AstraZeneca y la revolución de los negacionistas “pro”. Por Francisco Gómez Valencia

 

Increible. Ni saben votar ni confian ya en nosotros. Es el comienzo del fin
Increible. Ni saben votar ni confian ya en nosotros. Es el comienzo del fin

“Un maravilloso 90% del total han rechazado ponerse la marca Pfizer y han decidido completar el proceso con la de Oxford. Esa increíble mayoría de negacionistas “pro”, ha doblado el brazo ejecutor nada menos que al Ministerio de Sanidad”

A menudo aseguramos que las revoluciones precedidas por disturbios provocados por verdaderos activistas bajo la bandera de la justicia social son las auténticas. Enfrentarse al poder establecido o a los que campan a sus anchas bordeando la Ley retorciéndola en su beneficio propio como lobby absoluto, sin duda puede acarrear algún que otro disgusto pues los tentáculos del bicho son incalculables al desarrollarse capilarmente la corrupción sistémica que lo caracteriza. Sin embargo hay que reseñar que no todas las revoluciones son violentas en sí mismas, sino que son el resultado de la decadencia por lo insustancial del experimento ¿Cuántas veces hemos oído o leído que quienes nos amargan la existencia generalmente se alimentan de argumentaciones básicamente inicuas, gaseosas o simplemente propagandísticas? Desde luego en los últimos tres años unas pocas, y aunque se llevan a cabo sesudos análisis sobre la decadencia cultural que vivimos fruto de la inoperancia política en materia educativa, es obvio que además hay aspectos de carácter evolutivo a nivel tecnológico que sin duda alguna ayudan a acelerar este proceso.

Para tratar el asunto, viene a cuento centrarnos en el término identitario, tan de moda en los últimos tiempos, especialmente desde que la Diputada popular Cayetana Álvarez de Toledo -por citar a algún ejemplo- empezó a democratizarlo para tratar de prevenir a la audiencia sobre los conflictos nacionalistas aquí y ahora. El nacionalismo vasco y su deriva navarra, el catalán y su viralización en la Comunidad Valenciana o Baleares o el mismo de carácter patrio encarnado de color verde desde hace no mucho, sin duda que afrontan el proceso evolutivo del que hablaba antes como algo negativo. Un proceso degenerativo gestionado hacia adentro fruto de un movimiento defensivo hacia el desconocimiento de lo de afuera, lo posmoderno para unos o lo invasivo para otros, lo liberalmente aceptado como tolerable o lo despreciado como intolerable desde un enfoque conservador ya sea de izquierdas o derechas.

Si además nos metemos en cantares referidos a cuestiones religiosas especialmente desde la perspectiva occidental, es decir, la católica, sin lugar a duda vence a priori la tolerancia y aceptación de lo ajeno como enriquecedor. Escuchaba hace unos días un podcast en el que alguien “famosete” decía que había transcurrido su camino al revés, y contaba que primero fue conservador y actualmente chapotea en el liberalismo. Y de casualidad leía un twitt de alguien que reclamaba vivienda, trabajo, un porvenir asegurado etc, etc… y alguien le recriminaba no con cierta sorna, que desde luego no era comunista o progresista sino todo lo contrario, falangista. Qué razón tenía y con qué buen tino se lo decía…

Lo cierto es que si algo podemos aseverar con absoluta seguridad los científicos sociales -pese a estar actualmente muy mal considerados por el excesivo protagonismo en algunos medios de gran difusión- es que opinar con titulares por la falta de tiempo y rigor con el que se tratan y analizan los temas, forma parte del proceso acelerado y desintegrador de valores, siendo este hecho en sí mismo el resultado de una estrategia muy simple; la difusión de las noticias las cuales gracias a técnicas complejas manejadas algorítmicamente distorsionan la realidad y desarrollan la capacidad de crear confusión. Esta falta de información analizada rigurosamente es utilizada desde el mismo Gobierno para marcar el ritmo de la opinión pública, generando tales niveles de escándalo que la permeabilidad del individuo cada vez es mayor, pese a lo que se pueda llegar a pensar. Esa idea del “yo no me creo ni la mitad de lo que dicen” es absolutamente falsa puesto que cuanta más exposición a la información contradictoria, se desarrolla un caparazón que consideramos que nos protege del exterior, cuando lo que sucede es totalmente lo contrario ya que el dichoso algoritmo nos desarrolla el espíritu de tribu de manera sobreactuada. Quien no lee o no mira hacia lo que no le gusta, difícilmente lo podrá entender porque lo cuestiona per se, del mismo modo que quien solo se alimenta intelectualmente e informativamente de aquello que considera más afín a su capacidad de comprensión de su propia realidad, cada vez se radicaliza más.

Pues bien, todo lo que les acabo de comentar viene al caso porque esta semana se ha producido un hecho maravilloso que algunos ya habíamos detectado en otros ámbitos, especialmente el empresarial. Detectamos que la población siente y demuestra cada vez más confianza por las empresas privadas que por el mismo Gobierno y lo que este representa. Las empresas son capaces de solucionar los problemas reales que actualmente tenemos con más celeridad y de una manera muchísimo más eficaz. Dejamos en una gran mayoría para otro momento la tan admirada eficiencia de lo público defendido a capa y espada por el social comunismo enfermo que nos mal gobierna.

Francisco Gómez Valencia. Politologo y colaborador de La Paseata
Francisco Gómez Valencia. Politologo y colaborador de La Paseata

Me refiero a la batalla por la confianza; este sentimiento tan importante en la vida de las personas. El hecho de que un individuo o un grupo se comporte de diferente manera a como el poder establecido había considerado por los motivos que sean -en el caso del Gobierno que tenemos, seguramente espurios- es el comienzo de todo. Fíjense que a través de los medios de comunicación ya habían sido definidos los protocolos de actuación, pero la desconfianza en el Gobierno ha provocado que se hayan ido al traste con el tema de la segunda vacuna por inocular al grupo de la función pública básica y esencial pendiente de la segunda dosis de AstraZeneca, con el agravante de que la cantidad de las vacunas almacenadas ya sumaban más de un millón por su ineficacia e inoperancia manifiesta.

Un maravilloso 90% del total han rechazado ponerse la marca Pfizer y han decidido completar el proceso con la de Oxford. Esa increíble mayoría de negacionistas “pro”, ha doblado el brazo ejecutor nada menos que al Ministerio de Sanidad dejando la autoridad del Gobierno de Pedro Sánchez y de la Ministra Carolina Darias a la altura del barro, obligando incluso a cambiar la versión para tratar de no quedar del todo como lo que son, unos impresentables.

Un prospecto ha vencido al elenco de expertos inexistentes del Gobierno de la mentira ¿Ven como no hace falta quemar contenedores ni apoyar a quienes lo hacen para comenzar una revolución?

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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