Cuando hay cosas que brillan y son más valiosas que el oro. Por José Antonio Marín Ayala

Cuando hay cosas que brillan y son más valiosas que el oro.

«No todo lo que brilla en España es piedra, sol, playa e Historia; es también gastronomía, hospitalidad y la generosidad sin límites de sus gentes»

Una de las más nobles virtudes que pueden adornar un espíritu puro es el cultivo de la amistad sincera. Como me tengo por hombre de mundo, servidor puede enorgullecerse de que tiene amigos en muchos rincones del orbe. Hace tan solo unas semanas tuve ocasión de ensanchar mi círculo de amistades en la «Mitad del Mundo», en Quito, Ecuador, con ocasión de un evento profesional. Entre las muchas joyas que pude descubrir de aquella bella ciudad andina, la más antigua de Sudamérica, una fue el menú con que me agasajaron en un lugar tan emblemático de Quito como es Guayabamba: un espectacular locro de papa con aguacate acompañado de yaguarlocro, todo ello regado con una Club Verde y finiquitado con helado de Paila.

La otra fue la visita que cursamos a la iglesia de la Compañía de Jesús, templo fundado por jesuitas españoles venidos desde tan lejos como queda de allí la Madre Patria. Cuando uno contempla por fuera este cenobio no llega a imaginarse el rico tallado que se encuentra en su inmenso interior, y mucho menos que todo él esté bañado en un refulgente pan de oro que solo tiene su par en el famoso Pala d’Oro del altar mayor de la Basílica de San Marcos, en Venecia. A pesar de lo que sobrecoge contemplar tan magno recinto sagrado con el noble metal como absoluto protagonista, la hospitalidad y la amistad con que me halagaron nuestros hermanos de sangre de aquellas lejanas tierras, con los que tantas cosas compartimos, fueron tan excelsas que no podría pagarlas ni aun con todo el oro de aquella iglesia.

Otra de las preciadas amistades que poseo, esta vez a este lado del charco, es de origen holandesa, aunque mi amigo bien podría pasar por español gracias al dominio que posee de nuestro idioma y al amor que siente por nuestra bendita tierra. Le conocí de manera un tanto casual en un camping hace más de dos décadas y desde entonces nuestras vidas se han entremezclado de una forma maravillosa, ora cuando él y su distinguida familia visitan nuestra casa, ora cuando nosotros vamos a su peculiar tierra. Y digo peculiar porque a pesar de que alguien pudiera venderte la moto de que aquellos lares son un territorio más propio del Edén gracias al verdor y a la urbanidad que allí reinan, lo cierto y verdad es que es de los pocos lugares del mundo diseñados por la mano del hombre. Y lo han hecho desecando con esmero grandes extensiones de tierras ganadas al mar: tres cuartas partes de los Países Bajos han sido creadas así por ellos. No en vano tienen un dicho que reza así: «Dios creó el mundo; salvo Holanda, que fue obra de los holandeses».

La primera vez que visitamos aquellas tierras me sorprendió no ver montañas. «Por supuesto», me dijo mi amigo, «estos son los Países Bajos. Todo esto perteneció una vez al mar, pero nuestros ancestros tuvieron necesidad de tierras para vivir y les vino muy bien que aquí el océano fuera poco profundo». Así que allí puede usted ver enormes diques que contienen el agua del mar varios metros por encima de tu cabeza. «¿Y no puede el agua rebosar el dique y caer a esta otra parte?», le pregunté. «Claro, pero eso ya lo tenemos previsto; hay infinidad de bombas hidráulicas en este lado que la impulsan y la mandan de nuevo al mar». Joder, pensé, estos tíos tienen más ingenio que nosotros, que ya es decir. Ahora entiendo la angustiosa sensación que sintió su adorable esposa cuando en una visita a mi patria chica miraba de soslayo hacia nuestra amenazadora Atalaya, un farallón que se eleva casi 400 metros por cima de las cabezas del paseante. Y es que los holandeses, salvo los de la zona que viven más al sur de los Países Bajos, viven privados de grandes formaciones montañosas, y también de árboles, especialmente pinares y palmeras como los que por aquí abundan, por lo que no es de extrañar que alucinen en colores con nuestro rico, florido y variopinto paisaje.

Resulta difícil entender que un pequeño estado creado artificialmente del tamaño de Extremadura, que antaño perteneciera a la poderosa Monarquía Española y que fue prácticamente destruido durante la Segunda Guerra Mundial haya sido, junto a Alemania, el más beneficiado con el invento este de la moneda única, el euro, y que se haya convertido en uno de nuestros principales acreedores (¿qué mierda de decisiones políticas han debido tomar nuestros ineptos gobernantes para dar lugar a la esperpéntica y grotesca situación actual?).

Luego imaginé que aquí en Murcia alguien planteara con la laguna del Mar Menor algo similar a lo que hizo Holanda en su día, transformándola en tierras cultivables, o al menos urbanizables, mediante su oportuna desecación. Como puede usted imaginar me dio la risa tonta pensando en toda esa caterva de «ambientalistas de salón» saliendo en defensa de las aves y otros animales poniéndolos, como no podía ser de otra manera, siempre por delante de las necesidades que pudiéramos tener los humanos (en este sentido, los árabes y los hebreos han hecho otro tanto en su vasto territorio, convirtiendo parte de su secarral desierto en ciudades habitables y en terreno cultivable).

Y digo todo esto porque tengo otro amigo, este español de pura cepa, que dice tener la solución al perpetuo problema del agua que nos acecha desde siglos en esta privilegiada región del sureste ibérico. Y tiene cierto sentido escucharle, ante todo en estos funestos tiempos que tan en boga están las conjeturas apocalípticas medioambientales, las cuales prevén para 2050 una pérdida de hasta el 7,4% de nuestra superficie de riego y una reducción de los recursos hídricos en más de 130 hm³ para la agricultura, lo que representaría la desaparición de casi 20000 hectáreas de regadío. Dice el susodicho (ojo porque la idea no tiene desperdicio) que si le dejasen hacer pondría en marcha una central nuclear de cuarta generación, de esas basadas en los Reactores Modulares Pequeños (SMR), en el Mar Menor (no en vano, los yanquis, otra raza de tontos que no sabe lo que se lleva entre manos, van a construir en su territorio, de aquí a 2050, 300 de estos modernos reactores). Amén de la electricidad a cascoporro que tendríamos a bajo precio, el calor generado podría separar la sal del agua y vender este bien al por mayor, consiguiendo de facto una producción superior a cualquier salinera tradicional (por cierto, ya se puede confirmar que las desaladoras que con tanto bombo y dinero mandó construir aquí nuestro antepenúltimo gobierno de ineptos han sido un absoluto fracaso). La abundante agua potable así generada, dice mi amigo, sería más que suficiente para regar nuestros campos de frutales y hortalizas (incluidos también los de golf, que a fin de cuentas generan también riqueza, y mucha), y hasta podríamos comerciar con ella vendiéndosela a aquellas comunidades que no gozan de la suerte de tener un acceso al mar (como sí lo tenemos nosotros), como pudiera ser el caso de nuestros compatriotas aragoneses, gobernados como están por miopes e insolidarios dirigentes que con tanto ahínco se oponen a vendernos su agua del Ebro, prefiriendo tirar por la cloaca el principio de reciprocidad del Digesto justiniano del «do ut des», prefiriendo dejar que este traslúcido oro se pierda en la insondable mar a que les procure pingües beneficios económicos (para justificar este nuevo disparate suelen poner en valor la protección avícola que allí anida; como puede ver, consideraciones siempre por encima del beneficio económico que pueda reportar a sus gentes este recurso tan desigualmente repartido por el mundo por la Madre Naturaleza; o despreciando la solidaridad con las regiones más desfavorecidas, atributo este que vale más que todo el oro del mundo).

¿Y qué pasa con los residuos nucleares generados?, se preguntará usted. Para eso mi amigo tiene también su particular solución. Dice que no es necesario seguir dejando en custodia a los franceses nuestras radiactivas lecheras de titanio, alquiler que, gracias a nuestra política de «¿Nuclear? No, gracias», pagamos hoy al módico precio de 75000 euracos diarios (dineral que estamos soltando de nuestros bolsillos religiosamente desde 1989, año en que se desmanteló nuestra primera central nuclear; primero a razón de 60000 euros diarios, pero que por la carestía de la vida nos lo cobran los galos desde hace unos años a 75000); afirma el susodicho que él enterraría gustoso este oro radiactivo que nadie quiere guardar a unos cuantos metros de profundidad de su jardín, de tal forma que con el calor residual de solo una de estas lecheras tendría solucionado el problema de la calefacción, el aire acondicionado y la electricidad en su hogar durante los próximos…300 años.

Dejando a un lado esta ocurrencia nuclear hay que reconocer abiertamente que los españoles no somos tan pragmáticos como los holandeses, ni aun siquiera como los franceses, nuestros vecinos, que tienen en funcionamiento nada menos que 53 reactores nucleares (nosotros tenemos solo 7 centrales y el gobierno quiere desprenderse de ellas por la vía rápida, aun habiendo reconocido la UE que esta forma de generación de energía es tan verde como los ecológicos aerogeneradores, que tan espléndidamente embellecen nuestros montes y matan anualmente a casi 10000 buitres en España). Así que los gabachos, durante las periódicas olas de calor y de frío que sufrimos cada año, haciendo gala con nosotros de la excelsa solidaridad que siempre les ha caracterizado suplen con garantías nuestro déficit energético y nos ofrecen gustosos los megavatios que necesitemos; eso sí, lo hacen cobrándolos a precio de oro (supongo que a estas alturas de la película usted ya se habrá dado cuenta de que con el poder adquisitivo que tenemos pagamos la factura eléctrica más cara de Europa, y que el gobierno le habrá informado puntualmente de dónde viene nuestra dependencia energética y parte de la desbocada inflación que sufrimos ¿no?).

Es más, nuestros dirigentes españoles son dogmáticos a más no poder, tanto que prefieren la defensa a ultranza de las ideas políticas, por disparatadas que sean, a nuestras necesidades prácticas. Buen ejemplo de ello es el «non nato» Plan Hidrológico Nacional, un fugaz rayo de solidaridad intercomunitario hispano que pretendía unir mediante un canal, a modo de vasos comunicantes, dos cuencas fluviales: una con exceso de agua y otra con un grave déficit de este tan vital oro líquido; pero por temor a perder unos cuantos miles de votos, los dirigentes gubernamentales de turno dejaron el proyecto enterrado en un cajón «ad calendas graecas». Cuando se lo conté a mi amigo holandés me dijo que le resultaba inconcebible que el gobierno de España no hubiese llevado a cabo ese proyecto. Pero aun cuando mi amigo hubiera poseído el alma latina para invocar ante semejantes dislates el «omnia tempus habent», eso de que el tiempo pone en su lugar las cosas, y esperara a que con ello se llevara a efecto una cabal rectificación a tiempo, con esa inocente suposición tan solo descubriría qué poco nos conoce; si realmente supiera la capacidad de autodestrucción que llevamos en las venas se llevaría las manos a la cabeza. Ellos han surtido de canales toda Holanda (hay más de 4000), para que el agua sea un bien de todos y de ninguna región en particular; de la misma manera que todos sus ciudadanos disfrutan por igual de los beneficios que les reporta el gas natural, que solo aflora en una minúscula zona del norte.

La primera vez que estuve en su casa, que fue durante un mes de noviembre, época del año que en el sur peninsular todavía nos bañan los dorados efluvios de un sol espléndido que vale su peso en oro, me llevé la desagradable sorpresa de no ver aparecer en el cielo el astro rey ni uno solo de los siete días que con ellos estuvimos. Y es que con los años descubrí que allí ese clima es lo más normal del mundo… durante casi todo el año; y no solo eso, este aspecto plomizo del cielo suele venir acompañado de un frío glacial del norte que corta el rictus, así como de una suerte de ventisca que aquellas gentes torean estoicamente como mejor pueden. En contraste, es por noviembre cuando los cerezos, almendros, nogales, olmos, álamos, melocotoneros, ciruelos y fresnos que florecen en nuestro paraíso dorado se despojan de sus hojas caducas y dibujan sobre el suelo de los bosques de ribera y de nuestros campos una áurea alfombra que complementa los gualdos atardeceres del cielo otoñal.

La comida que se sirve en casa de mi amigo, y por ende en la de cualquier ciudadano de a pie holandés es, bajo mi humilde y siempre respetuosa opinión, menos variada que la española. Suelen basar su dieta en una sopa de verduras acompañada de carne, a la que llaman Stamppot, que fraguan en un generoso puchero y consumen durante varios días. Le acompañan los típicos derivados del cerdo que les aportan las calorías necesarias para sobrevivir en semejante clima, salteados, eso sí, con la omnipresente mantequilla, que usan con profusión en todo tipo de guisos. Un plato corriente allí son las patatas fritas con abundante mayonesa, y también tienen a su disposición un surtido increíble de quesos. Completan su menú diario bebidas azucaradas y golosinas a gogó. De todo lo expuesto cabría deducir que el aceite de oliva brilla por su ausencia en sus despensas, como así es. Pronto hallé la razón de tal abstención oleosa cuando fuimos de compras al súper: cada litro del verde oro líquido les cuesta un ojo de la cara. Así que cada vez que lo visito le llevo como presente dos garrafas de 5 litros de aceite de oliva virgen extra, de una marca de las muchas magníficas que tenemos en España.

Aunque mi amigo es más de la Heineken (marca oriunda de aquellos lares), en una ocasión le llevé como presente una selección de caldos de España: un somontano, un Ribera del Duero, un Alvariño, un Rioja y alguno más que ahora no recuerdo. Lo que sí sé es que olvidé echar a la capaza uno de Murcia, con la denominación de origen de Jumilla y Bullas, pues contamos por estos lares con vinos que en nada tienen que envidiar a otros más afamados. En cierta ocasión estuvimos alojados en una casa antigua que había comprado en Alemania; en aquel pequeño pueblo, que contaba con una estación invernal, fuimos a comprar a un supermercado. Me fui derecho a su vinoteca solo por saciar la curiosidad que sentía acerca de las preferencias de las gentes de aquellas frías latitudes. Entre una amplia selección vi uno que me sorprendió sobremanera: «Jumilla Gran Reserva» rezaba la etiqueta. No daba crédito a lo que veía. No conozco aquí ningún vino de esa denominación con esa categoría, y de estar comercializado no debe estar al alcance de cualquier bolsillo. Eché un vistazo a la parte posterior de la botella, y aunque la pegatina estaba escrita en una pulcra lengua bárbara, el vino reflejaba claramente su procedencia murciana, dirección postal incluida. Lo extraordinario del caso es que costaba poco más de dos euros la botella, así que me agencié dos para comprobar esa noche durante la cena de qué iba aquello. Decir que estaba bueno es poco. Sublime sería un mejor epíteto, siempre teniendo en cuenta lo barato que era; estaba tan rico que mi amigo se aficionó a ese oro tinto, así que cayeron unas cuantas botellas los días que estuvimos allí. Tengo en casa una de aquellas para hacerle un día de estos una visita a estos empresarios murcianos y que me expliquen, si acaso fuera posible, cómo diseñan la política de precios de sus caldos: aquí, en España, y sobre todo en el extranjero.

Cada vez que mi amigo nos acoge en su aclimatada casa (gasta anualmente solo en gasóleo para la calefacción tanto como le cuestan tres meses de vacaciones en España) se empeña en que vivamos esos días al son de las costumbres españolas: el picoteo con la cerveza a media mañana; lo de comer no antes de las dos de la tarde; la siestecita de rigor; y cenar a eso de las diez de la noche. Y, por supuesto, saboreando la gastronomía española. Así que me convierto esos días en un modesto embajador culinario español. Para el tapeo preparo platos tan tradicionales como la ensaladilla rusa (mejor será que a partir de ahora, y más con la que le está cayendo a Ucrania, la llamemos con más propiedad: Olivier) mejor con merluza que con atún, que le da un gusto especial; también una ensalada murciana al uso; unos taquitos de queso fresco fritos con AOVE marinados con mermelada de fresa; y, por supuesto, el inigualable salmorejo acompañado de huevo duro y trocitos de jamón serrano curado. Como los arroces de España les encantan, este plato lo solemos hacer día sí día no, alternándolo con joyas como el potaje con albóndigas de merluza; el estofado de cordero; la gachamiga, blanda o dura, según se tercie; los gazpachos manchegos; o una salsa de pollo con fundamento. La primera vez que iba a hacer un sabroso arroz y conejo descubrí que estas gentes tienen a este mamífero por una mascota y no fue posible conseguir esa materia prima tan fundamental, un plato tan típicamente murciano que de haberlo confeccionado aquí hubiera contado además con ingredientes tan oriundos como la ramita de romero y una docena de caracoles serranos de la sierra del Picarcho. La paella de mariscos era otra posibilidad, pero a decir verdad estos norteños no le tienen demasiada afición a los animales marinos, especialmente a las gambas. Así que salimos al quite con un arroz con pollo y verduras. Cuando les hice esta primera comida arrocera, aunque dimos sobrada cuenta de ella, quedó bastante en la paellera. Entonces mi amigo la guardó en el «refrigerator» para consumirla a la mañana siguiente. «Noooo», le dije, «mañana hacemos otra, amigo». En fin, así son de ahorrativos estos frugales ciudadanos del Norte, nuestros prestamistas.

Pero toda esta disquisición tiene por finalidad mostrarle, amable leyente, la mina de oro que tenemos ante nuestras narices y no nos damos ni cuenta. Y para muestra de ello escuche lo que me aconteció hará cosa de un año. Tras la severa cuarentena que nos regaló el frankensteiniano gobierno este que nos desgobierna (el Tribunal Constitucional ha declarado inconstitucional, a buenas horas mangas verdes, el primer confinamiento, aunque el que todavía ejerce de presidente del gobierno dice eufemísticamente que nunca existió tal cosa, que aquello fueron «fases de desescalada amparadas por el sistema de alarma») me animé a salir con la caravana en compañía de mi esposa, mi tercerogénita y mi nieta, una rubita de ojos azules que poco o nada tienen que envidiar a los de nuestra querida amiga holandesa.

Decidimos una noche darnos un capricho gastronómico, así que nos fuimos de cena a un restaurante de pro que ya habíamos visitado el año anterior y del que quedamos muy satisfechos de su excelsa carta. Mi nietecita, que frisa las cuatro primaveras, supo apreciar como ninguno de nosotros el buen sabor que tiene el jamón ibérico recién cortado; de hecho tuvimos que pedir dos platos más para que los adultos pudiéramos degustar también tan exquisito manjar. A esta primera delicia le siguió una ensalada de «penjar» con espuma de tomate, piparra y sardina ahumada. Casi ná… Luego hicieron su aparición en la mesa tres montaditos de escalibada con alioli gratinado, un bocado que si acaso todavía no lo ha probado es primoroso, se lo aseguro. Por si todo esto fuera poco nos presentaron tres generosas croquetas de cecina, otra variante del jamón pero, como desconocen nuestros amigos holandeses, en versión vacuno. Este picoteo estuvo regado y ambientado con el buqué de un llorón «Onorio Vera», del que dimos buena cuenta los tres.

Y de postre saboreamos una tarta de queso de las que hacen en la zona con la leche de las vacas pastando; un helado artesanal de fresa para la pequeña; y una torrija de croissant helado de leche merengada y canela acompañada de una palma de caramelo que quitaba el sentido.

Pero lo más grande aconteció durante los prolegómenos, cuando esperábamos las viandas. Nos pusieron pan casero, tostado y calentito, de ese como solo antaño se veía en casa. Uno de los camareros dejó en la mesa una pequeña botellita de medio litro de aceite de oliva virgen extra para que untáramos las tostadas, como es costumbre nuestra. El aceite tenía un sabor tan rico y especial que lo degustamos sin mesura. Mi hija se fue derecha a su smartphone para saber más sobre esa variedad de oro líquido desconocido para nosotros. Tras visitar la página oficial de la almazara que lo produce nos preguntó aviesamente cuánto creíamos que valía esa pequeña joya dorada. Yo dije que tratándose de un aceite oriundo de los escasos olivares de ese paraje de alta montaña, impropio de las zonas más bajas donde se cultiva, debía costar unos 20 euros; mi mujer, más modesta, rebajó la cifra a 16. Pues resultó que el precio de venta al público era el mismo que lo que habíamos pagado por todo lo que habíamos cenado: 84 euros. De aquí se puede deducir hasta qué punto en España se vive y se come como en ningún otro lugar del mundo; y además, en ningún sitio se ve la generosidad que los restauradores tienen para con el cliente, que te dejan en la mesa un manjar como ese para que lo degustes a tu antojo sin coste adicional alguno.

Por eso, no todo lo que brilla en España es piedra, sol, playa e Historia; es también gastronomía, hospitalidad y la generosidad sin límites de sus gentes. No es de extrañar que personas como mi amigo amen tanto a España, o incluso diría que más que muchos de los que medran entre nosotros, infiltrados que solo buscan nuestra ruina y que desprecian la mina de oro que es este grandioso país.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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