La Leyenda Negra Española (Parte séptima). Generosidad versus egoísmo. Por José Antonio Marín Ayala

La Leyenda Negra Española.

“Resumimos aquí los hitos de científicos e inventores españoles que fueron silenciados en su tiempo por aquellos que tejieron la Leyenda Negra Española”

Decía el escritor y periodista británico de inicios del siglo XX Gilbert Keith Chesterton, también conocido como el «príncipe de las paradojas», que «cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa», aserto que debió cobrar todo su vigor en ese período, de corte puramente humano, llamado de la Ilustración, y que tan bien se habían sacado de la manga ilustrados tan poco dados al misticismo como los galos. Y a buen seguro que ese perfil debió tenerlo con creces un personaje como el tal Morvilliers, el ilustrado gabacho mentado en el capítulo anterior que nos había puesto bonicos a los españoles sobre nuestra incultura y nuestra escasa o nula capacidad práctica para las cosas que afectan al común de los mortales. A tenor de sus opiniones, este «Morcillers» de marras creía tener el don de explicar las razones de la calamidad intelectual que, a su juicio, embargada por aquellos días a la sociedad española. Así, con mucha desenvoltura y mala baba, decía:

«El español tiene aptitud para las ciencias, dispone de muchos libros, y sin embargo, es quizá la nación más ignorante de Europa. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que necesita la licencia de un fraile para leer y pensar?».

Bueno, bueno, bueno…Monsieur Morcillers, prejuzgar a todo un pueblo es una cosa bastante fea en un ilustrado como usted, lo que no deja de retratar muy bien al quien lo dice (dime de qué presumes…).

Hemos tenido ocasión en el capítulo anterior de comprobar que esta falacia no resiste la más mínima prueba de veracidad, avalada por los hechos históricos; como pudimos comprobar, no hubo limitación alguna a la recepción de nuevas ideas, o a la libertad de expresión, dentro del Imperio Español. Recuérdese, por poner dos ejemplos, lo que dijimos acerca de la generosa difusión que en España tuvo la controvertida teoría de Copérnico; o del desafortunado libro de Bartolomé de Las Casas; ambos tratados se propagaron como un virus a todo lo largo y ancho del Imperio Español sin que nadie osara poner puertas al campo.

Según la historiadora española María Elvira Roca Barea: «A partir de ahora [de la Ilustración] se oficializa la idea de que el mundo hispano, y por contagio, el católico, está negado para cualquier manifestación cultural o científica. La idea arraiga rápidamente y es creación de la Ilustración gala. Y lo que importa aquí no es si es verdadera o falsa, que lo es, sino por qué se produjo y por qué la hispanofobia adquiere esta fisonomía particular, y no otra, en este momento».

Pues es muy probable que con esa soez actitud nuestros enemigos de toda la vida intentaran ocultar los verdaderos progresos científicos que tenían lugar en España. Como bien dice el catedrático de la Universidad de Granada José Ramón Jiménez Cuesta, «España estuvo al día de los conocimientos científicos más relevantes en el siglo XVI y comienzos del siglo XVII y hubo personas que hicieron contribuciones decisivas que, por desgracia, han pasado desapercibidas o han sido intencionalmente olvidadas».

Y no solo hubo grandes proezas españolas que luego agradeció la humanidad en ese periodo de la historia, sino que, como vimos anteriormente, existieron también antes y han seguido prodigándose hasta nuestros días. No en vano, un país que ha dado a luz durante su brillante historia ocho laureados con el premio Nobel no retrata precisamente un estado inculto. (Y eso que quien los otorga, la liberal y ejemplar Suecia, no es precisamente hispanófila. Hasta fechas tan recientes como 1976, ninguna persona que profesara allí la fe católica podía desempeñar ningún puesto en la administración; como puede ver, racional leyente, todo un ejemplo de tolerancia e integración cultural). Para que usted, amable leyente, se convenza, si acaso no lo está ya a estas alturas de la película, del esplendor español que en materia de ciencias desarrollaron las «ilustres mentes» de nuestro país, mencionaremos, como de pasada, algunos hitos de científicos e inventores españoles que fueron silenciados adrede en su tiempo por aquellos que tejieron la Leyenda Negra Española.

Comencemos (o, mejor dicho, reanudemos con lo dicho en el capítulo anterior). Varios científicos de primera fila, precisamente suecos, entre los que se encontraban Peter Woulfe, Carl Wilhelm Scheele y Torbern Bergman, andaban, a mediados del siglo XVIII, a la caza desesperada de un nuevo elemento químico que creían poder hallar en el seno de un mineral conocido como scheelita, nombre puesto en honor al segundo de ellos, sin que fueran capaces de aislarlo. Sin embargo, serían los hermanos españoles Juan José y Fausto Elhúyar quienes lo lograron en 1783. La sustancia que descubrieron tiene el punto de fusión más elevado de todos los metales y la temperatura de ebullición más alta de todos los elementos conocidos. Generosos en extremo fueron nuestros dos españoles con su bautizo, pues la palabra la construyeron precisamente tomando dos términos del sueco; «tung», que significa pesado, y «sten», piedra; es decir, «tungsteno», que viene a significar «piedra pesada». Los alemanes, cuando supieron de la nacionalidad de los artífices del descubrimiento, le dieron el nombre alternativo de «wolframio», término que procede de las palabras alemanas «wolf» y «rahm», palabros que juntos vienen a significar «de poco valor» (¡pues claro, hombre, si lo hubieran descubierto ellos seguro que otro gallo habría cantado!).

A diferencia de lo que escribía el necio galo que abre nuestra reflexión, los españoles no solo exportaron desde España soluciones prácticas al mundo, sino que incluso sus servicios fueron contratados por otros imperios. El tinerfeño Agustín de Betancourt y Molina fue un prestigioso ingeniero civil y militar, arquitecto, ensayista, precursor de la radio, de la telegrafía y de la termodinámica, y uno de los científicos europeos más influyentes de su tiempo. Trabajó para el Imperio Español y también para el ruso en diversos proyectos. Por encargo del zar Alejandro I diseñó y planificó el desarrollo urbanístico de varias ciudades rusas, entre ellas San Petersburgo. Asimismo, diseñó la primera máquina a vapor continental y varios globos aerostáticos. En España fundó también, en 1802, la primera Escuela de Ingenieros de Caminos y Canales.

Mientras que los intelectuales franceses empleaban sus energías en difamar en sus escritos a los españoles como parte de su campaña de desprestigio, algunos de nuestros mejores investigadores se mostraban generosos en extremo con quienes poco, o nada, nos apreciaban. El catedrático de Química del Real Conservatorio de Artes, el salmantino José Luis Casaseca y Silván, dio en 1826 con el hallazgo de un mineral que contenía sulfato de sodio. Fue tal su humildad que permitió que se le llamara «thenardita», en honor al químico francés Louis Jacques Thénard, miembro de la Academia de Ciencias de Francia y de quien fue alumno suyo.

Ahora que todo el mundo está esperando como agua de mayo que desaparezca ya de una puta vez este puto virus, que no para de mutar a peor y cuyas variantes amenazan con acabar con todas las letras del alfabeto griego, para ver si algún día podemos hacer una vida «normal», bueno será recordar la contribución de un español a la lucha contra algunas de las más destructivas plagas bíblicas. El tarraconense Jaume Ferrán i Clua, médico y bacteriólogo de finales del siglo XIX, elaboró una vacuna contra el cólera, obteniendo un gran éxito en una epidemia desatada en Valencia. A pesar de estos progresos y del tiempo transcurrido desde entonces, cada año hay en el mundo unos cuantos millones de casos de cólera, de los cuales entre 21000 y 143000 personas mueren por esta causa. Ferrán descubrió también curas contra el tifus y la tuberculosis (lástima que no tengamos un Ferrán como él en nuestros días).

Siempre se suele atribuir al francés Blaise Pascal la creación de la primera máquina de calcular, que solo sumaba y restaba, antepasado de nuestras cajas registradoras. Sin embargo, sería el pontevedrés Ramón Silvestre Verea el que haría posible la calculadora más avanzada de su tiempo, capaz de realizar multiplicaciones de forma directa, una innovación que dejó obsoletas a las de su época. Su innovador sistema de cilindros le valió para aparecer en la prestigiosa revista yanqui Scientific American, y también para ganar una medalla en la Exposición Mundial de Inventos de Cuba, en 1878. Lo de Pascal es curioso y digno de mención. Desarrolló su enorme producción científica en física y matemáticas durante sus primeros 23 años de vida. A la edad de 31 años, fruto de algún suceso cuya causa no ha trascendido a los anales de la Historia, sufrió una suerte de revelación divina. A partir de aquí, y hasta su temprana muerte, a los 39 años, se recluyó en el más absoluto misticismo y todo lo que escribió fue de corte religioso. Desde entonces es venerado como un Grande de Francia y, a lo que parece, en la profunda religiosidad de Pascal no encontró su paisano, el tal Morvilliers de los cojones, contradicción alguna con los ideales laicos de la Ilustración que le tocó vivir.

Sigamos. Ahora que andamos a cuestas con la sostenibilidad del planeta y la electrificación de la sociedad, bueno será recordar la contribución que hizo en este campo, hace ya más de 130 años, un murciano, cartagenero para más señas. Isaac Peral y Caballero fue un científico, marino y militar. Teniente de navío de la Armada fue el inventor del primer submarino torpedero que, además, se propulsaba mediante energía eléctrica. Su submarino fue botado en 1888. Sin embargo, a pesar del éxito de las pruebas de la nave, como el enemigo más voraz ya lo teníamos en casa, las autoridades del momento desecharon el invento. Los hispanófobos, inoculados ya por entonces por los franceses en la sociedad española, alentaron una campaña de desprestigio contra su creador. Peral, entre otros muchos proyectos, escribió un «Tratado teórico práctico sobre huracanes» y trabajó en los planos del canal de Simanalés (Filipinas).

Si la polaca Marie Curie fue la descubridora del radio y del polonio, Mónico Sánchez Moreno, un inventor e ingeniero eléctrico español, además de pionero en el campo de la radiología, las telecomunicaciones sin cables y la electroterapia, se adelantó, en 1907, a la laureada con los dos Premio Nobel con el invento de un aparato portátil de rayos X. Marie Curie montó estas primeras unidades de rayos X en ambulancias para asistir a los heridos en el campo de batalla de la Gran Guerra. El aparato de rayos X de nuestro inventor español fue utilizado en numerosos hospitales europeos y americanos. Su invento salvó muchas vidas y le colocó entre los científicos más demandados de EE.UU., donde llegó a trabajar como ingeniero.

El Spanish Aerocar (traducido como Transbordador aéreo español) es el teleférico o aerotransbordador más antiguo en funcionamiento del mundo, situado en las cataratas del Niágara, Ontario, EE. UU. Hay una placa metálica junto a él con un texto en inglés que alude a su inventor, y cuya traducción es:

«AEROCAR ESPAÑOL DEL NIÁGARA

Leonardo Torres Quevedo (1852–1936) fue un ingenioso ingeniero español. Entre sus creaciones destacan máquinas algebraicas, mandos a distancia, dirigibles y la primera computadora del mundo.

El coche aéreo español del Niágara fue diseñado por Leonardo Torres Quevedo y representa un nuevo tipo de transporte por cable aéreo, que llamó “transbordador”. Se inauguró oficialmente el 8 de agosto de 1916, siendo el único de su tipo en existencia».

Nuestro ingeniero de caminos cántabro, Torres Quevedo, que dirigió de forma sobresaliente el Laboratorio de Mecánica Aplicada, desarrolló también el primer dirigible español, mucho más perfeccionado que el resto de modelos europeos. Los franceses, aunque bordes, no tienen un pelo de tontos: la empresa francesa Astra se apresuró a comprarle la patente.

Uno de los antepasados de Emilio Herrera Linares, un ingeniero militar y aeroespacial, aviador y científico español, fue el ilustre arquitecto Juan de Herrera, el que participó en el diseño del monasterio de El Escorial para el rey Felipe II. Nuestro Herrera más reciente creó, en 1918, una aerolínea transoceánica para el transporte de pasajeros, la «Colón Transaérea», destinada a unir Europa y América, pero debido a la falta de interés de los de siempre, los ineptos gobernantes, cesó al poco tiempo, haciéndose con el proyecto otros que están siempre a la que salta: los astutos alemanes.

Hoy es una práctica habitual en cirugía anestesiar de forma local, permitiéndose el matasanos cortar todo lo que le plazca, a su antojo, sin que su víctima padezca dolor alguno y con la mirada perpleja y consciente de lo que le están haciendo al propio destripado. El oscense Fidel Pagés Miravé fue un médico militar que sirvió en Melilla durante la Guerra del Rif. Allí, en medio de un montón de mutilados, pudo ensayar un método experimental para aliviar los dolores de los combatientes del conflicto al que llamó «Anestesia Metamérica», proceso que salvó muchas vidas, ya que se podían llevar a cabo operaciones quirúrgicas sin dolor. Los urdidores de nuestra Leyenda Negra impidieron que se tradujera, en 1921, su trabajo a otras lenguas bárbaras, lo que hizo que su descubrimiento, que aplicó en medio centenar de operaciones quirúrgicas, quedara en el más absoluto ostracismo. Dos años más tarde, Miravé fallecería en un accidente de tráfico a los 37 años. Diez años después de su publicación, el italiano Achilles Dogliotti describió este método, al que llamó «anestesia epidural», término formado por la palabra griega «epi» (sobre) y la latina «dura» (duro), pues es precisamente lo que había estado realizando Miravé en vida, pinchar anestésicos sobre el duro canal espinal, a nivel lumbar. Si no hubiera salido al quite un cirujano argentino, que estuvo usando este tipo de sedación gracias a Miravé y pudo dar fe de la primicia del español, habría quedado una vez más el nombre de su verdadero creador en el olvido.

En la década de los años 20, nuestro mentado Emilio Herrera Linares ayudó al murciano Juan de la Cierva y Codorníu en la construcción de su «autogiro o girocóptero», aeronave mezcla de avión y helicóptero. A su llegada a los EE.UU., de la Cierva se dio el gustazo de aterrizar con su autogiro en el jardín de la Casa Blanca, donde fue recibido con todos los honores por el presidente H. C. Hoover. El 18 de septiembre de 1928, De la Cierva aumentó su prestigio mundial al conseguir atravesar por primera vez el Canal de la Mancha con su ingenio.

Corrían los años 30 del siglo pasado y España se veía abocada a una guerra fratricida (conflicto cuya resonancia, tras cuarenta años de no hablar de ella, los ineptos políticos de nuestros días la han puesto de rabiosa actualidad). Europa hacía también por aquellas fechas urgentes preparativos para una Segunda Guerra Mundial, más mortífera y devastadora que la Primera, usando como tablero experimental bélico nuestro país: los rusos poniéndose de parte de los republicanos y los nazis de los nacionales. En este entorno social tan enrarecido floreció el aragonés Rafael Suñén. Además de ser un polifacético inventor logró obtener a partir de residuos vegetales petróleo sintético, método mucho más barato y menos dependiente de los yacimientos naturales que el que estaban experimentando los alemanes con la hulla. Los ingleses y los italianos pusieron mucho interés en comprar su patente, pero él quería que se quedara en España, para así poder ayudar con sus beneficios a salir de la grave situación económica en que estaba sumida la «Madre Matria», como diría una ninistra de nuestros días. Era de ideas conservadoras, y además no se cortaba un pelo en reconocerlo, un pecado mortal que se paga con creces cuando vives en una sociedad politizada y dividida, como lo está desgraciadamente ahora la de nuestros nefastos días. Cuando se proclamó la II República, los nuevos macarras de la moral se la tenían jurada y fueron a por él siguiendo su rastro, como solo los carnívoros sabuesos saben hacer cuando huelen a sangre. Lo buscaron hasta debajo de las piedras, y él, muy ingenuamente, se entregó a las autoridades para aclarar cualquier malentendido en que pudiera haber incurrido. Lo detuvieron y lo encarcelaron en la Modelo de Madrid, desapareciendo, como por ensalmo, de la faz de la tierra, y con él su invento. Es muy probable que lo pusieran delante del pelotón de fusilamiento durante las matanzas de Paracuellos, aquellos asesinatos masivos organizados durante la batalla de Madrid, en el transcurso de la guerra civil española, que llevaron a la muerte a algo más de dos mil presos considerados contrarios al bando republicano. No creo que los redactores de la Ley de Memoria Histórica o Democrática, como quieran llamarla estos tipos, se molesten lo más mínimo en remover este sangriento episodio de nuestro pasado reciente.

Volviendo a nuestro inventor español Herrera, en 1935, creó una «escafandra estratonáutica», un modelo de equipo de protección autónomo para tripulantes de globos a gran altitud precursor del traje espacial. Cuando los norteamericanos le ofrecieron trabajar para su programa espacial, con un cheque en blanco sin limitaciones de ceros, él solo pidió que una bandera española ondeara en la Luna; los orgullosos yanquis le dijeron que solo lo haría la de los Estados Unidos. Herrera rechazó entonces la oferta, pero la NASA le copió literalmente la patente y usó su traje para sus astronautas.

Mire usted qué vueltas da la vida. A pesar del peyorativo nombre que le calzaron los germanos al descubrimiento de los hermanos Elhúyar, debido a su extrema dureza, el wolframio fue usado por los nazis con profusión durante la Segunda Guerra Mundial. Era parte integrante de la punta de los proyectiles de artillería, logrando con ello perforar el blindaje de los robustos tanques rusos, los cuales presentaban la misma resistencia mecánica a estos diabólicos petardos que la que podría ofrecer un revestimiento hecho con queso de Cabrales. La adquisición de wolframio se convirtió en un asunto tan vital e indispensable para la Alemania nazi que tuvo una dependencia total de España, uno de los lugares del mundo donde más abunda. El suministro de wolframio a los nazis llegó a ser tan acuciante que provocó una seria crisis diplomática con las potencias aliadas, pues era indispensable para la maquinaria bélica alemana y sus implacables guerras relámpago, muy distintas de las batallas estáticas de trincheras de la Primera Guerra Mundial. (Ahora que lo pienso, la osadía que tuvo Franco, durante la famosa reunión de Hendaya, de negarse a que España entrase en la guerra del lado del «tipo del bigotito» pudo ser fruto de este importante as que tenía nuestro dictador bajo la manga).

En el momento de escribir estas líneas me valgo de las nuevas tecnologías, las cuales me permiten, tecleando en una pequeña pantalla repleta de letras, construir las palabras que puedan representar los pensamientos que me asaltan al coco. La leonesa Ángela Ruiz Robles, maestra de escuela, inventora y escritora, diseñó en los años cuarenta del pasado siglo «el libro mecánico», considerado el predecesor del libro electrónico con el que leo mis novelas. Su «enciclopedia mecánica» era necesaria porque, según sus propias palabras:

«Aligera el peso de las carteras de los alumnos, hace más atractivo el aprendizaje y adapta la enseñanza al nivel de cada estudiante. Portátil, que pese poco, de uso en casa y en el colegio, con la posibilidad de adaptarse a alumnos de todos los niveles y a los que tengan problemas de visión. Apoya al aprendizaje con sonidos. Enseña varios idiomas. Facilita el aprendizaje en la oscuridad incorporando luz. Da soporte para que otros maestros añadan sus propios materiales y aminora costes. (…) Los libros mecánicos proporcionan muchísimas ventajas. El mío ha sido ideado para todos los idiomas y facilita grandemente el trabajo a profesores y alumnos. Audiovisual, responde al progreso del vivir actual y cumple las leyes de enseñanza general. Por su calidad de internacionalidad facilita en el mundo el arte de enseñar a profesores, pedagogos y especialistas de la enseñanza. Es atractiva y práctica. Se trata de una pedagogía ultramoderna que actúa las realidades pedagógicas. Auxilia a la ciencia de la Enseñanza y creo que cumple los fines que me he puesto al idearlo».

En 1970, Robles rechazó en Washington la propuesta de explotar su patente en EE. UU., ya que quería que su invento fuera desarrollado en su país. En 1949 se adelantó a su tiempo, pero, como le ocurriera a Peral, las hastiadas autoridades españolas no apoyaron su comercialización.

Para que, vea gentil leyente, el alcance que tienen las garras de los hispanobobos, resulta que nuestros actuales revisionistas estatales de la Historia han denegado el nombre de «Aeropuerto de Murcia-Juan de la Cierva» que las autoridades autonómicas habían propuesto al ministerio para el recién inaugurado aeródromo murciano, aduciendo que hay por ahí algún escrito donde se recogería que uno de los aviones de De la Cierva habría podido usarse para trasladar a la península al dictador Franco, cuando el golpe militar de 1936. Es que somos la leche y no tenemos remedio. Deberíamos, aunque solo fuera por esta, y única, vez aprender de los franceses que, pase lo que pase, se sienten orgullosos de su pasado, y hasta hacen de tripas corazón. Es de psicópatas pretender que la Historia sea blanca o negra; como todo, tiene sus contrastes, y hasta lo más insignificante importa. Miren ustedes, macarras de la moral, un tipo bajito, cabo para más señas y oriundo de Córcega un buen día se reveló contra la República Francesa de 1789, la disolvió y se convirtió en un dictador al uso; y no solo eso, el muy chalado, a semejanza de un Julio César o del sublime Carlos V, se autoproclamó nada menos que emperador; y, a continuación, en un auténtico asesino de masas; y menos mal que le pararon los pies, porque si no ahora estaría gran parte de Europa hablando francés. No crea usted que los franceses sienten complejo alguno de él, ni siquiera está enterrado en una isla desierta, olvidado por el mundo, no. Su tumba, una de las atracciones turísticas más visitadas de París, reposa en el centro del Domo de Los Inválidos, junto a los grandes nombres de la historia militar francesa. El personaje en cuestión, imagino que ya lo habrá adivinado, es Napoleón Bonaparte.

La versión más reciente de la hispanofobia urdida por los «Chicos del Norte» en tiempos modernos es la de que ahora somos unos vagos y unos despilfarradores del dinero que a ellos tan laboriosamente les cuesta conseguir, y que a nosotros tan generosamente nos dejan en calidad de préstamo.

«Ni un céntimo más al sur de Europa», decía el contundente titular del semanario holandés Elsevier Weekblad de finales del nefasto mes de mayo, año uno de la pandemia, artículo plagado de tópicos de la Leyenda Negra Moderna, como eso de que aquí no damos un palo al agua; de que estamos todo el día en el bar; que nuestras chicas andan todo el día holgazaneando y haciéndose selfies; o que estamos tocando las cuerdas de la guitarra (o, puestos a ello, las bolas), mientras que ellos, siempre tan industriosos, se pasan los días y las noches trabajando como negros. Los autores del infame artículo critican con dureza el «regalo» de la Unión Europea de dotar con 500000 millones de euros a los países del sur para superar la situación de emergencia económica provocada por la crisis del coronavirus (lo que no dicen estos tipos son los jugosos intereses que van a obtener estos banqueros de la operación).

Vaya, vaya… Mira quiénes hablan, nada menos que los holandeses, los que gozan del más ignominioso paraíso fiscal del mundo; pero no crea que lo tienen en las Islas Caimán o Las Bermudas, no, está en el seno de la Unión Europea. Se estima que el sistema holandés le cuesta al resto del mundo un mínimo de 22000 millones de euros anuales en ingresos fiscales evadidos.

Ah. Y también son de la misma corriente hispanófoba los germanos, otros que bailan al mismo son dándoselas de ejemplares, pero haciendo barrabasadas como el que más (sí hombre, sí, estos son los del Dieselgate, aquel escándalo que se destapó en 2015 por instalar un software que alteraba las emisiones de los vehículos diésel. Hasta la fecha, Volkswagen ha pagado más de 34000 millones de dólares en multas y liquidaciones originadas por el fraude).

Pero vamos a ver si nos aclaramos, queridos HDLGPE (Hermanos De La Gran Patria Europea); hasta donde se sabe, tras la última crisis vivida, la de 2008, resulta que los únicos que experimentaron el mayor crecimiento económico de la zona euro no fueron los laboriosos holandeses, ni los industriosos germanos, ni tan siquiera los perfeccionistas franceses. Fueron, por más que os pese, nenes míos, los españoles. Mientras los demás estabais estancados, o en franca recesión, vuestros expertos reconocían que éramos el «motor de Europa». Entonces, vamos a ver, muchachitos holandeses, o flamencos, aunque, a diferencia de los de verdad, los que tenemos aquí en Andalucía, tenéis menos gracia que un ataúd con pegatinas, me pregunto yo: ¿Cómo cojones se come ese crecimiento con la injuria que nos hacéis, sin distinción alguna, de que somos unos gandules? Cagoendiosss, ganas me dan… Si es que no os lo podéis remediar. Os corroe la puta envidia porque sabéis de nuestro ilustre pasado y de que aquí se vive mejor que en ningún lugar del mundo.

Así que…hala, a joderse, so capullos.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

Artículos recomendados

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: