Del índice de natalidad en la función pública y el padre de la criatura

Del índice de natalidad en la función pública y el padre de la criatura
Del índice de natalidad en la función pública y el padre de la criatura

 

“Somos testigos de cómo regresan las alegrías en todos los niveles de la administración pública en forma de oferta de empleo”

 

Hay temas que me provocan un estado tan cercano a la melancolía que sólo puedo aplacar -cuál tisana- recurriendo a viejas historias de mi infancia, pero hete aquí, que sus efectos desaparecen y en breves minutos regresa la aflicción, postrándome entre informes de transparencia y balances de dudosa factura, hasta altas horas de la madrugada occidental.

 
Sin que se haya descubierto un antídoto digno de tal nombre, somos testigos de cómo regresan las alegrías en todos los niveles de la administración pública en forma de oferta de empleo. Miles de plazas -no tantas como quisieran los garantes del control de calidad-, abarrotan los boletines oficiales de los territorios autónomos que antes conocíamos por el rancio nombre de regiones.

 
Así, volvemos a descubrir lo necesario que son los auxiliares administrativos, los oficiales administrativos o los jefes administrativos en estos tiempos en el que los avances en las tecnologías de la información no van más allá del fax (y su eterno atasco) o las centralitas telefónicas en estado de incomunicación permanente.

Por otro lado y en este sinvivir de natalidad entre despachos, salen a la luz que las plantas de hospitales públicos que han costado un potosí permanecen cerradas sin otra intención -imagino- que la de fomentar el contacto entre los ciudadanos, que enfermos, pasan sus horas muertas en los pasillos intercambiando recetas. Que la Guardia Civil y la Policía Nacional anden con estrecheces de personal o equipamiento técnico -la cosa salarial lleva camino (presuntamente) de arreglarse- y que si no fuera por la calidad profesional de la inmensa mayoría de sus integrantes podríamos estar contando otras historias; o que algunos presupuestos destinados a servicios sociales críen pelos en las cámaras acorazadas de los bancos a la espera de que la crisis sea un vago recuerdo y los pobres únicamente una fobia en el diccionario, es otro ejemplo de firmeza autocrática.

Como soy consciente de que tal vez usted pueda sentirse apabullado o descorazonado por lo leído, me permito realizar un giro y tocar una variante de la melodía para hablar del papel que juegan los padres en esta tragicomedia. Que suene la música, llega papá.

Nadie duda de la importancia que tienen los progenitores en la vida de cualquier hijo que se precie (nótese la ironía) y mucho más cuando, tras recibir una formación de cierto nivel en centros privados con dinero público, el mozo aspira a iniciar una fructífera carrera laboral de calado indeterminado a la sombra del árbol de cuyo riego todos somos jardineros fieles.

 
Claro está que para alcanzar la gloria en la administración, exigen pasar unas pruebas de conocimientos y mire usted (!) también son ganas de molestar, y usted no sabe quién soy yo; y eso se lo dice usted a mi padre. ¡El padre!

 
Imaginemos (como ejemplo) a este padre que se llama Manuel Báez y ha sido protagonista de las noticias en La Provincia, el Diario de Las Palmas:  El señor es un probo ciudadano de una villa que ha decidido, fruto de un arrebato -que hunde sus raíces en la cosa del ácido desoxirribonucleico-, acudir al examen en el que se juega un número cuasi finito de puestos de trabajo que la honorable administración está ansiosa por cubrir: no se entiende que la planta noble del flamante edificio de usos múltiples, con vistas al frondoso bosque de abedules, se llene de polvo.

 
Él hace acto de presencia -presuntamente- y como su nombre de pila y el de la criatura tienen un ligero parecido -presuntamente- diligentes funcionarios al mando del evento, pero algo despistados -presuntamente- y tal vez presa del desaliento al recordar los recortes en sus pagas extraordinarias -hijas del más abyecto franquismo- se lían y dejan pasar al papá para que éste se examine.

 
Quien no haya vivido un episodio similar que levante la mano, lance una piedra y niegue los avances de las Ciencias.

 
No señores, los padres son algo más que los suministradores de viandas o los paganinis de esas criaturas -en ocasiones- meras depredadoras del patrimonio familiar. Ellos, cuando la ocasión la pintan alopécica, no dudan en asistir con el DNI entre los incisivos y gritar, con música de fondo: ¿¡dónde es el examen para registrador!?

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Miguel Angel Contreras Betancor

Miguel Angel Contreras Betancor

Podría afirmar que nací en Las Palmas de Gran Canaria y no me equivocaría, incluso, si fuera menester, no me importaría aseverar que en el oficio de escribidor -variantes: plumilla y creador de historias- llevo dando el coñazo varias décadas. Tanto es el cariño que siento por el arte de casar vocales y consonantes, que en actualidad edito y dirigo la revista https://revista-contraluz.es , una web dedicada a los géneros negro y policial Y ahí estoy, con el alma llena de balazos y los ojos a rebosar de enigmas y medias verdades. Casi, como la vida misma.

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