Crónicas del Coronavirus desde el balcón: Somos víctimas y nunca más cantaré el Resistiré. Por Vicky Baustista Vidal

Crónicas del Coronavirus desde el balcón. No somos más que víctimas y no como Nicole Kidman en Evasión
Crónicas del Coronavirus desde el balcón. No somos más que víctimas y no como Nicole Kidman en Evasión

«Me veo en un escaparate y pienso que me parezco a un muñeco soldado de la Guerra de las Galaxias, pero no me hace gracia»

Regreso casa por la calle desierta, mascarilla gafas y guantes. Arrastro como puedo el carrito de la compra, salvoconducto moderno para poder pisar la calle. Me veo en un escaparate y pienso que me parezco a un muñeco soldado de la Guerra de las Galaxias, pero no me hace gracia. Me detengo cada diez segundos con la lengua fuera y añoro los tiempos en los que podía permitirme el lujo de encargar mi compra por Internet sin que la trajeran, en el mejor de los casos, al mes siguiente.

En la isla, el agua del grifo es imbebible y hay que comprar por fuerza agua embotellada. Asi que, a arrastrar tocan. A pesar de todo llego a casa. Son las 19: 57. Comienzan los aplausos de las 20:00 en casi todos los balcones de mi calle. En el edificio de enfrente se iluminan los balcones, y todo el mundo, nos escrutamos unos a otros desde nuestros cubículos, seguramente, para comprobar quien lo hace mejor.

Don Genaro, un jubilado que vive en el quinto, anota cuidadosamente algo en una libretita. Creo que contabiliza “aplaudidores”, por que su ceño se frunce cuando pone los ojos en alguno de los balcones vacíos de mi edificio. 

«Cuando terminan los aplausos la vida continúa. Con el aislamiento, resulta que empezamos a conocer a nuestros vecinos más que cuando salíamos y éramos libres»

Como me pone nerviosa estar en alguna lista, y por verdadera solidaridad, procuro aplaudir más fuerte y que se me note. Cuando terminan los aplausos la vida continúa. Con el aislamiento, resulta que empezamos a conocer a nuestros vecinos más que cuando salíamos y éramos libres.

Veo a Doña Magnolia, que le pasa a su vecino de balcón, tumbado en el suelo, una bolsa de pipas y un rollo de papel higiénico.

–Es que, vivía al día la criatura, Cuenta Doña Magnolia a la vecina del otro lado del balcón. Comparto con él mis pipas, y de los cientos de rollos que compró mi yerno, le doy al pobrecillo también. Comida no, que no sabemos cuánto tiempo vamos a estar encerrados–.

El chico no espera a entrar en su casa para empezar a dar de bocados al rollo. Me enseña la bolsa de pipas con alegría:

–Esto lo reservaré para mañana. Gracias a personas generosas soporto la cuarentena; igual llego vivo. Últimamente toso mucho, pero seguramente es del hambre–.

–Eres demasiado buena Magnolia, grita el marido de la donante, Te pierde el corazón–.
Mi vecino de al lado comienza una especie de melodía poniéndose el puño cerrado frente a los labios y escucho un lastimero “tu, tu,túa” que sale de su boca aumentado por el improvisado altavoz.

–¡Hola vecina! Interpreto para la gente “Balada triste de trompeta”. No tengo trompeta, pero yo creo que no se nota. Es un don que tengo; lo importante es entretener. Cuando acabe esto, consideraré poner una academia para enseñar mi método manual–.

– ¡Que bien!, Don Pancra. Igual me apunto. –

Me siento fastidiada por lo empática que me pongo con cualquiera, cuando lo que de verdad debería hacer es gritar, y dejar de hacer esfuerzos para sujetar los gordos lagrimones que intentan resbalar por mi cara, ahora más redonda y demasiado pálida después de tantos días sin pisar la calle.

«Ella, “conoce”, creo, las tristes historia de otros perros del barrio, explotados a base de larguísimos paseos, no por amor, sino por el egoísmo de amos aburridos»

Miro a mi perrita que sale disparada a esconderse debajo de la cama. Yo no la alquilaría nunca, pero, seguramente, ella se pregunta: Y si… ¿sí? Ella, “conoce”, creo, las tristes historia de otros perros del barrio, explotados a base de larguísimos paseos, no por amor, sino por el egoísmo de amos aburridos.

Unas voces se sobreponen al ruido general: Se trata de Don Genaro, el jubilado de la libretita, que increpa a un transeúnte:

–¡Eh!, ¡Usted!, Que ha pasado ya cuatro veces por esta acera hoy–.

–¡Es que, se me ha olvidado el pan rallado! –, grita el de abajo envarado, apretando el paso e intentando no correr hasta que consigue escabullirse doblando la próxima esquina. Yo, sé que a estas horas han cerrado ya las tiendas, incluida la del chino del barrio, que siempre dio la sensación de que no sabía cómo bajar la barrera metálica y que, por ello, nunca cerraba.

El arriesgado transgresor tendrá aun que enfrentar algo más peligroso que los insultos desde los balcones: Frente a mi casa se levanta un edificio de la Policía municipal. Es muy posible que pesquen al hombre de la bolsita que, si no inventa una excusa mejor, va a ser interceptado. Le van a poner una multa muy gorda y no me alegra. Silbidos y pitidos llegan desde todas las ventanas y me ha parecido ver algún objeto pequeño lanzado en dirección al trémulo fugitivo.

La gente va introduciéndose en sus casas. Yo la primera, la verdad. Dentro la tele me fustiga por sorpresa con una película donde, Nicole Kidman, (Invasión), anda por la calle con el mismo aspecto y gesto que el hombre del pan rallado, huyendo de sus semejantes a los que ha atacado un virus que los ha deshumanizado y la persiguen para que se deshumanice también, etc. etc.

«Pienso que ha pasado un día más, y que mañana, me negaré de nuevo a cantar Resistiré con el puñito en alto, porque no es cosa de resistir, sino de atacar»

Me quedo de pasta de boniato por lo inoportuno del pase peliculero. Me trago toda la película y pienso que ha pasado un día más, y que mañana, me negaré de nuevo a cantar Resistiré con el puñito en alto, porque no es cosa de resistir, sino de atacar.

Y no tengo la culpa yo. La tiene Nicole Kidman, que después de infinitos rifirrafes con los contactados de turno y peleas que a mí me llevarían a la tumba al primer empujón, consigue en la última escena hacer café para la familia en su cocinita de la “Señorita Pepis” como si nada hubiera pasado.

Un anuncio de la tele me dice que todos los enclaustrados somos héroes; pero no, no cuela: No somos otra cosa que víctimas. Y de todas, las más importantes, son las que duermen ya en miles de ataúdes almacenados por ahí. Después los sanitarios, después… ¡Después, todos los demás! Somos tan manipulables.

Por mi parte, aguardo con ansia la última y real escena de nuestra película de miedo. No será “pa” tanto, porque veo a la menestra, ¡perdón!, ministra de trabajo, partirse el pecho de la risa con los cientos de miles de parados y el puñado de miles de muertos que esperan ser enterrados; que, los españoles, hemos batido el siniestro récord gracias a la Doña, su Jefazo el del Falcon y la pandilla feministo-gubernamental.

¡De verdad!

O sea.

Vicky Bautista Vidal

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales. Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida. Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común. Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden. La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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