Algo falla en el futuro inmediato que imponen los políticos. Por Gusarapo

Algo falla en el futuro inmediato al que nos llevan los políticos. MERCADO DE ABASTOS CADIZ. Fotografía de Cristóbal Trujillo

«Nuestras autoridades se empecinan en continuar en esta senda. Pobreza alimentaria, pobreza energética, pobreza cultural… Algo falla»

El pescado se transportaba en cajas de madera rectangulares, de tablas, de un metro o más de largo, bajas, de unos cuatro dedos de altas, y con unas cuerdas de esparto en cada uno de los extremos estrechos, formando asas para poder coger dichas cajas.

Sobre el pescado, abundante hielo picado. Las cajas se llevaban y traían en furgonetas que no eran isotermas y sin frío, tan sólo con hielo, hielo que se elaboraba a diario, en forma de barras, en las fábricas de hielo.

Las cajas se apilaban una sobre otra y eran arrastradas por los mozos, mediante unos grandes ganchos de hierro, por el suelo.

Ya en la pescadería, el pescado era colocado con esmero, en mostradores de obra, sobre hojas de helecho y hielo picado. En muchas pescaderías no había cámara frigorífica, como mucho una fresquera en la que se apilaba hielo a diario. Donde había hielo. Si no lo había, o se vendía o se estropeaba en dos días, y quien lo compraba, o lo consumía al momento o lo escabechaba.

Siglos de salazones y escabeches. Qué buenos los escabeches.

Esto sucedía con el pescado de mar. Una mar bastante lejana, a muchas horas de viaje por carreteras que hoy parecerían impracticables para la juventud.

Las mujeres de los pescadores de río acudían cada mañana al mercado con el género dentro de cubos llenos de agua. Muchos peces se vendían vivos. Y cangrejos. Y también solían vender «maruja«, recolectada en los arroyos que vertían sus aguas en el río.

Alrededor de la ciudad había huertas feraces que proveían de verdura a los habitantes de la ciudad. Las verduleras llevaban sus productos al mercado en unas carretas largas de tipo plataforma y ocupaban la planta baja, por aquel entonces sombría y húmeda. El género ofertado estaba recién recolectado.

Para lo que venía de fuera, las fruterías. Aquí sólo había producto autóctono variado en tiempo bueno, en el resto, repollo, nabo, coliflor, berza, zanahoria, acelga, cebolla y puerro. Poco más.

Junto a las verduras, compartiendo espacio, los despojos y entrañas, la casquería. Bofes y coradas, gorjas y corazones, manos y sesos, asaduras y morcillas, colgaban de ganchos prendidos en barras de pletina sujetas al techo sobre el mostrador. Los callos en barreños llenos de agua.

La limpieza siempre a base un caldero, un trapo que por aquí llamaban «rodillo», una porción de jabón casero, y mucho brazo.

Con la carne las cosas eran parecidas. En el matadero se colgaban las reses por las patas traseras de unas grandes perchas de palastro, y así se desollaban y vaciaban las canales.

En algunos pueblos se desollaban directamente en el suelo.

Luego, en la carnicería, las piezas se colgaban de igual manera que las entrañas o se colocaban sobre una mesa. Exactamente igual que se sigue haciendo en países menos desarrollados que el nuestro.

Empezaban a verse vitrinas frigoríficas expositoras. Las cámaras frigoríficas eran de obra y tenían grandes y gruesas puertas con enormes cierres y bisagras.

En las casas, pequeños frigoríficos con congeladores como cajas de zapatos. Algún gran afortunado, uno de esos americanos de importación.

Un conocido mío, huevero, se arruinó al fallarle la cámara frigorífica de almacenaje de huevos y no haber otra a la que llevarlos.

Recuerdo a un chaval que vino a estudiar al colegio, interno, que nunca había visto y menos aún, comido, un helado.

Algún paisano se acercaba al mercado con pollos, patos, gallinas y pavos. Atados por las patas unos a otros, y los depositaban en el suelo, en un rincón, a dos lados, para ser vistos.

Estos animales se vendían así, en vivo, pero si se hacía necesario, el artista agarraba la pieza elegida, se arrimaba a una alcantarilla, y le metía la navaja. Era habitual salir de casa provisto de navaja.

Todo esto era lo que ahora se conoce como comercio de proximidad, y era muy fresco, porque no quedaba otra que el que lo fuera.

En los mercados de los pueblos, los mercadillos modernos, los productores de quesos, aceites y embutidos ofrecían sus productos libremente.

También existía mucho negocio de reparación. Se reparaba todo. Casi todo era reparable y reutilizable. Había zapateros que remendaban, cosían y pegaban piezas, tacones y suelas. Había hojalateros, relojeros, caldereros, carpinteros… Había mucho trabajo si se quería trabajar.

Luego vino la modernidad, los adelantos técnicos, la tecnología del frío, la conservación, de golpe, y todo cambió.Tenía que cambiar, era necesario, más que necesario, imprescindible, pero en poco tiempo se reconvirtió todo. Fue en un abrir y cerrar de ojos, de un día para otro.

Los productos podían viajar y recorrer largas distancias, podían almacenarse y congelarse por periodos muy amplios, el comercio internacional creció, y el sistema productivo y comercial español se resintió y transformó.

Y ahora, cuando ya no se pueden vender libremente ni huevos, ni chorizos, ni lechugas, y todo se ha empapado de sostenibilidad y resiliencia, nuestros amados líderes fomentan la venta de productos hortícolas de los nuevos huertos familiares que se están construyendo, con jugosos fondos europeos, en las afueras de las ciudades para uso particular previa solicitud y autorización. Venta directa por particulares, en detrimento y en competencia desleal con quienes pagan impuestos por su actividad. Pero es lo que mola, lo natural y ecológico. Lo de hace unos años lo era, y no nos costaba dinero. Qué cosas.

Y nuestros líderes reconvierten la idea del comercio de proximidad y se sacan de la manga el «de la granja a la mesa«, el «farm to fork«, la política del «green deal» europeo. Treinta años les ha llevado darse cuenta de lo que había y funcionaba.

La Universidad holandesa de Wageningen ha publicado un informe que valora el impacto de los objetivos del «green deal» europeo sobre la producción europea de alimentos y la reducción del uso de fertilizantes y pesticidas.

Algunas asociaciones y organizaciones han concluido en base a este estudio que en Europa se reducirá la producción agropecuaria:

Se reducirán los ingresos netos de los productores europeos. Se reducirá la disponibilidad de nutrientes en el suelo. Se reducirá la capacidad de producción de abonos de síntesis. Se incrementarán los precios de los alimentos en los puntos de venta para los consumidores. Se producirán alimentos en países terceros en detrimento de los locales, aumentando las importaciones y disminuyendo las exportaciones. Se incrementarán los riesgos de escasez y falta de suministros. Se producirá una disminución de empleos en el sector agropecuario y probablemente también en el agroalimentario, además de incrementarse el éxodo rural.

Conclusiones coincidentes con la opinión que desde hace tiempo mantenemos muchos agricultores y ganaderos. No es el primer estudio de este tipo, ni será el último, pero por alguna razón ha logrado llamar la atención de algún sector importante.

Se empieza a tomar conciencia del futuro inmediato, de lo que viene, de hacia donde nos llevan los políticos. Un futuro poco halagüeño para un amplio porcentaje de consumidores europeos, consumidores que no son sino ciudadanos.

Si a esto añadimos la escalada de precios de la energía, los impuestos a las emisiones de CO2, las tensiones que provocarán las políticas de transformación del sistema productivo industrial y del transporte por carretera, como consecuencia de las políticas energéticas y ambientalistas europeas, el futuro no pinta nada bien para las clases medias.

La Unión Europea, el conjunto de sus países, generan la mitad de las emisiones que generan los Estados Unidos y una quinta parte de las de la República Popular de China. La reducción de nuestras emisiones equivale a un chupito en el océano.

Somos importadores de soja y maíz transgénico que utilizamos para alimentar a los animales que consumimos. Soja y maíz que además son tratados con pesticidas que se sabe son muy dañinos para el medio ambiente y para nosotros mismos.

Somos importadores de productos agrícolas e industriales que han sido producidos por personas que trabajan en condiciones deplorables. Pero nos autoproclamamos contrarios a la esclavitud. Tal vez si viviéramos como esas personas que ganan un dólar al día a cambio de quince horas de trabajo, sabríamos que para ser esclavo no hace falta llevar grilletes.

Somos importadores de productos agrícolas y ganaderos cultivados y  alimentados con sustancias prohibidas en nuestro territorio. 

Y resulta que nuestras autoridades se empecinan en continuar en esta senda.

Pobreza alimentaria, pobreza energética, pobreza de movilidad, pobreza cultural…

Algo falla.

Algo falla.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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