Los beneficios de una pandemia. Por José Antonio Marín Ayala

Los beneficios de una pandemia

“La pandemia no hará necesario reeditar un nuevo Pacto de Toledo, pues habrá desaparecido tal cantidad de ancianos que las arcas estatales recuperarán el dinero desperdiciado en mantener a jubilados”

Así escrito el título de este artículo, a bote pronto y sin avisar, suena a diabólico, tétrico y hasta diría que osado. Pero es que no hay mal que por bien no venga. Y ni siquiera que mil años dure. Y es que las pandemias mundiales que han azotado a la humanidad desde tiempos inmemoriales han tenido, a pesar de la mortandad que provocan, efectos secundarios que bien podríamos tildar de beneficiosos (evidentemente siempre más para unos que para otros).

Pero hagamos un ejercicio de generosidad intelectual y veamos el vaso de este asunto medio lleno (tenemos ya numerosos problemas en el día a día como para verlo medio vacío). Obviando la incomodidad que supone llevar puesta la mascarilla fíjese lo a salvo que está usted hoy día de contagiarse de multitud de bichos que, aunque menos pegajosos que este, cuyas variantes, a cual más borde, amenazan con acabar con las letras del alfabeto griego, son varios órdenes de magnitud más letales que el que nos acosa, como puede ser el de la gripe común, virus que probablemente usted haya sufrido en sus carnes cada dos por tres antes de desatarse esta plaga. O piense por un momento en los incalculables beneficios que le reportará, tanto higiénica como psicológicamente, dejar de saludar con el clásico apretón de manos a su superior jerárquico, al que seguramente no pueda ver ni en pintura. Puede que también elimine la necesidad de reunirse presencialmente con sus jefes, con lo que evitaría en el cara a cara el peñazo de sus estúpidas peroratas. ¿Y qué me dice de lo feliz que se va a sentir a partir de ahora en el cine sin la tediosa compañía, butaca con butaca, del pelmazo de turno que hace ese molesto sonido al triturar las palomitas; o incluso de aquel otro que se pasa toda la velada comentando con su parienta las escenas de la peli? Y no digamos nada de la ingente cantidad de gérmenes que van a dejar de invadir su casa cuando se quite los zapatos de calle una vez que pise su adorable hogar. Y si lo piensa bien imagine la protección que le brinda esta suerte de desgracia colectiva contra las eyecciones salivares del baboso de su vecino, gotículas que en otras circunstancias irían a parar directamente a su cara cuando tuviera que sufrir su abordaje en el ascensor compartiendo cabina con él.

Desde el punto de vista de los poderes fácticos, en cambio, la cosa toma otro cariz; la pandemia sirve para acojonar al personal, olvidando por un tiempo lo inútiles que son los gobernantes que padecemos. Además, y no menos importante, permite que la industria farmacéutica siga con sus beneficios al alza, ora inventando otro test más para diagnóstico, experimentando con nosotros por arriba y por abajo; ora inundando el mercado con una vacuna, sacada aprisa y corriendo, antídoto sintético que se la pondrán preventivamente millones de ciudadanos y cuyo número de dosis estará por determinar; o acaso mediante la aplicación de un fármaco, que de barato no tendrá nada, para que al final el asunto se cronifique, como ha pasado, sin ir más lejos, con el VIH.

El desorbitado número de muertos que estamos sufriendo en España por esta emergencia sanitaria también hará más fácil la negociación pendiente sobre el sostenimiento de las pensiones, acuerdo siempre difícil de alcanzar entre díscolos políticos de formaciones enfrentadas, los cuales no osarán dar un paso en falso, electoralmente hablando, sin la aquiescencia de sus maquiavélicos asesores. La pandemia no hará, pues, necesario reeditar un nuevo Pacto de Toledo, pues habrá desaparecido tal cantidad de ancianos que las arcas estatales recuperarán con alivio el dinero desperdiciado en mantener a jubilados. Además, la eutanasia, presentada por esta progresía como un derecho, si cabe más importante que tener una casa en propiedad, pues te la puede birlar un okupa y quedarse con ella impunemente, servirá, motu proprio, o mediante los siempre serviciales familiares, de limpieza social una vez que la vida laboral de uno haya expirado. El aborto, otro derecho progresista fundamental, también contribuirá a parar el desbocado crecimiento demográfico, de tal modo que los non natos serán reemplazados con el tiempo por dóciles cíborgs, o vete tú a saber qué nuevo tipo de esclavos se sacarán de la manga estos tipos. A veces siento que es una terrible tragedia que muchos de los defensores de estas medidas no hubieran sido ellos mismos víctimas del aborto en el momento de su propia concepción; al menos habría librado a la humanidad de potenciales homicidas de guante blanco.

Agnolo di Tura, natural de Siena, Italia, a la sazón zapatero remendón, recaudador de impuestos y metido también a cronista durante la «peste negra» que asoló al mundo en 1346, narró por escrito la parte oscura de aquella tragedia que le tocó vivir, similar a la que hoy no proyecta en imágenes ninguna de las subvencionadas televisiones españolas:

«La mortalidad en Siena comenzó en mayo. Fue algo cruel y horrible. Parecía que casi todo el mundo se quedaba estupefacto al ver el dolor. Es imposible para la lengua humana contar la terrible verdad. De hecho, alguien que no vio semejante horror puede ser llamado bienaventurado. Las víctimas murieron casi de inmediato. Se hinchaban debajo de las axilas y en la ingle y se caían mientras hablaban. Había padres que abandonaban a su hijo, a su esposa y hasta un hermano a otro; porque esta enfermedad parecía atacar a través de la respiración y la vista. Y así murieron. No se pudo encontrar ninguno para enterrar a los muertos por dinero o amistad. Los miembros de una casa llevaban a sus muertos a una zanja lo mejor que podían, sin sacerdote, sin oficios divinos. En muchos lugares de Siena se cavaron grandes pozos y se apilaron profundamente con la multitud de muertos. Y murieron por centenares, tanto de día como de noche, y todos fueron arrojados a esas zanjas y cubiertos de tierra. Y tan pronto como se llenaron esas zanjas se cavaron más. Yo, Agnolo di Tura, enterré a mis cinco hijos con mis propias manos. Y murieron tantos que todos creyeron que era el fin del mundo».

Cuando, siete años más tarde, la pandemia cesó de forma natural al mutar el bicho en una forma más benigna, como cabría esperar de ellos tras innumerables réplicas en los seres humanos, renació en las gentes las ganas de vivir. Así relataba di Tura lo acontecido:

«Y luego, cuando la pestilencia disminuyó, todos los que sobrevivieron se entregaron a los placeres: monjes, sacerdotes, monjas y laicos, hombres y mujeres, todos se divirtieron, y ninguno se preocupó por gastar y jugar. Y todo el mundo se creía rico porque había escapado y recuperado el mundo».

De lo que se colige que tras el horror y la muerte causados por una pandemia suele surgir el inevitable hedonismo.

Nicholas Christakis, médico, sociólogo, director del Human Lab de la Universidad de Yale y experto en esto de las pandemias ratifica algo que ya sospechábamos, y es que si bien durante las pandemias suelen aumentar la religiosidad y la aversión al riesgo, cuando se superan «es muy probable que se dé un aumento del consumo como revancha, aumentarán las ganas de socializar y de probar cosas nuevas». Su optimismo le lleva también a decir que «podemos esperar en esta década un resurgimiento de innovaciones sociales, tecnológicas y artísticas después de la actual pandemia de coronavirus (…) En cierto modo, la propagación de gérmenes es el precio que pagamos por la difusión de ideas». No le falta razón al bueno de Tura, las guerras también provocan este curioso fenómeno evolutivo en el ser humano.

Pero estas ideas esperanzadoras se tornan oscuras si analizamos lo que algunos van tejiendo al amparo de esta pandemia de nuestros días. Que a usted y a mí nos controlan no creo que a estas alturas sea ningún descubrimiento. Piense usted que nuestro móvil, la tablet que usamos, nuestro reloj, la pulsera de actividad para hacer deporte, los electrodomésticos, la automatizada caldera, el sistema de calefacción y los ayudantes de voz, como Alexa o Google Home, alimentan gratuitamente centenares de algoritmos avanzados que recogen nuestra actividad diaria. Las grandes tecnológicas se sirven de ella para saber de nuestros gustos y así poder ejercer sobre nosotros su control. Empresas que hasta hace poco eran patrimonio casi exclusivo del Imperio Estadounidense ahora son de China, que es donde se ha originado esta desgracia colectiva y parece que, gracias a una suerte de «previsión natural» que estos tíos parecen tener para resolver en un plis plas este tipo de cataclismos, han acabado en su territorio con el problema y crecen económicamente al ritmo de un 6%, mientras el resto del mundo sigue paralizado sin saber cómo meterle mano a este asunto.

Mire usted, no voy a ocultar la taquicárdica mala hostia que se me pone cuando pienso en esa pléyade de nuevos esclavos que, al dictado del maquiavélico 996 (no, no piense que es ninguna experiencia sexual al uso en trío), trabajan como chinos de 9 de la mañana a 9 de la noche, 6 días a la semana; o, si cabe, aquellos de otros que, gracias a nuestra ingenuidad, han invadido nuestras ciudades y se están quedando con todo nuestro patrimonio. La única imagen agradable que guardo de estos tipos es de mi infancia, cuando mi madre preparaba a la hora de la merienda un enorme y sabroso postre, un flan apodado «El Mandarín».

La inversión global iniciada por China en 2013, tanto directa como a través de sus empresas, rondaría ya el billón de euros en proyectos de infraestructuras en más de 65 países, un programa que afecta nada menos que al 60% de la población mundial. Por poner solo tres ejemplos de por dónde andan sus tiros comerciales y tecnológicos, baste decir que Alibaba suministra a Occidente todo tipo de bienes de consumo; Huawei, esa que el mendrugo de Trump boicoteó y que provocó la guerra comercial que hay desde entonces en curso, es el líder mundial en el 5G, el próximo hito en telecomunicaciones; y el satélite Micius inauguraba, en 2017, la era de la comunicación cuántica, dejando en mantillas a los norteamericanos. Así que para hacer frente a esta amenaza global los yanquis no han tenido mejor ocurrencia que dejarse ganar por la mano china y recluirse en su cascarón al otro lado de ultramar, al son del «América First»; y aquí, al otro lado del charco, los britanos, emulando a sus subordinados de antaño, van y se dan el piro de Europa y se quedan, como quien dice, en babia, a la deriva atlántica. Estos dos mentecatos han cedido la bandeja de oro del liderazgo mundial para que pase a manos de un gobierno comunista que de democrático tiene poco o nada. Y para muestra unos cuantos botones.

Amén de los campos de reeducación que tienen montados, peyorativamente conocidos como «escuelas», donde se trata a los allí recluidos de la «enfermedad» de la «ideología extremista», patología que para estos tipos debe ser lo más parecido a lo que usted y yo sentimos en nuestro día a día en la Sociedad del Bienestar occidental, el sistema de crédito social que ofrece el gobierno chino a sus súbditos, en vigor desde el año de la pandemia, funciona como nuestro carné por puntos de la DGT: asigna o detrae puntos a los ciudadanos según sea su comportamiento, permitiéndoles, o denegándoles, el acceso a este crédito, a las universidades o incluso al transporte público. Los sistemas de videovigilancia controlan y castigan a quien no lleve puesta la mascarilla, y un pasaporte interior indica a los ciudadanos dónde deben vivir, dónde trabajar y dónde no pueden estar bajo ninguna circunstancia. Si esto no es el reino del Gran Hermano del visionario Orwell que venga el Altísimo y lo vea.

Algunos hábitos, inimaginables hace tan solo unos meses, han entrado ya en nuestras vidas con el pistoletazo de salida de esta pandemia. Nos están acostumbrando a que cada día sea igual a otro, sin fiestas, sin más celebración que los cumpleaños, recluidos en casa desde una temprana hora y saliendo solo de la cueva hogareña para ir trabajar (los que todavía tienen la suerte de poder realizar esta actividad remunerada). Muchos otros, obligados por el bicho, y a cuenta del cuento chino ese de que el teletrabajo concilia la familia, ni siquiera gozan de esa libertad: enclaustrados sin más remisión están, literalmente, para pegarse un tiro. Cada vez más gente se ha visto obligada a comer en casa y el Ikea está haciendo su agosto con el bricolaje hogareño, a falta de los recursos económicos necesarios para que las reparaciones caseras las haga un profesional como Dios manda. Y esta extraordinaria afición a lo hogareño la ha desatado también el paro. Especialmente son muchas las mujeres que han perdido sus empleos y han hallado en la crianza de sus hijos una forma de volver a un pasado que solo habían vivido sus madres en tiempos de la dictadura franquista, aunque hay una notable diferencia: antes era normal que los padres tuvieran tres o cuatro hijos, mientras que ahora los pocos hijos que tiene una pareja pueden llegar a tener tres o cuatro padres; a tal extremo ha llegado la pérdida de los valores que, en otros tiempos, con más necesidades básicas, regían nuestra sociedad.

Los hijos ahora parecen hablar más con los padres, aunque sea solo por pura proximidad. Mientras la hostelería, los cines, los teatros y las salas de concierto cierran, mueren y sus propietarios se hunden en las deudas, dejando a algunos de ellos, como única salida, abandonar voluntariamente este mundo que se les ha venido abajo, la tele hace el negocio del siglo, embobando a la peña con una abultada oferta de películas, adobadas con telebasura y manipulación mediática, todo ello regado generosamente con las millonarias ayudas estatales que el «Gobierno del despilfarro» ofrece sin mesura ni pudor. Nuestros «estupendos» artistas hispanos, especialmente los «actoros», actores y actrices más mediáticos, especialmente los afines a cierto doctrinario político (y que, al igual que el capitán Araña, embarcan a la gente y se quedan en tierra), no tendrán, una vez más, que preocuparse de nada; ahora, al igual que cuando trabajaban, recibirán generosas subvenciones de sus camaradas gubernamentales para subsistir; y cuando vuelva la normalidad intentarán en vano convencernos de que las mediocres cintas monotemáticas nacionales son dignas de ir a verlas, y, en cualquier caso, que son mejores que las multimillonarias superproducciones de Hollywood.

Opina nuestro ilustre doctor Christakis que tenemos mucha suerte de que este bicho se cargue solo al 1% de los infectados (aunque no dice nada, supongo que porque importa poco, de que este valor se dispara hasta el 20% cuando se desata un brote en las residencias donde están nuestros mayores; muchas veces olvidamos que todos llevamos un viejo dentro), a diferencia de otras pandemias, cuya mortandad puede alcanzar a un cuarto de la población, como la peste bubónica anteriormente citada por Agnolo di Tura, desatada también en China.

Reconoce, en cambio, nuestro doctor de cabecera que «el duelo no solo hay que pasarlo por la muerte de tantos millones de personas, por la pérdida de familiares y amigos, o que puede dejar secuelas entre quienes sobreviven al virus, también porque una pandemia es la pérdida colectiva de una forma de vida». ¡Vaya por Dios! ¡Pero qué nos va a contar este buen hombre que no sepamos nosotros, tan amantes como somos a vivir la vida como solo nosotros sabemos hacerlo! Somos devotos aficionados al achuchón afectivo familiar a todas horas; a la cervecita con los amigos (a casi todas horas también) en bares de encanto que solo aquí tenemos; y, en definitiva, somos practicantes de esa cosa que es trabajar para vivir, y vivir bien, y no al revés, como hacen los demás, especialmente esos 1400 millones de desgraciados que pierden su salud, y hasta su vida, trabajando por hacer grande a su Estado y, por ende, al Partido Comunista que lo dirige con mano de osmio. (Aunque pueda parecerle a usted, gentil leyente, una excentricidad anteponer este raro metal a la fortaleza del hierro, lo cierto y verdad es que es casi tres veces más duro que el elemento que empleaba en su fragua el dios Vulcano).

Dicen que la democracia es la separación de poderes, así que Xi Jinping, el actual dirigente chino, para dar buen ejemplo de estos excelsos principios controla al país en calidad de presidente de la República; al ejército, como presidente de la Comisión Militar Central; y al partido, como Secretario General del Comité Central. Un tres en uno que quita el sentido. Como diría el más filósofo de sus antecesores, el sanguinario Mao: «La política es guerra sin derramamiento de sangre, mientras que la guerra es política con derramamiento de sangre».

Una pandemia obra milagros; puede, por ejemplo, poner fin a un sangriento conflicto armado, que igual nunca conseguirían ni las armas ni la diplomacia, como ocurrió con la mal llamada «gripe española» de finales de la Primera Guerra Mundial. El punto de mira de aquel «inteligente» bicho estaba puesto en los soldados, especialmente en los germanos que, curiosamente, iban en esos momentos ganando la guerra; en definitiva, en aquella ocasión la palmaban los más jóvenes y saludables (para que digan algunos muchachos de hoy que esto de las pandemias no va con ellos), y dejaba en paz a los más ancianos, como ha ocurrido en el pasado con otras pandemias. Este hecho (¿natural?) hizo que Estados Unidos se erigiera de la noche a la mañana en la mayor potencia económica y militar del mundo. En realidad, de los dos conflictos armados mundiales, los únicos vencedores han sido los EEUU. La pandemia de ahora, en cambio, puede acelerar su disolución como gran potencia. Ya sabe aquello que dijo aquel famoso escritor acerca del Imperio norteamericano: «Es el único que ha pasado del barbarismo al declive sin conocer la civilización».

Estados Unidos ha tenido errores garrafales impropios de un imperio que se precie. Hace más de trece siglos floreció en el extremo oriental de Europa el Imperio Bizantino. Allí patentaron una formidable arma secreta para hacer la guerra de entonces: el «fuego griego». Era esta una sustancia que ardía con fiereza bajo el agua, destruyendo la flota de los entonces barcos de madera sarracenos diseñada para invadirlo. Aunque lo intentaron en numerosas ocasiones, gracias al poder del fuego griego los árabes nunca pudieron pasar a Europa a través del Bósforo. A día de hoy todavía no se sabe la composición exacta del terrorífico fuego griego: ha sido el secreto militar mejor guardado de todos los tiempos por un imperio. En cambio, desde el supersecreto y supevigilado «Proyecto Manhattan» americano, gestado en 1942, alguien debió pasar a Moscú con todo lujo de detalles los planos para fabricar una bomba atómica en toda regla. Sin necesidad de invertir un solo rublo en investigación, los rusos hicieron su primera prueba atómica tan solo cuatro años después de los americanos.

EEUU también cometió otros dos errores estratégicos de bulto con China. Apoyó decididamente a la facción comunista del sanguinario Mao durante la guerra civil china que se desató tras la Segunda Guerra Mundial. Y, tras el asesoramiento soviético para el desarrollo nuclear chino, les permitió poseer también la bomba atómica.

El Banco Popular de China tiene en su haber 3,9 billones de dólares en reservas, de los que 1,1 billones corresponden a bonos norteamericanos. A saber la pupa económica que podrían hacer los chinos a los yanquis si se les ocurriera malvender esos valiosos y vitales bonos. Los gobernantes americanos saben muy bien con quien se la están jugando. Hillary Clinton advirtió, en 2009, lo inconveniente que resulta tratar «con mano dura a tu banquero».

Resulta cuando menos chocante, y hasta revelador, que tras los 75 años transcurridos desde el final de la Segunda Guerra Mundial haya sido solo ahora cuando Europa se ha decidido por fin a poner en práctica lo que en su día hizo con el fascismo: condenar abiertamente el otro régimen totalitario, el comunismo. Lo ha hecho muy recientemente a través de su «Resolución del Parlamento Europeo de 19 de septiembre de 2019 sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa», justo antes de dar comienzo la Covid-19. Fíjese qué casualidad. Una resolución que prometía poner contra las cuerdas al régimen comunista chino y mira tú por dónde han ido a derivar las cosas. Alguien podría malpensar que un ataque en el momento oportuno es siempre la mejor defensa. Además, desde hace año y medio, no hay otra noticia diaria que no sea el recuento de infectados y muertos por esta pandemia.

A buen seguro que las restricciones a la libertad de movimientos que estamos sufriendo van a hacer mella en nuestro estado de ánimo. Muchos de los que mecen la cuna lo saben y están jugando bien sus cartas. Al igual que otras pandemias, los afortunados que salgan de esta, aun cuando sea con secuelas de por vida, estarán felices por haber sobrevivido, aunque hayan perdido su empleo, su patrimonio, su empresa o su familia.

Los empleados privados sufrirán las consecuencias más directas del paro. Y si acaso es usted uno de los afortunados, e intocables, funcionarios no esenciales, de los que puede que incluso se vanaglorie de haber mantenido su empleo y su nómina mensual intacta, como quizá también le sucediera en la última crisis económica del 2008, aun cuando haya tenido que dar pocos palos al agua durante esta pandemia y esté dando palmas con las orejas pensando en el buen negocio que está haciendo ahorrando mucho dinerito a causa de las restricciones de la movilidad, mejor será que a partir de ahora no se haga ilusiones. El «Gran Reseteo del Nuevo Orden Mundial» ya ha comenzado, y va a todo tren. Tras reunirse durante tres días, entre el 25 y 29 de enero, en Davos, Suiza, los plutócratas mundiales se han propuesto, y así lo han manifestado, acabar con el capitalismo actual, tal y como usted y un servidor lo conocemos, así como instaurar un modelo socialista mundial y sin fronteras al que no parece que vaya a ponerle ninguna objeción el nuevo inquilino de izquierdas de la Casa Blanca. Un párrafo de la declaración emanada de allí dice: «Un aspecto positivo de la pandemia es que nos ha enseñado que podemos introducir cambios radicales en nuestro estilo de vida con gran rapidez». Así que si había pensado por casualidad que esta iba a ser la última pandemia que vieran sus ojos se equivoca: habrán más y quizá peores.

Aduciendo razones de cambio climático (mientras su gran valedor, China, quema fósiles por un tubo abriendo nuevas centrales térmicas), el Nuevo Orden Mundial le tendrá a usted vetado en breve viajar en avión cuando quiera volver a retomar sus merecidas vacaciones nacionales, o en el extranjero. Usted, repito, no ellos, por supuesto, puesto que el avión será un privilegio solo al alcance de los ricos. Usted, por consiguiente, tendrá que volver a la fórmula del coche cama en ferrocarril durante sus viajes de largo recorrido. Así lo han expresado en Davos: «A partir de 2021, la forma de viajar de las clases medias debe cambiar rotundamente». Sin tener que ir muy lejos en el tiempo, el oportunista gobierno de Gran Bretaña ha invertido ya 150 millones en trenes-cama para cubrir la distancia que hay entre Londres y Escocia. La complicidad en este plan de los gobernantes de la Unión Europea, entre los que se cuentan los españoles, hizo que se acordara llamar al año 2021 «El año del ferrocarril europeo».

Mientras el multimillonario Bill Gates, otro de los promotores de esta trama, se convierte en el mayor terrateniente del mundo, usted, en cambio, dejará de tener nada en propiedad porque le será expropiado. Además se prohibirá comer carne en 2030, perlita que ya ha dejado caer este gobierno veleta que soportamos. Los socialcomunistas creen que las desigualdades en el mundo son debidas al capitalismo actual. Un CEO de una de estas multinacionales lo manifestaba así en Davos: «El capitalismo, tal y como lo hemos conocido, ha muerto». Haciendo un juego de palabras, como han hecho con el lenguaje, estos tipos van a poner en marcha lo que llaman el «capitalismo inclusivo». Las empresas no tendrán el control de su compañía porque también formarán parte de ella el gobierno de turno y el Estado, entre otros agentes interesados, una fórmula idéntica a la que aplica el Partido Comunista Chino en su Régimen.

Lo que más ha intrigado desde siempre a los historiadores no es cómo desaparece un imperio, pues la evidencia del hecho en sí y la perspectiva histórica les brindan muchas pistas acerca de su declive y disolución, sino el de su nacimiento, pues no es fácil estar presente en ese momento particular de la Historia para ver in situ su gestación. Quizás en estos momentos estemos asistiendo a la creación de uno de ellos, el más grande que jamás haya conocido la humanidad. China tiene todo lo que se necesita para ello: un poderoso ejército, millones de trabajadores en régimen de esclavitud, dinero a espuertas, un pujante comercio internacional, un desarrollo tecnológico sin precedentes en la historia de la humanidad, un gobierno Gran Hermano y las ganas infinitas de sacarse la espina del complejo de inferioridad y cenicienta de las potencias que la ha atenazado durante siglos, especialmente desde que su gobierno pusiera fin a cualquier atisbo de disidencia gubernamental, tras la masacre Tiananmén, en 1989. En aquella ocasión fueron unos pobres desdichados los que, al igual que les sucedió ese año a los soviéticos, pedían la disolución del gobierno comunista y solo se dieron con un canto en los dientes cuando el ejército abrió fuego y provocó casi medio centenar de muertos.

Será este un imperio que aspirará a dominar el mundo gracias al dinero de los plutócratas, mediante el consumo y por medio de una estricta política de control de masas, pero no con el uso visible de la fuerza, sino con una represión bajo capa.

Siempre desde la perspectiva que tiene de los ciudadanos que sufren una dictadura como la suya, más parecida a una colmena de laboriosas abejas sirviendo y protegiendo hasta la muerte a su reina, China ha manifestado en Davos, de manera clara, e infame, que para 2030, cuando haya hecho su efecto la pandemia, los ciudadanos de la aldea global seremos más pobres…pero felices.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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