Decálogo del buen dictador. Por Antonio E.

Decálogo del buen dictador.

«El dictador maneja la hacienda pública, y en ocasiones hasta la privada, con el único afán de hacerse propaganda a sí mismo»

Cuando definamos lo que es una dictadura, deberemos tener en cuenta varias premisas importantes, de las cuales la más esencial es tener claro qué es y en que consiste una dictadura. Y, en segundo lugar, e importantísimo, qué entendemos por democracia, y su significado real. Mucho me temo que la ciudadanía actual lo desconoce, por desidia, o por oír esa palabra generalmente solo en labios de los que nunca fueron demócratas, ni lo son, ni lo serán. Siento decirlo, pero es así.

A veces lo sencillo no se explica bien, de ahí viene que hoy día sean muchos los que pensando que viven en una democracia, estén dando los primeros pasos (sin darse cuenta) por la senda de una dictadura. Por lo tanto, no se puede hablar de lo primero, si no tenemos claro lo que significa lo segundo. Vayamos al significado de ambas.

La dictadura es una forma autoritaria de gobierno, caracterizada por tener un solo líder, o un grupo reducido de líderes. Además de tener nula o escasa tolerancia hacia el pluralismo político, las instituciones gubernamentales, o la libertad de expresión. Mientras que las democracias son regímenes en los que (quienes gobiernan son seleccionados mediante elecciones competitivas y libres de toda tacha) por lo tanto, las dictaduras no son democracias”. Tan simple como exacto.

Por difícil que pueda parecer, las dictaduras actuales tienen principios, los del dictador de turno. Al principio acomodan sus intereses a las realidades conceptuales del momento, para más tarde proceder contra ellas, poco a poco, pero sin pausa. El tiempo que tardan en hacerse con todo el poder, es el mismo que dura la resistencia de los distintos organismos, principalmente el de la justicia. El de los uniformados es más fácil, al estar sujetos a una cadena de mando, político.

El de la prensa es más incómodo (o no) el dictador de turno la soportará, hasta que encuentre el modo de silenciarla.

El resto, resistencia civil, van cayendo como fruta madura, o por las buenas, o por falta de oxígeno para funcionar en sus diferentes actividades. La muerte civil es la más efectiva de las formas para liquidar todo tipo de resistencia, pero hasta llegar a este punto, el dictador debe pasar por varias etapas. Para ello pergeña un plan más o menos burdo, generalmente a su imagen y semejanza. En realidad, el dictador no se esmera mucho, suele actuar a impulsos de su ego, de su personalidad, o de su capricho. Existen casos en los que previamente a su ascenso al poder, encargan a sus escribas a sueldo, que le escriban el método, a modo de guía. Otras veces siguen el ritmo de sus ambiciones (generalmente liberticidas) no parando ante nadie, ni ante nada, estos últimos son los peores.

No hace falta ser un genio para diseñar un catálogo en el que un dictador podría sentirse como pez en el agua, o como pajarito en un catafalco volador. El catálogo ideal sería el de diez artículos, no muchos más, pues es harto sabido que el intelecto de un dictador actual es limitado, no así su ideario de malas intenciones. Vayamos a ello.

PRIMERO. Lo primero y más importante es confeccionar un listado de aquellas instituciones a usurpar, fagocitar, ocupar o simplemente secuestrar. Llámense: tribunales constitucionales, fiscalías generales, tribunales de cuentas, defensores del pueblo, consejos de estado, instituciones públicas varias, medios de encuesta, enseñanza universitaria, centros de decisión y centros del poder que se pretende invadir. Algunos de ellos ya vienen convencidos de fábrica. ¿Les suena?

SEGUNDO. Lo segundo es subvencionar o acallar todos los medios de prensa escrita y audiovisuales posibles. Para ello se procederá poco a poco a comprar voluntades, plumas y teclados de posibles enemigos. Coloquialmente se les denomina culos, coños y barrigas agradecidas, pero en este artículo no caben vocablos malsonantes, por esa razón hagan como que no lo han leído. Si después de este enjuague aún quedan medios, o personas cerriles a entrar en razón, se procederá a ejercitar el derecho de veto. Como estos: anuncios institucionales, publicidad cautiva, cierres de antenas, negación de renovación de dominios de ondas, amenazas judiciales, institucionales o de cualquier otro tipo, o simplemente el asesinato civil denostando a todo aquél que no se pliegue al nuevo poder. He procurado poner las más conocidas, las de dudosa legitimidad, las desconozco, pero las imagino. En el reino de Gulliver todo vale, si es por la causa. Curioso afán de aparentar lo que no es, y que nunca será. Cabalgar contradicciones solo encumbra durante el tiempo que dura el manejo de la rienda, luego sobreviene el guarrazo y los manda al punto de salida, o sea, a la pocilga de donde nunca deberían haber salido. ¿Les va sonando?

TERCERO. Lo tercero habilita al dictador a usar con carácter privado todos los organismos públicos: medios administrativos, transportes, logísticos, ambientales, privados, públicos, académicos, institucionales, organizativos y hasta personales. Que, al líder máximo (dictador en ciernes, factótum imbuido de sabiduría y santidad, amén de otras bellezas incuestionables) no le falte de nada, aunque a la ciudadanía le falte de todo. Además, sus abusos podrán denominarse secretos de estado, con lo cual la opacidad de sus actos será total. ¿Les sigue sonando?

CUARTO, y tercera imaginaria. Si el líder máximo es cursi, bajo, servil, engreído, patán, macarra, deslenguado, déspota, tirano, procaz, embustero, embaucador, tramposo, despreciable, miserable, malgastador, infame, traidor, falaz, cretino, grosero, ignominioso, indeseable, rastrero, vil, mezquino, gilipollas y hasta desvergonzado, podrá usar todos los medios que tiene a su alcance (erario público incluido) para convencernos de que todos sus abusos han sido perpetrados por el bien común de la ciudadanía. A continuación, serán ensalzadas sus escasas “virtudes”: excelente personalidad, don de lenguas, excelente preparación, bonhomía personal, cultura “doctoral”, magnífica preparación, y exuberantes manejos. Qué, ¿les suena?

QUINTO. Todo dictador tiende al nepotismo, a la injusticia y a la arbitrariedad. Calígula nombró cónsul a su caballo, hoy día nombran catedráticas a sus mujeres, ministras a sus almohadas, y embajadores plenipotenciarios a sus guardaespaldas. Nada les cohíbe, nada se les atraganta, todo es voluble, hasta la suciedad les encanta, si el humor fuese libre, con total seguridad le encerrarían en una jaula. Si no se van dando cuenta, no sé a qué aguardan. ¿Se van enterando?

SEXTO. Es típico del dictador, y su mágica dictadura, utilizar su carácter, y su fuerte personalidad, con aquellos que no le pueden plantar cara. Su querencia por aplastar o dominar la libertad de expresión del adversario es enfermiza, cuasi criminal. Su querencia por suprimir la libertad de expresión y la auto exaltación de su mezquino discurso, solo van dirigidos a mantener y exaltar su supremacía, confundiendo su propia estabilidad como dictador, del bien general de la ciudadanía y de la nación que dice gobernar. Los dictadores implantan en las sociedades que controlan su propia propaganda política, para disminuir la influencia de los defensores de sistemas de gobiernos alternativos. ¿No les suena aún?

SÉPTIMO. Como cualquier dictador que se precie de serlo, al menos íntimamente, el dictador actual se rodea de otros de su misma especie. Denominémoslos “tiranuelos”. Estos tipos suelen venir rebotados de otras dictaduras, generalmente de las caribeñas, dado la extrema peligrosidad de sus métodos y de sus sectarias aspiraciones. Son sujetos de ínfima extracción intelectual, despojos de atrezo, desechos de tienta. Individuos cuyo porvenir social pasa por vivir del engaño perpetuo, payasos de un circo que cerró sus puertas cuando el público desertó de sus pistas, mamarrachos dedicados full time al perverso arte de vivir de los demás, martirizando a todos, sin aportar nunca nada. Por sus hechos los conoceréis, y si no fuere así, les distinguiríais por el hedor a cadáver que van dejando tras de sí. ¡A que ya les va sonando!

OCTAVO. Consecuencias y beneficios de ser un auténtico y genuino dictador. La ventaja del dictador es absoluta, mayestática, omnipresente. Todo aquél que mame de su cargo, incluso a riesgo de quedar seca la teta de la hacienda, será indultado con una condición indispensable: servir solamente a los intereses del amo. No habrá nadie que le afee sus actos, y si fuere así será tachado de oportunista y retrógrado, en otras latitudes les llaman fascistas. No habrá código penal que castigue a sus partidarios, ni ley divina que les prive de construirse un adosado a la derecha del dios padre, en este caso del dictador. Las leyes, las suyas, estarán para cumplirse con carácter general, a excepción de los que las legislaron, ellos mismos.

NOVENO y DÉCIMO. Estos dos últimos artículos se dedican única y exclusivamente a la propaganda política. Sin ella, una dictadura fenece por inanición. La propaganda política es a una dictadura lo que el comunismo a sus atrocidades: no se podría definir lo uno sin lo otro. La propaganda que pueda hacer y haga la prensa adicta, no es suficiente para mantener a un dictador al frente de su prisión.

El dictador maneja la hacienda pública, y en ocasiones hasta la privada, con el único afán de hacerse propaganda a sí mismo. Gobernar no es hacer regalos, subvenciones o paguitas, que en realidad lo único que esconden, es el fracaso de la miseria moral del propio dictador.

Una dictadura solo mira por sus intereses, que son los personales del dictador. No hay mayor fracaso, ni peor ruina para un país, que tener a un hijo de puta al frente de sus destinos. No existe ninguna dictadura blanda, si no dictadura arbitraria y sectaria, la peor de ellas. La libertad de la ciudadanía no tiene que estar en la mano de ningún gobernante, ni en la de nadie. La libertad pertenece al hombre, y termina y acaba donde empieza la del semejante. El pueblo que no lucha por su libertad, está muerto. El pueblo que repudia su dignidad, no merece ser libre.

 

 

Antonio E.

“Lo valioso no es lo conseguido, lo verdaderamente importante es mantenerlo”. Nacido en Valladolid, diplomado en el noble arte de trabajar y doctorando en la disciplina más importante que existe: conseguir ser un buen español. Autor de varios libros, desde siempre me gustó leer la historia de mi país, aprenderla, estudiarla y compartirla. Su desconocimiento nos aboca, irremediablemente, a tropezar en las mismas piedras de siempre. Odio la doblez, la traición, el engaño y la cobardía, rasgos que abundan cada vez más en nuestra sociedad.

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