
«El comportamiento de Sánchez, el lunes pasado, no fue sino fruto de su acusado narcisismo: recordaba, en todo, al de un niño malcriado»
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El comportamiento de Sánchez, el lunes pasado,
no fue sino fruto de su acusado narcisismo:
recordaba, en todo, al de un niño malcriado
ante el que sus papis cometieron el ‘desaguisado’
de no comprarle el regalo que le tenían prometido.
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El berrinche fue tremendo. El pataleo, incontrolado.
Y la rabieta llegó a tanto, en nuestro mimado ‘niño’,
que de buena gana se habría, rencoroso, liado a palos
contra un Feijóo que le afeó su enfado y su talante altivo:
-Tienes que tranquilizarte un poco, iracundo Pedrito;
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no siempre salen como uno quisiera las cosas.
Te equivocas si, exhibiendo tamaño infantilismo,
piensas que vas a salirte con la tuya… el 23-J:
el pueblo español, si algo, a la larga, no perdona,
es la falsedad reiterada y maliciosa
y un endiosamiento insultante y agresivo.
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Esa es, en efecto, una vieja lección contra
la que suelen estrellarse muchos políticos
como quien se estrella contra una puta roca.
Por cierto que un tipo y una tipa que en el debate había
-al parecer, más que nada para ‘moderar’ la cosa-
dejaron berrear a sus anchas, la noche toda,
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al despótico, arrogante e irascible ‘niño’.
Menos mal que nadie les examinó ni les puso nota:
un cate catedralicio habrían, ambos, obtenido.
Lo cierto es que ‘el mocoso’ les trató como a idiotas.
Y, con los televidentes, llevaba intención de hacer lo mismo.
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No obstante, le salió el tiro por la culata, al mozalbete:
el gallego, calmo, supo ponerle las peras al cuarto.
Al punto que Pedrito era ya un puro rechinar de dientes
y, con gusto, de allí inmediatamente se habría largado:
él fue allí para triunfar. A recibir aplausos y halagos.
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Y se lo estaba impidiendo un simple pepero atorrante:
el caso era, a todas luces, indignante y humillante.
Bien es cierto que dicen, quienes aún conservan cierta candidez,
que él salió del debate henchido de resiliencia y con talante victorioso;
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pero quienes ya sólo para las cosas de Dios conservamos alguna fe,
le intuimos atestando de agudos alfileres, aún, algún muñequito apestoso.
¡Ah, si llegasen a matar los pensamientos del Sr. Presidente:
a saber si, a estas horas, quedaría alguien vivo… en el Gabinete!

