La cuarentena. Por José Antonio Marín Ayala

Hoy, nuevo domingo de lectura relajada, os traemos un relato de José Antonio Marín Ayala, incluyendo la ilustración que ha realizado Tano. Un texto que nos acerca a las vidas tranquilas, dentro de lo que se puede llamar esa existencia que cada uno intenta llevar de la mejor manera posible y así, sin avisar, sin llamar a nuestras puertas, nos encontramos con una mísera pandemia y una terrible cuarentena en la que el autor nos muestra la historia de varios personajes, ajenos entre sí.

Querer y no poder, vida truncada, te aferras, sometes y no hay quien

lo entienda. Desilusiones, angustia, es lo que queda,

Jaula que sostienes el mundo con fuerza,

cadenas se alzan, manos que sujetan,

apurando el grito, cielo que manejas.

Paloma tu vuelo, alcanza el amor, rama de olivo.

MMB

La cuarentena. Ilustración de Tano

 

La cuarentena

 

El Dionisio estaba muy jodido. Como cada día se había dejado caer por la vereda del río, pero esa tarde una patrulla de picoletos le había dado el alto. No supo qué decirles cuando lo vieron emboscarse en el frondoso cañaveral que florecía salvaje a ambas orillas del río. Balbuceando atinó tan solo a decirles que tenía unas tierras por allí, pero aquello no coló; le dijeron que mientras no lo acreditara mediante algún documento tenía que estar confinado en casa, como todo el mundo. Había tenido que dar media vuelta y refugiarse de nuevo con su parienta, a la que no podía ver ni en pintura en años. Hacía tiempo que la Lola se había cansado de él y encontrado consuelo y solaz en otra alma. El Dionisio sabía que le ponía los cuernos con otro, y aun así prefería dormir bajo el mismo techo que ella a pedirle la separación y no tener dónde caerse muerto. Hacía como que no se enteraba de su declarada infidelidad, aunque en verdad no es que él dudara un solo momento en tirarle los tejos a toda la que se le ponía a tiro; y así, entre la mentira y el retraimiento pasaba para ambos la vida.

La piromanía era para el Dionisio la evasión de cada tarde. Le fascinaba ver los relucientes camiones de bomberos con sus psicodélicos estroboscópicos azules y amarillos, sus potentes sirenas y aquellos seres anónimos enfundados en esos trajes color crema que se batían contra una siempre indómita criatura que tras ser derrotada una y otra vez volvía siempre a renacer por obra y gracia de él y de su inseparable Zippo.

En su fuero interno había soñado en más de una ocasión ser uno de ellos; incluso estuvo tentado a opositar al cuerpo, pero cuando se enteró de todo lo que pedían se le cayó el mundo encima. No temía engullirse el extenso temario que se exigía; gracias al papel de farandulero que profesó de joven en una compañía de teatro de corte anarquista nunca se le había dado mal meterse en el coco un tocho de folios con diálogos que representar y en el momento oportuno vomitar su contenido, aunque a los pocos días se le hubiera olvidado completamente todo; pero era sobre todo las durísimas pruebas físicas que aquellos animales exigían para aprobar: el puto press de banca con 50 kilos, que en sus mejores tiempos de gimnasio de barrio nunca había logrado levantar la barra quince veces seguidas no sin antes echar el saín por la boca, estos perros ahora pedían para poder aprobar que se elevara contra la odiosa gravedad separándola del pecho y estirando completamente los brazos nada menos que ¡veinte putas veces, y en menos de un minuto! Malditos necios. ¿Y la carrera de velocidad? Había gozado siempre de unas buenas piernas cuando tenía que salir pitando de la pasma cuando daba el tirón al bolso de las ancianas, pero cubrir cien metros en menos de trece segundos… Eso era cosa de locos, más propio de los enfermos que a diario iban a la pista a romperse el alma haciendo series. La natación tampoco se le daba nada mal, especialmente cuando en más de una ocasión había tenido que cruzar el río para sortear los controles de carretera que le montaban los guripas cuando se enteraban de que llevaba encima una bola de hachís para vender en el mercado negro, pero cubrir cincuenta metros en una piscina de veinticinco en menos de treinta segundos era una burrada más propia de superdotados anfibios que diariamente se daban cita en la piscina que había frente a su casa.

La puta reclusión le había hecho polvo. Había que joderse. Lo suyo era tan adictivo como los porros que se pitaba. Había comenzado su carrera ígnea durante su adolescencia prendiendo los contenedores de basura cuando bien entrada la madrugada chapaban la discoteca; continuó con la pirólisis de los numerosos enredos que había en la vieja nave abandonada cerca del cementerio; y en esta jodida etapa de su vida le fascinaba ver las vigorosas llamas lamiendo las cañas del río. Cuando pasara el estado de alarma que habían decretado los miserables holgazanes de mierda que gobernaban y tomaban estas decisiones a cuenta de la excusa del puto virus chino este de marras iría a por algo grande: quizá la casa del vecino, la de ese hijo de la gran puta al que se la tenía jurada desde que le dejó en ridículo delante de todos en el bar cuando le sacó los colores al acertar de pleno la alineación del Madrid de la temporada del 80. El Dionisio no había caído en incluir al Poli Rincón en el equipo. Cuando pasara esta puta cuarentena se iba a enterar ese malnacido cómo se las gastaba el Dionisio.

(…)

Valentín estaba hecho polvo. Desde que dejara este mundo su esposa, a la que llamaba cariñosamente palomita, a causa de un derrame cerebral no tenía más ilusión en la vida que ellas. Su única razón de ser estaba cada mañana en la soleada Plaza Mayor. A eso de las nueve se surtía de un arsenal de migas de pan y granos de avena y se encaminaba hacia allá. Sabía identificarlas y también lo que más les gustaba. Había una muy caprichosa, la verdirroja, que pasaba altaneramente de lo que comían las demás. Tenía su refugio en un hueco de la hornacina que presidía uno de los obispos de piedra que adornaban la fachada de la basílica. Un día hizo el notable descubrimiento de que le encantaba el huevo cocido, así que cada mañana Valentín hervía pacientemente uno para su paloma preferida. Cada vez que lo veía aparecer por la plaza revoloteaba entusiasmada por encima de su cabeza antes de posarse suavemente sobre su hombro. Entre picotazo y picotazo al óvulo proteínico que Valentín mantenía en su mano, el ave giraba a un lado y a otro su cabeza con aire interrogador y fijaba su mirada coqueta en los ojos de un reconfortado Valentín. El animal se sentía tan a gusto con él que se dejaba acariciar su colorido plumaje, a la vez que arrullaba a un Valentín ensimismado.

Pero hacía un mes que el tiempo se había detenido. No se podía salir a la calle más que a la caída de la noche y la desolada Plaza Mayor estaba vallada, siendo imposible acceder. «¿Qué será ahora de ellas?», se preguntaba Valentín. La ilusión y las esperanzas de Valentín, recluido en casa y roto de dolor por no saber de sus palomas, se apagaban lentamente por esta maldita cuarentena.

Una mañana, un empleado municipal recogió varios ejemplares exánimes sobre el empedrado de la Plaza Mayor. Presentaban un aspecto escuálido característico por la falta de alimento. Uno de los que metió en la bolsa de basura para echarlo al contenedor le había llamado la atención: tenía un bonito plumaje verdirrojo.

(…)

Salpicados de carrizos, mimbreras, zarzas, colas de caballo, juncos, baladres y anea, armonizados todos ellos por criaturas como el cantarín ruiseñor, al que solo durante el ocaso el deja sentir, la imponente garza real, el trigueño cormorán, la focha, el martín pescador, la ambarina oropéndola, el pito real, la lavandera blanca, el petirrojo, la garcilla bueyera y las graciosas pollas de agua, los glaucos cañaverales que adornan los meandros del habitualmente sereno y tranquilo Thader, aunque tumultuoso y de impropio nombre «Segura» cuando recoge de las vaguadas de las sierras que lo encauzan las tormentosas lluvias equinocciales, todas estas formas vivientes pugnan entre los imponentes olmos, los frondosos álamos, los melancólicos sauces llorones, los tarays, los fresnos, los estirados chopos y los almeces por aprehender las doradas hebras del sol, dibujando sobre la leonada arenisca de los limítrofes bancales dadores de la vida vegetal pacientemente labrados por el honrado agricultor la singular ribera del bosque mediterráneo.

Tierra roturada y moldeada por iberos, cartagineses, romanos, godos, árabes y cristianos escribe sobre el terreno, cual si de un libro de Historia se tratara, la obra de los seres humanos que la conquistaron y habitaron.

La verdosa agua de la antigua y milenaria acequia mora de la Andelma discurre entre el río y la majestuosa Atalaya, alfombrada de pinos y preñada de tomillo, genista y romero con las lluvias equinocciales; acompaña la alfagra desde el principio de los tiempos al cerro del Castillo, único vestigio visible desde la villa de la fortaleza de la extinta Madina Siyasa que un día sirvió de protección a las gentes frente a sus invasores; el viejo azarbe riega, todavía hoy, merced a las numerosas norias árabes que la pueblan, las parcelas de melocotoneros, ciruelos, albaricoqueros, naranjos y nispereros cuyos capullos, brotes y flores de un blanco nata, rosa, verde y ocre visten el paisaje de vivos colores al llegar la primavera.

Agua que también lo es motora del proceso de la molienda del trigo en el Molino Cebolla y que ofreció durante muchas centurias al ser humano la materia prima del «Primer Alimento Natural».

Hoy, al igual que ayer, sus aguas discurren mansas y apacibles desprendiéndose lentamente por la inexorable acción de la gravedad del desnivel que tomaron de sus fuentes varias leguas aguas arriba, en la cuna neolítica y romana del majestuoso Cañón de Almadenes, para descender hasta el yacimiento argárico del Bolbax más ibérico y desembocar en el Menjú, donde en medio de su estanque todavía hoy espera la bella Aretusa su milagrosa caricia.

Espacio paradisíaco, el bello Menjú se ofrece al paseante apacible, poblado de gigantescos eucaliptos y palmeras datileras en los dominios que antaño fueran del hudí Ibn Hud, el monarca que reinó en el siglo XIII en el vasto Valle de Ricote, patria chica del eterno amigo morisco de don Quijote. A la umbría de la exuberante vegetación y con el rumor del agua cayendo sobre la pequeña presa, un galápago leproso emerge confiado de la cenagosa agua del soñoliento río donde el antiguo barquero pasaba con su bote de una orilla a otra a los oriundos de aquellas tierras.

A lo largo del camino que cubren las dos márgenes del río, en este imponente espacio natural que es el Paseo Ribereño, eclosiona la vida en todas sus formas y colores modulado por el benigno clima mediterráneo brindando asueto, sosiego y meditación al despreocupado caminante, y ofreciendo una suerte de terapia medicinal que ralentiza el tiempo de la presurosa vida que nos embarga hoy.

Alguien había jurado haberlas visto salir del río y cruzar la carretera. Incluso una de ellas apareció un día muerta atropellada la noche anterior por un turismo. Su huidiza presencia impedía que fueran vistas durante el día por ojos humanos. El incendio forestal del año anterior en el Cañón de Almadenes, su hábitat natural, había dañado seriamente su ecosistema y algunas se habían visto obligadas a dejarse caer aguas abajo, hasta llegar a las postrimerías de la zona urbana dominada por los siempre peligrosos humanos: el Paseo Ribereño. En ese tramo del río había una variada diversidad biológica donde sentirse seguras. Al igual que sucedía con las abubillas y los ruiseñores eran animales muy esquivos, pero desde hacía un mes largo no se veía a ningún humano deambular por allí por las restricciones a la movilidad. Parecía como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra la especie invasora por excelencia. Eso le dio la suficiente confianza para corretear abiertamente con sus crías por el Molino de Teodoro, subir por la cuesta de las cabras y zambullirse en la acequia árabe de la Andelma, donde aprovechando las piedras que delimitaban su cauce había hecho su nido en una oquedad tamizada de ova. La cuarentena impuesta a los humanos había sido una suerte de bendición para las nutrias.

(…)

Johnny estaba que trinaba. Un mes sin mover pesas era una maldición que solo deseaba a sus más acérrimos enemigos. Como todo buen adictivo a la vigorexia no podía pasar sin sus entrenamientos diarios en el ahora clausurado gimnasio. Allí se ejercitaba a diario rodeado de fotos a tamaño natural de figuras del fisicoculturismo a los que adoraba, como la de Dorian Yates posando con sus 120 kilos de masa muscular; la del italiano Charles Atlas, el ser humano más musculado de todos los tiempos; o la del polifacético Arnold Schwarzenegger, que con más de medio metro de bíceps tampoco andaba muy rezagado en piernas, llegando a levantar en sus mejores momentos casi doscientos cincuenta kilos en cuclillas y más de trescientos en peso muerto; y junto a la puerta que daba acceso al aseo posaba Helmut Strebl, que según los expertos en esta materia era tenido por el hombre más definido del mundo, todo un espécimen cuyo cuerpo bien podría servir a los estudiantes de medicina para descubrir en él todos los músculos sin necesidad de disección alguna.

Johnny había tenido esos días serios problemas para adquirir en el súper, cuya entrada estaba ahora bloqueada por una cola de gente que bordeaba la esquina del edificio, su peculiar alimentación basada en seis comidas al día y entre las que intercalaba generosas siestas con pijama, Padrenuestro y orinal.

Sorprendido por los resultados aparecidos en los análisis de orina durante una revisión médica, el galeno de la seguridad social le preguntó al Johnny qué mierda comía para mear tanta proteína junta. Entonces le contó que basaba su supervivencia proteica en devorar huevo, pavo, pollo, ternera y pescado blanco. Y de carbohidratos se echaba al cuerpo el boniato y el arroz integral, sin obviar la munición de gran calibre que le daba el puntazo y el ciclado: los esteroides anabolizantes. El matasanos le dijo entonces que esa rica mezcla que tiraba a diario al inodoro pasaba antes por el filtro de sus riñones y le hacía un flaco favor a su salud, pero que de aprovecharse ese oro proteínico bien podría servir para sacar de las colas del hambre a varios desdichados hambrientos.

El Johnny se había desfigurado enormemente desarrollando su musculatura, aunque no acababa de verse bien del todo, siempre obsesionado por ese evasivo músculo que nunca daba la cara, por muchas series y repeticiones que hiciera con los hierros.

Pero la maldita cuarentena que sufría, con el gimnasio totalmente chapado, le había hecho perder casi toda la masa muscular que con tanto esfuerzo durante años había conseguido: cuando se miraba al espejo se veía hecho un adefesio. Estaba entrando de nuevo en la jodida depresión que de niño pilló cuando en el cole se burlaban de él llamándole…gordito.

(…)

La cuarentena había cambiado los hábitos de los humanos. La gente se había ido acostumbrando a que el fútbol no lo fuera todo en la vida. El teletrabajo había abierto una nueva e interesante ventana de oportunidades para aquellos que habían basado toda la productividad de sus empleados en la presencialidad. Veían ahora con agrado que sus administrativos cumplían sus objetivos con mucha más diligencia que en la oficina, echaban más horas al mismo precio y siempre los tenían a su entera disposición.

Muchos no pudieron superar la dura prueba que suponía estar día y noche con su mujer y sus hijos enclaustrados; solo los triunfantes habían descubierto eso tan raro en nuestro tiempo como es jugar con los niños.

Las únicas relaciones sociales que las gentes habían establecido fuera de su estricto círculo familiar durante la larga cuarentena era el momento del día en que se miraban unos a otros desde los balcones y las ventanas de sus casas; aplaudiendo entusiasmados lanzaban vítores a policías, bomberos, médicos y enfermeros que luchaban por sacar adelante a los más graves por el coronavirus.

Hasta el momento en que los chinos se sacaran de la chistera el remedio o la vacuna eficaz, si es que acaso los hubiera, contra este bicho invasor que habían exportado al mundo y que amenazaba con desestabilizar la economía mundial y cargarse a la peña lenta y dolorosamente quitándoles el resuello planeaba siempre la amenaza de un penoso y desesperante periodo de aislamiento social impuesto por una nueva cuarentena.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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1 comentario

  1. Cuanto dió para reflexionar la cuarentena…..
    Creo que no acertaron los que dijeron que sacaría lo mejor del individuo.
    Magnífica lectura.
    Felicidades Jose Antonio

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