático que los ciudadanos normales no tenemos capacidad suficiente para comprender.
Debe de ser eso. Nosotros vemos una frontera y ellos contemplan un espacio de cooperación. Nosotros observamos una provocación y ellos descubren una oportunidad de diálogo. Nosotros vemos un problema y ellos crean un grupo de trabajo. Y cuando alguien pregunta dónde está exactamente el límite, siempre aparece nuestro imaginario ministro de Exteriores de barra de bar para anunciar solemnemente que España actuará con toda firmeza cuando llegue el momento.
La pregunta es bastante más sencilla y quizá bastante más incómoda. ¿Cómo sabremos que ha llegado ese momento si, cuando llega, nuestra primera preocupación consiste en no molestar a quien puede estar poniéndonos a prueba?
Pero con Italia… ¿Por qué con Marruecos…? En fin… Todo se verá, o no, y el tiempo lo dirá.

