Las bondades de las nuevas tecnologías y los libros de papel. Por José Antonio Marín Ayala

Las bondades de las nuevas tecnologías.

El autor, de seudónimo Etons en las redes sociales, un peripatético donde los haya, realiza hoy una paseata por las nuevas tecnologías de la comunicación y esa red de redes que muta cotidianamente, y la velocidad del rayo, en red de mentiras. Para esta ocasión le acompañan sus lecturas, una anécdota personal e Isaac Asimov, el genio de la ciencia ficción y que además fue niño prodigio y uno de los mejores oradores del tiempo que le tocó vivir. Una lectura imprescindible ¿Os animáis a daros un paseo por aquí? Os gustará.

Las nuevas tecnologías y los libros de papel

«Creemos que con las nuevas tecnologías hemos inventado la rueda y esperamos más de 2000 años para que la ciencia bendijera los beneficios de las paseatas»

Es difícil en los tiempos que corren, para bien y para mal, sustraerse al uso de las nuevas tecnologías de la comunicación, especialmente de las llamadas «redes antisociales». Los tuiteros gozan en esta plataforma de un poderoso altavoz donde escupir a su interlocutor soeces dardos lingüísticos que en un cara a cara nunca tendrían los arrestos de lanzar pensando, ingenuamente, en la equívoca impunidad que supone estar al otro lado de la pantalla de un dispositivo electrónico a cientos o miles de kilómetros del prójimo. Quizá por esa conocida sentencia bíblica de que la letra mata, la sociedad de nuestros días, ávida de imágenes, ha catapultado al protagonismo desmedido a los influencers, tomando estos el relevo generacional, que no intelectual, de pensadores y filósofos. Y así, los tiktokers, youtubers e instagramers tienen una fabulosa ventana de oportunidades para abrirse al mundo y mostrarnos el camino de la perfección en la vida, valiéndose para ello de la idílica imagen que proyectan en su día a día (la que, por cierto, más conviene a quienes les pagan), aunque su vida privada sea insulsa, un suplicio o poco digna de emular. Y el acceso a internet permite a cualquiera tener al alcance de su mano todo el saber que desee (aunque hay que ser cauteloso con lo que se consulta, pues bastante de lo que se cuelga tiene escasa o nula verosimilitud), así como infinidad de vídeos, juegos y películas. La «Red de redes», por contra, abre también la puerta a anónimos estafadores y criminales, que se ocultan, como si de un ceniciento lobo se tratara, tras esta poderosa tecnología.

Nuestros ordenadores, sin los cuales poco podríamos hacer en muchos trabajos, son uno de esos artilugios más omnipresentes en nuestra sociedad tecnológica, y aunque fueron desarrollados en aquellos países que invierten en investigación y desarrollo ingentes sumas de dinero, el precursor más antiguo viene de la mano de un español, el mallorquín Ramón Llull. Nuestro religioso inventor floreció en plena Edad Media, y fue en torno a 1300 cuando creó el primer ordenador mecánico a base de palancas y manivelas al que llamó la «máquina lógica», herramienta que fue destinada a servir de ayuda al razonamiento.

Isaac Asimov, el gran divulgador científico y uno de los padres de la ciencia ficción, contaba una anécdota que le acontecía a bordo de un crucero de placer que disfrutaba junto a su esposa, allá por la década de los 70 del siglo pasado. Asimov fue un niño prodigio. En un artículo que publicó en 1964 vaticinó, con medio siglo de antelación, muchos de los avances tecnológicos que hoy son una realidad: las videoconferencias, los coches autónomos, los robots domésticos y el desarrollo de Internet. Fueron más de 400 los libros que escribió sobre casi cualquier rama del conocimiento, entre los que cabe destacar campos tan vastos como la astronomía, química, física, historia y, por lo que más es conocido, ciencia ficción.

Según contaba el afamado y prolífico escritor ruso-americano, un orador iba a dar a bordo la segunda de dos conferencias acerca de las bonanzas del recién comercializado en Estados Unidos «e-book» (digo comercializado, que no inventado, pues ese honor corresponde a una enseñante, escritora e inventora española, la leonesa Ángela Ruiz Robles, la cual tuvo la entereza de no ceder a las presiones de los yanquis de venderles la patente, pensando ingenuamente que nuestros dirigentes españoles la recibirían con los brazos abiertos y no le darían el trato despectivo que habían regalado a ilustres inventores como Isaac Peral, Mónico Sánchez Moreno, Rafael Suñén y tantos otros; que si quieres arroz, Catalina; el invento nunca se materializó en España y los gringos se apropiaron más tarde de la patente por todo el morro). Como decía, el conferenciante iba a dar esta segunda charla, pero tuvo una indisposición y no pudo llevarla a cabo. El día anterior había contado a los presentes los avances acontecidos en las nuevas tecnologías y lo que iba a cambiar nuestros hábitos, especialmente en lo que a la lectura se refiere. Venía dispuesto, pues, a dar en esta segunda conferencia la sentencia de muerte al libro de papel. Los organizadores, sabedores de la presencia en el barco de un eminente dirigente de MENSA, la famosa asociación internacional de superdotados, fundada en 1946, pidieron a Isaac que la impartiera, cosa que aceptó de sumo grado. Asimov era en esos momentos su vicepresidente, y lejos de sentirse orgulloso de esta institución echaba leches de ella, pues consideraba que el elevado coeficiente intelectual de sus taimados miembros no solo no les valía siquiera para gozar de la más mínima oportunidad de sobrevivir un solo día en plena selva sin otro recurso que su inteligencia, como sí lo haría un indígena analfabeto, sino que les permitía catapultarlos por la patilla a los puestos de poder de la sociedad del bienestar que parasitaban. Asimov poseía tan vastos conocimientos en cualquier parcela del saber que no necesitaba prepararse previamente ninguna disertación, daba igual la temática que se le planteara. Sus conferencias eran todo un espectáculo por su claridad, buen humor y rigor. Esta faceta ya la practicaba durante su época de profesor universitario. Se cuenta que cuando en un aula los alumnos prorrumpían en aplausos y vítores es que allí estaba el patillas de Asimov deleitando a la concurrencia. Así que los organizadores del evento le pidieron a Isaac que expusiera al auditorio las bonanzas que abrigada el libro electrónico.

Asimov inició su improvisada perorata pidiendo a los asistentes que se imaginaran por un momento un dispositivo de lectura de textos que podía adquirirse por un precio modesto, razonable; que podía también llevarse cómodamente encima, pues contaba con un peso liviano; que, merced a los avances tecnológicos, era tan sofisticado que el consumo de energía del artilugio era virtualmente cero, por lo que había que despreocuparse de recargarlo en la red eléctrica; que habían conseguido que fuera respetuoso con el medio ambiente, de modo que en su composición solo había sustancias biodegradables procedentes del reciclado de otras; que debido a su robusta construcción podía sufrir caídas en altura considerables, lo que lo dotaba de un IP (Índice de Protección) tan elevado que no sufriría daño aparente alguno tras esta gravitatoria prueba que le impidiera seguir funcionando con normalidad; que admitía cualquier soporte literario, sin importar el tipo y tamaño de la letra, incluso de si llevaba imágenes, gráficos o cualquier otra representación que se quisiera plasmar sobre él; que el leyente podría permitirse volver a cualquier parte del texto cuantas veces quisiera, de manera intuitiva, rápida y sencilla; que la claridad de los caracteres se adecuara automáticamente a la luz ambiental; que el paso de una página a otra se realizara con total naturalidad, sin que tuviera que intervenir botón alguno que pudiera desviar la atención de la lectura; que no precisara de mantenimiento ni actualización de software alguno; que no saliera en la pantalla la molesta publicidad que siempre distrae al leyente; que en el modelo que iba a presentar sus diseñadores habían logrado evitar que se «colgara» por el uso y, por consiguiente, no había que esperar el valioso tiempo muerto necesario para el reseteo que precisan otros artilugios menos evolucionados; y que su vida útil, al margen del deterioro propio del uso, o de aplicarle de manera deliberada «el más terrible de los cuatro elementos de la antigüedad», fuera prácticamente ilimitada, sin que el fabricante pudiera imponer en modo alguno el chip de la obsolescencia programada, tan característico en muchos aparatos electrónicos. El auditorio quedó intrigado ante las bondades que rezumaba esta revolucionaria máquina. Cuando Asimov se dispuso a extraer de una bolsa el artilugio de marras, el auditorio quedó expectante por conocer el nuevo prodigio surgido de las nuevas tecnologías. Asió el dispositivo con la mano, y levantándola en todo lo alto lo anunció: «Señoras y caballeros, tengo el honor de presentarles el libro… de papel».

Ni que decir tiene que en un primer momento la perplejidad se dibujó en las caras de la concurrencia a la que inmediatamente siguió un rosario de risas y una ferviente cantidad de aplausos.

Isaac Asimov

Pero el astuto Asimov, creo que deliberadamente, pasó por alto un importante detalle, y fue el asunto de la «simultaneidad de la lectura», que no facilitaba el libro en papel. Se lo voy a explicar con una anécdota.

Hace unos meses me ocurrió algo verdaderamente chocante. Estaba yo en la cafetería donde acostumbro, saboreando el delicioso elixir negro, corto y cremoso a la vez que leía un libro, cuando se me acercó una señora entrada en años, a la que no conocía de nada, y me dijo:

—Disculpe; el otro día le vi a usted, como de costumbre, paseando y leyendo… pero observé que lo hacía en una tablet.

Me quedé un tanto perplejo, de modo que no supe en esos momentos qué contestar. Debo confesarle que sigo una suerte de rediviva corriente «peripatética», tendencia social minoritaria caracterizada por cosas tan poco comunes como leer, meditar, escribir, pasear, y, ¡ojo!, todo a un mismo tiempo. A pesar del notable parecido, le ruego que no confunda esta palabra con «patética», que se define como aquella situación que conmueve o impresiona mucho. Este último término proviene de la palabra latina «pathetĭcus», y esta a su vez del griego «pathētikos», que se puede descomponer a su vez en «pathos» (emoción, sentimiento, enfermedad), y el sufijo -ικο (relacionado con). Peripatético, en cambio, es un término que procede de «peripatos», palabra griega que significa paseo. Se llamaba «peripatoi», o peripatéticos, a los seguidores de Aristóteles, los cuales tenían por ocupación diaria andar, pensar y leer bajo los arcos y soportales del Liceo, en Atenas.

Y mire usted de nuevo cómo son las cosas. Creemos que en esta época de tecnología hemos inventado la rueda y no es así. Hemos tenido que esperar más de 2000 años para que la diosa ciencia ahora nos diga, y nos bendiga, acerca de los innumerables beneficios que tiene para nuestra salud las paseatas, como las que llevaban a cabo a diario los discípulos de Aristóteles en la Academia por él fundada. Y digo paseata, que no caminata, porque, como recordaba el poeta a aquel que la practica, esta última es una marcha ciega hacia delante, sin mirar atrás y sin retorno posible:

«Caminante no hay camino,

Se hace camino al andar.

Al andar se hace camino

Y al volver la vista atrás

Se ve la senda que nunca

Se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino,

Sino estelas en la mar».

Por contra, tras una paseata uno vuelve al lugar del que partió. Por esa razón, creo yo, viene a llamarse así «La Paseata», esta exitosa revista virtual donde se publican opiniones y ensayos, como este, conducida con maestría por don Manuel Artero. En este escenario virtual sus colaboradores gozan de entera libertad en el recreo intelectual del mundo que nos rodea, tras el cual siempre les trae de vuelta a sus orígenes o raíces, que no son otros que el ejercicio del sentido común en las cosas del mundo y de sus gentes.

Y como esta disertación pretende ser un género de panegírico a la paseata, fíjese que descarto deliberadamente un tipo de actividad física que de un tiempo acá es trending topic: correr. Digamos que esto es harina de otro costal: es más lesiva, se presenta harto difícil compaginarla con la lectura y la escritura y está poco acorde con nuestra evolución como especie. Y sobre esto último quisiera hacerle una aclaración. El profesor en biología evolutiva humana, Daniel E. Lieberman, catedrático de Ciencias Biológicas en la Universidad de Harvard, en su ensayo «Ejercicio. Cómo es que nunca evolucionamos para hacer ejercicio. Por qué es saludable y qué debemos hacer», nos dice que «la evolución nos ha enseñado que es mejor andar, y que no hay que practicar esfuerzos intensos si no es necesario, ya que consumimos mucha energía […] Si la evolución fuera un ser vivo que pudiera contemplarnos corriendo por las calles, sin aparente necesidad, se quedaría de piedra. Pensaría que estaríamos locos por destruir lo que ella ha tardado millones de años en crear. La evolución no nos hizo humanos para correr, sino para andar […] Estamos adaptados para realizar mucha actividad física ligera, una cantidad razonable de actividad física moderada y, ocasionalmente, una intensa actividad física».

Recuerdo a este respecto un ensayo de Asimov en el que comparaba la esperanza de vida de distintas especies animales en base al total de latidos de su corazón durante su existencia. Si resultara cierto que nacemos predispuestos con un determinado número de contracciones sistólicas y diastólicas de nuestro musculado motor, resultaría perturbador pensar que acelerar este órgano vital innecesariamente podría menoscabar nuestra preciada longevidad (piense por un momento en el estrés que sufrimos a veces en nuestra actividad diaria, o en la extendida práctica del exigente running, donde pueden llegar a alcanzarse los 160 latidos por minuto). «Debemos ser compasivos y reconocer que hemos creado un mundo moderno muy extraño que nos obliga a elegir hacer todo tipo de cosas, como el ejercicio, que son contrainstintivas», afirma sorprendentemente, y con rotundidad, Lieberman. Aunque, por el contrario, resulta más que evidente que plantearse estar echados en el sofá a todas horas no haría más que llamar a la puerta de nuestra salud a numerosas enfermedades relacionadas con el sedentarismo. Lieberman defiende pequeños actos para mantenerse activo, como dar unos 10.000 pasos diarios (unos ocho kilómetros); o no permanecer sentado más de 45 minutos seguidos. Lo importante para nuestro experto es estar activos, más que hacer ejercicio. Nuestro biólogo evolutivo de cabecera ha visitado muchas tribus de cazadores recolectores que todavía hay y nos sugiere que echemos la vista a su día a día. Tienen una forma física saludable, a pesar de que pasan gran parte del día descansando: sentados, echados en hamacas o en cuclillas. Sin embargo, las largas paseatas que se dan para conseguir el sustento diario los mantienen en forma.

Además, ahora que tan empeñados están estos de la Agenda 20/30 en combatir el cambio climático reduciendo los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera (y por eso nos van a meter por narices los caros coches eléctricos), sepa que cada ser humano exhala a diario algo más de un kilo de este gas de poderoso efecto invernadero. Como somos unos 7.700 millones de personas, solo en la respiración humana se lanza a la atmósfera la respetable cifra de ocho millones de toneladas de dióxido de carbono al día. Imagine ahora esa cantidad aumentada considerablemente por esa obsesión nuestra de hacer un ejercicio exigente, bien para mantener una silueta esbelta, para jugar un partido de fútbol o para batir un récord de atletismo, con su correspondiente energía empleada (que hay que reponer de los limitados recursos naturales) junto a una agitada respiración. Así que aunque solo fuera por la sostenibilidad del planeta deberíamos pensar en muchos de estos sobresfuerzos humanos. (Bueno, en realidad los de la Agenda 20/30 ya piensan en ello, de tal manera que los devastadores efectos que está teniendo la pandemia sobre la población no parece precisamente que sean un obstáculo para los planes que tienen de reducir el desbocado crecimiento demográfico mundial).

Pero volvamos a la cuestión peripatética. Por si acaso en estos momentos le estuviera a usted asaltando la perversa idea de que por fuerza ha debido de interponerse en mi camino algún obstáculo no deseado durante mis largas paseatas lectoras, he de reconocer que sí, pero le confieso que el beneficio que obtengo de tan saludable actividad hace que merezca, y mucho, la pena correr ese riesgo. En algunas ocasiones ha sido ese grisáceo banco de piedra (quién diablos lo habrá puesto ahí) camuflado en el paisaje urbano el que ha tropezado de manera dolorosa con mi espinilla; mientras que en otras ha sido el codo homicida del prójimo con el que me he cruzado, desplegado de su torso como un resorte hacia mi persona por su perverso portador justo en el momento de nuestro encuentro, lo que en más de una ocasión casi me ha llegado a desestabilizar por completo. Y lo más grave de este tipo de especímenes es que las más de las veces esta forma de acoso ha sido con alevosía, malafollá y, por supuesto, sin mirar atrás ni pedir disculpas. Pero, en cierto modo, esta suerte de actitud redentora que algunos ejercen, motu proprio, sobre ciertos comportamientos del prójimo es hasta cierto punto entendible, pues cualquiera que me vea pasear por los mundos de Dios de esta guisa en modo alguno pensará que estoy exprimiendo mis neuronas para sacar de ellas algo de provecho con que entretener al posible leyente, sino que debo parecerle un bala perdida enganchado a todas horas a uno de esos videojuegos violentos, u otra cosa peor.

Continuó la señora su observación hacia mi persona diciéndome:

—Es que como usted siempre va leyendo libros de papel pensé que había abandonado esa tradicional forma de lectura en favor de las nuevas tecnologías.

Tras unos segundos de cierta confusión, al fin reaccioné:

—Señora, no se apure; mientras paseo sigo manteniendo la noble afición de leer libros en formato papel. Pero es que… verá, llevo ahora mismo en danza cinco de ellos y no me manejo bien con todos en las manos, por lo que he recurrido, de manera transitoria y provisional, a la comodidad que supone tenerlos en formato digital, de tal modo que me permito saltar de uno a otro valiéndome de la socorrida tablet… Debo confesarle que hago mía la cualificada opinión de Ray Bradbury de que «respirar el polvo de los libros es como inhalar el mejor polen del mundo, aquel que desencadena maravillosas alergias literarias».

Tras revelar en su rostro una extraña expresión de asombro, no exenta de cierto escepticismo, se largó de allí, aunque creo que esta explicación la satisfizo…

Así que, ya sabe, si se topa usted con alguien que siempre va paseando pegado a un móvil, ojeándolo y tecleándolo compulsivamente, sepa que se trata de un servidor, que hace de las bondades de las nuevas tecnologías su instrumento favorito para escribir pequeñas historias… como esta.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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1 comentario

  1. Magnífico artículo.
    Como siempre un didáctico y buen humorado paseo.
    💯💯💯

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