Nos quieren pobres e idiotas. Por Vicky Bautista Vidal

Nos quieren idiotas. Ilustración de Tano

“Somos unos pobres idiotas. Unos tiernos idiotas, unos inocentes idiotas, impotentes y atemorizados por el sistema que no sabemos cambiar”

 
El cerco se cierra. En dos años de noticias, confinamientos y desorden mundial el bicho tan denostado se acerca al entorno más cercano.
 
Recibo una reflexión por Wasap y la pongo inmediatamente en mi grupo de Facebook referido al tema, ese grupo congelado que no parece ver nadie y que detuvo la entrada de seguidores hace ya más de un año.
 
Inasequible al desaliento, aunque enfadada, continúo yo poniendo todo aquello que me encuentro, a favor o en contra, referido al virus y sus consecuencias.
 
Una larga lista de desapariciones de artículos no me ha afectado nunca y sigo poniendo cosas para dos o tres ojos como máximo: entre los que se encuentran, no lo dudo, los ojos del censor máquina y del humano a sueldo.
 
Cortes de noticias, pero también de opiniones, dan la pauta de lo mucho que asusta a un alguien desconocido que se considere el tema desde diferentes visiones y puntos de vista opuestos.
 
Creo que yo pasé el coronavirus de las primeras, cuando aún no se había descubierto el virus, en noviembre del 19. Recuerdo que me dije: –“Este no es un constipado normal, parece un virus…”–.
 
Me faltaba el aire y pensé en ir a urgencias al día siguiente si seguía notando algo. A trompicones fui recuperando la respiración, lo tomé como una gripe y olvidé la sospecha hasta mucho tiempo después.
 
Inmediatamente comenzaron las mascarillas y las muertes… Entre secuela y secuela llegó el espantoso 8 de marzo.
 
Sospecho después de otro” constipado” que me contagió un familiar infantil cuya duración para ella fue de una semana y para mí de dos meses. La PCR dio negativa en el hospital y los pulmones no estaban afectados según me diagnosticaron. De estas dos experiencias, especialmente de la primera, mi organismo guardó cierta dificultad en la respiración al menor esfuerzo y cansancios extraños. De la segunda, una tos gutural distinta a todas me acompañó durante dos meses yéndose un día de golpe y sin despedirse, lo que agradecí.
 
Pero ya me desviaba del caso. Se me perdone la inclinación a arrojar mis batallitas “covicenses” sobre sus inocentes espaldas, pero es que venía a cuento.
 
La cuestión es que, el escrito que me ha costado que me bloqueen (aún más) y me amenacen duramente con darle matarile a mi humilde cuentecita personal de Facebook, dice verdades como puños: En él, alguien se admira de que la única vacuna que ha exigido confinamiento, mascarilla y alejamiento social, discriminaciones, para al fin, ser hospitalizados, a veces muertos, como cualquier denostado negacionista. Ser además contaminante y sufrir las mismas inseguridades y riesgos que los no vacunados.
 
Por supuesto, no diré públicamente si estoy vacunada o no. Me podrían caer chuzos de punta desde los dos extremos y podría terminar luciendo la “estrella amarilla” de la discriminación proveniente de uno u otro bando.
 
Pero por qué, ya no puedo ni yo ni otros, hablar públicamente de las incongruencias con las que nos abofetean cada día desde algunos medios, y desde la administración, y desde…
 
Y según ellos, todo es por “amor” y preocupación por la humanidad. Es proteccionismo basado en la ignorancia de todos.
 
Ni un avance. Los protocolos no cambian. Los estudios no adelantan, las olas de nuevas cepas ridículamente nombradas se sobreponen unas a otras, así como las “vacunas”; y las multitudes corren en cada una a poner el brazo de ellos y de sus niños: -los que no se contagiaban antes-, por si las moscas. Y resulta que, a esas moscas, les da igual y acuden a la “miel” de cualquier organismo carcajeándose y adhiriéndose como amiguetes beodos a la substancia inyectada.
 
Los que nos “quieren” desde las profundidades, no se cansan de decir que el virus es ahora más contagioso pero menos virulento y que lo de menos virulento (de lo contagioso no dicen nada) resulta del efecto de las dosis repetidas de vacunas y no dicen que el bicho ha mutado y siendo más listo que nosotros, ha decidido que si se carga al portador a la primera se queda sin “chalet” y por lo tanto, las nuevas generaciones empiezan a adaptarse para mantener el cuerpo algo más de tiempo por aquello de la supervivencia.
 
Ante el presente incierto, muchos, en el santuario de la conciencia interior nos haremos la íntima pregunta:
 
–¿somos idiotas o qué?… ¡Sí! pero somos unos pobres idiotas. Unos tiernos idiotas, unos inocentes idiotas, impotentes y atemorizados por el sistema que no sabemos cambiar.
 
Ahora comprendo la necesidad eterna de la humanidad por un avatar. Siempre necesitaremos un “elegido” que sobresalga de la masa asustada o corrompida y tome las riendas para guiar la voluntad común hacia algo mejor: ¡Es nuestro destino!

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales.
Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida.
Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común.
Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden.
La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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