No a las feminazis y sus corifeos. Por Manuel Vicente

La RAE definió el término feminazi como "(acrónimo de «feminista» + «nazi») se utiliza con intención despectiva con el sentido de 'feminista radicalizada'".
La RAE definió el término feminazi como “(acrónimo de «feminista» + «nazi») se utiliza con intención despectiva con el sentido de ‘feminista radicalizada'”.

“Nunca he utilizado la expresión feminazi, y nunca lo haré, porque me parece un desprecio que no contribuye en nada a solucionar un severo problema ancestral”

Nunca he utilizado la expresión feminazi, y nunca lo haré, porque me parece un desprecio que no contribuye en nada a solucionar un severo problema ancestral que, afortunadamente, nos hemos decidido a erradicar de nuestra sociedad. En España hemos decidido hace años acabar con la discriminación -y su máxima expresión en forma de violencia- que sufren las mujeres desde hace siglos y lo hacemos, como es lógico, desde visiones diferentes pero con un mismo propósito, de ahí que me parezca inoportuno y poco conveniente utilizar tan agresiva expresión.

Equiparar a otras personas con aquellos que exterminaron a millones de seres humanos amparados en un genocida sentimiento de superioridad me parece una ofensa que impide establecer el necesario debate constructivo que requieren tanto la violencia que infligen los machistas como la que sufre cualquier persona en el ámbito familiar o sentimental. Quizá sea ésta mi única diferencia con aquellas personas que dedican sus esfuerzos a luchar contra la violencia machista.

El feminismo radical -prefiero llamarle así en lugar del agresivo feminazi- debería explicar las razones que le lleva a despreciar el sufrimiento que viven las mujeres que son agredidas por sus hijos, ya sean varones o hembras; por sus esposas -desde que el existe el matrimonio homosexual es absurdo hacer determinadas distinciones-; por sus padres o por sus parejas. Y debería ofrecer también argumentos convincentes para negarle auxilio a otras víctimas del machismo, como pueden ser hombres de parejas homosexuales, o hijas agredidas. Que la denominada violencia de género es un gravísimo problema es tan obvio que negarlo sería propio de necios. Que el feminismo radical se niegue a reconocer la gravedad de las otras formas de violencia que existen en nuestra sociedad es sospechoso.

Difícilmente comprensibles son asimismo sus reacciones histriónicas y agresivas cuando a algunos se nos ocurre proponer que los mecanismos de defensa que amparan a las víctimas de violencia machista se extiendan también a quienes sufren esas otras formas de violencia, que pudiéramos denominar doméstica o intrafamiliar. ¡Hasta tal punto llega su exacerbación que incluso nos califican como ‘neomachistas’!, cuando lo único que se pretende es que, por poner un ejemplo, una mujer pueda disfrutar del mismo auxilio si es agredida por su hija que por su esposo.

“Al grito de “nos están matando”, el feminismo radical justifica hechos que son inaceptables en cualquier otro tipo de circunstancia, teniendo en el quebranto de la presunción de inocencia el hecho más grave”

Al grito de “nos están matando”, el feminismo radical justifica hechos que son inaceptables en cualquier otro tipo de circunstancia, teniendo en el quebranto de la presunción de inocencia el hecho más grave y peligroso que puede ocurrir en una sociedad avanzada. Uno de los principios fundamentales en los que se asienta el Estado de Derecho ha sido dinamitado a base de retorcer el irrefutable argumento de que “las víctimas” deben recibir todo el amparo social posible. Dando por sentado que nadie en su sano juicio puede oponerse a esto, el feminismo radical oficial impone que la condición de víctima no se adquiera por decisión judicial ni siguiendo los procedimientos judiciales establecidos en la legislación, sino que establece una norma ‘ad hoc’ para que una mujer pueda ser considerada víctima por nombramiento de un cargo político, cometiendo una aberración jurídica imposible de calibrar. Y si esto no fuera suficiente, siempre queda la presión de la calle y de la televisión para zaherir a quien se interponga en tal propósito. “Nos están matando”, y como buena parte de las víctimas nunca habían presentado denuncias, pues se elimina el requisito de la denuncia para ser considerada víctima. Una aberración más que sólo puede ser entendida desde el más absoluto desinterés por la resolución del problema, y comparable únicamente con la atroz eliminación de la presunción de inocencia para el hombre acusado, cuya condena puede estar sustentada exclusivamente en el testimonio oral de una mujer acusadora, sin más aportación de pruebas.

Consecuentemente, y una vez que ya tenemos víctima, bien sea por designación o por sentencia, llega el momento de identificar al verdugo, a quien se le atribuirá de inmediato el calificativo de ‘maltratador machista’, del cual no podrá desprenderse en el resto de sus días, llevándole a la pérdida de todos sus derechos por siempre jamás. Para él no habrá redención de condena ni mecanismos de reinserción social como los que amparan a cualquier delincuente o asesino por muy graves y numerosos que hayan sido sus delitos o asesinatos, verbigracia los terroristas y violadores que han quedado en libertad con la derogación de la ‘doctrina Parot’ que tanto aplaudieron los partidos de izquierda. Tampoco en este caso, nadie en su sano juicio se opondrá a que caiga todo el peso de la ley sobre el verdugo; ¡pero siempre y cuando sea la LEY y los procedimientos del Estado de Derecho quienes determinen a qué hombre debe aplicarse tal consideración!

No querer entender que el asesinato de 50 mujeres al año no es argumento para violentar principios fundamentales del Estado de Derecho no significa que alguien sea nazi, sino que tiene otros intereses o motivos para negar tal evidencia. ¿A cuántos principios legales habría que renunciar para solucionar el problema de los suicidios femeninos en España? ¿Por qué 50 asesinatos anuales justifican el quebrantamiento del Estado de Derechos y miles de suicidios al año son despreciados? ¿Acaso detrás de cada suicidio, igual que en los asesinatos, no hay una vida llena de sufrimiento? ¿Cuántas de esas en torno a mil mujeres que se suicidan cada año en España decidieron acabar con su vida porque sufrían en sus domicilios el maltrato constante de un hombre machista? Lo desconocemos. Esas muertes no importan.

“Sobre todo no interesan en el detestable debate político en el que se mueve este asunto entre el pavor de los partidos a ser señalados por el feminismo radical”

Sobre todo no interesan en el detestable debate político en el que se mueve este asunto entre el pavor de los partidos a ser señalados por el feminismo radical. Lamentablemente, la dejación de responsabilidades de la mayoría de ellos ha dejado la defensa de la igualdad (me niego a hablar de igualdad real o igualdad efectiva. La igualdad sólo es una. Habrán de ser los demás quienes renuncien a hablar de igualdad cuando lo que imponen en la supremacía de la mujer sobre el hombre a base de ‘discriminación positiva’) en manos de un partido de derecha extrema como Vox. El hecho de que sólo esta formación política haga frente al feminismo radical no supone que la defensa de la igualdad sea propio de la derecha extrema, ya que a esta situación se ha llegado por el miedo de otras formaciones a ser objetos de la ira de quienes pretenden imponer en nuestra sociedad una guerra de géneros.

Hagamos memoria. Desde que la desaparición de la lucha de clases llevó hace años a la izquierda, guiada por un instinto de supervivencia, a alinearse con movimientos minoritarios -ecologistas, pacifistas…-, vigorizó al feminismo radical utilizándolo como estilete contra la derecha, cuyo partido mayoritario, el PP, reaccionó, con su habitual complejo de inferioridad, aceptando toda la suerte de aberraciones anteriormente descritas. Frente a ellas ya sólo quedó UPYD, cuando en su época dorada presentaba iniciativas en el Congreso de los Diputados oponiéndose en el Congreso a la LIVG. Asumía el protagonismo en este asunto el actor y político Toni Cantó, quien sufrió en primera persona el furibundo ataque del feminismo radical cuando puso de manifiesto la existencia de denuncias falsas por parte de mujeres que quieren aprovecharse, sin escrúpulos, de mecanismos de protección que están destinados a evitar el sufrimiento de otras mujeres. Poco después, cuando UPYD cayó en desgracia, fue Ciudadanos el partido que asumió la defensa de la igualdad frente a los postulados extremistas convertidos ya en oficiales por los gobiernos tanto del PSOE como del PP. Ahora ya, ambos partidos han renunciado a sus postulados y han asumido de forma vergonzante la guerra de género promovida desde los sectores más radicales de la sociedad española. (Nota al margen: el camaleónico Cantó sigue incubando nóminas en su escaño del Congreso sin el más mínimo rubor a pesar del fraude a su electorado cometido por su actual partido.)

Personalmente, ni pertenezco a Vox ni perteneceré nunca -no comulgo con sus postulados sobre aborto, religión, inmigración, política fiscal, gratuidad de los servicios públicos esenciales, y alguno más- pero seguiré alineado con quienes defienden la igualdad entre mujeres y hombres, por mucho que los corifeos sigan empeñados en dirigir al coro en esta ancestral tragedia de nuestros días.

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Manuel Vicente

Manuel Vicente

Cosecha sevillana del 64. Una treintena de años de ejercicio periodístico (El Correo de Andalucía y RNE, entre otros, y actualmente en Canal Sur Radio) al lado de la clase política me han permitido comprobar la degradación en las capacidades de aquellos a quienes los ciudadanos otorgamos la responsabilidad de resolver nuestros problemas. Analizar en ocasiones lo que se cuenta y lo que no, es una ejercicio generalmente gratificante. Huelga decir que mis opiniones y pensamientos son sólo míos y que sólo yo soy responsable de lo que escribo. Como siempre.

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