La proporción clásica de los atributos masculinos. Por José Antonio Marín Ayala

La proporción clásica de los atributos masculinos

«En el ideal de belleza clásico había un acentuado contraste entre los pequeños atributos masculinos de los hombres, que aquellos pensadores consideraban ideales»

Que vivimos unos funestos tiempos en los que, de tanto en tanto, brota un género de bestialismo costumbrista por doquier cuan si de una floración en un yermo campo tras la lluvia aconteciera no supone ya ninguna novedad. Basta con echarse al cuerpo un solo telediario para contemplar abismado los disparates de que es capaz de protagonizar la peña a lo largo y ancho de este mundo, muchas veces con el único propósito de llamar la atención, todo hay que decirlo; aunque realmente no es necesario perder tanto tiempo frente a la cajita tonta, pues solo con echar una mirada a lo que se escribe en las «redes antisociales» es suficiente para, con asombro y sonrojo, comprobar los obscenos y agresivos mensajes que escriben algunos (notas cuyo autor, estoy seguro, no creo que tuviera los suficientes atributos masculinos como para decírselo directamente a la cara de su destinatario), y con ello tener consciencia de cuan alejados estamos de los parámetros clásicos de la prudencia, la moderación, la decencia y, si me lo permite, paciente leyente, de la belleza. Pero no es solo la ausencia de valores morales, consecuencia de tanto materialismo y de la escasa erudición que caracteriza a los neopaletos ilustrados, fruto en parte de la Sociedad del Sofá de nuestros días, ni tan siquiera la avidez con que se digiere todo lo que resulte agresivo y violento (sexual o asexual, da igual), sino también el concepto particular que motiva esta reflexión, que no es otro que el de las proporciones que actualmente se ponderan en materia de atributos masculinos.

Cualquiera que haya visitado la Piazza della Signoria, centro neurálgico de la bella ciudad de Firenze, es casi seguro que se habrá topado con una enorme escultura de mármol blanco de Carrara, de más de cinco metros de altura y casi seis mil kilos de peso. En realidad, la que se puede contemplar actualmente es una copia, la original se encuentra a buen recaudo de cafres en la Galería de la Academia. La susodicha estatua representa a un joven de porte atlético posando de pie, y en pelota picada, sujetando con su mano izquierda la horqueta de una honda; mientras la banqueta del peligroso artilugio la apoya sobre su hombro, en su diestra mano acaricia una amenazante china voladora. Su bella cabeza, poblada de un cuidado y abundante cabello ensortijado, está ladeada a su siniestro costado, y una nada amigable y torva mirada equina fulmina al observador que se atreve a cruzar la vista con él. La obra fue realizada, entre 1501 y 1504, por el florentino Michelangelo Buonarroti, la gran figura del Renacimiento italiano, y representa al bíblico rey David en el momento previo (o posterior, que en esto no terminan de ponerse de acuerdo los expertos) al enfrentamiento que tuvo con Goliat, y cuyo resultado fue, echándole un par de atributos masculinos (a pesar del reducido tamaño representado), la derrota de un individuo más alto y más fuerte que él, lo que nos lleva a la inevitable conclusión de que el tamaño de los genitales no reviste relevancia alguna cuando de poner en valor otros valores vitales, como la astucia, se trata.

La piedra de mármol con la que trabajó Miguel Ángel andaba ya bastante mellada, ya que otros intentaron en vano sacar partido de ella; esta circunstancia le obligó a representar la figura un tanto ladeada, algo que a la postre resultó beneficioso para la expresividad de la imagen. Como decimos, llama poderosamente la atención en este relajado David sus pequeños genitales. De hecho, los suvenires que los comerciantes le venden a uno de su paso por Florencia son precisamente sus discretos atributos masculinos; se pueden conseguir en formato postal, en formas imantadas para el frigorífico o insertados en dedales y en marroquinerías varias.

Contrariamente a lo que pudiera pensarse hoy, en la antigua Grecia un pene pequeño (siempre entendido como tal en el momento en que se halla en su estado de relajación formal) era un aspecto apreciado por el macho alfa de aquellos tiempos (sí, hombre, sí, esa bestia rediviva que tan de moda está hoy; la del tío dominante que algunos dicen encarnar, y el tipo al que muchos otros ingenuos aspiran alcanzar). En el ideal de armonía de aquellos pensadores griegos, un pene pequeño simbolizaba valores para ellos importantes como la virtud (cualidad realmente en vías de extinción en nuestra sociedad), la superioridad espiritual (ufff…, de eso, ni te cuento) y la belleza del héroe (rol este que en nuestra sedentaria sociedad la asumen impunemente futbolistas y tocapelotas varios). No en vano, el dramaturgo ateniense Aristófanes dixit: «Pecho sano, anchos hombros, lengua corta, glúteos fuertes y miembro pequeño».

La albina escultura no nos ofrece muchos más detalles del individuo, pero en la Biblia, concretamente en los libros de Samuel, se describe a David como «rubio, de hermosos ojos, prudente y muy bella presencia». David, hasta entonces un simple campesino, tras derrotar al gigante Goliat entra a formar parte del ejército del rey Saúl. No pasa demasiado tiempo para que el monarca se convenza de lo valiente y capaz que es de matar, convirtiéndose con el tiempo en su sucesor, en el rey de Israel. Con él se inició, en 1006 a. C., una esplendorosa dinastía de gobernantes que perduró casi un milenio, justo hasta el fatídico 70 a. C. Por esta época de la Historia, los israelitas le tocaron en demasía las pelotas al superpoderoso Imperio Romano, pues tenían unas cuantas feas costumbres: una de ellas era la de no rendir culto al emperador; otra la de no admitir el colorido elenco de los ancestrales dioses romanos, ya que estaban emperrados en que existía un solo Dios, el suyo naturalmente; y una más grave es que se resistían a prestar el servicio militar obligatorio. Así que el emperador Tito no tuvo otra tesitura que darles una severa lección: mandó destruir su templo más sagrado, el que había en Jerusalén, deponiendo a sus gobernantes y dando fin a esta saga real judía. Aunque haya transcurrido ya más de dos milenios, para los hebreos el último descendiente, o mesías, de este linaje está aún por venir, llegada vaticinada en sus escrituras y que siguen esperando pacientemente a día de hoy. Y aquel al que aguardan su venida no es en modo alguno el Jesús pacífico y espiritual de los cristianos surgido de la religión hebrea con posterioridad, ese que siempre está dispuesto a poner la otra mejilla porque haya paz, sino un despiadado guerrero de carne y hueso, como lo fue David, que les lleve de nuevo a combatir a sus enemigos, a liderar a los judíos y, ojo, a gobernar al resto de las naciones del mundo (ahí es nada; de hecho, el sionismo pretende justamente eso, siempre con el debido permiso de los chinos, que están ya a punto de caramelo de tomarle el relevo a los yanquis en el liderazgo mundial).

Sin embargo, en esta obra de Miguel Ángel se aprecia una supina incoherencia. David, como genuino judío que es, no aparece circuncidado, algo que resulta espantoso para cualquier devoto de esta religión, pues va en contra de la ley judaica; lo que les mueve a los judíos a practicar en el neonato tan dolorosa ceremonia es el convencimiento de que este tajo en la piel del pene es parte del pago por el acuerdo que antaño hizo el pueblo de Israel con Dios para conseguir su apoyo. El propio Altísimo deja meridianamente claro en el Génesis el destino que le espera al que incumpla este ritual: «El incircunciso, aquel a quien no se le haya cortado la carne del prepucio, será eliminado de su pueblo por haber violado mi pacto».

No obstante, es probable que Miguel Ángel obviara a propósito este detalle en su obra, pues hay que recordar que en aquella nueva era de cambios que representaba la corriente renacentista se miraba más por la belleza del cuerpo humano que por los tradicionales preceptos religiosos.

Por las remotas fechas de la Edad Antigua, el que poseía un pene grande (considerándolo siempre desde una situación en la que no mediara excitación previa alguna) era detestado por sus congéneres, pues se le suponía un escaso control de sus impulsos y la incapacidad de actuar con moderación; en definitiva, una conducta propia de lujuriosos. Un ejemplo clásico de esta desproporción de atributos lo representa el rústico, viejo, lascivo e impulsivo Príapo, que según cuenta la leyenda era hijo de Dionisio, dios del vino y del éxtasis, y Afrodita, diosa de la belleza, el amor y el deseo sexual (con semejantes progenitores cuesta creer que de esta rocambolesca unión surgiera algo digno de provecho).

Lo curioso de este asunto es que este ideal de belleza griego, basado en un pene menudo, naciera del simple azar, del ciego sendero por el que transita la evolución de los seres vivos. Si me lo permite, noble leyente, voy a intentar explicarme.

Me parece que no descubro nada nuevo si le digo que a lo largo de su existencia el ser humano ha gozado de unos cuantos golpes de suerte evolutivos que le han hecho dueño y señor de todos los ecosistemas naturales (siempre, claro está, con el debido permiso de virus y bacterias). Salvo los religiosos más fervorosos y radicales, la mayoría acepta que el ser humano actual es fruto de innumerables fases evolutivas sufridas a partir de un ancestro común, antepasado que dio lugar a la rama de los homo actuales y a los chimpancés; y estamos tan emparentados con ellos que la secuencia de ambos genomas es casi idéntica.

Hoy todavía hay cosas que nos asemejan a estos parientes lejanos (a buen seguro, gentil leyente, que debe de conocer a más de uno cuyo aspecto y modales se asemejen más a un primate que a un humano) y otras muchas nos diferencian; y en este último caso más que la inteligencia, que sería como infravalorar al mono, yo diría que uno fundamental es nuestra forma bípeda al andar, hito que nos permitió tener libres las manos para desarrollar la tecnología, sustento de nuestra civilización; y otro elemento que justifica esta reflexión sería la evolución que sufrieron nuestros atributos masculinos.

Hace unos 95 millones de años los primates, mamíferos placentarios, gozaban de una peculiaridad: tenían un hueso en el pene. Los primates exhiben una suerte de priapismo natural debido a una estructura ósea alojada en el interior de su miembro viril. Los científicos han achacado esta rigidez a diversos factores; algunos aducen que con ello se consigue que la intromisión dure más, evitando que la hembra se escabulla y se aparee con otro antes de que el esperma obre su efecto (Uhmmm… Podría ser).

Nosotros los humanos, a causa de una primigenia mutación genética, hemos perdido esa muletilla, lo cual nos lleva inevitablemente a preguntarnos qué ventaja evolutiva debió tener la desaparición de ese sostén.

Que la mujer tiene un ojo fino para saber elegir al varón que más le conviene no creo que sea un descubrimiento a estas alturas. Una especulación interesante acerca de los mecanismos que debieron usar las primeras hembras para no errar en la elección del varón, y que tuvo una profunda influencia en la evolución humana, se refiere precisamente a los atributos masculinos. Piense por un momento en una hembra que tiene que decidirse por un macho vigoroso. Probablemente, sus genes hayan aprendido con el paso de los siglos la lección de que las apariencias engañan (fíjese, sin ir más lejos, en el musculoso Schwarzenegger, que a pesar de tanta fibra no se libra de tener un débil corazón que ha sido sometido a varias intervenciones quirúrgicas). Así que podemos imaginar a esa hembra primigenia analizando los indicios fisiológicos que debían llevarle a la elección del macho más fuerte. Y es en ese determinado momento de la Historia cuando se presenta por vez primera al mundo un raro espécimen humano que ha sufrido una mutación claramente palpable: ha perdido el hueso de su pene.

Las mutaciones no siempre son perjudiciales. Nacer con dos cabezas, evidentemente, no supone una mejora para su portador, pero esta de la ausencia del hueso debió ser beneficiosa. Veamos el porqué. Imagine por un momento a nuestra felina fémina ronronear ante unos cuantos machos alfa, todos con su palo bien puesto, menos uno. A los que tienen el hueso en el miembro viril la estimulación no tiene mayor efecto sobre sus apéndices reproductores masculinos, pues se mantienen erguidos de forma permanente. En cambio, en el único que presenta esta anomalía se presenta un curioso fenómeno. Es muy probable que los genitales relajados de este bicho raro no distaran mucho de las proporciones clásicas representadas en las estatuas griegas. Sin embargo, cuando le toca el turno a este singular ejemplar la hembra contempla un nuevo fenómeno, el de acción-reacción. Si su corazón está fuerte como el de un toro, cuando reciba el estímulo sexual adecuado bombeará un buen caño de sangre a esa preciada parte terminal del cuerpo y se consumará el milagro de la erección. Este hecho debió suponerle una evidencia irrefutable de que este macho en particular gozaba de buena salud, y seguramente le ofrecería suficientes garantías de ser un buen partido.

A fin de cuentas es probable que con el tiempo a ellas no debiera parecerles que el tamaño inicial fuera más importante que la consecuente reacción fisiológica al estímulo de marras. En cambio, si ese cuerpo varonil encierra alguna cardiopatía grave, entonces por muchos «güevos» que quisiera echarle el susodicho al asunto, su pequeño órgano reproductor seguiría permaneciendo literalmente…como una estatua (resulta cuando menos curioso que la relación entre la impotencia y un corazón débil solo se haya podido demostrar científicamente hasta hace bien poco). De nada les serviría unirse en pareja sentimental a un macho que luciera una silueta escultural (como podría exhibirla un vigoréxico al uso de nuestros días) si, a la postre, poseía un corazón enfermo, incapaz de procrear o de conseguir el sustento diario para ella y su prole. Entonces es probable que tras sucesivas selecciones, el que era el rarito de la tribu resultaría ser el más deseado por las féminas para aparearse. Al cabo del tiempo, esta estirpe de deshuesados sería la que predominara en la población. Lo que aportaban, en definitiva, estos mutantes a la evolución humana era una herramienta más certera para que la hembra pudiera saber por dónde iban los tiros y elegir con menos probabilidades de errar.

Por tanto, y volviendo a nuestras disquisiciones filosóficas, en el ideal de belleza clásico había un acentuado contraste entre los pequeños genitales masculinos de los hombres, que aquellos pensadores consideraban ideales y entre los que incluiríamos a los héroes, dioses y atletas, y el grueso, y en perpetua erección, de los sátiros, seres míticos caracterizados por su carácter despreocupado, ebrios y de una lujuria salvaje.

En la línea de lo dicho al principio, en esta nuestra actual Era de la Posmodernidad, donde abundan los manipuladores mediáticos, algunos de los que se dedican al suculento negocio de la pornografía han revertido esta situación y han establecido que en materia de atributos masculinos el tamaño sí que importa para tener éxito con las mujeres, lo que mortifica a más de uno. Aunque el tamaño se ha relacionado tradicionalmente con la virilidad, algunos han refutado esta opinión haciendo una singular comparativa con el baile. Dicen que para ser un virtuoso de la danza no importa tanto el tamaño del zapato como la gracia del contoneo.

Claro que cuando hablamos de tamaño reducido no nos referimos aquí a aquellos que tienen la desgracia de sufrir disfunción eréctil, que en España lo padece aproximadamente uno de cada cinco varones, según el Instituto de Urología y Medicina Sexual, afección que se caracteriza por la incapacidad del pene para mantenerse lo suficientemente rígido como para permitir una relación sexual satisfactoria, sino de aquellos que, aun poseyendo un miembro viril vigoroso, quieren asemejarse a los porno stars más renombrados de nuestros días.

Ante esta presión social, muchos resuelven hacer uso de fármacos para que aquello crezca como sea, o hacen uso de inyecciones intracavernosas, o echan mano de bombas manuales que alarguen y engrosen las paredes de este elemento genuinamente masculino. No obstante, para todos aquellos que piensen que un órgano en un estado de cuasi permanente erección es una suerte de bendición deberían saber que esta anómala circunstancia puede ocasionar un severo problema de salud; un pene en continua rectitud puede ser un síntoma del peligroso «priapismo» (término derivado de nuestro antes mentado lujurioso dios romano), urgencia sanitaria provocada por la acumulación de sangre no oxigenada que puede conducir a graves daños fisiológicos a su portador.

Algunos incluso llegan a alcanzar este estadio de cosas recurriendo a métodos más agresivos, como ponerse en manos de los siempre peligrosos matasanos en una fría camilla quirúrgica de hospital, sometiéndose a la implantación de una prótesis de pene introduciéndose dos cilindros en los cuerpos cavernosos del susodicho.

Estas tendencias masculinas, junto a la preocupación de muchas féminas de hoy por el continente más que del contenido, ha dado lugar a toda una industria de una rama de la medicina invasiva que va in crescendo. Pareciera como si algunos echaran en falta el palo que caracteriza a nuestros primos, los chimpancés. Como bien dice el periodista español Ángel Gómez Fuentes: «Mientras para el hombre griego la belleza era la elegancia, lo que se traducía en el comportamiento, hoy se tiende a menudo a una falsa belleza por la vía quizá de la homologación de la cirugía plástica».

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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