Me fascina la reciente historia de la tumba de Oscar Wilde (1854-1900), auténtico símbolo de la mitomanía y a la vez, del poder destructivo que desata la irracionalidad de la pasión o ese íntimo gesto de cariño que representa el beso.
Desde el inicio del siglo los cientos de miles de visitantes del cementerio parisino de Pere Lachaise comenzaron a besar la escultura que corona la tumba del escritor irlandés, absoluto dandy de la historia y así, dejar como testimonio de su amor el dibujo de unos labios rojos de carmín. Los cronistas hacen coincidir en el tiempo como principio de esta pasión el cierre, con unas cutres vallas, de la tumba de otro dandy internacional, la del cantante y fundador de la mítica banda «The Doors», Jim Morrison, que hasta 1999 se había convertido en el epicentro pasional de las peregrinaciones al cementerio.
Tantos y tantos millones de besos para la memoria de Oscar Wilde en la escultura de su panteón, un ángel desnudo con las alas desplegadas, que estaban causando la erosión de la piedra de la estatua, una obra realizada en 1911 por el artista Jacob Epstein (1880-1959). Así que este principio de año, el único sucesor de Wilde, uno de sus nietos, decidió levantar un muro de cristal de dos centímetros de espesor.
Pero veo con admiración que hoy los visitantes siguen besando. Besan el cristal, y sobre todo al tronco de un árbol que da sombra a este conjunto que representa como ninguna otra cosa en el mundo el poder de la mitomanía. Y es que quizás todos aquellos que deciden dar un último beso a una memoria, quizás un recuerdo o una ilusión, concentran en ese instante toda su vida porque como dijo el poeta «A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto. Tan solo existimos».




Uno de sus visitantes frecuentes era el cantante de The Doors, que se mudó a París para dejar atrás sus problemas con la Justicia de Estados Unidos que lo perseguía por “conducta libidinosa” arriba de un escenario. Morrison, quien dedicó su tiempo parisino a escribir poesía, se paseó por el cementerio junto con su novia Pamela Courson una semana antes de morir. En esa ocasión, se acercó a homenajear a su héroe literario Honoré de Balzac y al compositor Frédéric Chopin. Siete días después, el panorama contrastaba con el furor que hoy despierta su tumba: a su velorio asistieron cinco personas. Morrison tenía 27 años y, aunque nunca quedó claro de qué murió, su pasado cargado de experimentación con las drogas lo acompañó a Europa.
Me alegra leer su comentario estimado gold price aunque sea unos días después de que lo enviara. Resulta que el sistema, o lo que sea, le había considerado «spam» y esta mañana he revisado el «cubo de la basura». Un honor poder leer sus documentadas líneas.