Una singular anécdota navideña. Por José Antonio Marín Ayala

Una singular anécdota navideña.

“Una singular anécdota navideña es un relato veraz con un protagonista “Terry”, jefe de bomberos y su charla en una gasolinera”

Un relato veraz, un protagonista “Terry”, una gasolinera que digo yo, en ocasiones se puede producir una comunicación más que un “sírvase usted mismo” o dicho de otra forma, es de noche y apetece charlar un poquito.

Una señora mayor, cuyo incidente fue pero que muy bien solventado, gracias a la ayuda inestimable de unos bomberos y un final que provoca unas risas, donde te das cuenta de que el coraje y valentía de los “valerosos” con frecuencia no se tiene en cuenta.

¿Qué si me gustan los cuerpos? ¡Pues claro! ¡Y si son los de bomberos no digamos! importantísimos ¿Verdad?

Una singular anécdota navideña.

Una singular anécdota navideña

Verá usted. Le contaré lo que le ocurrió a un mando de bomberos hace unos años cierto día, uno de esos señalados en el almanaque en el que las gentes disfrutan de las fiestas navideñas, como hasta hace poco hemos hecho nosotros. Se encontraba saliente de guardia; había sido una de esas propias de la fiebre de un sábado noche, con varios contenedores calcinados por jóvenes aburridos de la vida y, todo hay que decirlo, deseosos a la vez de ofrecer a su chica un espectáculo gratuito de luces y colores sirviéndose para tan fin de un puñado de abnegados empleados públicos. Se completó la guardia con unos cuantos solares abandonados, ardiendo en pavesas los arbustos que los poblaban. En esos momentos nuestro mando salía del parque y había parado a repostar combustible en una gasolinera. Este individuo respondía al mote de «El Terry», nombre sonoro y explícito que hacía justicia a su sempiterna tendencia a tomar disgustos y a la terrible faz que resultaba de ello. Algunas malas lenguas, empero, achacaban el alias a la pasión con que degustaba el célebre licor; incluso algunos decían que no era tanto por la bebida en sí como por aquel mensaje publicitario que se hizo famoso en la década de los 60 en el que aparecía una sensual rubia cabalgando a lomos de un impresionante corcel bayo, blanco como la nieve. La dependienta de la gasolinera, una chica joven, se le acercó, y al verle de uniforme en ese día tan especial le dijo con inusitada franqueza:

—Cuando les veo a ustedes me consuela saber que no soy la única pringada que trabaja estos días.

El Terry, que atesoraba ya ocho lustros de dedicación a la bombería, le dijo que cuando tienes un oficio que te gusta con el tiempo terminas acostumbrándote a no darle importancia a si trabajas un lunes, un domingo o un festivo (percepción laboral, empero, que no suele tener en la misma medida su cónyuge, se lo aseguro). La chica pilló la indirecta, y con una mueca de disgusto siguió diciéndole que ese era su último día de dependienta y que se iba al paro, aunque echaba de menos su anterior ocupación, que había sido el cuidado de una anciana. Aprovechó para relatarle un accidente doméstico que tuvo antaño su ama. Cierto día que la señora se movía por su casa trastabilló, cayendo al suelo y rompiéndose la cadera. Este tipo de accidentes domésticos es típico en las personas mayores. Los matasanos incluso afirman que en estos casos el binomio causa-efecto está invertido; es decir, que en vez de ser la caída el origen de la fractura, la rotura ósea suele preceder al desplome del cuerpo debido a que la fortaleza de los huesos se ve mermada tanto por la edad que llega un momento en que no soporta el peso corporal, se rompe y se desmorona todo a merced de la siempre atractiva fuerza gravitatoria. La chica avisó inmediatamente a los servicios sanitarios de urgencias, pero dio la casualidad que se encontraban en otra emergencia médica y les dijeron que todavía tardarían un buen rato en llegar. La señora aullaba de dolor en el suelo y la cuidadora, que no se atrevía a moverla, le sugirió llamar a los bomberos. La anciana, súbitamente y como por ensalmo, acalló, motu proprio, sus bramidos de dolor y con una mala leche que se la pisaba le espetó:

—Ni se te ocurra. Son unos incompetentes.

Llegados a este punto de la narración, le diré que existe una asociación para consumidores especializada en estudios de mercado que se llama GfK Verein. Cada año lleva a cabo una encuesta entre la gente de diferentes países acerca de lo que opinan sobre las profesiones más valoradas por la sociedad. Aunque la de bombero, junto a sanitarios, está usualmente entre las que encabezan el ranquin, este año ha sido la que más en España, con un 97% de aprobación entre los encuestados. La pandemia que estamos sufriendo ha debido de tener algo que ver, aunque los modernos héroes de la sociedad son como los clínex: de usar cuando se necesitan y cuando todo ha pasado, tirar. Como puede usted imaginar, en el lado opuesto de esta lista figuran banqueros y aseguradores, todos ellos caracterizados por sacarnos los cuartos como mejor pueden, y en la cola se sitúan, año tras año, los políticos. Sin embargo, como puede deducir de esta singular y respetable opinión, afable leyente, siempre hay quienes no solo no comparten los gustos de la mayoría, sino que manifiestan su clara antipatía y rechazo a los miembros de este colectivo de tan ancestrales raíces. Es probable que nuestra ciudadana en cuestión haya tenido alguna negativa experiencia vital con algún espécimen de los que pueblan nuestros parques, y haya injustamente generalizado, metiendo a toda la peña en el saco. O quizá la animadversión le venga de esos esclavos nuestros que están siempre obsesionados por mostrar un cuerpo escultural y apareciendo en almanaques que, se lo aseguro por nuestro santo patrón, siempre tienen el noble fin de recaudar algunos euros para los más necesitados.

En este punto del relato nuestro soldado del fuego torció el gesto y le interrumpió:

—Disculpe, ¿Qué dijo exactamente su señora?

La chica, ante esa cara de pocos amigos que ponía el Terry cuando algo lo contrariaba, se puso un tanto colorada, y balbuceando dijo: —Pues…esto…uhm…dijo que eran ustedes unos…in…com…pe…tentes.

Nuestro comehumos relajó el rictus y la tranquilizó, rogándole que no se apurara, que por favor terminara su relato. Continuó diciendo que al cabo de dos interminables horas llegaron por fin los servicios médicos; cuando les dieron el aviso ya se habían olido el percal, pero cuando vieron la papeleta que tenían entre manos, con una señora con un generoso sobrepeso tendido su cuerpo a lo largo y ancho del suelo, fueron ellos los que, paradójicamente, solicitaron al 112 la ayuda de los bomberos para el traslado de la anciana desde el tercer piso donde se encontraba hasta la ambulancia. Una dotación de bomberos apareció a los pocos minutos. Los cinco uniformados matafuegos, como si aquello lo estuvieran haciendo a diario, desplegaron su material sobre el suelo: una tabla rígida de madera con muchos orificios en los lados; un collarín cervical; una férula de goma espuma en forma de U para inmovilizar la cabeza, a la que llamaban «Dama de Elche»; y una larga y ancha cinta de material textil con ramificaciones de varios colores, los cuales indicaban la posición correcta en que debía ser colocada sobre el cuerpo, con los extremos terminados en velcros, a la que mentaban con el sugestivo nombre de «araña». El mando estableció la pauta a seguir y dio las correspondientes órdenes a cada uno de los bomberos. Nuestro mando se colocó por detrás del campo de visión de la señora, abrazando con las palmas de sus manos sus orejas y haciendo una leve tracción hacia atrás de su cabeza. Desde esa posición veía a todos los integrantes. Otro midió con los dedos unidos de la palma de su mano la distancia que separaba la clavícula de la accidentada de la base de su mandíbula, y a continuación cogió el collarín. Reguló la distancia que había medido, se lo puso y lo ajustó firmemente a su mentón. El mando entonces ordenó a tres de ellos ponerse a horcajadas sobre la anciana: a uno de ellos le indicó asir con sus manos sus tobillos; a otro, sus caderas; el tercero hizo lo propio con los hombros; y el cuarto se encargó de coger la tabla. El mando, comprobándolo todo, sería el que iría marcando el ritmo de los movimientos, perfectamente sincronizados, pues es vital en estos politraumatizados no provocar movimientos bruscos que puedan agravar su estado. Todo esto se desarrollaba en el más absoluto silencio, mientras uno de los sanitarios le ponía una vía, a través de la cual le inyectaba un calmante; otro le medía la saturación de oxígeno en la sangre; y el médico le preguntaba por su nombre y otras cosas para saber su estado neurológico. Con el beneplácito del responsable médico, el mando indicó el inicio de la maniobra, que consistía en elevar a la señora del suelo para dejarla encima de la tabla. Cuando comprobó que todos los bomberos estaban en su posición dictó la secuencia: «¿Preparados? Uno, dos, tres, arriba». Todos, como si un solo organismo se tratara, elevaron del suelo, al unísono y de forma rígida, los más de 100 kilos de señora. Así permaneció, como si levitara, unos segundos, hasta que el mando dijo «tabla» y el cuarto bombero deslizó entre ella y el suelo la madera. Entonces volvió a oírse de nuevo al mando: «¿Preparados? Uno, dos, tres, abajo». La maltrecha señora, sin quejarse, volvía a tocar tierra, pero esta vez sobre la tabla. Rápidamente desplegaron a todo lo largo y ancho de su cuerpo serrano, que estaba en decúbito supino, la «araña». Cada uno de los bomberos fue pasando los extremos de colores que estaban a su alcance por los orificios más próximos de la tabla: uno a la altura de los tobillos; otro de la cintura; otro más sobre el torso y un último sobre la frente, donde previamente se había ajustado la cabeza a la Dama de Elche. Fueron tensando suavemente hasta que en un minuto quedó firmemente sujeta a la tabla de madera. El mando volvió a ordenar la correspondiente secuencia, esta vez para el traslado, y todos se dispusieron a coger su parte de la tabla y a bajarla las tres plantas hasta donde estaba la ambulancia.

La chica de la gasolinera decía a nuestro matafuegos que quedó profundamente impresionada de la profesionalidad, el esmero y la rapidez con que se desenvolvieron: movilizaron con una exquisitez y una sincronización perfecta a su señora sin dejar de hablar con ella, siendo conducida de la ambulancia al hospital. Y añadió que fueron ellos los que hicieron todo este trabajo. Los sanitarios se limitaron a ponerle el gotero, controlar la tensión arterial y la saturación de oxígeno en la sangre.

Una vez finalizada su narración nuestro matafuegos se tomó su tiempo para escribir una pequeña nota, tras lo cual se la entregó. Le dijo que si tenía ocasión de ver de nuevo a su antigua ama le diese, de su parte, el mensaje (que la chica leyó) y que decía:

«Estimada señora, permítame que me presente. Soy bombero, y a través de fuentes que considero del todo fidedignas ha llegado a mis oídos una expresión suya que me ha llenado de horror. Me he visto obligado a dirigirle esta misiva como protesta por lo que considero un ultraje; en concreto, sobre el inadecuado término que usted empleó antes de cierta intervención en la que fueron requeridos unos compañeros míos. Dicho esto, espero que se haya repuesto usted completamente del inoportuno accidente que sufrió.

Considerada señora, no es preciso que le recuerde que a usted le asiste, como a cualquier ciudadano, el derecho a opinar acerca de la mejor o peor capacidad profesional que, bajo su criterio, poseemos los miembros de este insigne oficio; de la misma manera puede usted manifestar su parecer sobre la idoneidad, o no, de las medidas correctoras que aplicamos en el desarrollo de nuestras facetas profesionales, que son las emergencias. Pero por Dios, señora mía, afirmar que somos unos “incompetentes” es un injusto epíteto que me duele en el alma. Por si acaso lo desconoce, la Real Academia de la Lengua Española, la que vela por el adecuado uso de nuestro idioma, en una de sus acepciones define el término “competente” como “el ámbito legal de atribuciones que corresponden a una entidad pública”. Debo hacerle notar a este respecto que, además de la extinción de los incendios, el salvamento es una de nuestras prerrogativas más notables. Quiero, por tanto, significarle que en lo relativo al socorro de una persona que necesita ayuda por un accidente, como fue su caso, le aseguro que no somos unos incompetentes: es precisamente una de nuestras competencias profesionales. No obstante, si durante el desarrollo de una intervención el resultado no fuera de su agrado puede usted considerar pertinente lanzar contra nosotros, si se demostrara fehacientemente, claro está, que a usted le asiste la razón, términos tales como ineptos, incapaces, negados, torpes, inútiles o ignorantes, improperios todos ellos congruentes; pero nunca sería adecuado el empleo del vocablo “incompetente”. Así que, por el bien de esta nuestra amada lengua materna, el español, le suplico que en lo sucesivo utilice esta palabra en el contexto apropiado, pues como decía el insigne Mark Twain: “La diferencia entre la palabra justa y la palabra casi justa es la misma que hay entre el relámpago y la luciérnaga”.

Suyo,

El Terry»

La chica se retorcía de la risa y nuestro soldado del fuego se despidió de ella deseándole unas Felices Navidades. Se hallaba ya muy lejos de la gasolinera cuando cayó en la cuenta de que no le había preguntado si la anciana, tras la intervención bomberil que motivó su doloroso percance, seguía manteniendo tan nefasta opinión de nosotros.

Quién sabe…Puede que sí, puede que no…

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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