
«La obra Marte es más que una pintura mitológica, es la representación de un dios humanizado, despojado de su armadura, cansado y abatido»
La obra El dios Marte de Diego Velázquez (1599-1660), constituye una de las obras más enigmáticas del brillante pintor sevillano. El dios de la guerra, en esta ocasión no aparece erguido y triunfante tras la victoria, sino sentado, con una expresión melancólica y resignada.
La obra fue un encargo del rey Felipe IV para formar parte de una colección de temas mitológicos mencionados por el poeta romano Ovidio (43 a. C.-17 d. C.), en sus obras Las Metamorfosis (Libro IV- 169-189) y Ars amatoria (versos 560-590). quien sitúa a Marte y Venus amándose cuando son sorprendidos por Vulcano, tras ser advertido por Apolo.

“A éste también, que templa todas las cosas con su sidérea luz, cautivó el amor, al Sol: del Sol contaremos los amores. El primero que el adulterio de Venus con Marte vio se cree este dios; ve este dios todas las cosas el primero.
Cuando llegaron a este lecho, al mismo, su esposa y el adúltero, con el arte del marido y las ataduras preparadas de novedosa manera, en mitad de sus abrazos ambos sorprendidos quedan. Entonces a Vulcano se le nubló el sentido y se le cayó de las manos lo que estaba trabajando en la fragua. Y urdió un plan para atraparlos y exponerlos a la vergüenza…
En su fragua forja una red tan fina como resistente y coloca una trampa en el lecho del pecado y en la que terminan atrapados los adúlteros. Al punto el dios de Lemnos abrió las puertas de marfil e hizo entrar a los dioses: los dos yacían entrelazados en una posición vergonzosa, y alguno de los dioses más joviales comentó que no le habría importado sentir tal vergüenza. Todos los dioses rieron, y durante mucho tiempo la anécdota corrió en boca de todos por todo el cielo”.
Las Metamorfosis (Libro IV, 169-189). Ovidio, poeta romano.

Al rey Felipe siempre le interesaron los temas mitológicos, guiado por su búsqueda personal por conocer la existencia humana; por ello el monarca encargó para la Torre de la Parada, pabellón de caza en El Pardo, uno de los lugares favoritos del rey, varios cuadros de temática mitológica a dos de los grandes pintores del momento en Europa, Diego Velázquez y Pedro Pablo Rubens (1577-1640).

La obra Marte corresponde a la segunda etapa comprendida entre los años 1631 y 1648, en la que el pintor sevillano ya había viajado a Italia, donde quedó fascinado por la belleza de la escultura clásica, los maestros del Renacimiento y especialmente por el color y la luz de la pintura veneciana.
Este impacto por la técnica italiana lo muestra en la obra del dios de la guerra, en la que el color y la luz producen un efecto extraordinario a los ojos del espectador. Las influencias de Rubens en la piel y la musculatura, la combinación de tonos fríos y cálidos en los paños tomada de la pintura francesa y los tonos plateados de los italianos Tintoretto (1518-1594) o El Veronés (1528-1588) hacen que el conjunto resulte extraordinario, consiguiendo un claroscuro que envuelve la figura creando una atmósfera única.

La figura de Marte aparece sentada, semidesnuda y con el escudo en el suelo, despojados de todo símbolo de victoria y poder; detrás aparecen sábanas blancas sobre un lecho que en absoluto hace referencia a un campo de batalla.
La composición es armónica y equilibrada y la figura sentada de Marte le quita rigidez, aportando calma y serenidad. La interpretación más extendida por los historiadores del arte se basa fundamentalmente en la obra de Ovidio, tema representado por varios pintores como Jacques-Louis David (1748-1825) o Sandro Boticelli (1445-1510), entre otros, donde el dios de la guerra es vencido por el amor. “Omnia vincit amor” (El amor lo vence todo).

Por otra parte, muchos han visto en la obra, una evidente alusión a la derrota de los Tercios españoles en Rocroi en 1643 por la actitud de Marte y su bigote, que recuerda al de los soldados españoles; por lo que nos llevaría a aquel episodio que supuso el declive de las tropas españolas en Europa y consolidó a Francia como una gran potencia en el continente europeo.

Esta interpretación no está demostrada. La buena relación del pintor con el monarca y la ambición del pintor en la sociedad cortesana hacen dudar que Velázquez se atreviera a hacer alusión a un triste episodio que situaba a España en una situación de declive y pérdida de prestigio ante el resto de países europeos; sin embargo, no hay que olvidar que el pintor, hombre astuto, encerraba en toda su obra una intención deliberada.
En este sentido cabe destacar que Velázquez pintó otras dos obras de personajes mitológicos, Esopo y Menipo, para el programa iconográfico que pretendía exponer el monarca en el pabellón de caza antes mencionado.

Esopo, célebre fabulista griego, que fue esclavo y padeció una muerte injusta, tras ser acusado de robo y sentenciado a morir arrojado desde la roca Hiampa en Delfos, es representado como un mendigo. Sin embargo, el pintor, fiel a su costumbre de dignificar a sus personajes, muestra al escritor con una actitud serena, seria y ligeramente irónica. Velázquez quiere transmitir la idea de que la verdadera sabiduría no reside en el boato cortesano, sino en la austeridad.

Menipo, escritor satírico griego del siglo IV a. C. es representado con una expresión burlona y ropa harapienta con objetos materiales esparcidos por el suelo, un pergamino, libros y una jarra, como símbolos del escaso valor de lo material. Menipo mira al espectador, siendo el propio personaje el que juzga, no el que lo observa.
Rubens ya había pintado dos obras para el mismo pabellón de caza, Demócrito y Heráclito, y la inevitable competencia entre ambos maestros llevaría a Velázquez a adoptar una actitud más irónica en sus propios personajes.

Con estas tres obras, el pintor sevillano muestra tanto al dios romano como a los filósofos griegos con elegancia, pero con una actitud burlona, no exenta de causar impresión en el observador.
La obra Marte causó un gran impacto en los pintores impresionistas franceses del siglo XIX; pintores como Paul Cézanne (1839-1906), encontraron en ella una auténtica inspiración, tanto en el tratamiento del color como en las pinceladas y los contornos difuminados, por su parte Édouard Manet (1832-1883) tras conocer su obra en un viaje a España lo calificó como “El pintor de los pintores”.
En definitiva, la obra Marte es más que una pintura mitológica, es la representación de un dios humanizado, despojado de su armadura, cansado y abatido, y es precisamente en esa desmitificación donde reside su fuerza.
La elegancia de Diego Velázquez, de nuevo en su obra Marte, deja de ser un concepto, se siente en cada trazo, y es que, con el gran maestro sevillano, como también afirmaría el impresionista Édouard Manet, «…se abría un nuevo camino en la historia de la pintura».
Absolutamente brillante.
Málaga. 2026

