Cómplice sideral de las Perseidas consciente de mi pequeñez con nueve deseos. Por Paco Linares

Cómplice sideral de las perseidas
Cómplice sideral de las Perseidas

“Habían pasado un par de días desde  la festividad de San Lorenzo, y del cielo llovían estrellas fugaces. Me sentí cómplice sideral”

Este agosto estuve en plena Serranía de Ronda de camping, en la cima de una montaña a 900 metros de altura sobre el nivel del mar, junto al pueblo de Benaoján, en Málaga. Las casitas quedaban lejísimas, no había contaminación lumínica.
Instalé la tienda de campaña me tumbé fuera sobre el suelo a cielo raso con luna nueva. Me sorprendieron los ruidos, en un principio mis oídos urbanitas no se percataron de nada, lentamente empecé a oír, escuché y vi deslizarse algo a mis pies, una culebra quizás una víbora por la forma de su cabeza, huía de mi presencia. En unos árboles lejanos una lechuza entonaba su “uhu” intermitente y pude ver a unos dos metros de distancia un escarabajo, sonidos y visiones de la naturaleza, percibí los ósculos que reciben las yerbas cuando las besan las estrellas, corría una brisa cantada por ángeles. Me sentí ebrio, por olores de yerbas y tierra.

Me di cuenta entonces que veía estas maravillas, sólo por la luz de planetas que reflejan el brillo del sol, el rojizo Martes, los brillantes Júpiter Saturno, Venus….. y la luminosidad de infinidad de estrellas en la Vía Láctea, nuestra galaxia, Vega en la constelación de Lira, Altair en la cabeza de la constelación del Águila, Antares en la del Escorpión, la Estrella Polar que marca el norte y es cola de la Osa Menor o Deneb, espuela de la constelación del Cisne y millones de puntos brillantes y auténticas nubes luminiscentes de gas que alumbran nuestras ínfimas vidas. Me siento tan pequeño, tan mezquino por creerme algo o alguien.

Pero es mágico, cuando un aerolito se transforma en estrella fugaz. Los ruidos, las visiones, el firmamento, la brisa cada vez más fría encogían mi ego. Quería seguir allí, entré en la tienda de campaña, agarré una manta y volví a tumbarme boca arriba. Pensé que me estaba llegando la luz de una estrella que hacía millones de años se había extinguido, que ya no existía, y su resplandor aún continuaba alumbrando.

Habían pasado un par de días desde  la festividad de San Lorenzo, y del cielo llovían estrellas fugaces. Sé que no son estrellas, que son pequeñas rocas que al contacto con las primeras capas del aire que respiramos se desintegran. Esos aerolitos recorren incandescentes unos kilómetros. Pero ante la inmensa la bóveda cuajada de luces me dejé llevar por la locura, y seguí la tradición de pedir a cada estrella fugaz un deseo. conté nueve rastros de esos fuegos naturales.

Al primero le pedí que todo el mundo se sintiera tan pleno y lleno de paz como yo en ese momento.

A la segunda estrella fugaz, le solicité que mi familia fuera feliz. A la tercera le pregunté porque si un servidor es nada ¿cómo era posible que me diera cuenta de mi ínfima existencia y qué fuera consciente de mi pequeñez?, se fue pero no me contestó.

A la cuarta estrella, le pedí que todos los que habitamos este pequeño planeta y vemos el mismo cielo, sintiéramos amor unos por otros, como Jesús nos enseñó.

A la quinta ráfaga de fuego le pedí que ayudara a abrir los ojos lejanos y próximos de éste átomo estelar, lleno de majaderas vanidades, empezando por las mías, claro, para extasiarnos ante el infinito.

A la sexta le rogué que escucháramos a las personas con sentido común, seres humanos coherentes que nos abren caminos con sus vidas y sus palabras.

A la séptima, le supliqué por España, solicité así mismo a esa brillante estela, que las víctimas del terrorismo, de las guerras, de las hambrunas, encontrarán justicia.

Llegó la octava estrella fugaz, y le pedí talento y bondad para esos canallas y traidores que con su egoísmo machacan y tiranizan pueblos.

Por último vi la novena estrella fugaz, no le pedí nada, no tenía fuerzas para seguir despierto, ni siquiera volví a la tienda de campaña, fascinado simplemente me sentí cómplice del universo y dormí.

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Paco Linares

Paco Linares

Aprendiz de periodista desde hace más de 40 años. Plumilla en letras, voz en un micrófono. Soy grande porque soy consciente de mi solemne y diminuta existencia, un agradecido por la vida y por sentirme querido, por unos pocos. Trabajé en Radio Juventud, Radio Cadena Española, en Radio Torcal y Radio Málaga (de la Cadena Rato, hoy día Onda Cero). Fui fundador de Onda 8. He escrito en el Noticiero Universal de Cataluña, creé la Revista Ocio y Negocio y colaboré en la desaparecida G2000 “SIN PRISAS”, ahora soy invitado desde la creación de esRadio, en el programa de Luís del Pino SIN COMPLEJOS…y más cosillas.

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