Los calcetines. Por Diego Pardos

Los calcetines. En imagen el ‘calcetín’ de Tàpies.

«El problema de los calcetines es controvertido y no carece de interés»

Al colegio femenino de las Madres Marcelinas de Jesús se entraba por un bonito chaflán abierto a dos calles espaciosas del barrio madrileño de Chamberí. Llevaban allí a sus hijas las familias pudientes que no podían sin embargo pagar el Liceo Italiano, lujo que sí estaba permitido a los Maestre-Fernández. “Nosotros no podemos”, le insistía la señora Gil-Casares a su marido. De modo que las hermanas Durán no pudieron codearse con doña Rita, la que luego sería furibunda concejala del Ayuntamiento de la Villa y Corte y azote de doña Carla Toscano. De todas las hermanas Durán, María era la más rebelde. Salía por las mañanas vestida impecablemente con su uniforme y su maletín de cuadros escoceses lleno de libros y cuadernos donde dibujaba monos y ponía pegatinas de los Hombres G. Era tan fina que en lugar de mochila llevaba maletín (esto fue anterior a su conversión al perroflautismo) y al doblar la esquina de casa se quitaba los calcetines, los guardaba en el bolsillo de su loden y se ponía unas medias. Al entrar en el noble edificio volvía a colocarse los calcetines (porque sor Amparo no pasaba ni una) y al salir, vuelta a empezar con el cambio. En el portal de su casa otra vez a ponerse los calcetines y a esconder las medias en el abrigo. 

 

-Hay que ver lo curiosa que es esta chica -comentaba la señora Gil-Casares a sus amigas-, lleva siempre los calcetines que da gusto de limpios. 

 

El problema de los calcetines es controvertido y no carece de interés. Así, el famoso comunicador faccioso Javier García Isac anda siempre que puede sin ellos y del calcetín hizo negocio y escultura (negoci, en su caso) el artista barcelonés Antonio Tàpies. Ahora la Durán se permite perpetrar unos comentarios en «tuiter» acerca de este complemento, de esta ropa íntima, apoyando a una tal Rocío, la cual descalifica dicha prenda y la considera inapropiada para dormir. En concreto, Rocío vaticina que “no habrá paz para quienes duermen en calcetines”. “No la habrá”, corrobora a su vez la Durán. Y otra Rocío añade por su cuenta: “Qué horror eso, tía”. Lo cual me hace sospechar que quizá bajo la máscara de las rocíos se oculten en realidad las identidades de Juana Belarra e Irene Montero. 

 

He telefoneado por ello a mi amigo Serapio, que vive empecinado en no salir del pueblo y disfruta (cuando no se acuerda de la Von der Leyen y de Moreno Bonilla) con sus tractores, las ovejas y unas pocas gallinas y conejos (sin registrar). Al comentarle el asunto objeto de estas inquietudes he tenido que colgar, pues Serapio, que es de natural bondadoso, ha estallado de indignación exclamando todo tipo de improperios y de insultos y juramentos. Y comprendo a mi amigo. Porque muchos años antes de que naciera la Durán, él ya dormía en colchones de lana, su madre le preparaba la bolsa de agua caliente para los pies y aún así, a la hora de acostarse cambiaba el recio calcetín por otro más suave y confortable comprado por catálogo en la casa Damart. La manta eléctrica siempre le dio miedo, de modo que pasaba con unas convencionales adquiridas en la tienda de paños de Villanueva de la Yunta. Por la mañana, trocaba el pijama por un calzón hasta los tobillos y la camiseta de manga larga y se iba a la escuela para hacerse un hombre de provecho y llegar un día a ser ministro, como el señor Ábalos, o al menos director general de algo. Ni que decir tiene que mi amigo Serapio, que es un tipo decente, no ha llegado a ministro ni a director general, al menos de momento. 

 

Comprendo a mi amigo Serapio. En su infancia tenían en casa una triste estufa de leña que sólo calentaba la salita, pero gracias a la cual comía unas patatas asadas deliciosas y unas castañas humeantes y olorosas. En el colegio también se instaló este instrumento calórico, aunque los chicos de las filas traseras tenían que ponerse la cazadora y los guantes. Las niñas ocupaban los primeros pupitres, como consecuencia de vestigios caducos del machismo imperante en la educación franquista, que aún se resistía a desaparecer. Cuando se hacía humo, se desalojaba el aula, con el natural regocijo de los alumnos. Comprendo a Serapio, porque los vecinos del barrio de Chamberí gozan de una potente calefacción y de fundas nórdicas que han permitido a María Durán renegar de los calcetines y acomodarse en la cama con los pies desnudos. Así cualquiera. 

 

De modo que muy mal. Invito desde esta columna a bloquear y dejar de seguir a esas tales Rocíos, a la Durán y a cuantas personas renieguen de los calcetines. Parece mentira que hayan ido a colegios de pago. Seguro que doña Rita Maestre duerme con unos preciosos chaussettes lilas, como corresponde a una persona civilizada. 

  

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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