
«Dejarse manosear y besuquear por las viejas rockeras del partido, también está muy bien visto para el político al igual que salir en la tertulia de por la noche»
A menudo destacamos la dedicación de los políticos porque le ponen mucho esmero en las ruedas de prensa, bien sea delante de una ternera gallega o un rebaño de ovejas o personas con bozal.
Nos los podemos encontrar hablando del cambio climático al lado de la maquinaria pesada más contaminante de cualquier estupenda pyme, o cerca de un río o un mar menor sin importancia al que no se quiere salvar; abrazando a un niño, quitando nieve con una pala delante de un centro médico, aunque el esfuerzo fotogénico sea para hacer un caminito sin inicio y final, o posando mientras se empuja un coche hacia ninguna parte al estar bloqueada la carretera por un metro de nieve.
Dejarse manosear y besuquear por las viejas rockeras del partido, también está muy bien visto al igual que salir en la tertulia de por la noche a las tantas desde el despacho, o cuando dan la impresión de estar dejándose la piel y la voz por todos nosotros, abrazándose como si no hubiera un mañana a los caciques locales que los sostienen, mientras se rompen junto a ellos las manos aplaudiendo a la chusma que los jalea, después de un mitin por un bocata, unos globos, una bandera o un llavero.
Vivir soltando aburridísimos discursos cada cierto tiempo a diestro y siniestro por aquí y por allá sin rumbo fijo salvo el de mantenerse en su cargo un poco más, debe ser: “increíblemente estresante”.
La denominada “erótica del poder” simplemente se traduce en los exagerados emolumentos que se llevan estos individuos (especialmente los soldados rasos), los cuales en la mayoría de las ocasiones demuestran ser bastante mediocres en lo suyo, es decir, el manejo de la gestión de la cosa pública o sencillamente, lo venden mal. Es más; en ocasiones hasta los tribunales los incapacitan con sentencias para que dejen de malgastar el dinero sin que por ello dimitan, lo cual es un fiel reflejo de a lo que se dedican.
Una buena parte son de buena familia y portan apellidos compuestos de esos que son interminables pesa a que a veces recuerden que son hijos de trabajadores (…y trabajadoras, si quien lo dice es de izquierdas, nacionalista, terrorista, regionalista, antisistema o golpista), para enmendar la plana durante el tiempo que dure la intervención de rutina en su turno de intervenciones. De no ser de alta alcurnia para justificar sus altos honorarios, promocionan su baja cuna anunciando que jamás repetirán en más de dos legislaturas, aunque algunos de estos ya los falta poco para operarse de la cadera.
Son peones que se duermen en las sesiones de los plenos porque al fin y al cabo lo que allí se cuenta la mayoría de las veces, ni les va ni les viene. Son funcionarios temporales que viven a cuerpo de Rey con unas condiciones laborales decididas por ellos mismos aprobadas sin problema, porque ninguno se equivoca al votar para subirse el sueldo. Son el resultado de las listas hechas por los caciques que antes mencionaba y que justifican el empeño desarrollado en los partidos desde los dieciocho años. Como se suele decir, en gran medida no han trabajado nunca en la empresa privada (salvo que tengan un oficio y lo puedan compaginar como figurante en el bufete, la clínica o la escuela privada de algún amiguete, o papa), desarrollándose además de momento como cargos públicos a nivel autonómico o local.
Los que son funcionarios de carrera, cuando los apartan al día siguiente corren a hacerse la foto reincorporándose a su destino. Recuerdo a Esperanza Aguirre cuando no pudo llegar a ser alcaldesa de Madrid, a Alfredo Pérez Rubalcaba cuando Pedro Sánchez lo dio la puntilla y volvió a la facultad de químicas para morirse poco después. A Juan Carlos Monedero, recientemente antes de huir a Hispanoamérica. Al “rastas” de Podemos (pateador de policías), el cual dijo al día siguiente de retirarle el acta de diputado que volvía a su condición de liberado sindical en la Repsol haciéndose la pertinente foto, aunque sigue intentando que lo readmitan otra vez como diputado tras cumplir la sentencia que lo inhabilita de por vida de momento sin éxito.
O recientemente a Francisco Igea (candidato de Ciudadanos), cuando Mañueco rompió la coalición en Castilla y León, y se hizo la foto con la bata verde de médico al día siguiente, y al posterior del siguiente ya estaba en precampaña. En fin que fuera de la política debe hacer mucho frío, pues díganme ustedes donde se ganan de 56.000 a 70.000€ al año como mínimo por aplaudir cada cierto tiempo, a riesgo de equivocarse al votar hasta tres veces en el mismo día como le pasó al “enterao del PP”, el jueves pasado.
Yo no digo que no estuviera malito en su casa pese a que se presentó en su puesto de trabajo “cagando leches” cuando vio que “la había liado parda”. Tampoco dudo que el sistema de votación telemática (aunque te pida confirmación de lo votado dos veces antes de que sea definitivo), haya fallado, o incluso tampoco digo que la izquierda siniestra lo haya boicoteado.
Jamás dudaré de la profesionalidad de los setenta y nueve diputados del PP que votaron equivocadamente también el mismo día la modificación del código penal, para incluir como delito rezar delante de una clínica para abortar, porque el responsable de indicar el sentido del voto a todos los demás parece que se equivocara (que ya me contaran ustedes donde estará la duda), pese a declarar el grupo parlamentario públicamente en el mismo Congreso que no estaban a favor.

En fin; que jamás dudaré de la profesionalidad de Celia Villalobos (últimamente experta en hacer el bobo en la televisión), como jugadora a nivel profesional de “Candy Crush”, mientras presidía el Congreso de los Diputados.
Ahora bien, y con esto acabo: reconozco que me encantaría que a sus señorías en este y todos los ámbitos de la política donde desarrollan su arriesgada profesión (por eso de votar a distancia de forma telemática), de vez en cuando los hicieran un test de alcoholemia y drogas.
Nos íbamos a reír…

