
«El gremio del taxi recuerda a los estibadores portuarios, unos privilegiados que no aceptan ninguna de las reformas ofrecidas con sentido común por el gobierno español»
Por razones de mera actualidad, es pertinente reflexionar acerca del sector de la movilidad. En concreto sobre el gremio del taxi, un sector público necesario como pocos, una condición que les hace creerse inmunes a los acontecimientos. Pensar que se es imprescindible los ha convertido en un segmento de la sociedad inamovible. Recuerda a los estibadores portuarios, unos privilegiados que no aceptan ninguna de las reformas ofrecidas con sentido común por el gobierno español. Consideran que tienen un derecho ancestral. Eso mismo les pasa a los taxistas, a los que se les pone muy cuesta arriba la llegada de nuevas competencias y tecnologías.
Es cierto que tienen derecho a la huelga y a informar de sus reivindicaciones , a no coger a ningún cliente los días que les parezca oportuno, así como dejar el vehículo en un garaje, todo eso es correcto, pero lo que no lo es es lo que han hecho estas jornadas, creando un caos y perjudicando a sus propios potenciales clientes. Eso se llama chantaje. Aunque no les falte razones, es una mala decisión que el ciudadano no va a olvidar. La solución pasa por adaptarse a la nueva realidad y buscar una mejor competencia ante los nuevos retos.
Y es que el mundo del transporte de viajeros en las ciudades siempre ha tenido problemas desde que en 1654, en Londres, se fundó el primer gremio de maestros cocheros, organismo encargado de regular el transporte público en la capital inglesa. Era un servicio que se contrataba por recorridos, teniendo siempre el inicio en el centro neurálgico de la urbe. Tras Londres le llegó el turno a París con cinco rutas establecidas. Mas tarde, Madrid con los popularmente conocidos «coches de punto», porque tenían asignado una misma parada reglamentaria.
Naturalmente, esos coches, llamados cupés iban tirados por caballos., de ahí la famosa frase teatral de «mucha mierda», lo que significaba que deseaban suerte a los integrantes de la obra a representar. Mucha mierda significaba que habían acudido muchos caballos que habían depositado cerca sus excrementos. Mucho publico y buena taquilla.
Lo cierto es que desde el primer momento existieron los problemas, las quejas de los españoles eran frecuentes, sobre todo cuando se trataba de aspectos higiénicos del carruaje, los caballos o el propio chófer. Y en especial en cuanto a las tarifas, porque se pagaba según salida y llegada, un horario que, en demasiadas ocasiones, no coincidían. Por fin llegó el taxímetro, patentado por el alemán Wilhen Bruhn en 1891, un invento que tardó en implantarse debido a las reticencias de los conductores. En 1904, en París, le llegó el reconocimiento general. Con este nuevo artilugio desaparecieron las disputas pecuniarias entre chóferes y clientes. Además el aparato es el origen del actual nombre de los taxis de motor. La evolución siguió su marcha y aparecieron los omnibús tirados también con caballos, pero de transporte colectivo, pudiendo llevar a unas diez personas con sus equipajes.
En definitiva, es sabido que el que no evoluciona termina desapareciendo. No es de extrañar que los podemitas les apoyen de manera incondicional.
