
«La última producción de Goya sería muy provechosa para que los ilustrados franceses añadieran más párrafos a nuestra ya nutrida Leyenda Negra»
El escritor y ensayista español Alberto Gil Ibáñez, autor de «La Leyenda Negra. Historia del odio a España», explica en este trabajo las razones por las que esta lacra que arrastramos durante tantos siglos ha pervivido en el tiempo:
«Ciertamente cuando alguien comienza a destacar en algún ámbito de la vida —sea político, social o económico— o amenaza con dominar un mercado o un sector, sus competidores o perjudicados tratan de contraatacar, incluyendo las consabidas campañas de desprestigio. España fue al menos durante siglo y medio (desde 1492 hasta la batalla de Rocroy, en 1643, incluso hasta 1820 que perdimos las “Españas de América”) el enemigo a batir. Es lógico, por tanto, que las potencias que se sentían amenazadas reaccionaran; y de hecho la guerra cultural siempre ha acompañado a la guerra convencional».
Si tuviéramos que definir las herramientas más importantes de las que se valieron estos desalmados para desprestigiar al Imperio Español, al menos cuatro elementos hacen del relato hispanófobo el más agresivo y duradero de la Historia. Como bien apunta Gil Ibáñez, el primero de ellos sería la aparición de la imprenta y la consolidación de los servicios secretos profesionales:
«La imprenta dio mayor fuerza al panfleto y a la manipulación de la información, hasta el punto de que todavía hoy “nuestros” libros de texto consideran este hecho el desencadenante de la Edad Moderna, en lugar de la “conexión” con América (un nombre por cierto que no pusimos nosotros, ¿por qué será?), políticamente mucho más relevante. En segundo lugar, la amenaza que España representaba era la mayor conocida hasta entonces porque nadie antes había podido aspirar razonablemente a dominar el planeta; se hablaba con naturalidad de “monarquía universal” (Tomasso Campanella), España dominaba los mares con su Armada y la tierra con sus temibles Tercios, y los recursos que potencialmente podría obtener del “Nuevo Mundo” se aventuraban inagotables (aunque en realidad no lo fueran y acabaran gran parte en manos de los corsarios ingleses y banqueros holandeses). En tercer lugar, se trataba de un conflicto ideológico entre la hispanidad, compuesta por el liberalismo de la Escuela de Salamanca y la doctrina social de la Iglesia, y la ideología protestante que sostenía el liberalismo británico de carácter individual; obviamente solo podía quedar uno, y ganaron ellos. Por último, la Leyenda Negra Antiespañola ha sido la más duradera porque pronto las otras potencias se dieron cuenta de que servía estupendamente como gran pantalla de distracción, propia de trileros, para que nadie hablara de sus propias fechorías y crueldades, estas sí reales y mucho más terribles. ¿Por qué apenas oímos de la leyenda negra británica, francesa, o norteamericana? ¿Y otras han pasado rápidamente al olvido?»
Como hemos podido constatar en los anteriores capítulos, el Imperio Español recibió puñaladas del Humanismo italiano, y aun así las soportó sin inmutarse; también sobrevivió a las falsedades vertidas por el protestantismo holandés y alemán; ni tan siquiera hizo mella alguna en su estructura política los furibundos ataques anglicanos contra la Monarquía Española; pero lo que verdaderamente socavó los cimientos del Imperio Español fue la campaña intelectual de destrucción planificada que le propinaron los acomodados “hombres nuevos” surgidos de la Ilustración francesa, como tuvimos ocasión de estudiar anteriormente.
Tras la Guerra de los Siete Años, acontecida entre principios de 1756 y finales de 1763, en la que Francia pierde definitivamente su querida Nueva Francia, los territorios coloniales de Norteamérica, la única posesión gala con la que podía ocupar un lugar en el sol, pues siempre estuvo a la sombra de aquel formidable imperio en el que nunca se ponía y que lindaba, para más inri, con sus fronteras, obligó a los francos a hacer de tripas corazón y les arrastró a poner en marcha todos los resortes ilegales, habidos y por haber, así como su maquiavélica y sanguinaria maquinaria estatal, para acabar con su mortal enemigo de una vez por todas.
Los taimados ilustrados galos transitarían durante todo el siglo XVIII inventándose un relato que justificara que ellos son más inteligentes, más civilizados y, por qué no, más guapos que los españoles. Montesquieu, en «Del espíritu de las leyes», basándose en consideraciones geográficas, quizá de corte meteorológico o incluso puede que también sobre un prematuro cambio climático (¿Quién sabe?; igual era un visionario, al estilo de su compadre Nostradamus), se queda tan pancho cuando afirma que en los países cálidos se genera una natural predisposición hacia la esclavitud, mientras que el espíritu de la libertad florece en el frío y el hielo (Ja, ja, ja… ¡Qué risa tía Felisa!). Claro hombre, como si los vikingos, de los que ellos descienden, no hubieran practicado a lo largo de su historia el ancestral arte de someter a los que consideraban inferiores. Además, ya hemos tenido ocasión de comprobar cómo respetaban la libertad de sus súbditos más rebelados estos norteños en nombre del luteranismo o del anglicanismo). Sigue diciendo este ilustrado que la prueba definitiva de que los españoles habían degenerado era que habían mezclado su sangre con razas inferiores, como los indios americanos (aquí reaparece una y otra vez el tópico de la impureza de la raza, ahora que, curiosamente está tan valorado en la sociedad de la globalización).
La historiadora Elvira Roca Barea dice que en este ambiente de salones y pelucas, de puro lucubrar sin asiento firme en la realidad, va a nacer el “buen salvaje”. Y continúa diciendo:
«Las nuevas razas dominantes en Occidente necesitan no solo demostrar su superioridad moral frente al putrefacto mundo católico-latino, sino también su superioridad psicofísica (…) El racismo tiene necesariamente que justificarse científicamente a partir del siglo XVIII, porque la ciencia va a asumir la maquinaria de la mitología social y la administración de la moral a partir de este tiempo. Todo racismo tiene un origen y una justificación, que en cada caso se corresponde con la ideología-religión del grupo que defiende su superioridad. Y la de este grupo es la ciencia, que es la que a partir de ahora va a decir qué es lo bueno y qué es lo malo».
Para darles carta de autenticidad a esta discriminación racial estos «nuevos amos de la verdad» usan para provecho propio la ciencia. En la segunda mitad del siglo XVIII, floreció un chalado de mucho cuidado, el neuroanatomista alemán Franz Joseph Gall. Alcanzó fama mundial al plasmar en su «Exposición de la doctrina del doctor Gall, o nueva teoría del cerebro, considerado como residencia de las facultades intelectuales y morales del alma», una pseudociencia llamada «frenología» que intentaba demostrar que las cualidades intelectuales y morales de un ser humano se manifiestan y se justifican en la forma de su cráneo (cágate, lorito). Como este rasgo figura entre los elementos racialmente heredados, se convierte inmediatamente en la base de sustentación científica y racional del racismo.
Barea se apresta a afirmar que «lógicamente las iglesias protestantes aceptaron la frenología con total convicción y la única resistencia a ella se produjo en la Iglesia católica, por muchas razones, pero sobre todo porque atentaba contra el libre albedrío, piedra angular de la moral católica. Naturalmente esto fue considerado como una prueba más de que el catolicismo era un obstáculo para el avance científico. (…) Durante casi dos siglos no hubo en el mundo civilizado quien tuviera coraje para oponerse a sus incuestionables principios, aparte de algún católico suicida, como Jaime Balmes, que por el hecho de serlo ya se calificaba a sí mismo como enemigo de la razón y el progreso».
Como apunta Barea, «estas ideas campaban universalmente por escuelas, universidades, tertulias y salones. La prueba de su completa integración social es que a los psicólogos modernos se los llamó frenópatas, y a las modernas clínicas psiquiátricas, frenopáticas, hasta hace pocas décadas, y que el cambio de nombre se debió a la caída en desgracia de esta “ciencia” después de la Segunda Guerra Mundial»
El escritor, historiador, filósofo y abogado francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, ilustre cortesano que perteneció a la francmasonería, uno de los principales representantes de la Ilustración y gran defensor de los derechos humanos, atacaba con idéntica saña (quién lo diría… un hombre de su prestigio) al catolicismo y al judaísmo. En su «Diccionario filosófico» afirma de los judíos este figura que «es la nación más singular que el mundo ha visto, aunque en una visión política es la más despreciable de todas. (…) Observamos a los judíos con la misma mirada con la que miramos a los negros, o sea, como una raza humana inferior».
Roca Barea acierta de pleno al descubrir la trama que persigue este Nuevo Orden Mundial:
«El nacimiento de las iglesias nacionales había sometido el poder religioso a los reyes y, por evolución natural, al Estado en los países protestantes. Ahora la Ilustración va a hacer lo mismo en la Francia católica. La moral, que es el capital más rentable que genera una sociedad, va a ser administrada por una nueva clase social. La justificación de este cambio en el timón ya no se hará sustituyendo un mito por otro, sino eliminando el mito, por lo que se autoproclama el no-mito: la Diosa Razón, la Ciencia, la Razón, la Ley Natural».
Para ello se valen de talentos (un tanto ingenuos, todo hay que decirlo) de talla universal como Francisco de Goya y Lucientes, cuya obra «El sueño de la razón produce monstruos» lo dice todo. Goya, que se benefició personalmente de la holgada posición que ocupaba en la corte española, tendría una primera época de juventud marcada por la pintura alegre, donde se aprecian los retratos hechos a los miembros de la corte, muchas veces con el trasfondo de escenas campestres y pastoriles, y otra segunda sombría, que coincidió con el contacto con los ilustrados en Francia, en la que se ensaña en sus obras con los monjes y las brujas (es a partir de quedarse más sordo que una tapia, debido a una enfermedad, cuando su obra adquiere unos tintes realmente tenebrosos). Esta tardía parte de su producción sería especialmente muy provechosa para que los ilustrados franceses añadieran más párrafos a nuestra ya nutrida Leyenda Negra.
Pero para consumar este nuevo marco social había que tomar como molde la brillante experiencia llevado a cabo por los galos aquel viernes 13 de octubre de 1307, negro como la pez para la Orden del Temple, en la que el Estado francés, acuciado por las enormes deudas contraídas con los templarios, detuvo a sus dirigentes y se agenció todas sus propiedades y posesiones. Y ahora decidieron hacer lo mismo con otros monjes: la Compañía de Jesús. La larga mano que mece la cuna hizo que fueran expulsados de Portugal, en 1759, y de Francia, en 1762, haciéndoles un género de pinza a los españoles, pues el verdadero objetivo de los ilustrados estaba puesto al otro lado del Atlántico, donde España sustentaba su imperio.
Llama mucho la atención que la mayor parte de estos grandes ilustrados fuesen educados precisamente… por los jesuitas. Como dice Barea, en clave freudiana, se trata de un auténtico «asesinato del padre», por unos hijos que buscan más poder con menos obligaciones y menos renuncias (es una experiencia de sobra conocida que cuanto más empeño ponga el progenitor en educar a su retoño según su ideología particular, con más saña reescribirá en su madurez unos renglones totalmente torcidos a los de su niñez).
Preguntado acerca de si fueron los propios españoles los más eficaces ejecutores de las mentiras creadas contra ellos mismos, el historiador Ibáñez afirma, categórico:
«En efecto, nada de esto habría tenido el formidable éxito que tuvo, y sigue teniendo, sin contar con el impagable concurso, un tanto bobalicón todo hay que decirlo, de los propios españoles. Hasta el punto de que sostengo que, antes que la envidia, el principal rasgo de los españoles es su insondable e indeleble «ingenuidad». Hoy como ayer. Hubo sin duda excepciones, gente muy valiosa que alertó del engaño (Azorín, Gracián, Valera, Madariaga, Menéndez Pidal, entre otros), hubo agentes directamente a sueldo de gobiernos extranjeros, pero la mayoría simplemente interiorizó la Leyenda Negra por ingenuidad y tal vez un punto de masoquismo o exceso de culpabilidad mal entendida (“por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…”). No hay nada de malo en ser autocríticos, pero antes miremos qué hacían (y siguen haciendo) los otros en parecido tiempo y lugar».
Ya hemos visto con qué gracia hemos transitado a través de los tiempos, pegándonos cada dos por tres algún que otro tiro en pie de manera inmisericorde. Pero esta vez el arma la habíamos apuntado directamente a la cabeza. Aunque para los buenos aficionados al brandy el «Solera Reserva de Jerez Carlos III», de Osborne, ocupa un lugar de honor en su paladar, el rey aludido en la mentada obra espirituosa tiene el desdichado honor de ser el que abocó al precipicio al inmenso Imperio Español, y la razón última de las desdichas que desde entonces se cernieron sobre Sudamérica. Y esta monumental metedura de pata, que después nunca se perdonó el monarca y que intentó remediar en vano durante el resto de su reinado, fue precisamente la supresión de la Compañía de Jesús. Los jesuitas eran los evangelizadores y los enseñantes de América, en representación del Imperio Español. Los ilustrados galos influyeron sobre nuestro monarca, «ilustrándolo» de forma adecuada conforme a sus intereses. Le comieron el tarro de que la nueva ciencia era incompatible con la labor que desarrollaban los jesuitas desde hacía más de un siglo, por lo que, a semejanza de lo que hicieron los galos en su territorio, terminaron por expulsarlos y disolvieron la Orden jesuita. Roca Barea dice que «los jesuitas, como los templarios, se dejaron matar sin oponer apenas resistencia. Su desaparición marca el punto de inflexión a partir del cual la derrota del mundo católico-latino será definitiva. (…) Es una lucha a muerte por el poder en la que unos se defienden diciendo que Dios está de su parte y el mundo hispanocatólico es el demonio, y los siguientes afirmando que la Razón está de su parte y el mundo hispanocatólico es la ignorancia».
¿Qué razones llevaron al desdichado Carlos III a expulsar a los jesuitas del Imperio Español?, se pregunta Barea. Ella opina que fue el desconocimiento, por un lado, tan cojonudo que tenía de la labor que llevaban los jesuitas a cabo y, por otro, la ignorancia de las dimensiones del enorme Imperio que había heredado. Este monarca fue tan peculiar que vinieron las masas en apodarle «El Político» (creo que con eso queda todo dicho, pues ya se sabe que, como todo representante que se precie de este selecto grupo, la misión de estos especímenes es la de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados). Carlos fue el máximo representante del despotismo ilustrado durante el siglo XVIII. La frase francesa originaria que define su sistema político es «Tout pour le peuple, rien par le peuple» («Todo para el pueblo, nada hecho por el pueblo», aunque suele citarse en español como «Todo por el pueblo, pero sin el pueblo»). Carlos III se rodeó de ministros afines a la corriente ilustrada francesa que influyeron grandemente en sus nefastas decisiones. Un 2 de abril de 1767, pues, las 146 casas de los jesuitas fueron cercadas al amanecer por los soldados del rey, y allí se les comunicó la orden de expulsión contenida en la Pragmática Sanción de 1767. Fueron expulsados de España 2641 jesuitas y de las Indias 2630.
Para que vea usted, ilustre leyente, el desastre que ocasionó este horrible acto, Barea dice:
«Una de las desapariciones más lamentables fue la del Colegio San Pablo de Lima. (…) Se reunió un tesoro bibliográfico que a mediados del siglo XVIII superaba los 40000 volúmenes. Pocas bibliotecas había en Europa que pudieran compararse con ella, y ninguna en América. En estas fechas, la biblioteca de la Universidad de Harvard no sobrepasa los 4000 libros. Había textos en latín, griego, hebreo, castellano, inglés, italiano, árabe, francés, alemán… y en varias lenguas indígenas de América. Solo una parte trataban de doctrina y de asuntos religiosos. Cualquier rama del saber (matemáticas, arquitectura, medicina, botánica…) estaba ampliamente representada con los textos más notables en varios idiomas. En la sección de astronomía podían consultarse las obras de Galileo, Copérnico y Kepler. A las obras impresas debe añadirse una impresionante colección de instrumentos científicos, desde los telescopios más modernos a «máquinas eléctricas», aparatos de física y química, que convivían con las obras completas de Newton, Descartes, Malebranche, Locke, Leibniz o Benito Feijoo. (…) Al producirse la expulsión, la institución fue desmembrada, sus fondos bibliográficos y su instrumental se dispersaron y nunca fueron reconstruidos. Es de suponer que toda esta destrucción era necesaria en nombre del saber y del progreso. (…) Aquí se creó el centro farmacéutico que difundió por toda Europa la quinina, que empezó a exportarse en 1631 y que llegó a ser conocida como la «corteza jesuita» en toda Europa.
Pero si catastrófico y triste fue el final de esta colosal obra en el terreno del saber, no menos lo fue en el de la cultura. Como dice Roca Barea, la labor de los jesuitas fue mucho más allá, alcanzó hasta la propia música española: «La evangelización mediante el uso de la música renacentista y barroca tuvo gran acogida en la época y se ha desarrollado consecutivamente hasta la actualidad, dejando un legado propio». Solo hasta época reciente hemos sido conocedores de este legado artístico. En junio de 2006 fueron hallados en Moxos, en el seno de comunidades desparramadas por la selva, y fundadas en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, alrededor de 4000 páginas musicales y un centenar de cancioneros de música barroca en perfecto estado. Como dice nuestra ilustre historiadora, «la historia de este descubrimiento maravilloso merece ser conocida. Más que historia es una parábola sobre las verdades y las mentiras de la Ilustración y la modernidad, y sobre la destrucción del progreso en nombre del progreso».
Piotr Nawrot, musicólogo polaco y estudioso de este universo musical, acerca de esta por nosotros desconocida labor jesuítica en América, afirma con rotundidad:
«Quiero decir que si todos los días ellos cantaban y tocaban durante la misa, si uno iba todos los días a misa, en tres meses no se repitió el mismo repertorio. Ha sido el centro de las producciones musicales en todo el mundo. Lo que hoy día es Viena, Berlín y París, antes era Chiquitos, Moxos y Guaraníes».
Roca sigue relatando la crónica de esta muerte anunciada:
«La expulsión de la Compañía no tardó en provocar un estado de abandono instantáneo en los pueblos misionados: las siembras y retortas se paralizaron, las reservas de Paila fueron vaciadas en beneficio de la Armada y los nuevos curas. A seis meses de la expulsión, la miseria era consentida por los nuevos administradores, que anularon la política comunitaria de producción (…) La imagen de los moxos huyendo hacia la selva con sus partituras barrocas sobrepasa cuanto el realismo mágico haya podido fabular. La música era el lenguaje con el que los jesuitas habían conseguido conectar dos mundos y los nativos lograron preservarla contra la “civilización” con un virtuosismo y una tenacidad que causan asombro».
La actividad de los jesuitas generó prosperidad, riqueza y auténtica civilización, sin prisa y sin destrucción. Los intelectuales con peluca que decidieron que era necesario para el progreso borrarlos del mapa, ¿lo hicieron mucho mejor?, se pregunta Barea. Y continúa diciendo:
«Quienes impulsaron y justificaron ideológicamente desde sus salones tanta devastación, constituyen hoy una gloria para la humanidad, y decir, por ejemplo, una sola palabra contra Voltaire o contra Humboldt sigue siendo el pasaporte más seguro para conseguir el mayor rechazo social e intelectual».
No deja de ser una ironía del destino que las «Misiones jesuíticas de Chiquitos», una provincia de Bolivia ubicada en el centro del departamento de Santa Cruz, fueran declaradas en 1990 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Si estos individuos se valieron del (por ellos llamado) Siglo de la Luces o Siglo de la Razón para establecer su nuevo orden mundial, lo que emanó, en cambio, del enorme poderío militar y político del Imperio Español fue un prolífico Siglo de Oro que bañó el mundo entero de la mejor literatura, las artes plásticas, la música y la arquitectura, patrimonios de la humanidad que nadie podrá rebatir, por muchos siglos que pasen y por mucho que les pese… a los de siempre.


Justa defensa de nuestro amado país.
Como siempre muy didáctico.
💯💯💯