El diablo no necesita cuernos. Por Fernando M. Gracia 

El diablo no necesita cuernos.

«Si yo fuera el diablo en el siglo XXI, no andaría con tridente ni con azufre. Me sentaría en tertulias televisivas y me colaría en los libros de texto»

Si yo fuera el diablo en el siglo XXI, no andaría con tridente ni con azufre. Me vestiría de algoritmo, de trending topic, de progreso. Me sentaría en tertulias televisivas y me colaría en los libros de texto. No gritaría ni tentaría con promesas burdas, bastaría con susurrar haz lo que quieras. 

Ya no hace falta amenazar con el infierno. Hoy basta con ofrecer una distracción constante. ¿Para qué pensar, si puedes deslizar el dedo y seguir tragando píxeles? ¿Para qué sufrir el silencio, si Alexa siempre tiene algo que decir? El alma no se pierde por un gran pecado, sino por mil concesiones mínimas. El mal moderno no grita, seduce. 

Primero vaciaría las palabras: “verdad”, “libertad”, “hombre”, “mujer”, “justicia”… Todas arrastradas al fango del relativismo. Luego las redefiniría. Una vez roto el lenguaje, destruir la realidad sería solo cuestión de tiempo. 

Al individuo lo convertiría en consumidor, de cuerpos, de ideas, de causas. Que milite, que proteste, pero sin propósito. Que arda en indignaciones programadas mientras los poderosos diseñan su jaula. Y que la llame “libertad”. 

A la familia la señalaría como una reliquia opresiva. A los padres les pondría pantallas entre sus hijos. Al amor le robaría el compromiso; al compromiso, el sentido. Que nadie pertenezca a nadie. Que todos estén solos. Un alma sin raíces es más fácil de arrancar. 

Y entonces, sembraría desprecio por la maternidad, burla por la paternidad, y pánico ante la idea de tener hijos. Les convencería de que el mayor logro es vivir para uno mismo, sin herencia, sin futuro, sin huella. Les haría creer que la natalidad es un problema, no una esperanza. Y mientras celebran su libertad estéril, el mundo se vacía en silencio. Sin que nadie repare en ello. 

¿Religión? Que se tolere, sí, como se tolera una superstición pintoresca. Pero que no moleste, que no aspire a la verdad. Que se convierta en espectáculo vacío, en espiritualidad de supermercado. Porque una fe sin trascendencia es solo teatro. 

¿Educación? La reduciría a adiestramiento, competencias, protocolos, metodologías… todo menos verdad, todo menos virtud. En fin… Que el alumno no se pregunte quién es, sino cuánto vale. ¿Valores? ¿Qué valores? Que el maestro no forme, sino que gestione y guarde. 

Al final, me infiltraría entre los justos. Sembraría en ellos la soberbia. Haría que el bien se volviera arrogante, y el mal se vistiera de víctima. Porque el mayor triunfo del diablo no es ser temido, sino ser ignorado. O peor aún, ser imitado sin que nadie lo note.  

Y no me dejan, me lo piden. Sin valores lo tengo fácil. 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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