
Me encontraba ayer en la plaza mayor de Ocaña, un lugar maravilloso, por cierto. Si no han estado allí, ya están tardando. Pues, como les decía, me encontraba ayer en la plaza mayor de Ocaña, a eso de las diez de la noche, disfrutando de una de esas noches mágicas de primavera que te hacen olvidar que alguna vez pasaste frío, o calor; con el cielo despejado, viendo las estrellas que la contaminación lumínica no había logrado eclipsar, en compañía de una bella mujer, la mía, después de un día agotador de bricolaje en la casa del pueblo, viviendo, sin duda, el que hasta ese punto era el mejor momento del día, con visos de mejorar, además, pese a lo avanzado de la noche.
Todo estaba a favor, pues, para disfrutar de la cena antes de volver a nuestra ya recién pintada morada y disfrutar de una noche de mantita y colcha, mientras en Madrid se estaban cociendo. La cerveza, aunque sin alcohol, estaba helada. Era sin alcohol porque en estos días estoy cumpliendo la penitencia de un domingo que se me fue de las manos, pero esto da para otra columna.
Así pues, en este momento idílico, decidimos disfrutar de uno de los platos más significativos de la gastronomía manchega; unos fingers de pollo con patatas fritas. Si, ya sé que esto no es gastronomía manchega, pero da igual. Tampoco la tortilla francesa es de Francia, y nos lo callamos. El caso es que cuando el camarero se acercó, amablemente, para tomarnos nota y le dijimos que queríamos los susodichos fingers, este se dirigió a la cocina con la comanda, dejándonos a la espera de tan exótico plato.
Pues allí estábamos, Maricarmen, yo, el cielo estrellado, los dieciséis grados y el simpático camarero, que no obstante traía malas noticias.“Me temo que nos hemos quedado sin fingers. Lo siento”.
Con la mejor de mis sonrisas le dije que no pasaba nada, aunque sí pasaba, bastante. Cuando te has hecho a la idea de lo que quieres tomar y los hados te han sonreído para contar con la connivencia de tu mujer, tener que volver a pensar que pedir y ponerte de acuerdo de nuevo puede ser un ejercicio de sobrecarga intelectual, que te puede provocar un accidente cerebro vascular. No obstante, y sin que sirva de precedente, nos pusimos de acuerdo de nuevo en pedir una sepia y unas patatas alioli, que como todo el mundo sabe son tan manchegas como el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Así que, tras levantar la mano como cuando te hacías pis en el colegio, para llamar la atención del camarero, le transmitimos nuestra nueva decisión, como el jurado anuncia su veredicto ante un reo de muerte.
El camarero, que era un muchacho joven, del otro lado del gran charco, de estos que sonríen constantemente como si se estuviera acordando de un chiste que le contaron cuando tenía cuatro años, anotó la nueva comanda y desapareció rumbo a la cocina.
Pero nuestras desgracias no habían hecho más que empezar. Al cabo de unos minutos, sonriendo aun más, como si se hubiera tragado a Fofito, el camarero nos anunció que tampoco tenían sepia.
Ante mi cara de estupefacción, se apresuró a aclararnos que tampoco había hamburguesa ni gamba roja, especialidades también muy de Castilla la Mancha. Ante esto, y un poco cansado ya de esta historia, le espeté “vamos a acabar antes si me dices lo que tienes”, a lo que el muchacho me contestó que tenían las sartenes que había en la carta. Entre tanto, entre decisión y decisión, ya nos habíamos bebido tres cervezas, sin alcohol, para mayor suerte del camarero. Así que, sobre la marcha y dado que solo había tres sartenes, le dijimos que nos trajera la de chistorra con patatas y pimientos fritos.
Tengo que decir, y no quiero que suene peyorativo, que el camarero olió el cabreo como los perros huelen el miedo, por lo que salió, sin más dilación, de nuevo hacia la cocina. A los pocos segundos, cómo no, volvió para anunciarnos que no había chistorra, pero que la podían sustituir por lomo.
Yo estaba por sustituir su bar por el bar de al lado, pero la contención de la bebida abstemia me retuvo en la silla. Resignado, le dije que trajera lo que tuviera, mientras mi mujer miraba para otro lado, esperando una reacción menos amable que, por otro lado, son muy mías.
Tengo que decir que, finalmente, la sartén estaba muy buena, si bien no era de chistorra y por tanto no figuraba en la carta. A lo mejor le añaden huevos y la incluyen en el menú como “sartén los tocahuevos de Madrid”. Sería un éxito, sin duda.
De cualquier modo, saciado nuestro apetito, si bien con lo que no esperábamos, decidimos pedir la cuenta en el convencimiento de que ya se habría aliviado el olor a pintura del bricolaje vespertino. Llegados a este punto, ya nada podía fallar. O sí.
“Te pago con tarjeta”, le dije al simpático camarero, pues he perdido la sana costumbre de llevar metálico. “Lo siento señor; Se nos ha roto el TPV”.
Y todo esto no solo es verídico, sino que, además, es cierto.
