El día que perdí siete millones de euros o la venganza del Bitcoin. Por Vicky Bautista Vidal

El día que perdí siete millones de euros o la venganza del Bitcoin

 

“He sabido del crecimiento del Bitcoin y conozco, el bum actual de las criptomonedas, pero por suerte para mí no soy de las que lloran sobre cristales rotos”

Corría el 2008 como suelen correr los años, a toda velocidad, tanta, que quizá era ya el 2009, cuando llegó a mí a través de Internet una oferta que pudo cambiar mi vida tiempo después. Como dijo una grande del humor: “Porque una es una, que si una no fuera una…”.
 
El caso es, que desde la pantallita de colorines de mi PC se me ofrecía la compra, baratísima, de una moneda virtual que acababa de inventar un tal Satoshi Nakamoto: Un hipotético personaje del que nunca se ha conocido la verdadera identidad, pudiendo ser una corporación, un grupo o una persona muy lista.
 
Se trataba de una criptomoneda a la que denominaron “Bitcoin” y que prometía ser la pera y la manzana para la economía mundial y un método estupendo para hacer transacciones en la nube procelosa de Internet. Nadie imaginaba entonces el alcance que diez años después alcanzaría el método.
 
Me gustaría haber guardado la oferta y lo que, en aquel momento, ofrecía el interesado a los primeros “colonos” de Internet para que se animaran a ocupar las nuevas tierras virtuales, pero yo, que siempre fui afín a los pioneros, recibí la llamada.
 
Y lo peor de todo es que atendí los posibles cantos de sirena de la oferta, de la que jamás, imaginé que llegara a convertirse en lo que hoy en día es.
 
Yo, que siempre me creí una avispada internetera, pero que, en realidad, fui siempre una cándida caperucita en las redes, no entendí nada en absoluto de la explicación. Ni siquiera podría presumir ahora; bueno, sí podría, pero sería una gran mentira, de haber intuido la bomba de relojería económica que significaría para el crecimiento del bolsillo de muchos.
 
El precio era de algo menos de un dólar por moneda. Me propuse en ese momento invertir cien o doscientos euros en la cosa solo por lo que mi madre siempre me reprendió: por derrochona.
 
Iba a soltar un dinero tangible a cambio de un imaginario monederín virtual donde guardaría cien o doscientas hipotéticas promesas de poderme comprar alguna vez por internet un vestido o un perfume.
 
Como se ve, mi cerebro, económicamente, no daba para mucho y la “visión” brilló por su ausencia cuando más falta hacía.
 
La cuestión es que me puse a ello, pero no puedo recordar ahora qué circunstancia bloqueó la transacción momentáneamente e hizo que tuviera que aparcar la acción de la compra para otro día.
 
Mi memoria de pez hizo el resto y el pensamiento de que tampoco era tan importante la cuestión me llevó a olvidarme del tema hasta que volví a saber el resultado de aquella moneda extraña que tan poco impacto me hizo en su momento.
 
He sabido del crecimiento del Bitcoin y conozco, por supuesto, el bum actual de las criptomonedas, pero por suerte para mí no soy de las que lloran sobre cristales rotos ni ando dándome golpes de cabeza contra las paredes por lo que pude hacer y no hice.
 
No obstante, por puro masoquismo, hace un rato he hecho la cuenta de lo que perdí aquel día en que me olvidé despreocupadamente de algo que podría haber cambiado mi destino: Con toda seguridad mi inversión habría sido de doscientos euros.
 
El Bitcoin está ahora mismo según Google a 37.951,92 euros. Multiplicada esta cantidad por 200 que era el monto de mi fallida inversión, en el presente y si no los hubiera vendido o perdido en el camino, resulta en una cantidad 7.590.384 euros.
 
Es decir, sería una millonetis llena de amigos, flotando sobre la crisis mundial actual y con un millón menos de problemas. Mondándome de risa por aquellos que para consolarse dicen que “el dinero no da la felicidad”. Que si te llega un pastizal de repente te pasará algo malo porque mira, los que les toca la lotería, bla, bla, bla… y, en fin, de todas las frases hechas para que los ricachones se sientan culpables y los pobretes se sientan vengados por las posibilidades nefastas de ser un adinerado.
 
Mi carácter me ayuda a sobrenadar el asunto y prometo sobre la roca Tarpeya que, a pesar de todo, no me siento afectada por la “pérdida” y por lo que nunca fue.
 
Incluso soy capaz de escribirlo y mostrar mi derrape vital al mundo mundial sin que se me caiga el bolso al suelo y sin que el rubor por la vergüenza invada mis mofletes coloreados de “Rosa prímula” de L’Oreal.
 
La reflexión final en este capitulillo autobiográfico es que, la Fortuna, no es tan calva como dicen. Tiene muy buen pelo, pero es de pocas palabras y no avisa. A veces, ella misma intenta ponerse delante del cegatón de turno, incluso haciendo alguna pose rara, sin conseguir que el “elegido” se coma el donut que le pone delante.
 
¡Es la vida!

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales.
Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida.
Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común.
Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden.
La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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