La catedral del pensamiento y el círculo del 99. Por José Antonio Marín Ayala

La catedral del pensamiento

«Aun cuando la catedral del pensamiento humano emana de la ancestral filosofía griega ahora debemos pensar en el pensamiento catedral»

Gentil leyente, he decidido en este 2022 que se nos presenta, incierto y de mal agüero, tomar dos drásticas medidas: seguir sin traspasar las barreras del «círculo del 99»; y la otra recomendar a unos tipos que no me caen nada bien un libro aparecido recientemente, y que prometería ser un best seller si al que va destinado, primero, le interesara su temática; segundo, estuviera dispuesto a perder parte de su tiempo libre en el laborioso cultivo de sus neuronas; y, tercero, decidiera poner en práctica sus valiosas recomendaciones. Yo, en cambio, no lo voy a leer porque sé de qué va y no está en mi mano llevar a puerto alguno sus sensatos postulados. Se trata del libro «The Good Ancestor» (El buen antepasado), del filósofo australiano Roman Krznaric, una suerte de «Manual de Resistencia» pensado para sacarle las castañas del fuego al ser humano en lo que a su supervivencia en este planeta concierne haciendo frente a los importantes retos que asoman la patita desde hace ya unas cuantas décadas. Los elevados principios morales de su autor en nada se parecen a los del egocéntrico y vanidoso autor de un documento intitulado como el que he referido anteriormente, obra de un conocido plagiador de tesis doctorales de nuestros días, o quizá de su bien pagado negro de turno, que en esto los antropólogos no acaban de ponerse de acuerdo.

Dice el bueno de Krznaric que vivimos «la era de la tiranía del ahora», cuyo «cortoplacismo frenético» está en la raíz de las crisis que estamos enfrentando. El autor opina que el frenesí del rápido y ahora se ha convertido en un gran problema porque nos hemos dado cuenta de que en el siglo XXI tenemos muchos desafíos que deberían abordarse a largo plazo: está, por poner solo tres grandes ejemplos, el cambio climático y la destrucción la de biodiversidad; las nuevas tecnologías, con eso que llaman el internet de las cosas y la inteligencia artificial; y también el bioterrorismo, padeciéndolo todavía (y lo que te rondaré Morena), a China gracias. Y, claro, como el tiempo necesario para enfrentar estos problemas es grande para el cortoplacismo y la poca paciencia que tienen los que están obligados a ello, es decir, los políticos, más ocupados y preocupados en repartir regalías a diario a la peña afín a sus intereses y siempre al son de lo que determine el último barómetro electoral, que en abordar estas cuestiones a largo plazo de las que saben no van a obtener beneficio alguno de manera inmediata, el resultado es que el panorama va a seguir yendo igual de mal que ahora, cuando no peor.

Aun cuando la «catedral del pensamiento» humano emana de la ancestral filosofía griega, de la que surgen todas las formas habidas y por haber de organizar el mundo, el autor llama al remedio de nuestros males actuales el «Pensamiento Catedral», en una clara alusión a la planificación a largo plazo que conllevaba construir estas majestuosas obras humanas. Cualquiera que haya leído «Los pilares de la Tierra», del escritor británico Ken Follet, podrá hacerse una idea del esfuerzo económico que le suponía a un promotor o mecenas emprender la construcción de una catedral, y también la de tener la absoluta certeza de que no viviría para verla terminada. La catedral de Murcia, por poner un ejemplo que tengo a mano, acabó de construirse en 1793, tras 400 años de haberse puesto la primera piedra, en 1394, lo que da idea de la infinita paciencia que puede poner sobre el tapete el ser humano en algunos proyectos.

Como dice su autor, en referencia al título del libro, «se trata de pensar a largo plazo, de – en cierto modo- ser un buen antepasado». Indica Krznaric que «nuestra tecnología, por ejemplo, está diseñada para sacar a relucir nuestro cerebro de corto plazo. Yo lo llamo cerebro de malvavisco, el que nos lleva a oprimir el botón de comprar ahora. Por lo tanto, debemos aprender a convertirnos en pensadores de catedrales. Debemos empezar a planificar a largo plazo. Si no somos capaces de sacar esta lección de 2021 no habremos aprendido casi nada y eso será una tragedia», concluye el autor, en una velada referencia a la pandemia desatada en este singular año y a la escasa o nula planificación que a largo plazo han hecho los dirigentes mundiales para evitar los casi cinco millones y medio de seres humanos a los que hasta ahora les ha dado sepultura esta plaga bíblica. Pero, como digo, como en este asunto no tengo posibilidad alguna de participar de su solución, aun cuando es un tema de mi incumbencia como ciudadano corriente y doliente, pues lo dejo aquí.

Fiel a mi propósito inicial reitero de nuevo mi decisión de no atravesar el mentado «círculo del 99» (que no del 69…). Esta suerte de terreno virtual, vedado por una sutil valla fácilmente sorteable, alude al viejo cuento de un envidioso rey para con la felicidad que irradiaba a diario su vasallo, pobre donde los hubiera, y la argucia que pergeñó cierto día cuando mandó dejarle de forma anónima en la puerta de su casa una bolsa con monedas de oro y una nota que decía: «En pago a tu honestidad». Miró a uno y otro lado de la calle por si acaso este don hubiera caído accidentalmente de las manos de algún despistado rico, o acaso fuera destinado a otro depositario. Una vez estuvo seguro de que aquello era para él (y le bastó poco menos que un suspiro para dar fe de ello) cogió la bolsa y se encerró en casa, echando las cuatro llaves a las cerraduras de la puerta que protegían su humilde hogar. Tras contar las piezas de oro una y otra vez comprobó con estupor que había 99 monedas. Digo con estupor porque lo razonable hubiera sido que fueran 100, un número que, si no mágico, al menos era redondo y perfecto. Es la decena de decenas, la referencia cuando se quiera hablar de grandes cosas, como que había cientos de objetos, o de personas. Es el número que en años al que pocos llegan en la vida. Es del que nos valemos cuando queremos expresar las proporciones, las probabilidades o los intereses. La interpretación de su significado desde el punto de vista de la numerología, terreno que hay que pisar con sumo escepticismo, el número 100, por estar formado por el 1, que es el inicio de las cosas, y el 0, además doble, que representaría al universo, los que saben de estas cosas dicen que significa «potencial infinito, autodeterminación, aislamiento, integridad, autosuficiencia e independencia. Las personas que resuenan con este número son muy independientes y autosuficientes. Disfrutan explorando cosas nuevas y adquiriendo conocimiento. No les importa estar solos y hacer las cosas que disfrutan. Este número les aporta cualidades de liderazgo y apertura». En fin, vamos a dejar su significado aquí.

Buscando durante horas por toda la casa, por si se hubiera extraviado la moneda que faltaba, el vasallo llegó a la inevitable conclusión de que la bolsa solo contenía 99. No era posible. ¿Cómo iba a llevar alguien en una bolsa una cantidad de monedas tan estúpida, con lo poco que le hubiera supuesto a aquel acaudalado personaje desconocido llegar a la cifra de la perfección?

Jamás vio rey alguno ver a vasallo suyo irradiar mayor cara de felicidad por la inmensa fortuna de este regalo hecho por tan extraordinario mecenas. Sin embargo, conforme pasaban los días la cara de felicidad que siempre mostraba a su rey ahora era de cierta preocupación, pues partir de ese momento se devanaba los sesos cómo encontrar la manera de conseguir la moneda de oro que le falta para obtener la cifra redonda que lo hiciera plenamente feliz. Pero, claro, conseguir esa única moneda suponía para un vasallo como él varias vidas laborales. Había entrado de lleno en el círculo del 99. Esta desazón le llevó, paradójicamente, a una creciente infelicidad por el esfuerzo que le suponía llegar a esta absurda meta.

Parece mentira que la ciencia tenga que venir en socorro nuestro en esta acomodada Sociedad del Bienestar para advertirnos de los peligros que conlleva entrar en semejante círculo. ¡Válgame la nona! Pero si tenemos desde hace siglos corrientes filosóficas griegas de este cariz para aburrir: desde la moderada y atractiva filosofía epicúrea, puesta en valor por Lucrecio en su «De rerum natura», hasta la radical corriente cínica, abanderada por el intransigente Diógenes de Sinope. La diosa ciencia, como digo, al quite de una infelicidad que muchas veces deriva en suicidio por el galopante capitalismo que nos arrulla, ha advertido de lo beneficioso que es poner en práctica esta nueva corriente, tendencia que ahora viene en llamarla la «técnica de la gratitud». Pues bien, al igual que he decidido hacer con el libro de Krznaric, prometo no leer tampoco nada de lo que se escriba a este respecto porque esta temática me la conozco de memoria y la práctico desde hace años… a diario.

Para ilustrar en qué consiste esta historia, afable leyente, pongamos un ejemplo hipotético. Imagine que vive con su media naranja y sus retoños en un pisito de protección oficial y por esos avatares de la vida se encuentra de repente usted y su numerosa familia ampliando su espacio vital en una segunda residencia anexa a la suya como consecuencia de la defunción de un ser querido que vivía solo en ella y al que usted asistía en sus necesidades y con el que convivía estrechamente. Cuando, años más tarde, su legítimo heredero, que a pesar de sus vínculos familiares con el finado jamás hizo el más leve atisbo de visitarlo, ni cuanto menos ver de qué color estaba pintado el salón (solo por eludir su responsabilidad afectiva), decide desalojarlo a usted como si de un okupa se tratara, sin venir a cuento porque a todas luces el susodicho no necesita la vivienda, lo más normal es que usted tome una «pesambre» (término murciano que equivale a disgusto) del 15. La «técnica de la gratitud» viene en nuestro socorro. Y en este caso, en vez de maldecir al heredero recomienda reverenciarlo, porque ahora va usted a redescubrir, en lo que implica un menor espacio físico, lo bien que van a estar de nuevo juntitos todos en casa, conviviendo más unidos sentimentalmente que nunca.

Veamos otro ejemplo: el coche. ¿Quién no ha soñado con tener uno de esos que lucen los tocapelotas de Primera? La técnica te dice que eres tú el agraciado y no el multimillonario futbolero, porque tener un pequeño utilitario te lleva a todos lados, no necesitas más que una baja póliza de seguro, ocupa una sola plaza de aparcamiento y nunca va a ser objetivo prioritario de las mafias que trafican con los coches de alta gama. Además, imagine usted la pasta, los quebraderos de cabeza y la poca libertad que le deja al conductor de semejante auto, forrado de billetes, mantener una seguridad privada para él y toda tu familia, cuanto menos hasta su décimo grado de consanguinidad.

La técnica te recuerda también que, a pesar de los achaques de la edad, debemos dar gracias a la Providencia de que nuestras piernas todavía respondan al paseo diario, práctica que muchos validos sustituyen cabalgando sobre una moto, la cual puede dar con sus huesos en el suelo.

La misma suerte debe tener por estar bien considerado por muchos compañeros en su círculo profesional, sin olvidar a sus propios enemigos, que siempre los tiene uno aunque no quiera, y que según esta técnica debes de estarles agradecido por hacerte recordar que eres motivo de obsesión en sus vidas, y, como reza el dicho, «más vale que te envidien a que te tengan lástima».

Agradecidos también debemos estar a las nuevas tecnologías y al coro mediático de políticos y animadores que llenan de basura la tele, porque con darle al botón OFF del mando a distancia tienes la seguridad de que no te pierdes nada importante y te da la ocasión de hacer algo tan raro en estos tiempos como leer, escribir, meditar sobre el mundo que te rodea y descubrir que no está tan mal como lo pintan.

Hay, pues, que pararse a pensar en el elevado peaje que supone para la estabilidad emocional de uno entrar en el perverso «círculo del 99», en la búsqueda obsesiva e infeliz de esas metas materialistas de nuestros días, como la ese ansiado ascenso intentando conseguirlo como sea, como un trepa, vendiendo si hiciera falta su alma al diablo y que puede, por el implacable «Principio de Peter», llevarle a alcanzar ese estado de perfecta incompetencia que siempre le acechó; o de ese perenne sobresueldo a base de horas extras en que muchos viven atrapados, que en vez de ser algo ocasional para gastarlo en un viaje de placer lo han convertido en parte esencial del hipotecado casoplón en el que se han metido, quizá con la insana intención de emular a sus admirados ideólogos, los marqueses; o del artilugio de última moda, llámese móvil, moto o cualquier pollinada campestre de la que le hayan comido el tarro los publicistas de la tele; o de la incertidumbre que le supone a muchos el vaivén de la acción bursátil en la que pujan a diario en la bolsa, donde siempre ganan los ricos y de la que se aprovechan de incautos como ellos que siempre pican el anzuelo; o de la propiedad inmobiliaria en que muchos se han metido, no para disfrutarla, sino solo como mera inversión especulativa para dar en su momento el oportuno pelotazo; o, como el cuento del infeliz vasallo de la infructuosa búsqueda de la moneda que redondee esa cifra mágica de coleccionista en que convierten su existencia.

Porque de lo que se trata, en definitiva, es de vivir lo mejor posible esta incierta vida, que en un abrir y cerrar de ojos puede ponerle fin cualquier desalmado que se cruce en tu camino, y de apreciar, valorar y disfrutar diariamente lo mucho de esas pequeñas cosas que uno tiene.

Sin embargo, me temo que con la perversa y cortoplacista Agenda 2030 que han pergeñado para nuestro futuro más inmediato, y que tan escrupulosamente siguen, estos diabólicos personajes que nos desgobiernan valiéndose de la tiranía ideológica de antaño, y que hoy lucen como una nueva piel de cordero, aquellos mismos que dirigían la distópica sociedad que retrató Orwell, dentro de poco, como digo, no tendremos la tentación de entrar en el «círculo del 99» porque sencillamente seremos más pobres (y muchos menos), aunque, eso sí, como dicen estos tipos, más felices.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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