Anomalías metodológicas en el paradigma de la mascarilla. Por Vicky Bautista Vidal

Anomalías metodológicas en el paradigma de la mascarilla
Anomalías metodológicas en el paradigma de la mascarilla

«El gobiernillo, debía obligar a que la gente tirara la nauseabunda mascarilla que llevan en el bolsillo de atrás del pantalón y tomaran una nueva en la puerta de edificios, tiendas, bares…»

Antes de empezar recuerdo al personal que las lapidaciones están prohibidas en este nuestro mundo de Occidente, aunque se practique una versión descafeinada de estas por parte de personajes de ciertos partidos, que ahora van cambiando conforme sufren en sus sensibles cuerpecillos esa modalidad violenta, de momento sin sangre, llamada escrache.
Las opiniones, a veces, aportan ideas nuevas; despejan una visión diferente de alguna cara del prisma en el problema que se considera. Así que yo, me planto el chubasquero apropiado y me lanzo al ruedo del decir cosas, a ver, Dios lo quiera, si sirven para algo o para alguien además de para descargar el propio cerebro pensante.
Me organizo mi propio comité de expertos al estilo gubernamental, o sea con un solo miembro: yo misma; y paso a meditar en voz alta.
Estuvimos tres meses encerrados en nuestras casas para evitar la expansión del virus. Pero da la sensación de que este, esperó pacientemente en la calle a que asomaran las primeras narices al exterior para volverse a colar en los cuerpos y seguir con lo suyo, que es infestar a tutiplén.
Murieron los primeros propagadores involuntarios del virus, miles de ancianos y personas de otras edades. Pero todos olvidan que dejaron como herencia cincuenta mil sanitarios contagiados. Cincuenta mil personas de la salud que anduvieron contagiando a su vez hasta que dio la cara el bicho. Implicando involuntariamente a otra mucha gente.
La gente que cuida a los enfermos no suele ser de edad avanzada. Aunque alguno haya. No tenemos ni idea si el virus desaparece del cuerpo del contagiado una vez desarrollada la enfermedad o sigue dando caña, más leve, al contenedor de turno y su entorno. Pero no es mi intención culpar a los cincuenta mil, y no me gustaría dar ideas a otros comités de expertos imaginarios que bucean desesperadamente en la nada a ver como culpabilizar al ciudadano de su propia poquedad mental.
El ciudadano no tiene por qué ser listo, brillante, experto, sabio, intuitivo, capaz… porque entonces debería ascender a puestos destacados en el gobiernillo y no sucede así, de momento. El ciudadano vota a quien le parece que va a solucionarle eventos vitales y de supervivencia, y le vota por listo, brillante, experto, intuitivo, capaz de aligerarle sus problemas de vida cotidianos… ¡Uy! ¡Perdón!… Nosotros, los “españolenses”, no votamos por eso casi ninguno. Lo hacemos al que nos parece menos feo, al que pertenece a un partido que nos suena según la ideología familiar (las costumbres son importantes), al emergente que grita muchas palabras que nos suenan bien, cómo: “plural”, cambio…
Por alguna ley desconocida, la naturaleza del ciudadano le inclina a separarse en grupos de los demás a causa de ideas contrarias; en lugar de unirse para hacer frente común ante quienes van a gobernar sus vidas. La capacidad es secundaria porque priman las siglas y si son tus siglas, pues a tragar con ellas ¡hombre ya!
Así va el camino. Hasta que nos da un aquel en masa y nos tiramos a la calle en estampida a destruir monumentos, asolar museos, pisotear instituciones y cargarnos lo que sea. Y si alguien piensa que él no es masa, yo le contradigo y afirmo que todos, en momentos particulares, somos masa. Lo siento.
En este momento crucial, los españoles estamos más solos que la una frente a la incapacidad manifiesta de aquellos que ocupan el gobierno. Y no he dicho que gobiernen, digo, que ocupan.
Se les vuelve insalvable el problema más grande de las ultimas centurias, diría yo. Ellos contaban con llenarse los bolsillos y cumplir las órdenes de esas oscuridades mundiales que los manejan para ver si arruinando el país, quitándole toda su historia, su fe, sus héroes, cae por voluntad propia en el regazo de ese “Nuevo Orden Mundial” que hasta hace poco solo era un tema más en páginas alarmistas y conspiranoicas.
Entonces va el destino y les planta delante una pandemia asesina. ¿El destino?… Dicen que crecen los casos y nos quitan de fumar. Culpan a la gente joven cuando creo que las discotecas y botellones son los lugares más seguros que hay. Todos sabemos lo que desinfecta el alcohol, que corre como río en esas concentraciones. Cierran los bares más pronto, porque el virus debe ser aficionado a la nocturnidad y antes de la una de la noche no mata. O sea.
Dicen que crecen en las residencias de ancianos los casos y vemos a un sanitario desesperado diciendo que se encuentra mal, que debe tener el virus pero que, no puede irse porque no hay quien cuide de los ancianos… ¿Lo qué?…
Afirman que ahora, el virus ataca más a gente joven. Es posible, le quedan muy pocos viejos ya. Dicen, que el virus ha mutado y ahora hace menos pupa. ¡Nada de eso! Es que han cambiado el tratamiento y ahora, aunque sea a collejas, han aprendido a tratarlo como corresponde.
Los pobres jóvenes son ahora el colectivo elegido para culparlos cuando es muy posible que se hayan contagiado en cualquier parte dada la indignante forma de utilizar las mascarillas de la ciudadanía, que ya no recuerda la forma de usarlas. No es que se la quiten y por ello vayan infestando. Es que, muchos, la doblan cuidadosamente y la guardan en su bolsillo, o en su bolso. De forma que todo lo que han recogido por la calle, pasa a contaminar sus manos y todo lo que lleven dentro de ellos. Se tocan la cara, guisan para sus viejos, y a lo mejor, la sacan del bolso para cuidar a algún familiar delicado que tengan en casa.
Muchos, utilizan la misma mascarilla de un uso de cuatro horas, durante una semana, y tocan y reparten todo aquello de lo que supuestamente se protegían a su alrededor. Yo para poner un granito de arena aconsejaría a todos esos flácidos y desmemoriados que repasen la utilización de las mascarillas, porque los verdaderos culpables de los repuntes son ellos.
Además del gobiernillo, que debía caer en esta cuestión y obligar solo a que la gente tirara la nauseabunda mascarilla que llevan en el bolsillo de atrás del pantalón y tomaran una nueva en la puerta de edificios, tiendas, bares, etc. Pagada por el gobierno que se ahorraría mucho más dinero y aliviaría la crisis tremebunda que están creando ellos mismos por su ineptitud, falta de previsión, hipocresía política, etc.
¡He dicho! Aunque no sé si bien.
Vicky Bautista Vidal

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales. Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida. Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común. Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden. La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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