La Leyenda Negra Española. (Sexta parte). Los ilustrados durante el Imperio Español. Por José Antonio Marín Ayala

 Los ilustrados durante el Imperio Español.
Los ilustrados durante el Imperio Español.

“Nuestro país llevó a cabo más de 60 expediciones científicas durante la corta vida de los ilustrados durante el Imperio Español, más que ninguna otra nación del mundo”

Aunque ya hemos visto cuan numerosos y variopintos son los países que han contribuido a construir la Leyenda Negra Española (y a echar mano de ella cada vez que se quiere desviar la atención de los problemas cotidianos, como cuando un policía mata a un negro en EEUU y la respuesta es derribar estatuas de españoles; o el recién elegido presidente de Perú, indigenista-populista-comunista para más señas, que en su toma de posesión la saca a relucir por cima de lo que verdaderamente preocupa a sus ciudadanos, como son la inseguridad, la corrupción, el acceso a los servicios básicos, los precarios niveles sanitarios, la deficiente educación, el paro o la desbocada pandemia que sufren, sirviendo además de señuelo para que los peruanos no se den cuenta del gobierno de mafiosos que ha formado y que ha hecho caer en su primer día de mandato la bolsa un 6% y marcar un máximo histórico en cambio con el dólar), la más reciente y perniciosa de todas las excrecencias tóxicas que hemos padecido proviene de nuestros vecinos franceses (es probable que nuestra proximidad geográfica haya sido determinante para que los galos se cebaran con tanto esmero e inquina con nosotros, hecho que no explica, empero, nuestro relativo buen rollo con los lusitanos).

La primera de estas nauseabundas aportaciones fue obra y arte del elenco de intelectuales galos durante el invento de la Ilustración (estos vanidosos cortesanos debieron creerse que eran los únicos ilustrados del mundo como para desde su inmaculada poltrona, luciendo esas ridículas pelucas, definir cuáles debían ser las cualidades que debía señorear todo país civilizado y la de todo gobernante suficientemente capaz); y cuando esta fugaz historia ilustrada se fue al garete por el empuje de una turba de exaltados, que pasaron a todo quisqui que no comulgaba con sus revolucionarias ideas por la guillotina durante la simbólica fecha de 1789, inequívocas señas de identidad galas de lo que podían llegar a hacer, fueron los tipejos que surgieron de esta revolucionaria y sanguinaria izquierda francesa los que tomaron el relevo. (Bueno, pensándolo bien, esto no es nada nuevo en ellos; algo más vergonzoso hicieron seis siglos antes, en la también señalada fecha del 13 de octubre de 1307, viernes para más señas, de aquí lo del viernes 13, cuando detuvieron a todos los Templarios que había en Francia, los torturaron y después mataron a sus dirigentes, quedándose con todas sus posesiones y dineros).

Es el caso, pues, que desde hace unos cuantos siglos los gabachos no han dejado de dar por saco a nuestro pueblo, influyendo negativamente en la imagen que se tiene en el exterior de nosotros. Piense por un momento, loable leyente, de cuando las tropas napoleónicas entraron a saco en la Hispania, embebidos de esa ilustración tan vitalista que hacía las delicias de grandes y mayores, con el beneplácito, todo hay que decirlo, de muchos aborregados de por aquí, entusiastas partidarios del invasor francés, arrasándolo todo a su paso; o, en tiempos recientes, con el acogimiento tan fraternal que en su territorio dispensaron durante más de medio siglo a los terroristas de ETA, hasta que estos desalmados mordieron la mano que les daba de comer y los gabachos cambiaron de parecer; o, si vamos a algo más doméstico, qué decir de los ataques que cada dos por tres sufrían nuestros transportistas de frutas y verduras a manos de aquellos cenutrios de septentrión, con el género que con tanto esmero recogían los abnegados agricultores de la frondosa campiña murciana esturreado por la calzada, sin que lo impidiera gendarme alguno cuando transitaban con su carga por la Galia.

Todo esto me lleva a pensar que esta inquina debe venir de muy lejos. Juraría que a los franceses no debió hacerles gracia alguna la sonora derrota que sufrieron en Pavía a manos de los recién estrenados tercios españoles. Tanto es así que el emperador español ordenó acondicionar la torre del Alcázar de Madrid para alojar a tan distinguido cautivo de aquella batalla: el rey Francisco I de Francia; también debió de influir, y no poco, la de San Quintín, esta vez a cargo de su hijo, Felipe II; y por poner solo un ejemplo más, pensemos en la tragedia que les supuso a los galos perder definitivamente hace tres siglos Nueva Francia, su pequeño imperio colonial de ultramar en el continente americano, arrebatándoles la Providencia la diminuta vara de medir con la que comparar su palmito con el por entonces majestuoso e imponente Imperio Español; todo ello pudiera explicar algo el resentimiento que han mostrado desde siempre hacia nosotros y su contribución a la correspondiente Leyenda Negra, ocupación que ha sido desde entonces el deporte favorito de sus intelectuales.

Como señala el historiador español Carlos Gómez-Centurión Jiménez, «lo realmente notable en el caso de Francia es que, siendo la última en producir masivamente una propaganda antiespañola a fines del siglo XVI, fue también probablemente la que más influencia tuvo en consolidar el antihispanismo por el continente, despojándolo del matiz estrictamente protestante y anticatólico que había adquirido en las dos últimas décadas».

La nueva moda de la Ilustración, de la que Francia se convertía en su adalid, pone a trabajar a sus promotores, Voltaire, Montesquieu, Raynal, etcétera, para ir añadiendo nuevas páginas a nuestra ya dilatada Leyenda Negra. En palabras de la historiadora Roca Barea:

«La hispanofobia en Francia no ocupa un lugar excéntrico y marginal, sino que forma parte del cuerpo central de ideas de la Ilustración. (…) En Raynal se manifiesta casi plenamente la nueva versión de la Leyenda Negra que la Ilustración va construyendo. España ya no es una agencia de Lucifer. Esto hubiera sido una superstición intolerable en el organigrama mental de la Ilustración. Ahora es sobre todo una tierra de ignorantes. (…)

Resumiendo:

1.) España es un país de gentes ignorantes e inculta.

2.) España está atrasada.

3.) La Inquisición y, por ende, el catolicismo tienen la culpa del atraso y la incultura de España, y en general de cualquier sitio en contacto.

4.) España no forma parte de la civilización».

Nicolas Masson de Morvilliers, un picapleitos galo que floreció a mediados de 1700 y que nunca dio un palo al agua en aquello para lo que había estudiado, escribió una voluminosa Encyclopédie Méthodique sobre el saber, nada menos que en 206 volúmenes. A tenor de sus opiniones, y sin haberme tomado la molestia de consultarla, es muy probable que nada de la gloriosa historia española figure en su extenso catálogo. Lo digo porque con muy mala baba y dejando traslucir su acentuada aversión a lo español, se preguntaba: «¿Qué se debe a España? Desde hace dos, cuatro, diez siglos, ¿Qué ha hecho España por Europa?».

Como es de suponer, la respuesta de los apesebrados ilustrados centroeuropeos a este insignificante gabacho de mierda fue, por supuesto, nada. Se ceba todavía más este infame cuando, en plan paternalista y salvador nuestro, afirma cosas de este cariz:

«Se parece hoy a esas colonias débiles y desgraciadas que necesitan sin cesar el brazo protector de la metrópoli: hay que ayudarla con nuestras artes, con nuestros descubrimientos; se parece incluso a esos enfermos desesperados que sin conciencia de su enfermedad rechazan el brazo que les da la vida. Sin embargo, si hace falta una crisis política para sacarla de este vergonzoso letargo, ¿qué es lo que espera aún? ¡Las artes están dormidas en ella; las ciencias, el comercio! ¡Necesita nuestros artistas en sus manufacturas!».

Este miserable manipulador escribía estas infames palabras a finales de 1700, cuando el Imperio Español llevaba ya más de 200 años dando lo mejor de sí mismo al mundo. Agotado económicamente por haberse embarcado en un proyecto tan descomunal empezaba a dar alarmantes síntomas de decadencia, aunque en modo alguno estaba acabado.

Aun suponiendo (y es mucho suponer) una mínima erudición en este necio, lo cierto y verdad es que tan solo diez años después de esta deshonrosa declaración de intenciones, concretamente el 1 de febrero de 1792, se inauguraba en el Alcázar de Segovia el que fue considerado el mejor laboratorio de química de Europa.

Pero para que vea usted, prudente leyente, el cinismo que rezuma de un cretino como este, baste decir que las tropas napoleónicas que habían entrado en España en 1808, seguramente, como dije anteriormente, con la noble intención de ilustrarnos, lo primero que hicieron fue destruir el segundo telescopio más grande del mundo, que estaba en España, concretamente en Madrid.

Pero aunque solo sea por la salud mental de aquellos conciudadanos nuestros que padezcan de un soberano complejo de inferioridad por creerse mentiras de capullos como este, bueno será que demos unas cuantas pinceladas acerca de la contribución que en materia de ciencias y tecnología España legó al mundo y que tan sibilinamente silenciaron adrede en sus enciclopedias tipejos como este Masson, o morcón, de marras.

Para dar un pespunte más a nuestra grandeza como nación emprendedora durante este periodo mencionemos, como de pasada, las exploraciones que sufragó la Corona Española para aportar saber. Nuestro país llevó a cabo más de 60 expediciones científicas durante la corta vida de la Ilustración, más que ninguna otra nación del mundo, lo que le valió el elogio (muy a su pesar) de algunos de los más acérrimos hispanófobos. El viajero y científico prusiano Alexander von Humboldt reconoció los logros hispanos en América, aun cuando estaba predispuesto a testificar en su contra cuando se fue allí a ratificar la inepcia que creía caracterizar al Imperio Español. En 1840 dijo: «Ningún gobierno ha invertido sumas mayores para adelantar los conocimientos de las plantas que el gobierno español. Tres expediciones botánicas, las del Perú, Nueva Granada y Nueva España han costado al Estado unos dos millones de francos. Toda esta investigación, realizada durante veinte años en las regiones más fértiles del nuevo continente, no solo ha enriquecido los dominios de la ciencia con más de cuatro mil nuevas especies de plantas; ha contribuido también grandemente a la difusión del gusto por la Historia Natural entre los habitantes del país».

Pero si le parece, gentil leyente, para hacernos una idea general podemos retroceder incluso más en el tiempo, y así tener una visión más precisa de lo que realmente aportó el Impero Español desde sus inicios al otro imperio de nuestros días, al de la Ciencia. Con su permiso comencemos, pues.

La Casa de Contratación de Sevilla fue una institución fundada en 1503 por los Reyes Católicos destinada a gestionar los recursos que venían de América; disponía de una oficina cartográfica dirigida inicialmente por Américo Vespucci (seguramente le suena su apellido; eso es, es el mismo que puso nombre a aquellas tierras de ultramar) donde se elaboraban mapas de los territorios descubiertos; en otra sala los mejores marinos de la época enseñaban las técnicas de navegación más innovadoras y diseñaban instrumentos vanguardistas. Ambas secciones de la Casa aportaron modernos conocimientos científicos que en nada tenían que envidiar a cualquiera de las naciones europeas del momento.

Juan Sebastián Elcano no hubiera podido nunca culminar su gesta por mar sin la voluntad y el apoyo económico del Imperio Español. La iniciativa había partido de Magallanes y el propósito en modo alguno era dar la vuelta al mundo; el portugués quería descubrir una ruta que le condujera hacia las Islas de las Especias, o islas Molucas, en Indonesia, intentando hallar un canal que comunicara el Atlántico con el Pacífico. Al igual que el genovés, Magallanes contaba con medidas de la Tierra en sus planos, especialmente las referentes a los mares, muy inferiores a las reales, por lo que se lanzó a la piscina sin pensárselo dos veces. El rey de Portugal, Manuel I, más realista, le quitó los pájaros que tenía en la cabeza y le denegó la financiación de la empresa; pero Magallanes debió de ser un marino terco, pues sin ningún reparo le presentó la idea a un extraordinario emprendedor, a la vez que el mayor rival que tenía su rey: el emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano. La Casa de Contratación se hizo cargo de la compra de las naos y de su avituallamiento. A las cinco naves que afrontaban la larga expedición (de la que se había estimado una duración máxima de dos años), Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago se les dotó de todo lo necesario para la navegación: alimentos, artillería, instrumentos de navegación, velería, etc. Así pues, ni cortos ni perezosos, 250 osados marinos bajo el mando de Magallanes partieron del puerto de Sanlúcar de Barrameda un 20 de septiembre de 1519 (500 años de esta gesta se han cumplido durante el nefasto «Año de la Pandemia» y no se ha sabido reivindicación alguna de esta efemérides por parte de nuestros desocupados políticos).

Dos meses más tarde llegaron a las costas brasileñas, y desde allí la expedición fue navegando hacia el sur por el continente americano buscando el canal que los comunicara con el océano Pacífico. Tras más de un año de travesía dieron con la punta sur del continente, no imaginando, ni por el forro, las terribles penalidades que les aguardaban: enfermedades, hambre y motines a bordo. Navegar por el inmenso Pacífico fue largo y penoso. En una de las pocas escalas que hicieron, tras otro año más de navegar por el mar, llegaron a las Islas Filipinas (bautizadas así en honor de Felipe II). Allí Magallanes murió asesinado en un rifirrafe que tuvo con un reyezuelo. Fue entonces cuando tomó el mando de la maltrecha expedición el marino español Juan Sebastián Elcano, llegando a las ansiadas Islas de las Molucas. Los 18 supervivientes de la tripulación cargaron de especias el único barco que les quedaba, atravesaron el inexplorado océano Índico y por fin pudieron regresar, con infinitas penalidades, a Sanlúcar de Barrameda, tres años después de que partieran: el 6 de septiembre de 1522. El emperador Carlos recibió a algunos de los supervivientes, y a Elcano le hizo entrega de una renta anual y su merecido escudo de armas, en el que figuraba un globo terráqueo con la inscripción Primus circumdedisti me, el primero que me circunnavegó.

Esta odisea, por mucho que quieran ocultarla individuos como el tal Morvilliers, o morcillers, que para el caso lo mismo da, cambió el curso de la Historia: desde entonces todos empezaron a admitir que la Tierra es redonda (salvo unos pocos que han sobrevivido hasta nuestros días) y a tener una idea más precisa de su verdadero tamaño; desaparecen, como por ensalmo, los seres mitológicos que habían alimentado las mentes de aquellos europeos que no se atrevían a traspasar las columnas de Hércules, descubriendo que en otras tierras habitan seres humanos como nosotros (algunos de ellos esperando recibir de nosotros de buen grado nuestra cultura y costumbres, y otros muchos sufriendo el exterminio indiscriminado de ingleses, belgas y franceses); se pone claramente de manifiesto la riqueza cultural que albergan otros pueblos del mundo; se descubren nuevos animales y plantas totalmente desconocidos en Europa; florecen los intercambios comerciales entre Europa y esas ignotas tierras; y se inicia la larga carrera hacia la globalización en la que estamos inmersos hoy, nos guste más o menos.

Adelaida Sagarra, profesora de historia de América en la Universidad de Burgos, afirma con rotundidad: «No hay nada comparable a esta expedición en envergadura de impacto de cambio de visión hasta que ocurre la primera vuelta al mundo por el espacio de Yuri Gagarin».

Bien. Sigamos nuestro relato. El Rey Prudente no quedó a la zaga de su padre en cuanto a proyectos científicos. Felipe II, el bárbaro, inculto e intransigente monarca católico, costeó personalmente, en 1526, los trabajos de Alonso de Santa Cruz, que trabajaba en la Casa de Contratación, que le permitieron describir la variación magnética de la Tierra; y también los de Juan López Velasco, que explicó los eclipses lunares que hubo entre 1577 y 1578. Es preciso recordar también que durante su reinado se fundó la primera Academia de Ciencias y Matemáticas de Europa, en 1582; y también uno de los primeros museos de ciencia de la historia, concretamente en Valladolid. De la misma manera, fue el promotor de un conjunto de academias matemáticas por todo el Imperio.

Y para tratar adecuadamente a perturbados galos como el mentado Morcillers, España tenía por la época en que vivió este mentecato la red más amplia de hospitales psiquiátricos del mundo. Incluso fue pionera en este campo de la medicina, pues a iniciativa del padre mercedario Juan Gilabert Jofré se había fundado en el siglo XV, en Valencia, el primer centro psiquiátrico del mundo, los Santos Mártires Inocentes.

España tampoco renunció a contar con los mejores profesionales del momento. El prestigioso matemático, relojero e ingeniero italiano Janello Torriani, o Juanelo Turriano como aquí se le conocía, al que apodaron en vida el segundo Arquímedes, fue requerido por el emperador en 1556 y trabajó durante treinta años para el Imperio Español. Construyó dos famosos relojes astronómicos, el Mocrocosmo y el Cristalino, capaces de reflejar de forma precisa la posición de los astros en cada momento. Mediante el llamado «Artificio de Juanelo» elevó el agua del Tajo a la ciudad de Toledo, salvando una altitud de casi cien metros, mediante una serie de ingenios hidráulicos movidos por el agua. También participó en la reforma del calendario gregoriano y en el diseño de las campanas del Escorial.

Turriano es también conocido hoy por sus ingeniosos autómatas, uno de los cuales representa al franciscano Fray Diego de Alcalá, un monje cuyos restos sirvieron para hacer creer al rey Felipe II que se había curado su primogénito del golpe que se había dado en la cabeza cuando perseguía a una criada, desdichado episodio que habíamos relatado en un capítulo anterior. Hoy uno no puede más que sentir admiración por semejante artilugio, donde se puede ver cómo el monje en cuestión se da golpes en el pecho, camina entonando el mea culpa, alza la cruz y el rosario y mueve los labios, como si estuviera orando. Dejando supersticiones a un lado, lo cierto y verdad es que poco habría podido hacer la Providencia en la curación del heredero al trono sin la ayuda del gran anatomista de la época, Andrés Vesalio, autor de uno de los libros más influyentes sobre anatomía humana, De humani corporis fabrica (Sobre la estructura del cuerpo humano), médico de cámara del emperador Carlos V y de su hijo, Felipe II, que hizo también su papel, y no poco, en la recuperación del joven atormentado.

Domingo de Soto, dominico español que fue confesor del emperador Carlos V (clérigo del que me temo no daría el perfil de los demonizados por Eco y Reverte), hizo aportaciones fundamentales a la Filosofía Natural (lo que hoy conocemos por Física). Sus trabajos sobre mecánica los expuso en su libro «Quaestiones», publicado en 1551, donde ya por entonces decía cosas que hoy se enseñan en las escuelas: «la caída de los elementos pesados obedecía a un patrón de movimiento uniformemente acelerado en el tiempo»; esto es, que la velocidad de caída de un objeto aumenta conforme transcurre el tiempo. Estos estudios sirvieron para que, nada menos que 65 años más tarde, Galileo Galilei demostrara experimentalmente la veracidad de esta teoría gravitatoria (¡no me lo puedo de creeeer!, como diría nuestro célebre Chiquito). Por cierto, Galileo, proclamado «mártir de la ciencia» por nuestros ilustrados franceses, nunca fue torturado por la Inquisición como se ha hecho creer. Fue condenado a un cómodo arresto domiciliario, no solo por sus ideas revolucionarias, sino también, y sobre todo, por burlarse abiertamente, tanto en sus escritos como de palabra, de cualquier creyente religioso que se pusiera a tiro (era un guasón de mucho cuidado que no serviría como ejemplo de tolerancia en nuestros días). Se había mofado incluso de su protector, y sin embargo amigo, el Papa Urbano VIII. Pero si acaso piensa usted que la ciencia nos ha librado de las creencias y de la fe se equivoca. Es más, la propia ciencia, sobre todo la Teoría Cuántica, ha sumergido al ser humano en hechos totalmente incomprensibles y que escapan a toda razón. Si extrapoláramos lo que ocurre en el mundo subatómico a lo cotidiano, ¿se imagina usted que uno lance una pelota hacia uno de dos agujeros practicados, uno junto al otro, en una pared y que pase la bolita a través de los dos simultáneamente? Pues vaya teniendo fe en lo que dice la ciencia porque es así.

Cuando la polémica teoría heliocéntrica de Copérnico fue penosamente abriéndose paso al mundo, postulado que arrebataba a la Tierra el centro del Universo y por ello era fuertemente censurada por la curia, España, siempre abierta a nuevas ideas, ya la impartía en la Universidad de Salamanca. El «tolerante» Calvino, en cambio, por aquellas lejanas fechas se dedicaba a atacar a Copérnico por osar colocarse por encima del Espíritu Santo. Tanto fue así que, en 1551, la protestante Universidad de Wittemberg pidió que se prohibieran sus enseñanzas.

Juan de Herrera fue un matemático de primer nivel del siglo XVI cuyos trabajos para Felipe II se materializaron en puentes, presas, canales y, por supuesto, en la construcción del Real Monasterio de El Escorial, en 1563, monumento erigido en honor de San Lorenzo, festividad del santo el día en que se produjo la decisiva derrota francesa en San Quintín. Felipe II mandó construir en el mismo edificio la Torre de la Botica, siendo este centro el último reducto en el mundo de la alquimia renacentista. En su interior se manejaban multitud de plantas medicinales y alambiques dirigidos por un ejército de boticarios que se afanaban en elaborar los remedios para la curación de las enfermedades.

De Miguel de Servet, el español que destacó en campos de la ciencia como la astronomía, meteorología, geografía, jurisprudencia, física, matemáticas, anatomía o medicina, y que postuló la teoría sobre la circulación pulmonar, descrita en su obra Christianismi Restitutio, ya hemos hablado en otra ocasión. Solo cabe decir que su muerte, por orden de Calvino, acaecida un frío y lúgubre día de los muchos que hay en el año en Ginebra (como es habitual por aquellas latitudes), fue especialmente agónica, debido a que los maderos de la hoguera los habían escogido adrede húmedos para tardaran… en prender.

Al oscense Pedro Juan de Lastanosa, ingeniero de máquinas, inventor y tratadista de obras de hidráulica del siglo XVI, le debemos diversas obras de ingeniería, como la Acequia Imperial de Aragón y los riegos de Murcia, los cuales hacen posible que sea la huerta de Europa, no lo olvidemos, de donde salen las frutas y verduras que alimentan a los descendientes de los que forjaron nuestra leyenda negra, y que ahora son socios nuestros (o eso dicen).

Nicolás Bautista Monardes Alfaro, un destacado médico y botánico español, fue uno de los autores más importantes del Siglo de Oro de la ciencia española. Su obra fue ampliamente difundida por las descripciones botánicas de especies americanas, como el tomate, la patata o el tabaco, absolutamente desconocidas en Europa. En poco más de cien años sus obras alcanzaron cuarenta y dos ediciones, traduciéndose a seis idiomas. Fue, además, el primer autor conocido en informar y describir el fenómeno de la fluorescencia, un tipo particular de luminiscencia. Una aplicación doméstica de este fenómeno es la luz emitida por nuestros tubos fluorescentes; en el ámbito científico sirve, entre otras muchas cosas, para identificar sustancias que de otro modo sería muy difícil detectar, como el ADN celular.

El navarro Jerónimo de Ayanz y Beaumont, inventor, ingeniero, científico, administrador de minas, comendador, regidor de Murcia, militar, pintor, cantante y compositor de música del siglo XVI, patentó medio centenar de inventos que se adelantaron un siglo a los que se desarrollarían en Inglaterra durante su tan cacareada Revolución Industrial. Ayanz, Administrador general de Minas del Reino en 1597, visitó durante los siguientes dos años medio millar de minas por todo el territorio español, presentando una serie de propuestas para la mejora de su explotación. Entre los inventos que patentó figura el diseño de una máquina de vapor destinada a desaguar las minas. Sin embargo toda la gloria la recogería Thomas Savery, que realizó una primera patente, en 1698, de un motor capaz de elevar agua por medio del fuego. Hay indicios razonables de que Savery pudo haber tenido noticias de la máquina creada casi cien años antes por Jerónimo de Ayanz.

Por lo que vemos, Ayanz fue un hombre adelantado a su tiempo cuyo lema era: «Ninguna filosofía hay más cierta que la prueba, porque ella es la que nos satisface y convence a nuestras opiniones». Sin embargo, el que ha quedado como padre del empirismo filosófico y científico fue Francis Bacon, un inglés contemporáneo suyo. Ayanz diseñó también una balanza que podía pesar «una pierna de mosca», hornos más eficientes que los que había entonces y el antecedente de nuestro moderno aire acondicionado. Solo la torpe y miope visión futurista del rey Felipe III, que carecía de la perspectiva de su antecesor, dieron al ostracismo con estos inventos.

Antonio Hugo de Omerique, prestigioso matemático español nacido precisamente en Sanlúcar de Barrameda, en 1634, recibió los elogios del mayor científico de todos los tiempos, Isaac Newton, cuando leyó su obra «Analysis geométrico o Método de resolución de problemas nuevos y verdaderos, así como de cuestiones aritméticas». Newton dijo de ella: «Una obra juiciosa y de valor que responde a su título, porque expone en la forma más sencilla el medio de restaurar el análisis de los antiguos, que es más sencillo ingenioso y más a propósito para un geómetra que el álgebra de los modernos». No cabe hoy duda alguna de que la obra de Omerique influyó en trabajos posteriores de Isaac Newton. Pero Omerique no fue un caso aislado en España; por la misma época florecieron matemáticos de gran categoría como José Cañas, Jacobo Kresa, Carlos Powell o José Bonet.

Sigamos. El humanista, ingeniero naval y científico español Jorge Juan y Santacilia, en una expedición naval realizada entre 1736 y 1744, fue el primero que midió la longitud del meridiano terrestre, demostrando que la Tierra está achatada en los polos. En vida fue conocido en toda Europa como «El Sabio Español».

El marino sevillano Antonio de Ulloa y de la Torre-Giralt fue el primero que, en 1745, dio a conocer en Europa el platino (al que llamó platina o pequeña plata), un metal más valioso que el oro hallado en Sudamérica, aunque sería luego un británico el que describiría sus propiedades y se atribuiría la paternidad de su descubrimiento.

El sacerdote, matemático, médico y docente de la Universidad del Rosario, en Santa Fe, José Celestino Mutis y Bosio se centró en 1780 en el estudio de la quina, una sustancia destilada de la corteza de un árbol del Amazonas, de la que descubrió sus propiedades para reducir la fiebre corporal y combatir el paludismo. Se dijo de la quina en su tiempo que fue para la medicina lo que la pólvora para la guerra. La Real Botica Española y el Colegio de Cirugía, dos de los estamentos que impulsó, llegaron a convertirse en dos de los centros científicos más importantes de Europa. En 1782, ante una epidemia de viruela desatada en América, se inoculó a sí mismo una cepa del virus atenuada y con ello logró salvar a muchos niños infectados con la enfermedad.

Félix Francisco José Pedro de Azara y Perera, militar, ingeniero, explorador, cartógrafo, antropólogo y naturalista español, durante la expedición a América que emprendió en 1781, y que duró la friolera de 20 años, catalogó casi 500 especies animales, corrigiendo la identificación y la descripción que de muchas especies sudamericanas el famoso francés Conde de Buffon había anotado mal (¡horror, no es posible que semejante ilustrado francés hubiese sido corregido por un bárbaro español!). Fue tal la influencia que su trabajo tuvo en Charles Darwin, el autor de la teoría de la evolución, que cita a Félix de Azara una quincena de veces en su «Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo», dos en «El origen de las especies» y una en «El origen del hombre».

A propósito de la viruela, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, también conocida como Expedición Balmis, en referencia al médico español Francisco Javier Balmis, fue una campaña de carácter filantrópico que dio la vuelta al mundo y duró tres años, desde 1803 hasta 1806. Su objetivo en principio era que la vacuna de la viruela llegase a todos los rincones del Imperio Español, ya que el virus estaba ocasionando la muerte de miles de niños. Se considera la primera expedición sanitaria internacional de la historia para transportar la vacuna y prevenir las epidemias de viruela. Como el viaje al Nuevo Mundo era tan largo y no había un sistema de refrigeración eficiente que mantuviera la vacuna intacta, Balmis empleó a 22 niños huérfanos para que fueran sus portadores. A dos de ellos se les inocularía el virus atenuado y se los separaría del resto. Hacia el final del proceso se les extraería líquido de sus pústulas y se inocularía a las siguientes dos personas, y así sucesivamente hasta llegar a Sudamérica. La misión consiguió llevar la vacuna hasta las islas Canarias, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú (para que los ancestros de su presidente actual estuvieran protegidos), Nueva España, las Filipinas y China. El propio descubridor de la vacuna de la viruela, el inglés Edward Jenner, escribió sobre la expedición: «No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este». Sobre este mismo hecho, nuestro mentado Alexander von Humboldt escribía en 1825: «Este viaje permanecerá como el más memorable en los anales de la Historia».

Andrés Manuel del Río Fernández, científico y naturalista, llegó a la conclusión de que había encontrado un nuevo elemento químico. Un año después entregó muestras de su hallazgo a Alexander von Humboldt, nuestro barón prusiano poco dado a lo español. Tras varios dimes y diretes, los ilustrados europeos dictaminaron que no había tal elemento nuevo en la muestra. Treinta años más tarde, en 1831, el sueco Sefström no se comportó como cabría atribuir a su condición nórdica y se atribuyó su descubrimiento. Lo llamó vanadio, en honor a la diosa escandinava Vanadis.

Todos estos «pueblos más cultos que nosotros» nos han vendido a lo largo de los siglos la moto de que la paternidad de la moralidad, del buen gobierno y del progreso científico y social es obra de ellos; y nosotros, como buenos ingenuos que somos, nos hemos creído a pie juntillas las monsergas interesadas de un galo, un britano, un belga, un germano o un yanqui comprándolas a un precio demasiado caro, tanto que nos hemos creído sus mentiras y ha florecido en nosotros un género de autocrítica destructiva de corte cainita y un complejo de inferioridad que tiene su origen en la Leyenda Negra Española que todos estos manipuladores forjaron en nuestra contra.

Vamos a dejar este capítulo aquí y proseguiremos en el próximo combatiendo la perfidia de este estigma con nuestra Gloriosa Leyenda Áurea.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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