Aquí nos preocupa poder seguir trabajando y viviendo. Por Gusarapo

Aquí nos preocupa poder seguir trabajando y viviendo. Pastor y Ermita de Herrera. Lienzo de Antonio Varas

«Aquí, vivimos en, de y por el campo mucha gente, tipos variopintos, de muchos oficios y nos preocupa poder seguir trabajando y viviendo»

Hace unos días, adquirí dos volúmenes de una serie que trata sobre la vida de mi ciudad a lo largo del siglo XX. El tercero aún no ha sido publicado y ya estoy deseando leerlo.

El autor, hoy jubilado, tuvo una importante relevancia política en la ciudad, en los inicios de la democracia. Este caballero y quien esto escribe, estamos muy alejados ideológica y políticamente. Podría afirmar que nuestras posiciones son opuestas, pero considero que seguramente algún punto de encuentro seríamos capaces de encontrar.

Admiro y respeto a este señor. Pese a nuestras diferencias, le admiro, pues desde su perspectiva y sus ideas actuó por el interés de la ciudad, y por otra parte, ha realizado, al publicar estos libros, un trabajo encomiable. Las discrepancias políticas nunca deberían velar, enturbiar, u opacar las virtudes y la valía de nadie. Sin embargo, en los últimos años, muchos aprovechan cualquier nimiedad personal, de comportamiento o rasgo físico, para criticar y burlarse del oponente, como si un peinado, unos pantalones o un lunar en la mejilla fueran a convertirle en mejor o peor persona.

Son los actos y no las apariencias los que deberían ser valorados, pero entonces la mitad o más de los revuelos que se forman en las redes sociales desaparecerían, y a eso muchos no están dispuestos. Menudo aburrimiento.

Pero una cosa es la ironía o el sarcasmo, y otra muy diferente, la mala baba.

Y tal vez ese sea el fondo de la cuestión, el aburrimiento, que sumado a los prejuicios y muchas veces a la ignorancia, componen una mezcla explosiva capaz de organizar un gran revuelo. Y no podemos dejar de tener en cuenta a la manipulación, tan actual hoy en día, que puede conseguir llevar a la gente por insospechados vericuetos, despistando al personal de lo verdaderamente importante.En uno de esos libros hay un párrafo curioso, unas palabras pronunciadas por el Doctor D. Filiberto Villalobos el dos de septiembre de mil novecientos treinta y cuatro en un homenaje a D. Melquiades Álvarez, que fue Presidente del Congreso de los Diputados.«A los dos años de la República, los cuarenta y nueve señores grandes propietarios de la provincia de Salamanca, que tenían ochocientas setenta y cinco dehesas y más de cincuenta pueblos de señorío, siguen teniendo ochocientas setenta y cinco dehesas y los cincuenta pueblos de señorío, y esos grandes señores siguen también cobrando las mismas rentas que cobraban antes del doce de abril.«No sé si efectivamente eran cuarenta y nueve o cien las familias que poseían las fincas salmantinas, pero tengo por seguro que si los campos adehesados de mi provincia siguen ahí, es en gran medida gracias a ellos, y exactamente igual el resto de los que podemos ver en Toledo, Cáceres, Córdoba, Huelva… Podrá gustar más o gustará menos, pero es así.

Y la gran mayoría de esos propietarios no se mancharon las manos ni con el barro de la tierra ni con la sangre del ganado. Por el contrario, se mancharon y mucho, y bregaron lo que hoy en día pocos pueden imaginar, y sudaron y lloraron muchos otros que trabajaron para ellos, y por malos o buenos que fueran esos señoritos, les dieron la posibilidad de ganarse el pan, unas veces con empleo y otras con arrendamientos.

Toda la vida hubo ricos y pobres, cómo se dice por aquí, siempre hubo quien comió filetes y quien no comió más que huevos, y así seguirá siendo, porque por más revoluciones que haya, y expropiaciones e incautaciones, unos siempre están arriba y otros siempre están abajo.

La Revolución Rusa se llevó a cabo gracias a los campesinos, sin ellos no hubiera sido posible. Querían el reparto de la tierra, de los grandes latifundios, ser propietarios de los campos que trabajaban, y lo que consiguieron fue seguir siendo trabajadores de otros jefes, más déspotas, más tiranos, más cínicos y más crueles. Y aquellos campos fueron transformados.

El campo español es muy heterogéneo en cuanto a la tenencia de la tierra y a las personas que en el viven y trabajan.Pequeños propietarios que trabajan con denuedo y grandes propietarios que viven de las rentas. Ganaderos sin tierra y grandes ganaderos que gestionan con excelencia y dan empleo a varios trabajadores. Personas que no se quitan el buzo en quince horas y personas que visten de maniquí unos pocos domingos al año. Y todos son campo, todos forman parte del paisaje, todos contribuyen a su mantenimiento, su belleza y su riqueza.

Conozco a gente que tiene arrendadas mil hectáreas y pudiendo, no compran ninguna.

Conozco a personas que son propietarios de veinte hectáreas y matarían por poder comprar otras veinte.

Hay quien vive recolectando lechugas y desearía no volver a ver ni una hoja de ellas en un plato, y hay quien no puede respirar si no está metido entre las ovejas de una piara.

Exactamente igual que los oficinistas, los policías, los mecánicos, los dependientes y comerciantes, los carniceros, los electricistas, los marinos… ¿Y alguien habla de cómo visten o cómo viven todos ellos?

Algo que no comprenden la mayoría de los burócratas europeos cuando algunos agricultores y ganaderos españoles nos ponemos a las normas que nos imponen, es que España, el campo español, poco tiene que ver con la mayoría de Europa.

Nuestros usos, costumbres y tenencia nos permiten mostrar orgullosos una espectacular riqueza vegetal y faunística que en otros países destruyeron y/o esquilmaron, directa o indirectamente.

No comprenden nuestra relación con la tierra, no comprenden que nuestros animales comen bajo nuestros árboles, porque nuestras encinas, robles y alcornoques no son abetos, pinos o alerces plantados a marco real. No comprenden que no tenemos su lluvia, que el sol que disfrutan en nuestras playas tan pronto nos da la vida como nos la quita en nuestros campos de cereal. Que sus avutardas nos arruinan la cosecha en veinticuatro horas, pero aún así, siempre ha habido avutardas, porque siempre alguno, aquí, también las ha considerado suyas.

Y que ellos no lo entiendan no debería extrañarnos, al fin y al cabo conocen lo que conocen, y pocos de nuestros políticos se han empeñado en explicarles la realidad y en convencerles de sus errores, pero más lamentable es que aquí, en España, muchos tampoco lo entiendan.

No me canso de decirlo, bueno, tal vez sí, a ratos, pero tengo que seguir insistiendo, por mí y por otros muchos. Aquí, vivimos en, de y por el campo mucha gente, tipos variopintos, de muchos oficios, mecánicos, panaderos, guardeses, peones, tractoristas, caballistas, cazadores, recolectores de setas y bayas, carpinteros, cerrajeros, rehaleros y monteros, ojeadores, pastores, matarifes, carniceros, pescaderos, comerciantes, veterinarios, maestros, electricistas, capadores, herradores, talabarteros, leñadores y carboneros, hosteleros…

¿Tienen idea de el dinero que se puede generar en una montería? ¿Cuántas personas pueden vivir durante muchos meses del trabajo que realizan en unos pocos?

¿Tienen idea de cuántas personas se dedican a recolectar fresas? ¿Cuántos cultivadores de fresa hay? Porque una cosa es cultivar la planta y dar empleo a miles de personas, y otra venir a recogerla, pero sin unos no hay otros, y viceversa. Aquí no nos preocupa si mi amigo Francisco se pasa diez horas en el tractor vistiendo ropa de marca, porque le gusta, porque le apetece y porque puede. O si mi vecino Juan se sienta sobre una piedra en un cortado, en una fría tarde de enero, cubierto con una zamarra que se podría decir que ya era vieja y estaba sucia cuando él nació, para observar cómo van careadas mis ovejas. Aquí nos preocupa poder seguir trabajando y viviendo.

A quien esto suscribe también le preocupa poder ver cada día al atardecer, el bando de milanos negros que acuden a pasar la noche en los chopos del otro lado del río. Caminar entrada la noche con un cabrito recién nacido en cada mano, envuelto en el ulular de las lechuzas. Contemplar la salida del sol en cada amanecer y que el relente me empape el rostro. Disfrutar viendo nacer los terneros en la hierba que sembré.

Para terminar, sólo decir, que al autor de esos dos libros, un oponente político, a quien un servidor votó en su momento, le impidió distribuir otro libro, un tratado sobre un monumento de la ciudad, por el mero hecho de ser contrincantes ideológicos. Y esto, estas cosas, son lo que debería ser noticia, la mordaza a la libertad.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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